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de gentes, los grandes, los medianos y los pequeños se espantaban con la nueva manera de hablar, y en público y en secreto condenaban aquella opinion y los que la enseñaban. En aquellas partes se podian juntar concilios de obispos; y así hallo que en Regino, ciudad de Baviera, que hoy dicen es Ratisbona, en presencia de Carlo Magno, rey de Francia, por un concilio de obispos que allí se juntó sobre el caso fué condenado Félix el año de Cristo de 792. De donde enviado á Roma se retrató delante del papa Adriano fingidamente, por lo que adelante se vió, pues fué necesario que se juntase de nuevo concilio en Francfordia, ciudad de Alemaña el año de 794, en que se halló presente Carlo Magno y dos obispos Teofilacto y Stéfano, enviados de Roma por legados, y de España por los católicos, Beato, presbítero, y el obispo Heterio. No perdieron por ende el ánimo los noveleros, antes presentaron un memorial á Carlo Magno en que le suplicaban se hallase presente en aquel juicio, y quisiese seguir antes el parecer de muchos que dejarse engañar de pocos. Tratóse el negocio, y ventilóse aquella mala opinion. Condenáronla y juntamente á los que la seguian, si no desistiesen della. En particular á Félix y Elipando pusieron pena de descomunion. Félix, como lo dice Adon, vienense, fué por los obispos condenado y enviado en destierro, y en Leon de Francia falleció sin desistir jamás de su error; en tanto grado es dificultoso mudar de opinion, y mas en materia de religion, y reportar un entendimiento pervertido para que vuelva al camino de la verdad. Qué se haya hecho de Elipando no se sabe; y creo mas aína, antes es cierto que se reconoció y que obedeció á la sentencia de los obispos y se apartó de su primer parecer. Tengo asimismo por cierto que no salió de España ni compareció en Regino ni en Roma ni en Francfordia. A los antiguos santos que alegaban por sí los errados, y de cuyos dichos se valian, Eugenio, Ildefonso y Juliano, carga Carlo Magno en la carta que escribió á Elipando y á los demás sacerdotes de España; dice que no es maravilla los hijos se parezcan á los padres. Heterio niega que cosa semejante se hallase en los escritos de aquellos santos. Consta otrosí que de la escuela de Félix, pasados algunos años, salió Claudio, de nacion español, obispo de Turin, persona que con opinion de erudito anduvo algun tiempo y conversó en la casa y corte del emperador Ludovico Pio. Este á las mentiras de los pasados, demás de otras cosas, añadió un nuevo dislate, que las imágenes sagradas se debiau quitar de los templos; escribió empero contra él aguda y doctamente Jonas, aurelianense, su contemporáneo.

