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por profundas meditaciones, compara, razona, crea un sistema con que pretende darse razon ya de sus propios actos, ya del mundo fenomenal con que se siente unida, ya del sér que ha trazado en el espacio la marcha de los soles que brillan en la azulada bóveda del cielo. Reflexiona otras veces el alma sobre sí misma, sintiéndose, palpándose, adquiriendo conciencia de sus facultades, examinando su propia naturaleza, sobreponiéndose á la decision de los sentidos mar teriales, negando lo que acaso ellos afirman, afirmando lo que acaso niegan. Todos estos hechoseno son realmente movimientos puros del espíritu ?

» Oponeme á esto Aristóteles que sin fantasma, sin una intuición, sin una representacion sensual no puede adquirir el alma idea alguna ; que todos estos movimientos que parecen en ella propios derivan pues de los sentidos; que alma y cuerpo están por consecuencia estrechamente unidos y son inseparables. Mas des cierto que no haya sin intuicion idea? Es esto cuando menos altamente cuestionable ; pero aun cuando no lo fuera, creo que en nada destruiria la fuerza de las razones consignadas. ¿Podriamos nunca atribuir este hecho a la naturaleza del alma? ¿No deberiamos antes suponer que depende de la naturaleza del medio en que aquella obra? Los sentidos no nos trasmiten mas que fantasmas de individuos, ¿cómo se eleva no obstante el alma á la idea de la colectividad ? Como se eleva a las ideas tan abstractas de espacio y tiempo?

Pero descubro aun otra razon para dejar irrecusablemente demostrada la inmortalidad de nuestro espíritu. Tiende el cuerpo á la tierra , el alma al cielo, y nace de esta diversa tendencia un estado de continuo antagonismo y lucha. A cada cuestion que se entahla entre los dos poderes, ¿quién decide? quién establece la paz? No es generalmente el alma la que manda, y caso que venza el cuerpo, el alma la que reprueba y atormenta? La naturaleza del alma debe pues ser siempre superior a la del cuerpo; el alma no debe seguir la suerte precaria é infeliz de la materia.

»Es, á mi modo de ver, muy poderosa la fuerza de estas razones; mas temo que no ha de faltar todavía quien niegue, á pesar de ellas, el principio que defiendo. Si tal sucediese, & no tendria acaso derecho de preguntar cómo se concibe que pueda morir nuestra alma ? Todas las cosas creadas perecen ó por la accion de sus contrarias, o por la separacion de sus partes, o por la ausencia de la causa que las produjo, ó por la destruccion del sugeto que las contiene y les da vida. Si suponemos que muere el alma cuando muere el cuerpo, & no debemos suponer que mueren los dos en virtud de una misma accion y que tienen los dos igual contraria ? Si suponemos que · mueren en virtud de una misma accion, no hemos de suponer además que es una misma su esencia y una misma şu naturaleza? Negando pues la inmortalidad, caemos inevitablemente en el materialismo puro; ¿ habrá muchos que quieran aceptarlo? Si mi pupila tuviera un color determinado, no podria juzgar de los colores; si el alma participase de la naturaleza del cuerpo, no podria conocer como ahora todos los cuerpos que ha encerrado Dios en el espacio. No, no es posible comprender como moriria el alma, caso que no tuviese la inmortalidad que nos obligan á concederle lo mismo la voz del corazon que la voz de la conciencia.

» Siento que mi alma es una, simple, indivisa, que obra toda sobre sí misma y sobre cada uno de los objetos que la cercan, que experimenta total, y no parcialmente, las impresiones que recibe por los ojos y por los demás sentidos; ¿cómo he de poder tampoco suponer que muera al igual de los cuerpos inanimados en virtud de una separacion de partes ?

» Siento que por el alma obro y por el alma vivo; siento que si en ella está la vida, ha de ser forzosamente parte de la vida que anima el mundo, y ha de reconocer a Dios por causa y por origen; siento que es Dios indestructible, eterno; s puedo tampoco admitir que muera el alma por faltar el ser que la produjo?

