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jais. Los enemigos por la pobreza, miseria y mal tratamiento están fiaros y sin fuerzas; el ejército se ha juntado de moros y cristianos, que no concuerdan en nada,antes se diferencian ep costumbres, leyes,estatutos y religion. Yos teneis un mismo corazon, una misma voluntad, necesidad de pelear por la vida, por la patria, por nuestra gloria. Con el mismo ánimo pues con que tantas veces sobrepujastes innumerables huestes de enemigos y salistes con victoria de semejantes aprietos, si ya, soldados mios, no estais olvidados de vuestro antigue esfuerzo, venced ahora las dificultades menores que se os ponen delante.» Dicho esto, con la bocina hizo señal, como lo acostumbraba. Renuévase la pelea con grande coraje, derrámase mucha sangre, mueren los mas valientes y atrevidos delos franceses. Los españoles, por los muchos trabajos endurecidos, peleaban como leones; y in opinionrque en la guerra puede mucho, quebrantó los ¿nimos de los contrarios, ca en lo mas recio dela pelea se divulgó .por los escuadrones que los moros, como gente que tenia noticia de los pasos, se apresuraban para dar sobre ellos por las espaldas. Ningun lugar hobo ni mas señalado por el destrozo de los franceses ni mas conocido por la fama. Los muertos fueron sepultados en la capilla del Espíritu Santo de Ron.cesvalles. Siguióse poco despues la muerte de Cario Magno, que falleció y fué sepultado en Aquisgran el año de Cristo de 814, que fué la causa, como yo entiendo, de no vengar aquella injuria. Don Rodrigo dice que el rey don Alonso se halló en la batalla; los de Navarra, que Fortun García, rey de Sobrarve, tuvo gran parteen aquella victoria; las historias de Francia que, no por el esfuerzo de los nuestros fueron los franceses vencidos, sino por traicion de un cierto Galalon. Entiendo que la memoria destas cosas está confusa por la aficion y fábulas que suelen resultar en casos semejantes, en tanto grado, que algunos escritores franceses no hacen mencion desta pelea tan señalada; silencio que se pudiera atribuir á malicia, si no considerara que lo mismo hizo don Alonso el Magno, rey de Leon, en el Cronicon que dedicó á Sebastian, obispo de Salamanca, poco despues deste tiempo, donde no se ' halla mencion alguna desta tan notable jornada. Esto baste de la empresa y desastre del emperador Cario Magno. El lector, por lo que otros escribieron, podrá hacer libremente juicio de la verdad. Volvamos á lo que nos queda atrás.

CAPITULO XII.
De lo itmis que hito el rey don Alonso.

Prósperamente y casi sin ningun tropiezo procedian en tiempo del rey don Alonso las cosas de los cristianos con una perpetua, constante, igual y maravillosa bonanza. No solo cuidaba el buen Rey de la guerra, sino eso mismo de las artes de la paz, y en particular procuraba que el culto divino en todas maneras se aumentase. Luego que se acabó de todo punto el templo que con nombre del Salvador se comenzó los años pasados en Oviedo, el mayor y mas principal de aquella ciudad, para que la devocion fuese mayor hizo que siete obispos le consagrasen con las ceremonias acostumbradas el año de 802. Sin esto en la misma ciudad levantó otra iglesia con advocacion de Nuestra Señora,

