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que tenia de vengará su hermann y á su cuñado, y tomar la emienda debila de tantos desaguisados, convidó al emperador Mauricio, cuya amistad poco antes habia él menospreciado, para juntar sus fuerzas y armas contra los longobardos y contra los godos, que estaban apoderados los unos de Italia y los otros de España. Tomado este asiento, un gran ejército de franceses pasó en Italia. Mostróse el enemigo al principio temeroso. No queria venir al trance de la batalla; por esto los francos, y por ser de su natural muy confiados, se descuidaron de tal suerte, que los contrarios dieron sobre ellos á deshora con tal órden, que al punto los vencieron y desbarataron. No refieren el número de los muertos; solo consta que fué la mayor matanza que en aquel tiempo se hizo de los francos. Este revés sin duda hizo que Childeberto se humanase para con los godos, mayormente que el Emperador, ocupado en otras cosas, ayudaba mas á sus compañeros con el nombre que con las fuerzas; además de la muerte de Ingundis, liermana de Childeberto, que se supo en esta sazon, y era la causa destos bullicios y guerra; quién dice que falleció en Africa, quién en Sicilia, ca no concuerdan los autores, como tampoco no se sabe lo que se hizo de su hijo. Solo refieren que le llevaron al Emperador; debió fallecer poco despues de la madre, mas dichoso en esto que si luérfano, desterrado y pobre y cautivo viviera mucho tiempo. Máximo dice que murió en Palermo la madre, y el hijo poco despues en Constantinopla. En este medio en España el rey Leuvigildo, por el deseo que tenia de apagar la católica religion, causa como él entendia de tantos daños y males, desterraba los varones mas santos de todo su reino, como los que conservaban y mantenian el culto de la verdadera religion. En particular desterró los dos hermanos y prelados Leandro, de Sevilla, y Fulgencio, de Écija; estaba contra ellos ir

menegildo, su hijo. Lo mismo hizo con Mausona, metropolitano de Mérida, uno de los varones mas señalados de aquel tiempo. Hízole venirá Toledo, y desde allí, despues de muchas afrentas que le hizo, le envió al destierro, solo por mostrarse constante en la religion católica y porque no quiso manifestar al Rey y entregalle la vestidura de santa Olalla por miedo de los arrianos. Pusieron en lugar de Mausona y nombraron por arzobispo un grande arriano llamado Sunna. Sucedió un milagro al partir de Mausona para muestra de su inocencia, y fué que el caballo en que le pusieron para llevarle al destierro, sin embargo que era por domar y muy feroz, recibió sin dificultad sobre sí al santo varon. Muchos otros obispos fueron al destierro, y pusieron otros en su lugar, de que se entiende procedió que, sosegada la Iglesia acaecia, contra lo que disponen las leyes eclesiásticas, haber dos obispos de una ciudad, como se ve por las memorias públicas de aquel tiempo. Parece que adelante, con deseo de la paz, cuando se convirtió España, se introdujo esta novedad que los unos obispos y los otros quedasen con sus oficios. De las rentas de las iglesias se apoderó el avariento Rey fin alguna resistencia, derogó los privilegios de los eclesiásticos, dió la muerte á muchos hombres principales, parte por causas verdaderas, á otros por testimonios que les levantaban y calumnias que les arrimaban, de cuyos bienes enriqueció el patrimonio real. Lo que con