¿qué lugar podian tener las letras en medio de servidumbre tan grave, cuando cargados de tributos y trabajados de todas maneras eran forzados á buscar con el sudor de su rostro el sustento cotidiano? ¿Cómo se podian juntar los concilios eclesiásticos, medicina con que de muy antiguo se solian sanar las heridas en la doctrina, y reformar las costumbres de eclesiásticos y seglares? Los nobles y el pueblo, como á cada uno se le antojaba, así ordenaban sus vidas, y de las cosas divinas, sin que nadie les fuese á la mano, cada cual sentia y hablaba lo que le parecia, cosa muy perjudicial. Demás desto, del trato y conversacion con los moros era forzoso se pegasen á los cristianos malas opiniones y dañadas. En particular estos dos prelados despertaron y publicaron los errores de Nestorio, que en el tiempo pasado por diligencia del Concilio efesino fueron sepultados, como quien aviva las centellas del fuego y quema pasada. Decian de Cristo que en cuanto hombre era hijo adoptivo de Dios; doctrina falsa y contra razon, contra todas las divinas y humanas letras y religiones. Porque, ¿cómo puede uno mismo ser hijo natural y adoptivo? Pues consta que el hijo adoptivo graciosamente por sola benignidad de su padre, sin que haya cosa alguna que obligue y fuerce, es admitido á la herencia y derechos ajenos, lo que quien dijese de Cristo, seria forzado á reconocer en él y confesar dos hipóstasis ó supuestos, que seria otro desatino mas grave. Félix, por estar su obispado cerca de Francia y porque los años pasados los franceses hicieron diversas entradas por aquellas comarcas, sospechan algunos que fué de aquella nacion. Elipando, como el nombre lo muestra, venia de la antigua sangre de los godos. Hacia por ellos su dignidad y autoridad obispal, la fama de sus nombres y letras; alegaban otrosí en favor de su error á los santos Eugenio, Ildefonso, Juliano. Ayudábanse, aunque mal, de algunos lugares de las divinas letras, en que Cristo por la parte que es hombre, se dice ser menor que su Padre. Eran de ingenios bulliciosos y ardientes; así con cartas y libros que enviaban á todas partes pretendian con palabras afeitadas persuadir á los demás lo que ellos sentian. En particular Elipaudo, por la autoridad que tenia muy grande sobre las demás iglesias, escribió á los obispos de Astúrias y Galicia; en especial pretendió enlazar en aquel error á la reina Adosinda, mujer que fuera del rey Silon. Ella, como prudentísima y muy santa, respondió que no le tocaba juzgar de aquella diferencia, y que se remilia en todo á lo que los obispos y sacerdotes determinasen. En el número de los cuales se señalaron principalmente Beato, presbítero, y Heterio, obispo de Osma, cuya disputa contra Elipando, erudita y grave, se conserva hasta el dia de hoy, obra larga y de mucho trabajo, pero que el lector tendrá por bien empleado el tiempo que gastare en leerla por convencer la mentira con fuertes argumentos. Pasaba la revuelta adelante, y porque las cosas no sucedian como los noveleros pensaban, Elipando se partió de Toledo para las Astúrias y Galicia, provincias en que inficionó á muchos con aquella mala ponzoña, malo y pestilencial olor de su boca. Félix acometió primero á los de Castilla la Vieja, despues en la entrada de Francia á la Septimania, que es la Gascuña, desde allí corrió lo demás de Francia y Alemaña sin hacer algun efecto, á causa que toda suerte

CAPITULO IX.

De los principios de don Alonso el Casto.

Falleció por este tiempo el rey don Bermudo; sepultóse en Oviedo, do antiguamente se veian los lucillos suyo y de su mujer. Con tanto quedó solo don Alonso en el gobierno. Tiénese por cierto que con deseo de vida mas pura y santa por todo el tiempo de su vida no tocó á la reina Berta, su mujer, que fué la causa de ponelle el sobrenombre de Casto. Para aumento del culto divino levantó desde los cimientos la iglesia mayor de Oviedo, que se llama de San Salvador. Quién dice que el rey don Bermudo fué el que dió principio á