y junto con ella un claustro ó casa á proposito de »aterrar en ella (os cuerpos de los reyes, ca dentro de la iglesia po se acostumbraba; otra tercera iglesia edificó de San Tirso, mártir, muy hermosa; la cuarta de San Julian; demás desto, un palacio real con todos los ornamentos, apartamientos y requisitos necesarios. Tal era la grandeza de ánimo en el rey don Alonso, que contentándose él en particular con regalo y vestido ordinario, empleaba todas sus fuerzas en procurar el arreo j hermosura de la república, ennoblecer y adornar aquella ciudad oue él, primero de los reyes, hizo asientoJ cabecera de su reino, como lo refiere don Alonso el Magno. A la misma sazon los moros andaban alborotados, en particular-los de Toledo se alzaron contra su Rey. Las riquezas y el ocio, fuente de todos los males, eran la causa, y ninguna ciudad puede tener sosiego largo tiempo; si fuera le faltan enemigos, le nacen en casa. El rey AlÍiaca, como astuto que era, acostumbrado á callar,,disimular, fingir y engañar, llamó áAmhroz, gobernador de Huesca, hombre á propósito para el embuste que tramaba, por ser amigo de los de Toledo. Envióle con cartas halagüeñas, en que echaba la culpa del alboroto á los que tenían el gpbierno, y rogaba á los ciudadanos se sosegasen. Es la gente de Toledo de su natural sencilla y no nada maliciosa; sin recelarse dela celada, abiertas las puertas, le recibieron en la ciudad. Pasado algun tiempo, finge estar agraviado del Rey; persuádeles pasen adelante en sus primeros intentos, y para mayor seguridad hace edificar un castillo do al presente está la iglesia de San Cristóbal; y para que estuviesen en guarnicion, puso en él buen golpe de soldados. Para sosegar estas alteraciones acudió Abderraman, hijo del rey Moro, mozo de veinte y cuatro años; el cual, con semejante engaño, al primero hizo asiento con los de dentro, y le dejaron, entrar. Para ejecutar lo que tenían tramado convidaron los cindadanos principales a' cierto convite que ordenaron dentro del castillo, en que sobre seguro fueron alevosamente muertos por los soldados los del pueblo hasta número de cinco mil, que fué el año de nuestra salvacion de 805. Este castigo tan grande hizo que el pueblo de Toledo se allanase; pero no bastó para que los que moraban en el arrabal de Córdoba no se levantasen. La crueldad antes altera que sana., F, ué enviado contra ellos Abdelcarin, capitan de gran nombre, que ganó en el cerco que poco antes tuvo sobre Calahorra, y por l"S grandes daños que hizo en aquella comarca. Este lo sosegó todo; el castigo de los culpados fué menor que el de Toledo; ahorcó trecientos dellos á la ribera del rio. Esto pasaba en tierra de moros; en la de cristianos dos ejércitos de moros, que hicieron en trada en Galicia y pusieron grande espanto en la tierra,fueron destrozados; forzados con daño á retirarse el año de 810. Ores, gobernador de Mérida, puso sitio 6obre la villa deBenavente; pero con la venida del rey don Aioobo fué forzado á alzarle y retirarse. De la misma manera Alcama, moro, gobernador de Badajoz, fué rechazado de la cindad de Mérida, sobre la cual estaba, y de toda aquella comarca. No mucho despues uno, llamado Mahomad, hombre noble entre los moros, ciudadano antiguamente de Mérida, por miedo que tenia de Abderraman no le hiciese alguna fuerza y agravio, bien que lo particular no se sabe, con número de gente se retiró al amparo del rey-don Alonso. Dióle el Rey en Galicia lugar en que morase; pretendia el moro volver en gracia con los de su nacion y tomar por medio alguna empresa contra los cristianos; asi, ocho años despues de su venida con las armas se apoderó de un pueblo llamado Santa Cristina; este castillo se ve hoy dos leguas de Lugo. Acudió prestamente el Rey para cortalle los patos; vinieron á las manos, y pelearon con una porfia extraordinaria; pero al fin el campo quedó por los nuestros con muertede.cincuenta mil moros, y entre ellos del mismo Mahomad, que fué un notable aviso para no fiarse de traidores, en especial de diversa creencia y religion. En tanto que esto pasaba, falleció Alhaca, rey de Córdoba, el año de Cristo de 821, de los árabes 206, de su reino veinte y siete. Dejó diez y nueve hijos y veinte y una hijas. Sucedióle en el reino Abderraman ( su hijo, en edad de' cuarenta y un años; reinó treinta y uno. Por este tiempo ios moros de España pasaron á la isía de Candía, y hicieron en ella su asiento. Dicelo Zonaras. El esfuerzo de Bernardo del Carpio se mostró mucho en todas las guerras que por este tiempo se hicieron; él grandemente se agraviaba que ni sus servicios ni los ruegos de la Reina fuesen pacte para que el Rey, su tio, se doliese de su padre y lé librase de aquella larga y dura prision. Pidió claramente licencia, y retiróse á Salda ña. que era de su patrimonio, con intento de satisfacerse de aquel agravio en las ocasiones que se ofreciesen. Deudo hacia robos y entradas en las tierras del Rey sin que nadie le fuese & la mano. El Rey no era bastante-por su larga edad; los nobles favorecian la pretension de Bernardo y sn demanda tan justa; Ofendido el Rey por este levantamiento y llegado el fin de su vida de vejez y de una enfermedad mortal que le sobrevino, señaló por sucesor suyo á don Ramiro, hijo de don Bermudo. Hecho esto, acabó el curso de su vida en edad de ocííenta y cinco años. Reinó los cincuenta 'y dos, cinco meses y trecer días. Otros á este número de años añaden los que reinaron Mauregato y don Bermudo por no haber.sido verdaderos reyes. Falleció en Oviedo, y fué sepultado en la iglesia de Santa Maria de aquella ciudad. Sucedió su muerte el año de nuestra salvacion de 843, cuenta en que nos apartamos algun tanto de la que ileva el Catálogo compostettanb; pero arrimados al Cronicon del rey don Alonso el Magno, muy conforme en esto á las demás memorias que quedan y tenemos de la antigüedad- i