» Sé, por fin, que aunque mi alma está contenida en mi cuerpo, no es el alma quien debe la vida a la materia, sino la materia al alma ; & puedo tampoco ni remotamente sospechar que por caer mis carnes en la tumba caiga en ellas mi espíritu ? No, mi alma no depende de mi cuerpo, su union es puramente accidental, la muerte no es mas que el genio que rompe esa union, tan necesaria para la existencia del cuerpo como violenta para el espíritu, que tiende sin cesar á identificarse con el centro universal de que fué separada por causas que ignoramos. Si el sepulcro es para mi cuerpo la puerta de la nada, es indudablemente para mi alma la puerta de la vida.

»¿Qué es empero eso que llamamos alma universal? ¿Es cierto que haya una causa primera? Es cierto que Dios exista? Sé de algunos filósofos que lo han negado ; mas no lo sé de ningun pueblo; hallo por de pronto la conciencia social en favor de mi segunda creencia. Examino luego la naturaleza, y veo en ella un órden admirable. Multitud de planetas signen su curso sin jamás interrumpirlo; descubro para el movimiento del globo y el de cada uno de los seres que le componen leyes generales que no han sido nunca quebrantadas; observo que esas mismas tenipestades que hacen estremecer la tierra son efecto de causas constantes, y son a su vez causas de fenómenos necesarios para que subsista el mundo; tanta regularidad en la creacion, la creacion misma, & no me revelan tambien una inteligencia superior a la nuestra, que es la que principalmente constituye á Dios ? La simple consideracion de mí mismo me confirma en esta idea. Soy todo yo antagonismo; mi libertad lucha con la fatalidad, mis pasiones son de continuo combatidas por mi entendimiento, mi entendimiento ha de estar trabajando sin cesar para acallar la poderosa voz de mis instintos; si para dominar las contrapuestas pretensiones de unos y otros necesito de toda la energia de mi alma, dno he de creer naturalmente que para dominar la de todos los séres del universo, séres que parecen conspirar sin tregua unos contra otros, es indispensable que exista un alma fuerte y poderosa, un espíritu , un Dios, que por la simple fuerza de su voluntad mantenga en tan discordes elementos la armonía? Yo no puedo, por otra parte, concebir un consiguiente sin un antecedente; no puedo ver la estatua sin pensar en el estatuario, no puedo atribuir a la casualidad la formacion del mundo, cuando para la mas sencilla obra veo que debe el hombre poner en juego y en la mayor actividad posible todas las facultades de su entendimiento; ni sé contener sin la idea de un Dios el vuelo de mi razon, que corre precipitadamente á perderse en la inmensidad de la duda, ni hallo fuera de ella un punto sólido, un principio de donde hacer partir la ciencia. - »Estas razones, sin embargo, no bastarán a los ateos, y me creo en el deber de repetir los argumentos ya célebres de Aristóteles y Cleanto. Nada, decia el primero, puede moverse por sí mismo, nada es ni puede ser a la vez agente y paciente; si hay en la naturaleza movimiento, hemos de suponer un motor, mas que se obstine la razon en rechazarlo. En el universo, decia el segundo, no existe un sér para el cual no haya otro mas perfecto; subiendo hasta donde quepa la escala de los seres, nos veremos obligados á llegar hasta uno que venza en perfeccion á todos, y este no podrá menos de ser Dios, es decir, la causa primera que gobierna el mundo. ¿Qué podrá contestar la impiedad á tan firmes y bien fundados raciocinios (1)?

» No hasta empero que quede reconocida y probada la existencia de este sér; es preciso además investigar sus atributos, dándolos a conocer por el reflejo de sus propias obras. Vemos en todas una gran sabiduría, y no dudamos en llamarle infinitamente sabio apenas confesamos su existencia; concebimos fácilmente que haya de poderlo todo el que ha creado tantos mundos y les ha señalado un camino invariable en el espacio; accedemos sin esfuerzo á que sea absolutamente

(1) De morte et immortalitate, lib. 2.

libre el que solo por ser Dios ha de gozar de un conocimiento inmenso, y no ha de encontrar á cada paso contrastada su voluntad por la accion de las leyes que él mismo ha establecido; mas ¿será tan fácil que admitamos todos en él la providencia? Será tan fácil que admitamos en el la presciencia? Debemos salvar ante todo nuestra libertad, pues destruyéndola nos destruimos; jes cierto que sea conciliable con aquellas dos propiedades del espíritu increado?