esta noble fábrica, y aun el letrero que está á la entrada de aquel templo, como queda arriba apuntado, atribuye aquella obra al rey Silon. Pudo ser que todos tres entendieron en ella, y que el que la acabó se llevó, como acontece, toda la fama. Lo que consta es que el rey don Alonso fué el que le adornó de muchas preseas, y en particular refieren que dos ángeles en figura de plateros le hicieron una cruz de oro sembrada de pedrería, de obra muy prima, vaciada y cincelada. Persuadióse el pueblo que eran ángeles porque, acabada la cruz, no se vieron mas. El arzobispo don Rodrigo dice que el Rey alcanzó del Papa, que por la razon de los tiempos fué Leon el Tercero, que aquel su templo se hiciese arzobispal; pero engañóse, porque esto sucedió en tiempo del rey don Alonso el Magno. Los gloriosos principios del reinado deste Príncipe tan señalado se amancillaron y escurecieron con un desastre y afrenta que aconteció en su casa real, y fué que su hermana la infanta doña Jimena, olvidada del respeto que debia á su hermano y de su honestidad, puso los ojos en Sandia ó Sancho, conde de Saldaña, sin reparar hasta casarse con él. Fué el matrimonio clandestino, y dél nació el infante Bernardo, carpense ó del Carpio, muy famoso y esclarecido por sus proezas y hazañas en las armas, segun que le alaban y engrandecen las historias de España. El Rey, sabido lo que pasaba, puso en prisiones al Conde, que vino para hallarse en las Cortes. Acusáronle de traicion y de haber cometido ofensa contra la majestad; convencido, fué privado de la vista y condenado á cárcel perpetua; señalaron para su guarda el castillo de Luna, en que pasó lo demás de la vida en tinieblas y miseria; que tal es la paga de la maldad y su dejo. La hermana del Rey fué puesta en un monasterio de monjas. Sin embargo, el Rey hizo criar el infante como si él mismo le hobiera engendrado y hobiera salido de sus entrañas; verdad es que no se crió en la Corte, sino en las Astúrias. La buena crianza fué parte para que su buen natural se aumentase y aun mejorase. Las armas de los moros por estos tiempos no sosegaban; antes Zulema y Abdalla, tios del nuevo rey moro, que hasta aquí se entretuvieran en Africa, para prevenir que el rey Alhaca, su sobrino, no se fortificase en el reino, pasaron en España con presteza. Abdalla, como hombre mas atrevido, fué el primero que se apoderó de Valencia, ca los ciudadanos le rindieron la ciudad. Zulema despues acudió al llamado de su hermano para socorrelle y ayudalle en sus intentos. Hicieron entradas por los pueblos y ciudades comarcanas; corrieron los campos por muchas partes, pasaron tan adelante, que se atrevieron á presentar la batalla al rey Albaca, la cual fué muy herida y dudosa. Derramóse en ella mucha sangre, pero en fin Zulema con otros muchos fué muerto. Abdalla se huyó á Valencia; y como viese que tantas veces la fortuna le era contraria, acordó seguir otro partido y tomar asiento con el Rey, á condicion que le señalase rentas en cada un año con que sustentase en aquella ciudad la vida y estado de hombre principal. Para seguridad que cumpliria lo asentado y sosegaria dió en rehenes á sus mismos hijos, que el rey moro recibió y tuvo cerca de sí con aquel tratamiento que convenia tuviesen sus primos hermanos, tanto, que á uno dellos dió por mujer una hermana suya. Todo esto sucedió el año de los ára

bes 184, conforme á la cuenta del arzobispo don Rodrigo, que era el año quinto despues que Alhaca comenzó á reinar. Las discordias que los moros tenian entre sí parece dieron buena ocasion al rey don Alonso para adelantar su partido, pues muchos autores extranjeros, que los nuestros no dicen palabra, atestiguan que por el esfuerzo del rey don Alonso se ganó de los moros la ciudad de Lisbona, cabeza de Portugal, y que envió á Carlo Magno una solemne embajada, en que los principales, Fruela y Basilico, de los despojos de aquella ciudad le llevaron por mandado de su Rey un rico presente de caballos, armas y cautivos, demás desto una tienda morisca, de obra y grandeza maravillosa. Siguiéronse despues desto algunos alborotos en el reino y alteraciones civiles tan graves, que pusieron al Rey en necesidad de retirarse al monasterio abeliense, muy conocido á la sazon, y asentado en ciertos lugares ásperos y breñas de Galicia. Dende con el ayuda de Teudio, hombre principal y poderoso, se restituyó en su reino con mayor honra despues de aquel trabajo. Pero á mi ver en ninguna cosa se señaló mas el reinado de don Alonso ni fué mas dichoso que por hallarse en su tiempo en Compostella, como se halló, el sagrado cuerpo del apóstol Santiago, pronóstico y anuucio de la prosperidad que tendrian mayor que nunca los cristianos. Lo cual será bien declarar cómo sucedió y tomar el agua y corrida de algo mas arriba.

CAPITULO X.

Cómo se halló el cuerpo del apóstol Santiago.