CAPITULO XIII.

... Del rey don Ramiro. ,:. , . • ; .

El reinado del rey don Ramiro en tiempo fué breve, en gloría y hazañas muy señalado, por quitar, como quitó, de i as cervices de los cristianos el yugo gravisimo que les tenian puesto los moros y reprimir las insolencias y demasias de aquella gente bárbara. A la verdad, el haber España levantado la cabeza y vuelto á su antigua dignidad, despues de Dios se debe al esfuerzo y perpetua felicidad deste gran principe. En los negocios que tuvo con los de fuera fué excelente, en los de dentro de su reino admirable; y aunque se senaló mucho en las cosas de la paz, pero en la gloria militar fué mas aventajado. A los nigrománticos y hechiceros castigó con pena de fuego; á los ladronas, en

que andaba gran desórden, hacia sacar los «jos, pena cortada á la medida de su delito, quitarles la ocasion de codiciar lo ajeno y hacerles que no pudiesen mas pecar. A la sazon que falleció el rey don Alonso, don Ramiro se hallaba ocupado en los várdulos, que eran parte de Castilla la Vieja ó de Vizcaya. La distancia de los lugares y la mudanza del principe dieron ocasion al conde Nepociano para apoderarse por fuerza de armas de ras Asturias y llamarse rey. Era hombre muy poderoso, los que le seguian, muchos, su autoridad y riquezas muy grandes. Las voluntades y pareceres de los naturales no se conformaban, ca los malos y revoltosos le favorecian; los mas cuerdos, que sentian diversamente, callaban y no se atrevian á declararse por miedo del tirano y por estar las cosas tan alteradas. Acudió el rey don Ramiro á sosegar estos movimientos. Juntáronse de una parte y de otra muchas gentes; dióse la batalla en Galicia á la ribera del rio Narceya; en ella Nepociano fué desamparado de los suyos, vencido y puesto en buida. Es muy justa recompensa de la desíealtad que seá reprimida con otra alevosia; demás que'ordinariamentejá quien la fortuna se muestra contraria , en el tiempo de la adversidad le'desamparan tambien los hombres. Fué asi, que dos hombres principales de los que seguian al tirano, llamados el uno Somna, y el otro Scipion, con intento de alcanzar perdon del vencedor le prendieron en la comarca premarienseyse le entregaron. En la prision por mandado del Rey le fueron sacados los ojos, y encerrado en cierto monasterio, pasó en miseria y tinieblas loque de la vida le quedaba. Despues destos movimientos y alteraciones se siguió la guerra contra los moros, que al principio fué espantosa, mas su remate y conclusion fué muy alegre para los cristianos, y ella de las mas señaladas que se hicieron en España. Tenia el imperio do los moros Abderraman, segundo deste nombre, principe de suyo feroz, y que la prosperidad le hacia aun mas bravo; porque al principio de su reinado, como queda arriba apuntado, hizo huirá Abdalla, su tio, que con esperanza de reinar tomó las armas y se apoderara de la ciudad de Videncia. Demás desto, se apoderó de la ciudad de Barcelona por medio de un capitan suyo de gran nombre, llamado Abdelcarin. Con esto quedó tmrorgulloso, que, resuelto de revolver contra el reydon Ramiro, le envió una embajada para requerirle le pagase las cien doncellas que, conforme al asiento hecho con Mauregato, se le debian en nombre de parias; que era llanamente amenazalle cori la guerra y declararse por enemigo si no le obedecia en lo que demandaba. Grande era él espanto de la gente, mayor el afrenta que desta embajada resultaba;' asi ios embajadores fueron luego despddidos; valióles el derecho de las gentes para' que no fuesen castigados como merecia su Ibeo atrevimiento y demanda tan indigna é intolerable. Trasesto todos los que eran de edad á propósito en todo el reino fueron forzados á alistarse y tomar las armas, fuera de algunos