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«iv DISCURSO PRELIMINAR.

hecho, no es lógico creer que puede ni debe seguir nuestro espiritu la condicion del cuerpo. Aceptada la premisa, la mas rebelde razon se ve condenada á deducir la consecuencia ya sentada.

Milita contra esta prueba, como ha visto el mismo Mariana , el famoso principio de la escuela aristotélica : nihil est in intellectu quod prius non fverít t'n sensu; mas nadie ignora que este principio, no solo es cuestionable, sino que está ya refutado y destruido por todos los que han hecho un riguroso análisis de las facultades de nuestro entendimiento. Mariana, aunque lo calificó de disputable, se contentó con manifestar que, aun siendo cierto, no quedaba destruida su creencia; y no advirtió tal vez hasta donde debia que si no quedaba destruida la creencia , lo quedaba por lo menos la fuerza de su mas sólido argumento. Creyendo en la vida propia de nuestra alma, ¿qué razon podia moverle á dejar pasar sin refutacion un principio tan opuesto? Hoy, en un tratado como el suyo, podria dispensársenos tal vez tan grave negligencia; mas ¿ cómo no hemos de censurársela hablándose de una época en que la filosofia aristotélica ejercia aun mucho imperio en todas nuestras universidades y centros literarios?

Es tanto mas vituperable este descuido cuanto que, fuera de la prueba de Platon, apenas ha presentado otra que no se venga abajo por su propio peso. El alma y el cuerpo, dice luego, están en perpetua lucha; si el alma es la que establece la paz, ¿no hemos de considerarla naturalmente superior al cuerpo? Estaria indudablemente demostrada esta superioridad si el alma figurase solo como árbitro en la lucha; pero es tambien combatiente, y acredita por harta desgracia nuestra la experiencia individual, que, léjos de salir siempre vencedora, sale no pocas vencida, y queda otras muchas reducida á la impotencia. Vienen despues de la satisfaccion de nuestras pasiones los remordimientos, voz interior con que el espiritu manifiesta aun su supremacia sobre la materia; mas ¿podemos acaso olvidar que la intensidad de estos remordimientos disminuye en razon directa del número de triunfos alcanzados por nuestros apetitos? Los remordimientos no solo disminuyen, cesan cuando cierta clase de faltas, por haber llegado á constituir en nosotros un verdadero hábito, pasan á ser un elemento de la vida. El libertino, el ladron, el homicida hacen al fin gala de crimenes que en un principio se avergonzaban de confesar ante si mismos; el libertino, por ejemplo, mira ya en la mitad de su carrera como actos que no deben turbar siquiera el goce de sus voluptuosos sueños el estupro, el rapto, el aborto provocado, el adulterio. ¿Cómo se concebiría de otro modo la persistencia en el delito de hombres cuyo simple recuerdo basta para infundir terror á toda una comarca? Cómo se concebiria de otro modo la brutal indiferencia con que estos mismos clavan el puñal en el pecho de sus victimas?

La última prueba aducida por Mariana es algo mas poderosa y concluyen te; pero solo contra los que niegan la inmortalidad y admiten por otra parte la espiritualidad del alma. La negacion de la inmortalidad lleva efectivamente de una manera fatal é irresistible al materialismo puro, por el cual es probable que se atreviesen á decidirse muy pocos filósofos en tiempos de nuestro pensador teólogo. Manifestarla contradiccion en que aquellos incurrían era siempre descartarse de un gran número de enemigos y robustecer su tésis; pero esto, que podria satisfacernos tratándose de una creencia en cuyo apoyo no hubiese pruebas mas generales y absolutas, no puede contentarnos en esta cuestion, presentada por Mariana bajo un solo punto de vista rigurosamente filosófico.

