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lo que le pareció digno de censura; ¿quién, no obstante, le ha apreciado aun sino como un escritor que ha compuesto tranquilamente en su retrete un libro, donde lo de menos era influir en la marcha de los sucesos públicos, y lo de mas dar á conocer la gala y majestad de la lengua castellana? ¿Qué se conoce de él entre nosotros mas que su Historia general de España?

iSi cuando menos hubiesen sabido juzgarlal Mas ¿dónde está, han dicho, la critica y la filosofia de ese hombre? ¿No es él quien, despues de haber desechado como inverosimiles antiguas y respetables tradiciones, ha consagrado paginas enteras de su libro á fábulas que hasta el sentido comun rechaza? ¿Qué nos ha dicho acerca del objeto que lleva la especie humana ni acerca del camino que esta sigue para llegar á la realizacion de sus deseos? ¿No ha convertido acaso la historia de los pueblos en una serie cronológica de biografias de principes y reyes?

Han subido aun de punto los cargos cuando algun critico, entre tantos, queriendo hacerse superior á sus predecesores, ha vuelto los ojos al libro Be Rege ó á otra de sus obras politicosociales ¿Dónde está, ha dicho, el sentimiento monárquico de un hombre que deriva el poder real del consentimiento de los pueblos, consigna el derecho de insurreccion y da hasta á los particulares la facultad de atentar contra la vida de un monarca? ¿Qué reglas nos ha dado para distinguir de los reyes á los que él llama tiranos? Si admitimos que un hombre puede matar al rey que viole las leyes fundamentales de un Estado y se escude tras las armas de soldados elegidos entre el mismo pneblo, ¿qué razon habrá para castigar al que mate á otro hombre cuyos crimenes, cometidos á la sombra de la hipocresia, escapen á la accion de la justicia? El regicidio, por buenos que puedan ser sus resultados, ¿no será siempre un delito en el que lo cometa? ¿Por qué pues ha debido guardar el autor las mas bellas flores de su elocuencia para esparcirlas hasta con amor sobre el sepulcro de Jacobo Clemente, matador de Enrique III de Francia, vengador, segun Mariana , de la familia de los Guisas? Ese libro De Rege armó indudablemente la mano de Ravaillac contra Enrique IV; es hasta un borron para nuestra patria que haya sido escrito y comentado por plumas españolas.

No falta quien en vista de tan graves acusaciones haya salido á su defensa, sobre todo en nuestros tiempos, en que las nuevas ideas politicas le han hecho considerar como un escritor que preveia y determinaba ya la forma democrático-monárquica bajo la cual vivimos; pero dejando á un lado todo espiritu de partido, esos ardientes defensores ¿han sido tampoco mas inteligentes ni mas justos? ¿ A qué puede ser debido su entusiasmo? A que Mariana , buscando un correctivo á la tirania, no le haya encontrado sino en la espada de un soldado ó en el puñal de un asesino? A que Mariana, creyendo corrompida la nobleza de su tiempo, la haya deprimido de continuo hasta hacerla odiosa á los mismos que entonces la adulaban y servian? A que, recordando las victorias obtenidas por las armas de España en Flándes y en Italia, haya clamado contra el desarme de los pueblos y la tendencia de los gobiernos á hacerlos consumir en el ocio y la molicie? A que, bajo el pretexto de que los buenos reyes no necesitan de guardias para sus personas, se haya declarado contra la formacion del ejército por hombres mercenarios? ¿Cómo no han advertido, al leer la obra á que principalmente nos referimos, que todas estas ideas han sido sugeridas al autor por un solo pensamiento, por el pensamiento de organizar una teocracia poderosa, ante la cual debiesen enmudecer el rey y la nobleza, únicos obstáculos que se oponian á la satisfaccion de sus deseos? Pues qué, ¿no le han visto á cada paso abogando porque los obispos ocupen los primeros puestos del Estado; porque se les confirmen á estos, no solo sus pingües mayorazgos, sino la tenencia de los alcázares con que habian hecho ó podian hacer frente á las constantes invasiones de la aristocracia y á las de la corona? Yese claramente que Mariana aspiraba á organizar constitucionalmente el reino; mas ¿se cree acaso que podrían encontrarse siquiera puntos de contacto entre la constitucion que él habría escrito y la que buscamos nosotros en medio de las ruinas de lo pasado?.