pocos que quedaron para la labor de los campos, por miedo que si la dejaban serian afligidos, no menos de la hambre que de la guerra. Los mismos obispos y varones consagrados á Dios siguieron el campo de los cristianos. Grande era el recelo de todos, si bien la querella era tan justa, que tenian alguna esperanza de salir con la viotorla. Para ganar reputacion y mostrar que hacia» de voluntad lo que les era forzoso, acordaron de romper primero y correr las tierras de los enemigos, en particular se metieron por la Rioja, que á la sazon estaba en poder de moros. Al contrarío Abderraman juntaba grandes gentes de sus estados, aparejaba armas, caballos y provisiones con todo lo demás que entendia ser necesario para la guerra y para salir al encuentro á los nuestros. Juntáronse los dos campos, de moros y de cristianos, cerca de Albelda ó Albaida, pueblo en aquel tiempo fuerte, y despues muy conocido por un monasterio que edificó allí don Sancho, rey de Navarra, con advocación de San Martin ; al presente está casi despoblado. La renta del monasterio y la librería que tenia, muy famosa, trasladaron el tiempo adelante á la iglesia de Santa María la Redonda de la ciudad de Logroño, de la cual Albelda dista por espacio de dos' leguas. En aquella comarca se dió la batalla de poder á poder, que fué de las mas sangrientas y señaladas que se dieron en aquel tiempo. Nuestro ejército, como juntado de priesa, no era igual en fuerzas y destreza á los soldados viejos y ejercitados que traían los enemigos. Perdiérase de todo punto la jornada si no fuera por diligencia de los capitanes, que acudian á todas partes y animaban á sus soldados con palabras y con ejemplo. Cerró la noche, y con las tinieblas y escuridad se puso fin al combate. No hay cosa tan pequeña en la guerra que á las veces no sea ocasion de grandes bienes ó males, y así fué, que en aquella noche estuvo el remedio de los cristianos. Retiróse el rey don Ramiro á un recuesto, que allí cerca está, con gentes destrozadas y grandemente enflaquecidas por el daño presente y mayor mal que esperaban. El mejorarse en el lugar dió muestra que quedaba veucido, pero, sin embargo, se fortificó lo mejor que segun el tiempo pudo; hizo curar los heridos, los cuales y la demás gente, perdida casi toda esperanza de salvarse, con lágrimas y suspiros hacían votos y plegarias para aplacar la ira de Dios. El Rey, oprimido de tristeza y de cuidados por el aprieto en que se hallaba, se quedó adormecido. Entre sueños le apareció el apóstol Santiago con representacion do majestad y grandeza mayor que humana. Mándale que tenga buen ánimo, que con la ayuda de Dios no dude de la victoria, que el dia siguiente la tuviese por cierta. Despertó el Rey con esta vision, y regocijado con nueva tan alegre saltó luego de lácama. Mandó juntar los prelados y grandes, y como los tuvojuntos les hizo un razonamiento desta sustancia : » Bien sé, varones excelentes, que todos conoceis tan bien como yo en qué término y apretura están nuestras cosas. En la pelea de ayer llevamos lo peor, y si no quedamos del todo vencidos, mas fué por beneficio de la noche que por nuestro esfuerzo. Muchos de los nuestros quedaron en el campo, los demás están desanimados y amedrentados. El ejército enemigo, que era antes fuerte, con nuestro daño queda con mayor osadia. Bien veis que no hay fuerzas para tornar á la pelea ni lugar para huir. Estar en estos lugares mas tiempo, aunque lo pretendiésemos, la falta de pan y de otras cosas necesarias no lo permitirían. La dura y peligrosa necesidad de nuestra suerte, el desamparo de la ayuda y fuerzas humanas suplirá el socorro del cielo, y aliviará sin ninguna duda el peso de tantos malea, lo que 01 puedo coa seguridad prometer. Afuera