La de la existencia y la de los atributos de Dios están desarrolladas aun en el tratado De morle et immortalitate con menos fuerza de ciencia. La existencia de Dios no viene alli probada, viene solo sentida; los atributos vienen, no solo mal probados, sino tambien mal deslindados y clasificados. Deberíamos aconsejar al lector que cerrara el libro al llegar á estos capitulos, si en meDISCURSO PRELIMINAR. m

dio de muchas ideas vulgarisimas no brillasen de vez en cuando algunas suficientes por si solas para resolver dificultades que aun hoy han sido suscitadas y mal resueltas por los mas audaces filósofos del siglo. Ha sido negada en nuestros tiempos con una energia casi salvaje la idea de la Providencia; y la hemos negado nosotros mismos declarándonos en cambio decididamente fatalistas. Tal como entiende Mariana la Providencia, esta division entre providencialistas y fatalistas es, ademas de insubsistente, inútil. La humanidad, dice, obedece como el resto del universo á leyes inevitables, leyes que acreditan en Dios la providencia, pero que son una fatalidad para nosotros, á quienes como séres libres será licito cuando mas detenerlas por un tiempo dado, nunca contrariarlas ni destruirlas. ¿En qué diferimos realmente de Mariana los que nos atrevemos á admitir el fatalismo social para explicar la historia de los pueblos? Nuestra disidencia queda reducida á lo sumo á que Mariana pudo creer hijas de esa cualidad llamada Providencia las leyes que nosotros no acertamos á considerar sino como una necesidad impuesta á Dios por su sabiduria absoluta; á que Mariana cree posible en Dios una idea, que para nosotros es hasta contradictoria en un sér que teniendo una ciencia de intuicion y no progresiva, ni puede apreciar las diversas evoluciones de nuestro entendimiento, ni seguirnos por el inestricable dédalo de nuestras antinomias. Mariana hizo indudablemente dar un gran paso á esta cuestion, y merecia por esto solo elogios, cuando no por tantos otros rasgos de ingenio y pensamientos muy profondos.

Pregúntase luego nuestro juicioso filósofo si Dios es autor del pecado y si la predestinacion existe, dificultades á que podia ya fácilmente contestarse despues de resuelta con tanta claridad la de la Providencia. Si Dios da la ley, y el pecado es la trasgresion de la ley, solo nosotros en virtud de nuestra libertad somos los autores del pecado, ha dicho; y no hay en verdad á tan exacta y lógica solucion réplica posible. Si Dios, continúa, ha dictado leyes generales parala marcha de la especie y las ha dictado atendiendo á la singular naturaleza de los individuos, la predestinacion no es necesaria, y solo se hace posible para casos extraordinarios en que la desviacion de la regla tienda á destruir ó á hacer ineficaz la regla misma; solucion no ya tan filosófica como la anterior, pero bastante razonable. La predestinacion, á nuestro modo de ver, no existe ni puede existir desde el momento en que se admite que Dios gobierna el mundo por leyes todas inevitables, para cuyo cumplimiento no se ha tratado de violar ni en los demás animales la fuerza de los instintos ni en nosotros el libre albedrio que nos constituye hombres. No lo negó Mariana, y fué tal vez por no chocar del todo con las ideas mas recibidas en su siglo.

Falta ya solo que consideremos el modo cómo nuestro autor ha entendido la presciencia. El sentido literal de esta palabra está muy léjos de favorecer la interpretacion que con otros muchos autores de su época le ha dado; pero es, áno dudarlo, tan ingeniosisima interpretacion el único medio de hacerla conciliable con la libertad, que de cualquier otro modo hade quedar destruida. Si no por lo cientifica, cuando menos por lo aguda y original, es digna esta opinion de ser algun tanto respetada. Nosotros admitimos como Mariana la prevision en Dios, para quien suponemos no hay division de tiempo ni de espacio; pero una prevision general, no esa prevision de detalle que le concede falseando la misma naturaleza de ese sér á quien todos los teólogos se esfuerzan en revestir de atributos á cuál mas contradictorios. Conocemos que no hemos de ser en esto comprendidos; mas conocemos tambien que no es este lugar oportuno para desarrollar nuestras ideas filosóficas, y nos hemos de contentar con enunciarlas.