Floreció el culto de la religion cristiana antiguamente en lo postrero de Galicia y en aquella parte do está situada Iria Flavia, que es el Padron, cuanto en cualquier otra parte de España. La cruel tempestad que se despertó contra los siervos de Cristo en el tiempo que prevalecia la vanidad de los muchos dioses, y por mandado de los emperadores romanos todo género de tormentos se empleaba en los cuerpos de los que á Cristo reverenciaban, hizo que de todo punto se acabase en aquellos lugares la cristiandad. Por donde ni en lo restante del imperio romano ni en el tiempo que los godos fueron señores de España se tenia noticia del sepulcro sagrado del apóstol Santiago. Con el largo tiempo y con este olvido tan grande el lugar en que estaba se hinchó de maleza, espinas y matorrales, sin que nadie cayese en la cuenta de tan gran tesoro hasta el tiem-po de Teodomiro, obispo iriense. Miro, rey de los suevos, de quien arriba se hizo mencion, conforme á la costumbre y observancia de Roma, dejó señalados los términos por todo su reino á cada uno de los obispados, y por obispo de Iria quedó Andrés. Sucediéronle por órden Dominico, Samuel, Gotomaro, Vincibil, Félix, Hindulfo, Selva, Leosindo ó Teosindo, Enula, Romano, Augustino, Honorato, Hindulfo. De los cuales todos, fuera de los nombres, no ha quedado noticia alguna, y con la misma escuridad de ignorancia y olvido quedaran sepultados todos los demás que les sucedieron, si la luz del apóstol Santiago no abriera los ojos, y su resplandor, que en breve pasó por todo el mundo, no los esclareciera. Fué aquel sagrado tesoro hallado por diligencia de Teodomiro, sucesor de Hindulfo, y por voluntad de Dios en esta manera. Personas de grande

cion con tres millas de tierra de todas partes en derredor que le señaló por territorio; en él en particular se hace mencion de la invencion que sucedió en aquel tiempo del sepulcro y cuerpo del Apóstol sagrado. No dejaré de avisar antes de pasar adelante que algunas personas doctas y graves estos años han puesto dificultad en la venida del apóstol Santiago á España, otros, si no los mismos, en la invencion de su sagrado cuerpo por razones y textos que á ello les mueven. Seria largo cuento tratar esto de propósito, y no entiendo sea expediente con semejantes disputas y pleitos alterar las devociones del pueblo, en especial tan asentadas y firmes como esta es. Ni las razones de que se valen nos parecian tan concluyentes, que por la verdad no militen mas en número y mas fuertes testimonios de papas, reyes y autores antiguos y santos sin excepcion y sin tacha. Finalmente, visto lo que hace por la una y por la otra parte, aseguro que hay pocos santuarios en Europa que tengan mas certidumbre ni mas abonos en todo que el nuestro de Compostella. Tal era y es nuestro juicio en este caso y en estas dificultades.

CAPITULO XI.

Cómo Carlo Magno vino en España.

autoridad y crédito afirmaban que en un bosque cercano se vian y resplandecian muchas veces lumbreras entre las tinieblas de la noche. Recelábase el santo prelado no fuesen trampantojos; mas con deseo de averiguar la verdad fué allá en persona, y con sus mismos ojos vió que todo aquel lugar resplandecia con lumbres que se veian por todas partes. Hace desmontar el bosque, y cavando en un monton de tierra hallaron debajo una casita de mármol y dentro el sagrado sepulcro. Las razones con que se persuadieron ser aquel se. pulcro y aquel cuerpo el del sagrado Apóstol no se refieren; pero no hay duda sino que cosa tan grande no se recibió sin pruebas bastantes. Buscaron los papeles que quedaron de la antigüedad, memorias, letreros y rastros, y aun hasta hoy se conservan muchos y notables. Aquí, dicen, oró el Apóstol, allí dijo misa, acullá se escondió de los que para darle la muerte le buscaban. Los ángeles que á cada paso, dicen, se aparecian, dieron testimonio de la verdad como testigos abonados y sin tacha. El Obispo, con deseo de avisar al Rey de lo que pasaba, sin dilacion se partió para la corte. Era el Rey muy pio y religioso, deseoso de aumentar el culto divino, demás de las otras virtudes en que era muy acabado. Acudió en persona, y con sus mismos ojos vió todo lo que le decian; la alegría que recibió fue extraordinaria. Hizo que en aquel mismo lugar se edificase un templo con nombre de Santiago, bien que grosero y no muy fuerte por ser de tapiería. Ordenó beneficios y señaló rentas de que los ministros se sustentasen conforme á la posibilidad de los tesoros reales. Derramóse esta fama, primero por España, despues por todo el orbe cristiano, con que la devocion del apóstol Santiago se aumentó y dilató en grande manera. Concurrió gente innumerable de todas partes, tanto, que en ningun tiempo se vió acudir á España, aun cuando gozaba de su prosperidad, tantos extranjeros. De Italia, Francia y Alemaña venian, los de léjos y los de cerca, movidos de la fama que volaba. Aumentábase la devocion con los muchos y grandes milagros que cada dia se hacian al sepulcro del santo Apóstol, que daban testimonio bastante de que no era sin propósito lo que se habia creido y se divulgaba. Gobernaba á esta sazon la Iglesia romana el pontífice Leon, tercero deste nombre; hicieron recurso á él el rey don Alonso, y á su instancia y en su favor Carlo Magno, que á esto entiendo yo se enderezaba principalmente la embajada que dijimos. Pidieron que el obispo iriense, sin mudar por entonces el nombre que antes tenia, trasladase su silla á Compostella para mas autorizar aquel santo lugar. Venian en ello los grandes y prelados de España. Condecendió el Pontifice á tan justa demanda con tal que el arzobispo de Braga, cuyo sufragáneo era aquel obispado, no fuese perjudicado en alguna manera; dado que Braga por aquel tiempo no se habitaba, ca la destruyeron los moros. De la una y de la otra condicion la iglesia de Compostella quedó exempta docientos y setenta y cinco años adelante, cuando por concesion de los pontifices romanos y á instancia de los reyes de España se trasladaron á Santiago los privilegios y autoridad de Mérida, iglesia en otro tiempo metropolitana, como se declara en otro lugar. En los archivos y becerro de Compostella se halla un privilegio deste rey don Alonso, en que hace donacion á aquella iglesia de aquella nueva pobla