el cobarde miedo, no tape las orejas de vuestro entendimiento la desconfianza y falta de fe. Arrojarse en afirmar y creer es cosa perjudicial, mayormente cuando se trata de las cosas divinas y de la religion; porque si las menospreciamos, hay peligro de caer en impiedad, y si las recebimos ligeramente , en supersticion. El apóstol Santiago me apareció entre sueños y me certificó de la victoria. Levantad vuestros corazones y desechad del los toda tristeza y desconfianza. El suceso de la pelea os dará á entender la verdad de lo que tratamos. Ea pues, amigos mios, llenos de esperanza arremeted á los enemigos, pelead por la patria y por la comun salud. Bien pudiérades con extrema afrenta y mengua servir á los moros; por pareceros esto intolerable tomastes las armas. Rechazad con el favor de Dios y del apóstol Santiago la afrenta de la religion cristiana, la deshonra de vuestra nacion; abatid el orgullo desta gente pagana. Acordáos de lo que pretendistes cuando tomastes las armas, de vuestro antigue valor y de las empresas que habeis acabado.» Dicho esto, mandó ordenar las haces y dar señal de pelear. Los nuestros con gran denuedo acometen i los enemigos, y cierran apellidando á grandes vocesel nombre de Santiago, principio de la costumbre que Insta hoy tienen los soldados españoles de invocar su aynda al tiempo que quieren acometer. Los bárbaros,alterados por el atrevimiento de los nuestros, cosa muy fuera de su pensamiento por tenerlos ya por vencidos, y con el espanto que de repente les sobrevino del cielo, no pudieron sufrir aquel ímpetu y carga que les dieron. El apóstol Santiago, segun que lo prometiera al Rey, fué visto en un caballo blanco y con una bandera blanca y en medio della una cruz roja, que capitaneaba nuestra gente. Con su vista crecieron ú los nuestros las fuerzas, los bárbaros de todo punto desmayados se pusieron en huida, ejecutaron los cristianos el alcance ,degollaron sesenta mil moros. Apoderáronse despues da la victoria de muchos lugares, en particular de Clavijo, do se dió esta famosa batalla, de que dan muestra los pedazos de las armas que hasta hoy por allí se hallan. Asimismo Albelda y Calahorra volvieron á poder de cristianos. Sucedió esta memorable jornada el año de Cristo de 844, que fué el segundo del reinado do don Ramiro. El ejército vencedor, despues de dar gracias á Dios por tan gran merced, por voto que hicieron, obligaron á toda España, sin embargo que la mayor parte della estaba en poder de moros, á pagar desde entonces para siempre jamás de cada yugada de tierras ó de viñas cierta medida de trigo ó de vino cada no año á la iglesia del apóstol Santiago, con cuyo favor alcanzaron la victoria, voto que algunos romanos poatífices aprobaron adelante, como se ve por sus letras apostólicas. Asimismo el rey don Ramiro expidió sobre el mismo caso su privilegio, su data en Calahorraá 25 de mayo, era 872; yo mas quisiera que dijera 882, para que concertara con la razon del tiempo que llevamos muy puntual y ajustada. Puédese sospechar que en el copiar el privilegio se quedó un diez en el tintero; que el. original no parece. Añadieron otrosí en este voto que para siempre, cuando los despojos de la* enemigos se repartiesen, Santiago se contase por un soldado á caballo y llevase su parte, pero esto con el tiempo ae ha desusado; lo que toca al viuo y trigo alpunos pueblos lo pagan' De los despojos desta guerra hizo ei Rey edificar á media legua de Oviedo una iglesia de obra maravillosa con advocacion de Nuestra Señora, que hasta hoy se ve puesta á las baldas del monte Naurancio, y alli cerca se edificó otra iglesia con nombre de San Miguel. La reina, que unos llaman Urraca, otros Paterna, madre de don Ordoño y de don Garcia, proveyó las dáchas iglesias y las adornó de todo lo necesario, ca tenia por costumbre de emplear todo lo que podia ahorrar del gasto de su casa y del arreo de su persona en ornamentos para las iglesias, y en particular de la del apóstol Santiago. El Eruto desta victoria no fué tan grande como se pensaba y fuera razon, á causa deotra guerra que al improviso se levantó contra España.

CAPITULO XIV.
Como los nortmando» finieron i Espafia.