Me veo ante todo precisado á manifestar que sin la idea de la providencia, no solo no conciben muchos la existencia de ninguna religion, no conciben ni la de ese mismo Dios cuyos atribatos indagamos. La fatalidad , dicen, gobierna entonces el mundo, todo sucede porque ha de suceder, y hasta el hombre en todos sus actos no hace mas que obedecer a la fuerza del destino. No hay en nosotros acciones buenas ni malas, no hay moralidad, es injusta la recompensa, mas injusto el castigo. O admitimos la fatalidad, o hemos de suponer que Dios ha creado el mundo para regirle á su antojo y no con la luz de la sabiduría, cosa en Dios contradictoria y por imposible absurda.

Yo tampoco concibo sin la providencia á Dios; mas no acepto pi puedo aceptar de modo alguno este argumento. La providencia y la fatalidad no son dos ideas opuestas, son dos fases de una misma idea. Lo que es relativamente a Dios providencia, es fatalidad respecto a los demás séres; y de esto tenemos pruebas inequivocas, y á mi modo de ver, incontrastables. ¿A qué Hamamos propiamente fatalidad? La fatalidad no es mas que una ley que se nos impone, una ley egya accion no podemos evitar ni aun con el ejercicio de nuestras mas altas facultades. Si Dios dispone en su sabiduría que la humanidad tuerza mañana el curso que hasta ahora ha seguido, su resolacion y no será luego una ley? No será luego una fatalidad, es decir, una necesidad para nosotros (1)?

Para mí pues las ideas de providencia y fatalidad son inseparables; o afirmamos las dos a la vez, o las negamos. ¿Qué motivos habrá para afirmarlas? Qué para negarlas? Abro la historia, y las veo probadas en cada página, en cada suceso, aun en aquellos hechos que están al parecer escritos solo con fuego y sangre. Veo que las mas grandes catástrofes han producido mas o menos tarde resultados beneficiosos para nuestra especie ; que las ruinas de los imperios han servido no pocas veces para sepulcro de ideas que no podian producir ya sino abrojos y dolores ; que las invasiones en un principio mas funestas han contribuido á generalizar principios fecundísimos, que de otro modo hubieran visto reducida la esfera de su accion al estrecho círculo de una ciudad ó un pueblo; que los mismos tiranos han acelerado la marcha de revoluciones que habian de ser indudablemente un bien para generaciones medio embrutecidas por la esclavitud y la barbarie; que el mal se convierte por fin en felicidad, y brota hasta entre cadáveres y sangre el árbol de la cultura social, que se viste a cada mudanza de nuevas y vistosas flores. Esta continua trasformacion de mal en bien , trasformacion que veo reproducida en la historia de la naturaleza, ¿no ha de probarme que vela Dios eternamente sobre sus criaturas, y que estas, aun haciendo uso de su libertad, obedecen solo a los inescrutables decretos de la Providencia?

>> Mas y esta libertad? se exclama. ¿Cómo es posible que me llame libre si está constantemente sobre mi la voluntad de Dios, y no está en mí contrariarla? Dios, al crear los séres, les

(1) Hé aquí cómo define y explica MARIANA en el tratado que estamos compendiando la providencia, la fatalidad, el libre arbitrio. Omnia ex divinae mentis decreto procedere fatendum est quae in sua simplicitate multiplicem modum rebus gerendis constituit. Is modus ad Deum relatus prosidentia dicitur ; rebus quas disponil comparatus fatum.