Mariana, lo hemos dicho y lo repetimos, no es aun conocido ni en su misma patria. Le hemos leido detenidamente, le hemos analizado, hemos inquirido el pensamiento que podría unir sus mas contrapuestas ideas y sus obras mas heterogéneas; hemos pensado, hemos meditado sobre cada una de sus proposiciones atrevidas y al parecer aventuradas-, le hemos examinado en detalle, le hemos examinado en conjunto, y nos hemos debido convencer por momentos, no solo de que no se le conoce, sino tambien de que nunca se le ha presentado, ni tal cual fué para su época, ni tal cual es para nosotros y será mas tarde para nuestros hijos.

¿No seria hora ya de que, levantándole sobre el pedestal de una crítica tan imparcial como severa, le interrogásemos sobre cada uno de los puntos de que ha escrito y apreciásemos por sus mismas explicaciones lo que le deben en el campo de la ciencia su generacion y las generaciones posteriores? La generacion de que formó parte ha muerto; ¿cuándo mejor que ahora podrémos juzgarle, libres de toda pasion bastarda?

Tenemos, es verdad, ideas filosóficas distintas de las suyas, ideas políticas distintas de las suyas, ideas económicas distintas de las suyas; mas ¿quién por eso llegará á creer que pretendamos juzgarle al través de opiniones que no tuvo ni pudo tener de modo alguno? Nosotros somos precisamente los que profesamos tal vez en su mayor latitud el principio de la tolerancia. Si no admitimos el fatalismo individual, admitimos cuando menos el fatalismo social, el fatalismo histórico. Creemos que todas las ideas de un siglo han sido necesarias en aquel siglo, y aun en las mas encontradas opiniones vemos fuerzas cuyo choque ha de acelerar el progreso de la especie humana. Todos los hombres, con tal que no hayan acallado la voz de la conciencia con la del interés, son pues para nosotros dignos de consideracion y de respeto; todos los hombres han de ser juzgados con relacion á su época y su pueblo.

Podrémos engañarnos, ¿quién lo duda? Mas nuestros errores nacerán siempre de ignorancia, nunca de perversidad ni de malicia. No abrigamos hácia Mariana amor ni odio; buscarémos en ¿1 mismo las premisas; cada lector podrá con nosotros ó sin nosotros deducir las consecuencias.

Abraza el período de la vida de Mariana una de las épocas mas fecundas en acontecimientos (1). En ella se elevó España á la cumbre de su grandeza, y bajó precipitadamente hácia el abismo que debia mas tarde devorarla; en ella subieron mezclados al cielo los alaridos de triunfo de ejércitos terribles y los desgarradores ayes de víctimas sacrificadas en la hoguera; en ella se fortalecieron las creencias de los pueblos y se debilitaron las de los hombres consagrados al estudio de la ciencia; en ella resonaron los primeros gritos de la revolucion moderna y se extinguieron las últimas llamaradas del fuego que habian encendido los cruzados en las repúblicas de Italia; en ella vió el clero medio muerta la aristocracia, que tantos celos le inspiraba, y abierto de nuevo el paso para establecer el predominio á que con tanta fuerza y sin cesar aspira; en ella pasó la monarquía por la política de las armas, por la de la diplomacia

(1) Nació Juas De Mariana en el año 1336, murió en 16 de lebrero de 1633.