esta carnicería principalmente pretendia era que ninguno de otro linaje pudiese aspirar al reino. Muchos, quebrantados con estos males, no solo del pueblo, sino de los principales en riquezas y nobleza, se sujetaron á la voluntad del Rey y pasaron á la secta de los arrianos. Entre estos Vincencio, obispo de Zaragoza, como se hiciese arriano, con el ejemplo de su inconstancia trajo otros muchos al despeñadero; si bien Severo, obispo de Málaga, y Liciniano, obispo de Cartagena, sus contemporáneos, escribieron contra lo que hizo. Dura hasta nuestra edad el libro de Liciniano, de quien atestigua Isidoro que escribió muchas epístolas á Eutropio, obispo de Valencia, y que falleció en Constantinopla, á lo que se entiende, huido de la rabia del Rey. En aquella ciudadJuan, abad biclarense, natural de Santaren, en Portugal, gastó por causa de los estudios en su menor edad diez y siete años, con que alcanzó conocimiento de la una y de la otra lengua latina y griega, y se aventajó en las otras artes y ciencias. Despues desto, vuelto á la patria de su larga peregrinacion, sufrió muchos trabajos como los demás católicos. Desterráronle áBarcelona: en el destierro, á la vertiente de los Pirineos, edificó un monasterio que se llamó Biclarense, y hoy se llama de Valclara, apellido conforme al antiguo. Ordenó que los monjes siguiesen la regla de san Benito, y él mismo les añadió otras constituciones y estatutos á propósito de la vida religiosa. Deste monasterio, donde fué abad algun tiempo, le sacaron en el reinado de Recaredo para hacerle obispo de Girona, y en tiempo del rey Suintila pasó por la muerte al cielo y ágozar el premio de sus trabajos. Tuvo por sucesoráNonito, de quien y de Juan, presbítero de Mérida, y Novello, obispo de Alcalá, sucesor de Asturio, despues de otros

algunos, todos personas señaladas, no se sabe si con la

tempestad que en estos tiempos corria, y con las olas ritado principalmente por el favor que dieron á Her