Aun no estaba quitado el yugo de la servidumbre que los moros, gente venida de la parte de mediodia, tenia puesto sobre nuestra nacion, cuando una nueva peste por la parte de setentrion comenzó á trabajarla grandemente. Fué asi que los nortmandos, gente fiera y bárbara, y por no haber aun receñido la fe de Cristo impia y infiel, salidos de Dacia y de Norvegia, como el mismo nombre lo declara que fueron gentes setentrionales, canortmando quiere decir hombre del norte, forzados de la necesidad, ó lo que es mas cierto, con deseo de hacer mal, se hicieron cosarios por el mar debajo la conducta de su capitan Rolon. Lo primero acometieron las marinas de Frisia; despues corrieron las de Francia, en particular por la parte que el rio Secuana desagua en el mar Océano, hicieron mas graves y mas ordinarios daños que de ninguno otro enemigo se pudieran temer. Despues dcsto, talaron las tierras de Nantes por do el rio Loire descarga en el mar; las comarcas de Turs y de Poliers, en que vencido quo hobieron en batalla á Roberto, conde de Anjon, pusieron espanto en todas aquellas tierras. Ultimamente, hicieron su asiento en aquella parte de Francia que antiguamente se llamó Neustria, y lioy del nombre desta gente se llama Normandia; y esto por concesion de los emperadores Ludovico el Segundo y Carolo Craso, que les dieron aquellas tierras á condicion que, pues no se querian del todo sujetar á su señorio, fuesen pora siempre feudatarios y movientes de la corona de Francia. Los mismos poreste tiempo con pruesas flotas que juntaron en Francia dieron mucho trabajo á los cristianos de España. Primeramente apretaron y talaron todas las marinas de Galicia; pero llegailos á la Coruñn, como acudiese contra ellos el rey don Ramiro, los que dellos saltaron en tierra quedaron vencidos en batalla y forzados á embarcarse; demás desto, les dieron una batalla naval, en que setenta de sus naves, parte fueron tomadas por los nuestros, parte echadas á fondo. Asi lo refiere el arzobispo don Rodrigo, dudo que el número delas naves parece muy grande, principalmente que los que escaparon de la rota, doblado el cabo de Finisterre, llegaron d la boca del rio Tajo y pusieron en mucho afan áLisbona,que habia por este tiempo vuelto á poder de moros, y el año luego siguiente, que se contaba de Cristo 847, con gentes y naves que de nuevo recogieron pusieron cerco sobre Sevilla y talaron los

campos de Cádiz y de Medina Sidonia, en que hicieron presas de hombres y ganados y pasaron á cuchillo gran número de moros. Al fin, despues que se detuvieron mucho tiempo en aquellas comarcas, por un aviso que Ies vino que el rey Abderraman armaba contra ellos y aprestaba una gruesa armada, se partieron de España con mucha honra y despojos que consigo llevaron. Siguiéronse otras alteraciones civiles entre los cristianos. El conde Alderedo y Pimolo, hombres en riquezas y aliados poderosos, uno en pos de otro se alborotaron y tomaron las armas contra el rey don Ramiro. Las causas destas alteraciones no se refieren; nunca fallan disgustos y desabrimientos; solo se dice que en breve y fácilmente se apaciguaron. Alderedo fué privado de la vista; Piniolo y siete hijos suyos muertos por mandado del rey don Ramiro, el año quinto de su reinado. Falleció poco adelante el mismo en Oviedo despues que reinó siete años enteros; fueron sepultados él y Paterna, su mujer, en la iglesia de Santa Maria de aquella ciudad, en que se ve un lucillo deste Rey con uua letra, que vuelta en romance dice asi:

«UMO LA BUENA MEMORIA DEL REY RAN1MIR0 Á 1." DE FEBRERO : RUEGO A TODOS LOS QUE ESTO LETEREDES, NO DEJEIS DE ROGAR POR SO REPOSO.

Entiéndese que fué alli tambien sepultado don Garcia, hermano del Rey, sin que baya memoria de alguna otra cosa que hiciese en vida ni en muerte, salvo que su halló en la batalla de Clavijo y que el Rey le tratab t como si saliera de sus entrañas. En tiempo del rey don Ramiro falleció Teodomiro, obispo de Iría, en cuyo lugar sucedió Ataulfo. Algunos toman deste tiempo el principio de la caballeria y órden de Santiago, muy famosa por sus hazañas, pero sin autor alguno ni argumento bastante. Porquo los privilegios antiguos, quo con deseo de honrarosta religion algunos sin proposita inventaron, ningun hombre de letras los aprueba ni tiene por ciertos. A don Ramiro sucedió su hijo don Ordoño en el uño del Señor de 850.