decorosa, por la de la humildad y la bajeza. Mariana, hombre que ha revelado en todas sus obras una alta inteligencia, hombre naturalmente pensador y que, por lo que permiten juzgar algunos de sus libros, pretendia apreciar la situacion en que los intereses sociales se encontraban , no podia menos de aprender mucho en esa rápida y no interrumpida série de sucesos capaces de excitar hasta las facultades intelectuales menos ejercitadas y mas inactivas; pero tuvo aun ocasion de aprender mas en paises extranjeros, donde por trece años leyó teologia con universal aplauso de los varones sabios de su tiempo (1). Pudo estimar mejor que otros muchos españoles de la misma época las causas y progresos de la reforma, las disidencias entre los partidos protestantes, el porvenir que aguardaba á las nuevas doctrinas, el peligro que en si encerraban tanto para los poderes existentes como para la futura autoridad del clero, los efectos que habian ya producido, la influencia que habian ejercido en las costumbres y en la constitucion general de las sociedades europeas, los medios que aun existian para contrarestar esa misma influencia, detenida en algunas naciones solo por el terror, solo por las armas del verdugo. Los sucesos fueron durante aquel periodo grandes y variados; mas la reforma era el hecho capital, el hecho dominante, el hecho que mas preocupaba y mantenia en continua alarma el ánimo de los filósofos y el de los politicos; ¿es siquiera posible suponer que Mariana dejase de estudiarla y seguirla paso á paso?

Se ha dicho y repetido hasta la saciedad que esta gran revolucion no encontró eco en España, consagrada de corazon al catolicismo desde remotos siglos; mas ¿ no parece hasta inverosimil que haya podido pasar esta asercion sin ser ya desde un principio refutada? ¿Contra quiénes se ejercian entonces los furores de la Inquisicion? ¿Quiénes eran esos herejes que, á pesar del suplicio de sus correligionarios, seguian las ideas que habian abrazado y las sellaban con su sangre? ¿Puede olvidarse acaso que fueron á las cárceles del terrible tribunal los mas aventajados teólogos de aquellos desdichados tiempos; que se enseñaron doctrinas heterodoxas hasta en el seno de las universidades? El pueblo pudo dejar de tomar parte en esta cuestion gravisima; pero ¿la aristocracia, el mismo clero, los hombres de inteligencia?...

Dirán tal vez que la historia no lo ha consignado asi; mas ¿podia consignarlo? ¿Cómo no se concibe que el simple hecho de hablar de los adelantos de la reforma habia de ser considerado por la severa politica de aquellos tiempos*como un gran delito? Y qué, ¿no tenemos, sin embargo, testimonios que lo acreditan? No se ha lamentado el mismo Mariana en una de sus obras de la diversidad de opiniones religiosas que á la sazon existian en España; diversidad que, segun él, era mayor que en otras muchas naciones por la vecindad de la Francia y la Inglaterra (2)? Durante el periodo de mas movimiento y trastornos que aquella revolucion produjo ¿estuvimos , por otra parte, tan arrinconados dentro de nuestras fronteras que no pudiéramos adquirir noticias de las nuevas ideas?¿No nos hallamos constantemente en el teatro de los sucesos?

La reforma fué una revolucion europea, una revolucion motivada, como todas, por abusos palpables y generalmente conocidos: penetró, como no podia menos de penetrar, en todas partes. En unos paises venció, y salió en otros vencida; pero en todas conspiró y en todas aspiró á realizarse y entronizarse. Los hechos hablan, y los hechos son del dominio de todo el mundo. Para convencerse de lo que dejamos sentado basta leerlos.

(1) Enseñó en el gran colegio de jesuitas de Roma , en otro de Sicilia y en la universidad de Paris. Abrazan estos trece años desde el veinte y cuatro al treinta y siete de su edad, del 1561 al 1574.

(2) Despues de los tiempos de Arrio jamas hubo mayores disidencias en materias de religion, especialmente en España por su proximidad á Francia ya Inglaterra: leemos en su libro De Rege, lib. 3, cap. i.