Que Carlo Magno, rey poderoso de Francia, haya venido, y aun mas de una vez á España, la fama general que dello hay lo muestra, fundada en lo que los escritores antiguos dejaron escrito con mucha conformidad. Primeramente, al principio de su reinado despues de la muerte de su padre vino á España con esperanza de echar los moros de toda ella. Ibnabala, moro, le hizo instancia que emprendiese este viaje en su favor. Pasó los montes Pirineos por la parte de Navarra. Púsose sobre Pamplona, que se le rindió fácilmente. Dejó á Ibnabala por rey de Zaragoza con órden que aquella ciudad le acudiese á él con cierto tributo y parias cada un año. Hecho esto, dió la vuelta y de camino hizo desmantelar la ciudad de Pamplona á causa que no se podia mantener, y con las guerras ordinarias muchas veces mudaba señorío, ya era de moros, ya de cristianos. Tenian los navarros tomados los puertos y estrechuras de los Pirineos. Dieron sobre el fardaje y sobre los tesoros de Francia, saqueáronlo todo, con que Carlo Magno, sin poder tomar emienda del daño, fué forzado de volver á Alemaña con poco contento y honra. Pocos años adelante en la parte de Cataluña se le entregaron las ciudades de Girona y de Barcelona. De donde conviene tomar los principios de los condes de Barcelona y de los catalanes, nombrados así de los pueblos catalaunos, puestos en la Gallia Narbonense, cerca de la ciudad de Tolosa, que contra los moros hicieron entrada y asiento por aquella parte de España. Esta derivacion es mas á propósito que la que compone esta palabra de gotos y alanos y la que otros siguen de cierto catalan, gobernador de Aquitania, en el tiempo que Cárlos Martelo, como queda arriba tocado, se apoderó por fuerza de aquel ducado y le quitó á los hijos de Eudon. Tomich, historiador catalan, dice que Carlo Magno despues de algun tiempo, ganado que hobo de los moros á Narbona, rompió de nuevo por aquella parte en España, y con las armas sujetó á su corona á Calaluña la Vieja, que estaba asimismo en poder de moros,