de persecuciones fueron trabajados. A san Isidoro, hermano de Leandro y de Fulgencio, para que no le maltratasen valió su pequeña edad, sus buenas inclinaciones y su grande ingenio, que le hacia de presente ser amado de todos, y para adelante con sus grandes letras y santidad alumbró toda la Iglesia. Allegábase á lo demás su nobleza, la modestia de su rostro y su mesura, la suavidad de su condicion, si bien no dejaba de hacer rostro á los arrianos ni temia irritallos con sus disputas. Animábase á hacello, parte por ser muy católico, parte por las cartas que Leandro, su hermano, desde el destierro le enviaba, en que le animaba á derramar la sangre, si fuese necesario, por la defensa de la verdad. El reino de los godos, que por los caminos ya dichos parecia ir en aumento y cobrar de cada dia mayores fuerzas, por el mismo tiempo se acrecentó con apoderarse de todo lo que los suevos en España poseian, lo cual avino en esta manera y con esta ocasion. El rey Eborico, hijo de Miro, fué despojado de aquel reino por Andeca, hombre principal y que estaba casado con la madrastra de Eborico, llamada Sisegunda. No se contentó con despojalle del reino, sino que por asegurarse le forzó á meterse fraile y trocar las insiguias reales y cetro con la cogulla. Era Eborico amigo de los godos y su confederado; por esto Leuvigildo tomó las armas contra el tirano. Vencióle y prendióle en batalla, y despojado del reino le cortó el cabello, que conformo á la costumbre de aquellos tiempos era privalle de la nobleza y hacelle inhábil para ser rey; finalmente, le desterróá Beja, ciudad de la Lusitania. Con la ocasion destas revueltas se levantó otro, por nombre Malarico, y con el favor que tenia entre aquella gente se llamó rey. Acudió Leuvigildo tambien á esto, sosegó estas nuevas alteraciones, con que toda la Galicia quedó sin contradiccion por suya;ca Eborico se debió quedar como particular en el monasterio, ni el rey godo debió tener mucha voluntad de restituirle. Por esta manera el rey de los suevos, que en algun tiempo floreció mucho y poseyó una buena parte de España por espacio de ciento y setenta y cuatro años, cayó de todo punto, que fué el año de Cristo 586. En el mismo año Leuvigildo falleció en Toledo el 18, despues que con su hermano comenzara áreinar. Hay fama, y muchos autores lo atestiguan, que al fin de la vida, estando en la cama enfermo sin esperanza de salud, abjuró la impiedad arríana, y volvió su ánimo á lo mejor y á la verdad; y que en particular con Recaredo, su hijo, trató cosas en favor de la religion católica. Dijole que el reino que, adquiridas y ganadas muchas ciudades, le dejaba muy grande, seria muy mas afortunado si toda España y todos los godos recibiesen despues de tanto tiempo la antigua y verdadera religion. Encargóle tuviese en lugar de padres áLeandro yá Fulgencio,áquien mandó en su testamento alzar el destierro. Avisóle que, así en las cosas de su casa en particular como en el gobierno del reino, se aprovechase de sus consejos. Y aun Gregorio Magno refiere que antes que muriese de aquella enfermedad encargó mucho áLeandro, que debió venir á la sazon, cuidase mucho de Recadero, su hijo, que por sus amonestaciones esperaba y aun deseaba en las costumbres, humanidad y todo lo demás semejase á Hermenegildo, su hermano, á quien él sin bastante causa dió la muerte. Puédese creer que las oraciones del santo mártir fueron mas dichosas y eficaces despues de muerto que en la vida para alcanzar de Dios que su padre se redujese ábuen estado. Nuestros historiadores refieren que Leuvigildo, dado que de corazon era católico, no abjuró públicamente, como era necesario, la herejía por acomodarse con el tiempo y por miedo desusvasallos. Máximo dice se halló presente álamuerte deste Rey yvió las señales de su arrepentimiento y sus lágrimas. Pone su muerte año 587, 2 de abril, miércoles al amanecer. Este su desengaño se debió encaminar, entre otras cosas, por muchos milagros que se hicieron en favor de la religion católica. Entre los demás se cuentan los siguientes: En el tiempo que perseguia con las armas á su hijo inocente, un monasterio que estaba en la comarca y ribera de Cartagena con advocacion de San Martin, huido que se hobieron los monjes á una isla que por allí caía, fué saqueado por los soldados del Rey; uno dellos, desnuda la espada, como acometiese al abad que solo quedaba, en castigo de su sacrilegio cayó muerto en tierra; el Rey, sabido el suceso, mandó que toda la presa se restituyese al monasterio. Sucedió otrosí en una disputa que hobo sobre la religion que un católico, en testimonio de la verdad que profesaba, tomó en la mano, sin recebir alguna lesion ni daño, un anillo del fuego en que estaba ardiendo, sin que el hereje se atreviese á hacer otro tanto en defensa de su secta. Con estos y otros milagros comenzaba el ánimo del Rey á moverse y vacilar. Preguntó á cierto obispo

arriano por qué causa los arríanos no ilustraban su secta y la acreditaban con semejantes obras ni hacian milagros como los católicos, tales y tan grandes. A esta pregunta el Obispo a á muchos, dice, oh Rey, si es lícito decir verdad y blasonar á la manera de los contrarios de nuestras cosas, que eran sordos, hice que oyesen, y aun abrí los ojos de los ciegos para que pudiesen ver. Pero las cosas que hasta aquí por huir ostentacion se han hecho sin testigos, quiero hacellas públicamente y probar con las obras la verdad de lo que digo.». No paró en palabras, sino que se vino á la prueba. Pasaba el Rey poco despues desto por una calle. Cierto arriano, que á persuasion del Obispo fingió estar ciego, ágrandes voces pedia que le fuese por él restituida la vista; representaba la comedia delante del mismo que la inventara; tendia las manos, hacia otros ademanes en que mostraba esperaba con humildad la sanidad por los ruegos y santidad del Obispo. Estaban todos suspensos y esperaban ver alguna maravilla; y fué así, pero al revés de lo que cuidaban, porque el engañador malvado, luego que el Obispo le tocó los ojos con sus manos, quedó de todo punto ciego y perdió la vista que antes tenia. Conoció el miserable su daño, y vencido del dolor, que pudo mas que la vergüenza, confesó luego la verdad y descubrióá la hora el engaño y