Mariana las ha explanado con bastante detencion acerca de las cuestiones mas capitales de la moral y de la teologia, pero no acerca de las altas dificultades ontológicas y psicológicas, que no xxvi DISCURSO PRELIMINAR.

ha tocado sino incidental y vagamente al hacerse cargo de la inmortalidad del alma. Es á la verdad de sentir que un hombre de tan vastos conocimientos y de tan elevada inteligencia no haya tenido ocasion de consignarlas todas sistematizándolas de modo que fuera fácil apreciarlas ya por la armonia general de su conjunto, ya por la relacion que guardase con este cada una de las partes, ya por el valor absoluto de cada una de por si, ya por su valor relativo á la manera de ver y de pensar de su época. Habria dejado entonces un monumento, que respetarian aun los mas atrevidos filósofos; habria adquirido un glorioso lugar y un brillante recuerdo en las páginas de la historia de la ciencia.

II.

Hemos juzgado hasta ahora á Mariana como filósofo; vamos á juzgarle como publicista.

Penetrado como nadie de que somos séres esencialmente libres, proclama ante todo la libertad del pueblo. «No hay razon alguna, exclama, para que nos mandemos unos á otros; si para nuestro propio bienestar necesitamos de que álguien nos gobierne, nosotros somos los que debemos darle el imperio, no él quien debe imponérnoslo con la punta de la espada. Muchas naciones han sido desgraciadamente constituidas por la violencia, pocas por el consentimiento de los que las componen; mas esto en nada menoscaba la fuerza de nuestro derecho, derivado de la misma naturaleza y constitucion del hombre. Si no podemos rechazar ya los poderes que solo á la tirania debieron su origen, podemos obligar cuando menos á los descendientes de los antiguos tiranos á que obren en virtud de leyes emanadas de la suprema voluntad de la república. Nuestro derecho es imprescriptible; y si hay monarcas aun que sobreponiéndose á él pretendan obrar á su antojo y sin consultar el voto de los que han de vivir bajo su yugo, monarcas solo por la fuerza, dejarán de serlo justamente el dia en que una fuerza mayor les precipite del puesto que tan infamemente arrebataron. Todo poder que no descansa en la justicia no es un poder legitimo; y es de todo punto indudable que no descansa en ella el que no ha recibido su existencia del pueblo ó no ha sido á lo menos sancionado por el pueblo.

«Preguntan á menudo los politicos cuál es la mejor forma de gobierno; mas esta cuestion es para mi secundaria, porque he visto florecer estados bajo la república como bajo la monarquia, y la historia de cien siglos me revela en todos los sistemas una hondad, si no absoluta, relativa. Pesando las ventajas é inconvenientes de una y otra, me decido por la monarquia, que encuentro mas análoga y conforme al modo como se gobierna la naturaleza; mas ora se convenga conmigo, ora se esté por la aristocracia ó por la democracia, lo que para mi interesa es dejar consignado desde un principio que léjos de depender el Estado de los poderes públicos, los poderes públicos dependen directa y constantemente del Estado. El hombre para fundar y extender la sociedad no necesitaba de un impulso extraño; sér naturalmente sociable, sentia la necesidad de reunirse con sus semejantes desde el momento en que los conocia ó los sentia junto á su cabana. Habia adquirido y no podia menos de adquirir la conciencia de sus propias facultades; y viendo desde luego que no podia desarrollarlas sin ponerse en contacto con los séres de su especie y aun con los demás del universo, era indispensable que concibiese las ideas de familia y tribu, ideas que contenian virtualmente en si las de ciudad, provincia, nacion, imperio uni

DISCURSO PRELIMINAR. Ixvn versal, linaje humano. Solo despues de constituida la sociedad podia surgir entre los hombres el pensamiento de crear un poder, hecho que por si solo bastaria á probar que los gobernantes son para los pueblos, y no los pueblos para los gobernantes, cuando no sintiéramos para confirmarlo y ponerlo fuera de toda duda el grito de nuestra libertad individual, herida desde el punto en que un hombre ha extendido sobre otro el cetro de la ley ó la espada de la fuerza.