Ahora bien, para nosotros,'cuando menos, es indudable que Mariana comprendió todo el riesgo que llevaba consigo esta reforma. Es preciso detenerla, dijo para sí, y los medios puestos hasta ahora en juego son insuficientes. Las armas no acaban con las revoluciones; las armas bastan, cuando mas, para levantarles diques, que aquellas han de romper tarde ó temprano. Mientras subsistan las causas que les dieron origen, las revoluciones pueden estar reducidas á la impotencia; pero viven, y viviendo son temibles. Enhorabuena que los reyes empleen contra ellas la espada; pero esto no basta si los amenazados no empiezan por acceder á los deseos justos de sus enemigos. Se pide á voz en grito la reforma de la Iglesia, y la Iglesia debe sin duda reformarse. i Ojalá lo hubiese hecho al sentir el primer soplo del huracan sobre su frentel

Conocía bien Mariana las fuerzas y recursos de,sus adversarios, la índole de la guerra entablada, lo peligroso que podia parecer a sus mismos amigos haciendo concesiones á los rebeldes, la astucia de que debia usar para con unos y para con otros á fin de vencerlos; y hechp el apresto de armas necesario, entró en combate con toda la energía de que era susceptible su alma. Llevaba dentro de sí un pensamiento que, como hemos indicado, habia de ser á sus ojos el objeto final de sus esfuerzos; mas lo ocultó por mucho tiempo, y puede asegurarse que no lo reveló nunca sino embozadamente y como quien lo vierte al acaso sin intencion marcada.

eLa religion, dijo, es el verdadero culto de Dios, derivado de la piedad del ánimo y del conocimiento de las cosas divinas (1).» ¿Qué quiso ya indicar con esta definicion Mariana sino que la religion no es, como algunos creen, hija exclusiva del sentimiento, sino del sentimiento y de la razon que, habiéndose elevado a las ideas de Dios, comprende que ha de amar al sér de quien fué separado y á quien debe su existencia? Entre la religion y la ciencia, añade, no hay un abismo, hay una identidad completa; y basta verlas separadas para comprender que la religion está condenada á morir, que la religion es falsa. En la época del paganismo, continúa, á un lado estaban los sacerdotes, al otro los filósofos; ved si el paganismo no ha muerto al fin abriendo paso al cristianismo. La verdad es una; ni es posible que haya mas de una religion ni que deje de confundirse con ella la filosofía (2).

En un siglo en que se proclamaba con entusiasmo la soberanía de la razon, escribir estas palabras ¿no era ya colocarse en el terreno de los disidentes? No era lamentarse, por una parte, del divorcio que se estaba verificando entre la religion y la filosofía, y manifestar, por otra, que preveía la inevitable muerte del catolicismo? No era decir: racionalícese la religion, yaque solo la razon es admitida como origen legitimo de las creencias de los pueblos? Bastaría para convencernos de que Mariana consignaba con esta intencion tales ideas recordar por un momento la tendencia general de todas sus producciones literarias; mas nos lo prueban aun de una manera mucho mas eficaz otras ideas vertidas á continuacion de aquellas, destinadas á revelar la necesidad de eliminar del cristianismo todo género de supersticiones, mas que estuviesen autorizadas por la tradicion y la fuerza de los siglos.

eNada, dice, hay mas contrario á la religion que la supersticion; como aquella procedo de la verdad, procede esta del error y la mentira.» Y qué, ¿podemos acaso negar que supersticiones las hay en la religion que profesamos? Nuestros anales eclesiásticos están llenos de manchas; existen en la mayor parte de los templos reliquias de dudoso origen; se entregan á la adoracion de los fieles cuerpos de gentes profanas como si fuesen de mártires y santos. ¿Hemos de confirmar al vulgo en sus preocupaciones, en lugar de disiparlas con la antorcha de la crítica? ¿Habré

(1) De advento B. Jacobi Apostoli in HUpaniam, §. i.