toda la trama. Por estos caminos la secta arriana, co

mo era razon, comenzó en grande manera áir de caida, y el ánimo del Reyá enajenarse poco á poco, mayormente que por espacio de cmatro años gran muchedumbre de langosta talaba de todo punto los campos de España, y mas del reino de Toledo, en que por la templanza del aire suele tener mas fuerza esta plaga. El pueblo, como acostumbra, decia ser castigo de Dios en venganza de la muerte de Hermenegildo y de la persecucion que hacian contra la verdadera religion. Esta loa á lo menos se debe áLeuvigildo por testimonio del mismo san Isidoro, que despues del rey Alarico reformó las leyes de los godos, que con el tiempo andaban estragadas; añadió unas y quitó otras. Paulo, diácono de Mérida, refiere otrosí lo que vió, es á saber, que el abad Nuncto, varon de grande santidad, como quier que de Africa pasase áMérida con deseo de visitar el sepulcro de santa Olalla, desde aquella ciudad, por huir la vista de mujeres, poco despues se apartó al yermo, donde, dado que era católico, el Rey le sustentóá su costa hasta tanto que los rústicos comarcanos se conjuraron contra él y le dieron la muerte. La causa no se sabe; por ventura no podian sufrir las reprehensiones libres de aquelvaron santo por ser hombres feroces y de rudo ingenio. No castigó el Rey este caso; castigóle Dios con que los demonios se apoderaron de los matadores sacrílegos. Por conclusion, Leuvigildo fué el primero de los reyes godos que usó do vestidura diferente de la del pueblo, y el primero que trajo insignias reales, y usó de aparato y atuendo de príncipe, cetro y corona y vestidos extraordinarios; cosas que cada uno conforme á su ingenio podrá reprehenderó alabar, por razones que para lo uno y para lo otro se podrían representar.

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CApTULO XIV.

De los principios del rey Recaredo.

Hiciéronse las exequias del rey Leuvigildo con la solemnidad que era razon. Concluidas, Recaredo, su hijo y sucesor, volvió su pensamiento á dar órden en las cosas de su casa, y consiguientemente en el estado de la república. Pretendia ante todas cosas aplacar y ganar á los reyes de Francia, y aun el tiempo adelante para que la paz fuese mas firme, muerta Bada, su primera mujer, trató de emparentar con Childeberto, rey de Lorena, casando con Clodosinda, otra su hermana. Para alcanzar esto con mayor facilidad envió á excusarse que no tuvo parte en la muerte de Hermenegildo, antes le dolió en el alma aquel desastre de su hermano. No era aun llegada la sazon de efectuar cosa tan grande, si bien estaba ya cerca. Lo que sobre todo importaba fué que, por consejo de los dos hermanos Leandro y Fulgencio, como católico que ya era de secreto, comenzó muy de veras á tratar de restituir en España la religion católica; bien que por entonces le pareció disimular algun tanto y no forzar el tiempo, sino acomodarse con él. Consideraba la condicion del pueblo, que se deja mas fácilmente doblegar con maña que quebrantar por fuerza, especial en materia de mudar la religion en que desde su primera edad se criaron. Acordó pues para salir con su intento usar de artificio y de industria, halagar á unos, sobrellevará otros, y con mercedes que les hacia ganallos átodos. Sucedió todo como se podia desear, ca sabida la voluntad del Rey, bien así los grandes que los menudos se rindieron á ella y vinieron de buena gana en lo que al principio pareció tan dificultoso. Así que los godos todos, y entre los suevos los que perseveraban en la locura del error antiguo de comun acuerdo le dejaron y abrazaron el partido de la Iglesia católica, y juntamente con esto pretendian ganar la gracia de su señor, al cual, demás de su buena condicion y sus costumbres muy suaves, ayudaba mucho su gentil disposicion y rostro para ganar las voluntades de todos. Con que por toda la vida fué muy amado de sus vasallos, y despues de muerto su memoria muy agradable á los que le sucedieron adelante. Cosa forzosa es que en la mudanza de la religion resulten en el pueblo alteraciones y alborotos; la buena traza de Recaredo hizo que en su tiempo y por esta causa ni durasen mucho, ni fuesen muy señalados; y la severidad que usó en castigar, no solamente no fué odiosa por ser necesaria, sino tambien popular y átodos, así grandes como pequeños, agradable. El primero que hizo rostro á la pretension del Rey fué el obispo Ataloco en la Gallia Narbonense por ser tan aficionado á la secta arriana y en tanto grado, que vulgarmente le llamaban Arrio. Allegáronsele en la misma provincia los condes Granista y Bildigerno, sea movidos de sí mismos, sea á persuasion del Obispo. La verdad es que tomaron las armas contra el Rey y alteraron el pueblo para que se rebelase; pero este torbellino, que amenanazaba mayor tempestad y daño, tuvo breve y fácil fin á causa que Ataloco falleció de puro pesar por ver que los suyos llevaban lo peor y que por estar los del pueblo inclinados á la religion católica no les podia persuadir que no hiciesen mudanza. A los condes vencieron en batalla las gentes de Recaredo, y con esto ven