«Escritores mal intencionados y cortesanos llenos de corrupcion se han propuesto no pocas veces halagar á los reyes suponiéndoles, no solo superiores á los pueblos, sino hasta dueños de las vidas y haciendas de los ciudadanos; mas estos hombres, incapaces de apoyar sus opiniones en ninguna razon sólida, no merecen de todo hombre pensador sino el desprecio. Han vendido torpemente su independencia, y quieren sacrificar la de los otros en aras de su humillacion y su bajeza; han sumergido en el cieno de la adulacion las facultades que les habia dado Dios para alumbrar á los principes; y no parece sino que quieren tambien rebajar hasta el nivel de los brutos la inteligencia de los demás hombres.

«Afortunadamente en nuestra monarquia, cuyos hábitos de libertad vienen fortalecidos por unaserie nunca interrumpida de esfuerzos y de sacrificios, no han de prevalecer nunca tan bárbaras doctrinas. Mas ¿no seria siempre mejor que viesen unos sobre si el desprecio público, y fuesen arrojados los otros de palacios, dondesolo deberia reinar la verdad é inculcarse sin tregua las mas exactas ideas dejusticia? El principio que dejo establecido lo está generalmente en España, gobernada desde tiempo inmemorial por Cortes, á cuyas resoluciones han de sujetar su voluntad losmismos reyes; sostener el opuesto, no solo es falsear la ciencia, es atentar contra las mas venerandas costumbres y lo que principalmente constituye la nacionalidad española. Nuestros principes deben saber por lo contrario que son solo depositarios del poder que ejercen, que no lo tienen sino por la voluntad de sus súbditos, que han de usarlo conforme á las leyes fundamentales del Estado, que no pueden alterar una sola ley sin hacerla discutir y determinar en el seno de las Cortes, ni imponer nuevos tributos sin consultar el voto de los contribuyentes, ni obrar contra el dogma cristiano, ni reformar siquiera las prácticas religiosas sin la previa autorizacion del pueblo ó de la Iglesia. Deben saber que si, mal aconsejados por sus pasiones ó por losque les rodean, se atreven algun dia á violar, ya esa misma religion que estamos obligados todos á defender contra las armas de los pueblos infieles y las invasiones de la herejia, ya esas leyes capitales en que descansa toda nuestra organizacion politica y están apoyados los intereses sociales de los pueblos, ya esas antiguas costumbres que además de caracterizarnos forman parte de nuestra misma vida; ó deberán resignarse á abdicar el poder de que abusaron, ó se verán justamente expuestos á morir en manos de la insurreccion ó en las del hombre que, celoso por las libertades de su patria, tenga el suficiente heroismo para ir á clavar su puñal en la frente del tirano. Deben saber que, aunque vean defendido su trono por armas desoldados mercenarios, indignos siempre de guardar el sueño de los buenos principes, han de temer si obran mal; pues son impotentes todas las armas del mundo para librarles de un patricio que, fingiéndoles amistad, aceche el momento oportuno para hacerles rodar de un solo golpe las gradas del trono y los escalones del sepulcro. Deben saber que, aunqueel asesinato es siempre un crimen, dejade serlo y glorifica al que lo comete cuando á falta de otros medios se ejecuta sobre el cuerpo de un rey para quien hayan sido los pueblos un juguete y la justicia una mentira. Deben saber que, siendo los reyes para la sociedad, y no la sociedad paralos reyes, si ve la sociedad sublevada contra si la hechura de sus manos, tiene, no ya el derecho, sino el deber de castigarla; tiene, no ya el derecho, sino el deber de aniquilarla del modo mas ó menos legitimo que le permitan la uviii DISCURSO PRELIMINAR.

fuerza y la situacion del que, en lugar de ser su guarda y su broquel, se ha convertido en su verdugo. Deben saber que, como no se perdona medio para deshacerse de un monstruo, no se perdona para deshacerse de un tirano, que es el mayor monstruo de la tierra.