Est ergo divina providentia divina ratio quae immota cuncta disponit... Ita providentia simplex et in Deo est; fatum multiplex et inre quaque suum... Arbitrium facultas quaedam est voluntatis et rationis, per quam, positis quae necessaria sunt ad agendum, et velle potest et nolle.-De morte et immortalitate, lib. 2.

ha dado una naturaleza distinta, naturaleza que vemos determinada en cada uno de ellos por el conjunto de sus facultades. ¿Podemos ni siquiera imaginar que para dirigir el mundo al fin á que fue creado tenga nunca que violentar las condiciones de existencia de ninguna de sus obras? Somos séres libres, y dispone de nosotros como de séres libres; para la realizacion de ninguno de sus designios necesita violar la libertad que nos ha sido concedida. ¿En qué la sentimos efectivamente coartada? En qué la sienten coartada aun aquellos que están al frente de las grandes naciones y han de influir mas que nosotros en la futura suerte de sus pueblos (1)?

» Nuestra libertad no queda menoscabada en lo mas mínimo ni por la hipótesis de la providencia ni por la de la presciencia. Cuando admitimos la presciencia en Dios pretendemos afirmar, no que Dios conoce el porvenir, sino que lo ve por no existir para él tiempo ni espacio, por abarcar de una sola mirada la eternidad, por ser á sus ojos presente lo que á los nuestros es ya pasado, ya futuro. Que por una cualidad propia de su sér Dios vea ya hoy lo que he de hacer mañana, ¿en qué detiene mis acciones ni violenta mi albedrio?

» Sé que muchos autores no comprenden así la idea de la presciencia; mas sé tambien que por no comprenderla así se han visto arrastrados á sentar cuestiones, que considero hasta como una impiedad que se propongan. ¿Es Dios autor del pecado? han atrevido á preguntarse; y los hay que por temor de ponerse en contradiccion consigo mismos, la accion, han dicho, procede del Criador, mas no lo forma. ¿Qué necesidad habia , establecida ya la cuestion, de apelar á distinciones, aunque agudas, frívolas y falsas ? Dios ha dado al hombre, como a todo género de séres, leyes generales bajo las cuales podemos, en virtud de nuestra libertad, caminar á la virtud y al vicio. Obramos mal conociendo siempre cómo podriamos obrar bien ; el mal es pues pura y exclusivamente nuestro. ¿Habrá tal vez aun quien se queje de Dios por habernos concedido esta terrible facultad de armar la mano para cometer el crímen? Mas ¿cómo no se ha quejado antes de ser una individualidad libre y consciente? Cómo no se ha quejado antes de ser hombre? Podemos caer en pecado, y podemos precisamente por esa misma libertad que constituye nuestro sér y nuestro orgullo. Mal educada esta , pretende resistir á la accion de la providencia; y hé aqui por qué nos abre á cada paso cien abismos. ¿Seguirá tal vez alguno quejándose de que necesite de educacion nuestro albedrío? Mas ¿cómo no se queja antes de que nuestra razon no sea perfecta y deba tener un tan lento y penoso desarrollo? Cómo no se queja antes de que Dios no nos haya hecho a todos dioses (2)?

» Lo mal determinada que ha sido por muchos la idea de la presciencia los ha llevado aun á otro error, los ha llevado a exagerar el principio de la predestinacion, solo admisible para un corto número de individuos destinados á realizar los decretos de la Providencia, contrastando con su mayor energia de voluntad y de talento las fuerzas libres que á tal realizacion se oponen. Tienden todos estos errores y exageraciones a limitar, si no a destruir, nuestra libertad; y seria muy oportuno para obviarlos que recordase todo filósofo cómo, siendo la libertad una consecuencia obligada de nuestra razon, la libertad es lo que principalmente nos distingue de los demás séres. Toda idea que pueda minorarla es para mí capaz de excitar por de pronto la desconfianza, y digna de ser mas tarde rechazada.»

Cierra con estas graves cuestiones MARIANA la segunda parte de su tratado, despues de la cual

(1) Deus sane vim nullam nostrae libertati infert, nihil de illa sua providentia delibrat, rebus utitur ut singula. rum natura exigit.- De morte et immortalitate, lib. 2.