garon los malos tratamientos que de todas maneras habian hecho á los católicos. Es así que toda herejía es cruel y fiera, y ningunas enemistades hay mayores que las que se forjan con voz y capa de religion, calos hombres se hacen crueles y semejables á las bestias fieras. Estas alteraciones de la Gallia Narbonense se levantaron y sosegaron al principio del reinado deste Príncipe en tiempo que el décimo mes despues que se encargó del gobierno renunció él publicamente la secta arriana y abrazó la antigua y católica religion. Restituyó otrosí á las iglesias los derechos y posesiones que su padro les quitara, además de nuevos templos y monasterios de monjes que con real magnificencia á su costa levantaba. A muchos de sus vasallos volvió las haciendas y honras de que su padre los despojara, cuya acedia sobrepujaba él con su benignidad, y sus malas obras con beneficios que á todos hacia. Ocupábase el Rey en estas obras, y la divina Providencia cuidaba de sus cosas. El rey Guntrando habia enviado un su capitan, por nom

bre Desiderio, con un grueso ejército para que en ven

ganza de los daños pasados rompiese por las tierras que los godos poseian en la Gallia. Acudieron las gentes de Recaredo, vinieron con el francés á batalla junto á la ciudad de Carcasona, en que al principio los godos llevaron lo peor y volvieron las espaldas. Recogiéronse dentro de la ciudad; y desde allí puestos de nuevo en ordenanza salieron contra los franceses, que sin concierto seguian la victoria. Cargaron con tal denuedo sobre ellos y con tal esfuerzo, que con la ayuda de Dios se trocó el suceso de la pelea, y los godos, olvidados de las heridas y del trabajo, vencieron y desbarataron á los enemigos y los pusieron en huida; que estaban atónitos por la osadía y denuedo de los godos, que tenian por vencidos y la victoria por suya. Murió el general francés, y de sus gentes pocos se salvaron por los piés, lo mas quedaron tendidos en el campo. Todo esto sucedió dentro del primer año del reinado de Recaredo, que fué el de Cristo de 587, segun que se entiende por un letrero de aquel tiempo que halló estos años en una piedra de Toledo, y le puso en el claustro de la iglesia mayor el maestro Juan Bautista Perez, canónigo á la sazon y obrero de aquella iglesia, y despues por sus buenas partes de erudicion y virtud, dado que de gente humilde, murió obispo de Segorve. Las letras dicen:

IN NOMINE DOMINI CONSECRATA ECCLESIA SANCTAE MARIAE

IN CATHoLico DIE PRIMo IDUs APRILis, ANNo FELucITER Pa

MOREGNI DOMINI N0STRI GLORIOSISSIMI FL, RECCAREDI REGIS, ERA DCXXV.