en la parte en que antiguamente estuvieron los ceretanos y por allí; demás desto, que peleó con los moros y los venció en el valle, que desta batalla tomó el nombre de Cárlos. Otros añaden á lo dicho que con la ocasion de haberse hallado el cuerpo de Santiago volvió á España de nuevo para certificarse y ver con sus ojos lo que publicaba la fama y aumentar con su autoridad y presencia la devocion de aquel santuario. Dicen mas, que á instancia suya luego que se enteró de la verdad se dió al prelado de Compostella derecho y autoridad de primado sobre todas las iglesias de España. Pero lo desta venida se debe tener por falso y por invencion mal compuesta por muchas razones, que no es necesario poner aquí, pues la mentira por sí misma se muestra. Lo que se averigua es que vuelto de España Carlo Magno, se partió para Roma con intento de amparar y restituir en su silla al sumo pontífice Leon III; el cual, como él sospechaba y era la verdad, á tuerto habian depuesto sus enemigos. Llegado á aquella ciudad, se asentó para conocer de aquel pleito, cuando gran número de obispos que allí se hallaban presentes por su llamado dijeron á voces no ser lícito que alguno juzgase al Sumo Pontífice. Con esto el mismo acusado desde un púlpito con juramento se purgó de los cargos que le hacian, y sus acusadores fueron primero condenados á muerte, despues á rucgo del Pontífice se trocó aquella sentencia en destierro. En ningun tiempo la Iglesia de Roma se vió mas autorizada ni la persona del Pontífice mas acatada. Habian los ciudadanos de Roma y el Papa enviado á Carlo Magno antes que allá llegase las llaves de la confesion de san Pedro y el estandarte de la ciudad de Roma en señal que se ponian en sus manos y debajo de sus alas se amparaban, á causa que por la revuelta de los tiempos los emperadores griegos poco les podian ayudar, el poder de los franceses se aumentaba y se fortificaba mas de cada dia. Hicieron pues en presencia lo que en su ausencia tenian acordado, que fué entregalle el imperio de la ciudad de Roma. Corria el año de nuestra salvacion 801, cuando el papa Leon, celebrado que hobo la misa en la iglesia de San Pedro, víspera de Navidad, dió á Carlo Magno el nombre de Augusto, y le adornó de las insignias imperiales. El pueblo romano en señal de su mucha alegría aclamó á Cárlos Augusto, grande y pacífico, vida y victoria. Despues que fué emperador, desde Alemaña, do estaba retirado en lo postrero de su edad, vino á España, segun que lo afirman casi todos los historiadores, con esta ocasion. El rey don Alonso, cansado por sus muchos años y con las guerras que de ordinario traia con los moros con mayor esfuerzo y valor que prosperidad, pensó seria bien valerse de Carlo Magno para echar con sus armas los moros de toda España. No tenia hijos; ofrecióle en premio de su trabajo la sucesion en el reino por via de adopcion. No menospreció este partido el buen Emperador; pero por ser de larga edad y no menos viejo que el rey don Alonso y por tener debajo de su señorío muchas provincias, le pareció que aquel reino seria bueno para Bernardo, su nieto de parte de su hijo Pipino, ya muerto, que él había hecho rey de Italia. Con esta resolucion emprendió el viaje de España. Seguíale un ejército invencible. Estaba todo para concluirse cuando se pusieron estas práticas; porque las cosas de los

grandes príncipes y sus confederaciones por intervenir otros en ellas no pueden estar mucho tiempo secretas. Llevaba de mala gana la nobleza de España quedar sujeta al imperio de los franceses, gente insolente, como ellos decian, y fiera; que no era esto librallos de los moros, sino trocar aquelia servidumbre en otra mas grave. Desto se quejaba cada cual en particular y todos en público, los menores, medianos y mas grandes. Todavía ninguno en particular se atrevia á resistir á la voluntad del Rey y desbaratar aquellos intentos. Solo Bernardo del Carpio, feroz por la juventud y por la esperanza que tenia de la corona, Soplaba este fuego y se ofrecia por caudillo á los que le quisiesen seguir. El mismo rey don Alonso estaba arrepentido de lo que tenia tratado; tan inciertas son las voluntades de los príncipes. Allegóse á los demás Marsilio, rey moro de Zaragoza, con quien el Emperador estaba enojado por haber despojado de aquel estado á Ibnabala, su confederado. De los unos y de los otros se formó un buen ejército, aunque no bastante para resistir en campo llano. La caballería de Francia es aventajada; acordaron tomar los pasos de los Pirineos y impedir á los franceses la entrada en España. Los escritores extranjeros dicen que Cárlos pasó adelante, y que antes que diese la vuelta venció en batalla á los enemigos y les corrió los campos y la provincia portodas partes; y que, finalmente, cuando se volvia peleó en las estrechuras de los Pirineos. A otros parece mas verdadero lo que nuestros escritores afirman que Carlo Magno no entró desta vez en España, sino que á la misma entrada en Roncesvalles, que es parte de Navarra, se dió aquella famosa batalla. Venian en la vanguardia Roldan, conde de Bretaña, Anselmo y Eginardo, hombres principales. El lugar no era á propósito para ponerse en ordenanza; acometieron los nuestros desde lo alto á los enemigos. Dieron la muerte á muchos antes que se pudiesen aparejar para la pelea y ordenar sus haces. Fué muerto el mismo Roldan, de cuyo esfuerzo y proezas se cuentan vulgarmente en ambas las naciones de Francia y de España muchas fábulas y patrañas. Carlo Magno, visto el temor de los suyos y la matanza que en ellos se ejecutaba, con deseo de reparar y animar su gente, que desmayaba en aquel aprieto, dijo á sus soldados estas palabras: «Cuán fea cosa sea que las armas francesas muy señaladas por sus triunfos y trofeos sean vencidas por los pueblos mendigos de España, envilecidos por la larga servidumbre, aunque yo lo calle, la misma cosa lo declara. El nombre de nuestro imperio, la fuerza de vuestros pechos os debe animar. Acordáos de vuestras grandes hazañas, de vuestra nobleza, de la honra de vuestros antepasados; y los que, vencidas tantas provincias, distes leyes á gran parte del mundo, tened por cosa mas grave que la misma muerte dejaros vencer de gente desarmada y vil, que á manera de ladrones no se atrevieron á pelear en campo raso. La estrechura de los lugares en que estamos no da lugar para huir, ni seria justo poner la esperanza en los piés los que teneis las armas en las manos. No permita Dios tan grande afrenta; no sufrais, soldados, que tan grau baldon se dé al nombre francés ; con esfuerzo y ánimo habeis de salir destos lugares; en fuerzas, armas, nobleza, en ánimo, número y todo lo demás os aventa