(2) /</., id.

mos, por no parecer impíos, de callar sobre tan graves escándalos, lo mas ofensivos posible á la santa doctrina que todos sostenemos? Es triste que no quepa negai lo que no puede confesarse sin que se pinte el rostro de- vergüenza; pero considero en todo cristiano hasta el deber de contribuir con todas sos fuerzas á quitar tan negro borron de nuestra historia. El concilio de Trento propuso la obra, y loa pontifices la han inaugurado ya con un éxito brillante; trabajemos todos porque se consume, y toda mancha se borre, toda tiniebla se disipe (1).

Estos abusos de la Iglesia, tan oportunamente denunciados, eran la principal arma de que los reformistas se valian para encender la nueva revolucion en las naciones; y Mariana pensó ante todo en arrebatársela. ¿Podia seguir al parecer mejor camino para arrostrar luego con ventaja los azares de una lucha? Condenais abusos, parece decir á los disidentes, y yo tambien los condeno; aceptais la razon como árbitro supremo en todas las cuestiones que pueden interesar al hombre, y yo tambien la acepto; ¿dónde está la necesidad que manifestais de separaros del circulo católico?

Estaba tan persuadido Mariana de la utilidad de estos medios para abatir á sus contrarios, que rara vez dejaba de emplearlos, aun en las obras que menos roce tenian con las discusiones religiosas de su tiempo, no dándose nunca por satisfecho en el exámen de sus proposiciones hasta haberlas dejado bien establecidas en el terreno de la razon pura. Los libros de Dios, exclamaba á menudo, prueban la verdad de mis asertos; mas la palabra escrita por los profetas no es hoy suficiente autoridad para los que dudan: hemos de buscar la afirmacion ó la negacion dentro de nosotros mismos, en el fondo de nuestra propia frente. Como católico, no podia ni dejaba de acudir nunca á los Santos Padres, á los Evangelistas, á los libros de Moisés, á todos los sublimes cánticos que componen el Antiguo Testamento; pero no citaba ya los textos de tan ilustres varones como una prueba irrecusable, sino como una prueba supletoria, como una confirmacion de lo que la.razon decia (2). El error, dice en el mas filosófico de sus tratados, es general en el mundo; ¿por qué? Porque por una parte nos dejamos llevar del testimonio de los sentidos; por otra de las opiniones que han logrado unlversalizarse y se imponen por este solo hecho á nuestro entendimiento. Pues qué, ¿no pueden engañarnos los sentidos? Y la universalizacion de esas opiniones ¿no puede ser debida á la ignorancia? Nos imponen unos y otros, y no deben imponernos; la razon ve siempre nías que los ojos; las opiniones, por generales que sean, deben enmudecer constantemente ante los fallos de la ciencia (3).

Es ya muchas veces tal la energia con que expresa estas ideas, que se siente uno movido á. creerlas, no tanto hijas de las circunstancias en que él se habia colocado, como de su organizacion intelectual y su nunca desmentida independencia de carácter. ¿Seria tan fuera de propósito pensar que si hubiese nacido en nuestros dias tendriamos en él uno de los pocos racionalistas con que contamos en España?

Mariana empero hizo mas que aceptar la soberania de la razon; protestó, cosa entonces muy dificil, contra la intolerancia de su siglo. Los poderes de su siglo no hallaban contra las invasiones de la reforma otro medio que el de aterrar con el castigo; él lo encontró inconducente, injusto; y lo dijo, aunque indirectamente, exponiéndose él mismo á ser victima de aquel inconsiderado furor de reyes y prelados. Acababa de darse á luz la edicion Vulgata de la Biblia,

(1) De advento V. Jacobi Apostoli in Hispaniam, §. n, et teq.

(2) Verum not, leemos en uno de sus tratados, non diviHii tesUmoniis pugnabimus quae impius ficta et commenti

tia fortastis putabit. Ratione et argumentis ab ipsius natu-
rae principiis petitis agemus. Ve marte etimmortalita-
te, lib. 2, cap. i.
(o) De marte et immortalitate, lib. 1, cap. 1.

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