Quiere decir: «En nombre del Señor consagróse la iglesia de Santa María en el barrio de los católicos, óá la manera de los católicos, á 13 de abril en el año dichosamente primero del reinado de nuestro señor el gloriosísimo rey Flavio Recaredo, era 625», es á saber, el año de Cristo de 587 puntualmente. Máximo hace mencion desta consagracion, que él llama reconciliacion por estar aquella iglesia profanada por los arrianos. En el año siguiente se descubrió una conjuracion que se tramaba contra el Rey por la misma causa de la mudanza en la religion. Fué así que Mausona, mudadas las cosas, volvió á su arzobispado de Mérida. Sunna, arriano, que estaba puesto en su lugar, y su competidor, llevó mal esta vuelta y restitucion, por ver era necion, segun que lo refiere el abad biclarense, conde

cesario caer él de un lugar tan alto y preeminente como tenia. Comunicó su sentimiento con algunos de su parcialidad, y concertó de quitar la vida á Mausona, empresa atrevida y loca, mayormente que residia en aquella ciudad el duque Claudio con cargo del gobierno de toda la Lusitania, y tenia puesta en aquella ciudad guarnicionde soldados, persona esclarecida por la constancia de la religion católica, segun que se entiende por las cartas que le escribieron los santos Gregorio el Magno y Isidoro. Advertidos los conjurados del peligro que corrian por esta causa, acordaron de dar la muerte juntamente á Mausona y á Claudio. La ejecucion de hecho tan grande encomendaron áWiterico, mozo de grande ánimo y osadía, y que se criaba en la misma casa de Claudio, y aun con el tiempo vino á ser rey de los godos y de España; en tales tratos se ejercitaba el que se criaba para reinar. Para ejecutar este caso era necesario buscar alguna ocasion. Sunna mostró querer visitará Mausona, y pidió para ello le señalase lugar y tiempo. Sospechó el santo prelado lo que era, y que en muestra de amor le podrian armar alguna celada. Avisó áClaudio para que se hallase presente y para que con su valor y autoridad reprimiese la malicia de su competidor, si alguna tenia tramada. Pareció á los conjurados buena ocasion esta para de una vez ejecutar sus malos intentos. Llegado el tiempo de la visita, saludáronse los unos y los otros como es de costumbre; despues de las primeras razones los conjurados hicieron señaláWiterico, que, como lo tenia de costumbre, estaba á las espaldas de Claudio. No pudo en manera alguna arrancar la espada, dado que acometióá hacerlo, quier fuese por cortarse con el miedo como mozo, quier por favorecer Dios á los inocentes, que debió ser lo mas cierto, y comunmente se tuvo por milagro; si bien los conjurados no por eso se apartaron de su mal propósito; antes acordaron en una pública procesion que hacian á la iglesia de Santa Olalla, que estaba en el arrabal de aquella ciudad, matar sin distincion alguna al Prelado y átodos los que en ella iban. Para obrar esta crueldad metieron gran número de espadas en ciertos carros que traian cargados de trigo. Acudió muestro Señor á este peligro; porque Witerico, sea por causa del milagro pasado, sea por aborrecimiento de aquella maldad, mudado de propósito, dió aviso de aquella trama. Adelantóse Claudio y ganó por la mano, acometió con su gente á Sunna y á sus parciales, que eran muchos, degollóá todos los que se pusieron en defensa y prendió á los demás. Dió aviso al Rey de todo lo que pasaba; y por su mandado aplicó al fisco todos los bienes de los principales, y á ellos despojó de los oficios y acostamiento que tenian, juntamente con desterrarlos á diversas partes. A Sunna, cabeza de la conjuracion, dieron ú escoger que dejase á España ó renunciase la herejía, que fué un partido mejor y de mayor clemencia que él merecia; él, por estar obstinado en su mal propósito, escogió de pasarse en Africa; áWiterico por el aviso que dió, otorgaron enteramente perdon. El castigo de Vacrila, uno de los conjurados, fué señalado entre los demás. Acogióse al templo de Santa Olalla como ásagrado; no le quisieron hacer fuerza, solo le condenaron en que perpetuamente sirviese de esclavo en aquel templo y hiciese todo lo que en él le mandasen. Al conde Paulo Sega, otra cabeza de la conjura