jais. Los enemigos por la pobreza, miseria y mal tratamiento están flacos y sin fuerzas; el ejército se ha juntado de moros y cristianos, que no concuerdan en nada, antes se diferencian en costumbres, leyes, estatutos y religion. Vos teneis un mismo corazon, una misma voluntad, necesidad de pelear por la vida, por la patria, por nuestra gloria. Con el mismo ánimo pues con que tantas veces sobrepujastes innumerables huestes de enemigos y salistes con victoria de semejantes aprietos, si ya, soldados mios, no estais olvidados de vuestro antiguo esfuerzo, venced ahora las dificultades menores que se os ponen delante. » Dicho esto, con la bocina hizo señal, como lo acostumbraba. Renuévase la pelea con grande coraje, derrámase mucha sangre, mueren los mas valientes y atrevidos de los franceses. Los españoles, por los muchos trabajos endurecidos, peleaban como leones; y la opinion, que en la guerra puede mucho, quebrantó los ánimos de los contrarios, ca en lo mas recio de la pelea se divulgó por los escuadrones que los moros, como gente que tenia noticia de los pasos, se apresuraban para dar sobre ellos por las espaldas. Ningun lugar hobo ni mas señalado por el destrozo de los franceses ni mas conocido por la fama. Los muertos fueron sepultados en la capilla del Espíritu Santo de Roncesvalles. Siguióse poco despues la muerte de Carlo Magno, que falleció y fué sepultado en Aquisgran el año de Cristo de 814, que fué la causa, como yo entiendo, de no vengar aquella injuria. Don Rodrigo dice que el rey don Alonso se halló en la batalla; los de Navarra, que Fortun García, rey de Sobrarve, tuvo gran parte en aquella victoria; las historias de Francia que, no por el esfuerzo de los nuestros fueron los franceses vencidos, sino por traicion de un cierto Galalon. Entiendo que la memoria destas cosas está confusa por la aficion y fábulas que suelen resultar en casos semejantes, en tanto grado, que algunos escritores franceses no hacen mencion desta pelea tan señalada; silencio que se pudiera atribuir á malicia, si no considerara que lo mismo hizo don Alonso el Magno, rey de Leon, en el Cronicon que dedicó á Sebastian, obispo de Salamanca, poco despues deste tiempo, donde no se halla mencion alguna desta tan notable jornada. Esto baste de la empresa y desastre del emperador Carlo Magno. El lector, por lo que otros escribieron, podrá hacer libremente juicio de la verdad. Volvamos á lo que nos queda atrás.

CAPITULO XII.

De lo demás que hizo el rey don Alonso.