CAPITULO XV.
De muchos mártires qoe padecieron en Córdoba.

Cruel carniceria y una de las mas bravas-y sangrientas que jamás hobo se ejercitaba en Córdoba por estos tiempos y se embravecia contra los siervos de Cristo. Fuegos, planchas ardiendo, con todos los demás tormentos se empleaban en atormentar sus cuerpos. El mayor delito que en ellos se hallaba era la perseverancia en la fe de Cristo y mantenerse en el culto do la religion cristiana, dado que se buscaban y alegaban otros achaques y colores á propósito de no dar muestra quo les pretendian quitar la libertad de ser cristianos contru lo quo tenian concertado. Abdorraman, segundo desto nombre, y Mahomad, su hijo, reyes de Córdoba, como hombres astutos y sagaces, pensaban que harian cosa agradable á Dios y á sus vasallos si de todo punto desarraigasen el nombre cristiano. Además, quo para seguridad de su estado les parecia conveniente que, quitada la diferencia de la religion, todos sus subditos estuviesen entre si ligados con una misma creencia. Al tiempo que se perdió España, los vencedores otorgaron á los nuestros libertad de mantenerse en la religion de sus antepasados. Con esto, sacerdotes, monjas y mon

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jos ron su vestido diferente de los dermis, rapadas las barbas, con sus coronas y tonsuras á la manera antigua, se^eian en público, asf en otras partes como principalmente en Córdoba, donde por la grandeza de aquella ciudad y por estar allí la silla de los reyes moros concurría mayor número de cristianos. Habia muchos, asi monasterios como templos, consagrados á fuer de cristianos ; uno de San Acisclo, mártir, otro de San Zoilo, el tercero de los santos Fausto, Januario y Marcial; demás (testos otras tres Iglesias de San Cipriano, San Ginés y Santa Olalla, sendas de cada uno, estas dentro de la ciudad. Fuera de los muros so contaban ocho monasterios, uno de San Cristóbal de la otra parte del rio; el segundo eri los montes comarcanos con advocacion de Nuestra Señora, y llamado vulgarmente cuteclarense; el tercero tnbnnense, el cuarto pilomelariense, con advocacion de San Salvador; «1 quinto armilatense, de San Zoilo. Demás destos otros tres de San Félix, de San Martin y de los santos Justo y Pastor. En todos estos lugares tocaban sus campanas para convocar el pueblo, que acudia públicamente á los oficios divinos, sin que persona alguna les fuese á la mano; solamente tenían puesta pena de muerte á cualquier cristiano que en público ó en particular se atreviese á decir mal de Mahoina, fundador de aquella secta. Vedábanles otrosí la entrada en las mezquitas de los moros. Como esto guardasen los nuestros, en íodemás lesera permitido vivir conforme á sus leyes y casi conservarse en su antigua libertad. Tolerable manera de servidumbre era esta, pues aun se halla que entre los cristianos habia dignidad de condes, si por el contrario no se aumentaran de cada dia y crecieran las miserias y agravios. Cuanto á lo primero, los pechos y tributos, que al principio eran templados, de cada dia so acrecentaban y hacían mas graves. Los nuestros, apretados con estos gravámenes, pretendian se debian quitar las nuevas imposiciones y derramas; y corno no lo alcanzasen, pasaban una vida mas dura que la misma muerte. Destos principios las semillas de los odios antigues vinieron á madurarse y á reventar la postema. Los heles trataban de sacudir de si aquel yugo muy pesado. Los moros abominaban del nombre cristiano, y con solo tocar la vestidura de los nuestros se tenían por contaminados y sucios. Miraban sus palabras, notaban sus rostros y sus meneos; con afrentas y denuestos que les decían buscaban ocasion de reñir y venir á las manos. Los cristianos, irritados con tantas injurias, no dudaban en público de blasfemar de la ley y costumbres de los moros. De aquí tomaron ocasion aquellos reyes y sus gobernadores de perseguirla nacion de los cristianos con tanta mayor crueldad, que no pocos de los nuestros estaban de parte delos moros y reprehendian el atrevimiento de los cristianos, hasta decir claramente que los que muriesen en la demanda no debian en manera alguna ser tenidos por mártires ni como tales honrados, pues no hacían algunos milagros; y sin ser necesario para defender su religion, sino temerariamente y sin propósito, so ofrecían al peligro, y decian denuestos & los contrarios, que no les hacían alguna fuerza, antes les dejaban libertad de mantenerse en la religion de sus padres. Ultimamente, alegaban que los cuerpos de los que morían no se conservaban incorruptos, como so solían conservar antiguamente los de los verdaderos mártires para mues