naron en que le cortasen las manos y fuese desterrado áGalicia. Con estos castigos se desbarató aquella tempestad, que amenazaba mayores daños; pero, sin embargo, que todos los demás debieran quedar avisados y excusar semejantes pretensiones impías y malas, otra mayor borrasca se levantó luego. La reina Gosuinda, al principio por respecto del Rey, su antenado,fingió de abrazar la religion católica; el embuste pasó tan adelante, que acostumbraba, cosa que pone horror, en la iglesia de los católicos escupir secretamente la hostia que le daba el sacerdote, por parecerle seria gran sacrilegio y en grande ofensa de su secta si la pasase al estómago. Lo mismo hacia un obispo, por mombre Uldida, que tenia gran cabida con ella y la gobernaba con sus consejos. Esta ficcion no podia ir á la larga sin que se descubriese; trató con el dicho obispo de matar al Rey, y pudiera salir con ello si la divina Providencia no le amparara para que se asentase mejor el estado de la religion católica. Sabido lo que se tramaba, el Rey desterróá Uldida el obispo; de Gosuinda era dificultoso determinar lo que se debia hacer; acudió nuestro Señor, ca á la sazon la sacó desta vida, y con la muerte pagó aquella impiedad, como mujer desasosegada que era y toda la vida enemiga de los católicos. Por el mismo tiempo, el año que se contaba de nuestra salvacion de 588, los franceses se apercebian para hacer entrada " en las tierras de los godos. El rey Guntrando ardia en deseo de satisfacerse de la afrenta que se hizo á sugeneral Desiderio el año pasado. Juntó de todo su señorío un grueso ejército, que llegaba á número de sesenta mil combatientes de pié y de caballo. Nombró porgeneral destas gentes á Boso; él por mandado de su Rey rompió por las tierras de la Galia Gótica. Para acudirá esta entrada de los francos despachó Recaredo al duque Claudio, de la antigua sangre de los romanos, para que desde la Lusitania, donde residia, acudiese algobierno y cosas de Francia y con su destreza reprimiese el orgullo de los contrarios. Movió con sus gentes, y pasados los Pirineos, hallóá los enemigos cerca de Carcasona. Allí, alegre por la memoria de la rota poco antes dada á los franceses, determinó presentalles la batalla, que fué muy herida, pero en fin la victoria quedó por él. Gran número de los francos pereció en la pelea, y otros muchosmataron en el alcance; no pararon hasta forzar los reales de los vencídos y gozar de todos los despojos, que eran grandes. Esta victoria fué la mas ilustre y señalada que los godos por estos tiempos ganaron, segunque lo testifica san Isidoro, y parece cosa semejante á milagro lo que refieren, es á saber, que Claudio con una compañía de trecientos soldados, los mas escogidos entre todos los suyos, se atrevió á encontrarse con un enemigo tan poderoso, y fué bastante paradesbarataralquevenia cercado de tangrandeshuestes. El año luego adelante se urdió otra nueva conjuracion contra el rey Recaredo, de que Dios le libró no con menor maravilla que de las pasadas. Argimundo, su camarero, pretendia quitarle la vida y por este camino apoderarse del reino; cosa tan grande no se podia efectuar sin ayuda de otros, ni comunicada con muchos estar secreta. Echaron mano de los conjurados; pusieron los compañeros á cuestion de tormento, que confesaron llamamente toda la trama y pagaron con las