Prósperamente y casi sin ningun tropiezo procedian en tiempo del rey don Alonso las cosas de los cristianos con una perpetua, constante, igual y maravillosa bonanza. No solo cuidaba el buen Rey de la guerra, sino eso mismo de las artes de la paz, y en particular procuraba que el culto divino en todas maneras se aumentase. Luego que se acabó de todo punto el templo que con nombre del Salvador se comenzó los años pasados en Oviedo, el mayor y mas principal de aquella ciudad, para que la devocion fuese mayor hizo que siete obispos le consagrasen con las ceremonias acostumbradas el año de 802. Sin esto en la misma ciudad levantó otra iglesia con advocacion de Nuestra Señora,

y junto con ella un claustro ó casa á propósito de enterrar en ella los cuerpos de los reyes, ca dentro de la iglesia no se acostumbraba; otra tercera iglesia edificó de San Tirso, mártir, muy hermosa; la cuarta de San Julian; demás desto, un palacio real con todos los ornamentos, apartamientos y requisitos necesarios. Tal era la grandeza de ánimo en el rey don Alonso, que contentándose él en particular con regalo y vestido ordinario, empleaba todas sus fuerzas en procurar el arreo y hermosura de la república, ennoblecer y adornar aqueIla ciudad que él, primero de los reyes, hizo asiento y cabecera de su reino, como lo refiere don Alonso el Magno. A la misma sazon los moros andaban alborotados, en particular los de Toledo se alzaron contra su Rey. Las riquezas y el ocio, fuente de todos los males, eran la causa, y ninguna ciudad puede tener sosiego largo tiempo; si fuera le faltan enemigos, le nacen en casa. El rey Alhaca, como astuto que era, acostumbrado á callar, disimular, fingir y engañar, llamó á Ambroz, gobernador de Huesca, hombre á propósito para el embuste que tramaba, por ser amigo de los de Toledo. Envióle con cartas halagüeñas, en que echaba la culpa del alboroto á los que tenian el gobierno, y rogaba á los ciudadanos se sosegasen. Es la gente de Toledo de su natural sencilla y no nada maliciosa ; sin recelarse de la celada, abiertas las puertas, lc recibieron en la ciudad. Pasado algun tiempo, finge estar agraviado del Rey; persuadeles pasen adelante en sus primeros intentos, y para mayor seguridad hace edificar un castillo do al presente está la iglesia de San Cristóbal; y para que estuviesen en guarnicion, puso en él buen golpe de soldados. Para sosegar estas alteraciones acudió Abderraman, hijo del rey Moro, mozo de veinte y cuatro años; el cual, con semejante engaño, al primero hizo asiento con los de dentro, y le dejaron entrar. Para ejecutar lo que tenian tramado convidaron los ciudadanos principales à cierto convite que ordenaron dentro del castillo, en que sobre seguro fueron alevosamente muertos por los soldados los del pueblo hasta número de cinco mil, que fué el año de nuestra salvacion de 805. Este castigo tan grande hizo que el pueblo de Toledo se allanase; pero no bastó para que los que moraban en el arrabal de Córdoba no se levantasen. La crueldad antes altera que sana. Fué enviado contra ellos Abdelcarin, capitan de gran nombre, que ganó en el cerco que poco antes tuvo sobre Calahorra, y por los grandes daños que hizo en aquella comarca. Este lo sosegó todo; el castigo de los culpados fué menor que el de Toledo; aliorcó trecientos dellos á la ribera del rio. Esto pasaba en tierra de moros; en la de cristianos dos ejércitos de moros, que hicieron entrada en Galicia y pusieron grande espanto en la tierra, fueron destrozados y forzados con daño á retirarse el año de 810. Ores, gobernador de Mérida, puso sitio sobre la villa de Benavente; pero con la venida del rey don Alonso fué forzado á alzarle y retirarse. De la misma manera Alcama, moro, gobernador de Badajoz, fué rechazado de la ciudad de Mérida, sobre la cual estaba, y de toda aquella comarca. No mucho despues uno, llamado Mahomad, hombre noble entre los moros, ciudadano antiguamente de Mérida, por miedo que tenia de Abderraman no le hiciese alguna fuerza y agravio, bien que lo particular no se sabe, con número de gente se retiró

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