(2) Quidquid electuri sumus vidit Deus intuitu aeterno, cognitio necessitatem non offert, uti ante est dictum. Vidit,

inquam, non sancit; praedixit, non definivit, ut fierent. Praescit omnia, sed non omnia praefinit, quae sunt Damasceni verba latine reddita.-De morte et immortalilate, lib. 2.

solo se ocupa ya del pecado original y de la gracia, recargando de nuevo la pintura de los estragos causados por los deleites, la de las penalidades de la vida y la de las dulzuras de la muerte, y sobre todo, trazando acá y acullá con vivísimos colores el cuadro de los placeres que nos esperan en el cielo, mansion donde los bienaventurados volverán á ver a los que mas amaron, gozarán recordando lo que hicieron en la tierra, comprenderán lo que jamás les permitieron ver las sombras de que cubrió nuestro entendimiento la falta cometida en el paraíso, disfrutarán constantemente de la vista de Dios, cuya luz les llenará de una beatitud inefable. Quisiéramos exponer tambien la doctrina contenida en este tercer libro; mas deberiamos entrar en lo mas oscuro de la teologia cristiana, y nos hemos propuesto apreciar á MARIANA mas como filósofo que como autor ascético. Nuestro artículo va haciéndose algo mas largo de lo que creiamos; permitásenos que en lugar de una tercera exposicion nos detengamos á escribir algunas reflexiones sobre las doctrinas explanadas.

MARIANA en esta segunda parte no se deja ya preocupar como en la primera por la idea de desarmar la reforma ; dilucida las cuestiones prescindiendo de todas las influencias de su siglo; y si no siempre aduce argumentos bastante filosóficos, las examina casi siempre a la luz de la razon, y las resuelve como podia hacerlo en aquella época el pensador mas ilustrado del catolicismo. Cae muchas veces en la vulgaridad, y se hace trivialísimo y difuso; pero en medio de esa misma vulgaridad sabe no pocas elevarse á las mas altas regiones de la filosofia. ¡Qué lástima que haya empezado tan mal á probar su creencia sobre la inmortalidad del alma I «Si un dia llegase á convencerme de que esta creencia es falsa , dice, ignoro cómo podria concebir ni la existencia de la sociedad ni la del hombre.» ¿Tan débil es en nosotros la nocion del deber, que solo á la idea de que el alma puede morir se extinga? El deber tiene su raíz en el principio mismo de nuestra voluntad, el deber es la necesidad de una accion impuesta por una ley que está en nosotros mismos, el deber es verdaderamente lo que ha llamado Kant un imperativo categorico. Que creyéramos que no en la inmortalidad del alma, su voz se alzaria siempre de un modo imperioso en el fondo de nuestro sér, y determinaria como ahora y como siempre nuestras mas frívolas acciones. ¿No ha habido acaso pueblos enteros que no han admitido la inmortalidad de nuestro espíritu ? No ha habido sectas filosóficas que la han negado por sistema? Esos pueblos y esos filósofos han reconocido, sin embargo, como los que mas, los deberes naturales.

La verdadera prueba de nuestra inmortalidad está, no en esa ni en otras vaguedades de igual género, sino en la consideracion del movimiento propio de nuestra alma, consignado con tan raro talento por Platon y explicado por MARIANA con no menos exactitud y acierto. Mil fenómenos intelectuales acreditan á cada paso este movimiento, sin el cual hubiera sido muy difícil que la filosofia moderna hubiese encontrado un punto de partida ni una base sólida para sus sistemas. Sin empezar nuestra alma por sentirse, por reconocerse, por adquirir la conciencia de sí misma independientemente del mundo que nos rodea, no cabe afirmar ni la realidad objetiva ni la subjetiva; sin afirmar esta realidad no cabe proceder á investigaciones ulteriores ni sobre Dios, ni sobre la naturaleza , ni sobre la humanidad, ni sobre el hombre; cerrado el campo á estas investigaciones, no hay filosofia ni ciencia alguna posible. ¿Dónde estariamos aun de nuestro largo y penoso camino, si el alma por esa espontaneidad que la distingue no hubiera podido concebir ese yo que se pone , se opone , se limita y no halla en el mundo fenomenal sino la realizacion de sus propias ideas, ó sea la realizacion del mundo inteligible ? El movimiento propio de nuestra alma es ya un hecho casi incuestionable; y para nosotros cuando menos, admitido el

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