| Ira muy clara de la virtud divinal que en ellos moraba. Así decian ellos; cuán á propósito, no hay pira qué tratarlo. El obispo Recafredo y el conde Serrando eran los principales capitanes y que mas se señalaban en perseguir á los mártires y reprimir sus santos intentos. Personas muy honradas, sin hacer diferencia de edad ni de sexo, eran puestos en hierros y aprisionados en muy duras cárceles. Procuró Abderramany liizoque en Córdoba se juntase un concilio de obispos sobre el caso; en él fueron por sentencia condenados como malhechores todos los que quebrantasen las condiciones de la confederacion puesta antiguamente con los moros. (Estado miserable, triste espectáculo y feo, burlarse por ;'una parte del nombre cristiano, y por otra los que acuí¡dian á la defensa ser en un mismo tiempo combatido: por frente de los bárbaros, y por las espaldas de aquelosque estaban obligados á favorecerlos y animarlos; cosa intolerable que fuesen trabajados con calumnias y denuestos, no menos de los de su nacion que delos contrarios. ¿Qué debian pues hacer? ¿Adóndo se podían volver? Muchos sin duda era necesario se enflaqueciesen en sus ánimos y cayesen; otros, llenos de Diosyde su fortaleza, perseveraron en la demanda; muchos por espacio de diez años, que fué el tiempo que duró esta persecucion, perdieron sus vidas y derramaron su sangre por la religion cristiana. El primer año padecieran Perfecto, presbitero do Cordoba, y del pueblo uno,llamado Juan. El segundo año Isaac, monje; Sancho, de nacion francés; Pedro, presbitero de Eeija; Walaboose, diácono ilipulense; los monjes Sabiniano, VVístremuado, Habencio, Jeremias, Sisenando, diácono pacense ó de Beja; Paulo, cordobés; y María, ilipulense, hermana que era del mártir Walabonso. En este año principalmente se embraveció contra los mártires el obispo Recafredo, y á muchos puso en prisiones; entre ellos fué uno Eulogio, abad de San Zoilo, que escribió todas estas cosas, varon en aquella edad claro por su erudicion, y por la santidad de su vida muy estimado. El ano tercero murieron Gumesindo, presbitero de Toledo, y Deiservo, monje; asimismo Aurelio y Félix con sus mujeres Sabigotona y Liliosa; Jorge, monje, siro do nacion; Emila y Jeremias, ciudadanos de Córdoba; tres monjes, Cristóbal, cordobés, Leuvigildo y Rogelo, de Granada; fuera destos, Serviodeo, monjo de SiríaEn este mismo año, es á saber, de 8S2, falleció de repente Abderraman. Los cristianos decian que era venganza del cielo por la mucha sangre que derramó da lo* mártires. Confirmóse esta opinion y fama porcuantoen el mismo punto que desde una galería de su palacio, de donde miraba los cuerpos de los mártires qne estaban en las horcas podridos, como los mandase quemar, cayó de repente de su estado, y sin poder hablar paUbra espiró aquella misma noche, al principio del año treinta y dos de su reinado. Dejó cuarenta y cuatro lujos y cuarenta y dos hijas. En tiempo deste Rey se empedraron las calles de Córdoba, y por caños de plomo se trajo mucha agua de los montes á la ciudad. Fué el primero do aquellos reyes que hizo ley que sin tener cuenta con los demás parientes los hijos sucediesen í heredasen i sus padres, cosa que hasta entonces no li tenían bien asentada; así, en su lugar sucedió so lujo Mahomad; tuvo aquel reino por espacio de treinta y cinco años y medio. Este al principio de su j

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