«Suele ocultarse la verdad á los principes diciéndoles que han recibido su poder, no del pueblo, sino de sus mayores, que se lo dejaron por herencia. No se les enseña, como deberia enseñárseles, que hasta la ley sobre la sucesion es hija de la voluntad nacional, sin la cual no puede aquella reformarse ni podria decidirse cuestion alguna si llegasen á presentarse circunstancias á que por lo raras é imprevistas no pudiese hacerse extensivo lo dispuesto. La sucesion hereditaria no altera en nada la naturaleza del poder real; la sucesion hereditaria no ha sido admitida á pesar de sus gravisimos inconvenientes sino para asegurar mejor el orden social, apagando ambiciones que á la muerte de cada principe habrían de remover forzosamente el pais y provocarian tal vez escándalos y guerras. ¿Se cree acaso que si la nacion considerase mañana necesario restablecer el principio de sucesion electiva, que tuvimos en vigor durante siglos, podria siquiera el principe oponerse á que asi se resolviese? No solo puede una nacion rechazar la sucesion hereditaria; puede variar hasta la forma misma del gobierno, á pesar de los muchos peligros que suelen llevar consigo estas mudanzas. Hay en la vida de los pueblos vicisitudes que, no solo aconsejan, sino hasta exigen cambios radicales; y estos cambios ¿quién duda que son justos cuando emanan de la misma república, centro de todos los poderes del Estado?

»La monarquia es el gobierno mas simple, mas susceptible de unidad de accion, mas fuerte por consecuencia, y menos expuesto á revoluciones y trastornos; pero es absolutamente imposible para que produzca buenos frutos que estén bien deslindadas en ella las relaciones entre el principe y los súbditos. Conviene por esto, ante todo, que el rey se limite á ser el jefe del poder ejecutivo, procurando que este mismo poder, sobre el cual no está ya sino el del pueblo, dificilisimo de ejercer cuando se trata de aplicarle á la persona de un monarca, no degenere nunca en tirania. Léjos de aislarse de sus vasallos trazando en torno suyo un circulo de cortesanos y otro de guardias pretorianas, debe estar en continuo roce con ellos viendo por sus propios ojos las necesidades que padecen, escuchando con su propio oido la voz de los deseos que sienten ó el grito del dolor que sufren, enterándose por si mismo del giro que toman ó deban tomar las ciencias ó las artes. Las espadas que hayan de servir para defenderle no las confiará sino á ellos, á quienes, asi en guerra como en paz, hade tener siempre armados para que no se enerven en el ocio y la molicie; los consejeros que hayan de formar su corte los buscará entre ellos, á quienes no ha de temer nunca elevar al rango de la aristocracia si pelearon como buenos en el campo de batalla ó meditaron en el silencio de sus retretes sobre las verdades de la ciencia. Buscará á los grandes entre los humildes; y logrará asi por una parte reparar los injustos estragos de la desigualdad, introducida solo en el mundo por el caprichoso juego de la suerte y la tirania de los que mas pudieron, por otra remozar esa nobleza corrompida que mancha hoy con torpes fealdades los escudos pintados por los mayores con la sangre de sus venas. La nobleza es otro poder en el Estado, y debe por lo tanto el rey cuidar de que por lo estancada no le suceda lo que álas aguas empantanadas que vician con sus miasmas el aire que las rodea y llevan á la redonda las enfermedades y la muerte. Los fundadores de muchas de nuestras familias aristocráticas hicieron tal vez menos de lo que han hecho hoy hombres de solar desconocido; elévese á estos á lo que aquellos fueron elevados, y sobre haber hecho justicia á la virtud y al mérito, se habrá logrado algun tanto borrar los limites ya demasiado marcados entre la aristocracia y el pueblo. »La aristocracia en una monarquia es un elemento del todo necesario : sirve de freno á los re

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