vidas. Al movedor principal y caudillo, para que la afrenta fuese mayor y el castigo mas riguroso, lo primero le cortaron el cabello, que era tanto como quitalle la nobleza y hacerle pechero; ca los nobles se diferenciaban del pueblo en la cabellera que criaban, segun que se entiende por las leyes de los francos, que tratan en esta razon de los que podian criar garceta. Demás desto, cortada la mano, le sacaron en un asno á la vergüenza por las calles de Toledo, que fué un espectáculo muy agradable á los buenos por el amor que á su Rey tenian. El remate destas afrentas y denuestos fué cortalle la cabeza para que pagase su locura y fuese escarmiento á otros; pero esto sucedió algun tiempo adelante. Volvamos con la pluma á lo que se nos queda reEagado.

CAPITULO XV. Del Concillo toledano tercero.

Gobernaba por estos tiempos la iglesia de Toledo despues de Montano, Juliano, Bacauda y Pedro, que todos cuatro por este órden fueron prelados de aquella iglesia y ciudad, Eufimio, sucesor de Pedro, varon señalado en virtud y erudicion. Deseaba el Rey, así por ser ya católico, segun está dicho, como por mostrarse agradecido á Dios de las mercedes recebidas en librarle tantas veces de los lazos que los suyos le armaban y de las guerras que de fuera se le levantaban, confirmar con público consentimiento de sus vasallos y con aprobacion de toda la Iglesia, la religion católica que abrazaba. Procuraba otrosí que la diciplina eclesiástica relajada, como era forzoso, por la revuelta de los tiempos, se reformase y restituyese en su vigor. Comunicóse con Leandro, arzobispo de Sevilla, por cuya direccion, como era justo, se gobernaba en sus cosas particulares y en las públicas. Pareció seria muy á propósito convocar de todo el señorío de los godos los obispos para que se tuviese concilio nacional de toda España en Toledo, ciudad regia, que así de allí adelante se comenzó á llamará causa que los reyes godos, segun que se ha dicho, pusieron en ella la silla de su imperio. Señalóse dia á los obispos para juntarse; acudieroncomo setenta, y entre ellos cincometropolitanos, que eslomismo que arzobispos. Abrióse el Concilio, y túvose la prinera junta al principio del mes de mayo, año del Señor de 589. En aquella junta hizo el Rey á los padres congregados un breve razonamiento deste tenor y por estas palabras: a No creo ignoreis, saccrdotes reverendísimos, que para reformar la diciplina eclesiástica á la presencia de nuestra serenidad os hellamado; y porque en los tiempos pasados la herejía presente no permitia en toda la Iglesia católica se tratasen los negocios delos concilios, Dios, al cual plugo por nuestro medio quitar elimpedimento de la dicha herejía, nos amonestópusiésemos en su punto la costumbrey institutoseclesiásticos. Alegráos pues y gozáos que la costumbre canónica por providencia de Dios y por el medio de nuestra gloria se reduce á los términos antiguos. Lo primero que os amonesto y juntamente exhorto es que os ocupeis en vigilias y en oraciones para que el órden canónico, que de las mientes sacerdotales habiaquitado el largo y profundo olvido y que nuestra edad confiesa no saberle, por ayuda de Dios nos sea de nuevo manifestado. n Los padres, movidos con este razonamiento del Rey, cada

cual conforme al lugar y autoridad que tenia, alabaron á la divina benignidad. Al Rey dieron las gracias por la mucha aficion que mostraba á la religion católica. Junto con esto mandaron se ayunase tres dias para disponer los ánimos y conciencias. Túvose despues la segunda junta; en ella el Rey ofrecióá los padres por escrito en nombre suyo y de la reina Bada una profesion que hacia de la fe católica y abjuracion de la perfidia arriana. Recibiéronla los padrescongrande aplauso y satisfaccion por resplandecer en ella la piedad del Rey y estar en ella comprehendida la suma de la verdaderareligion. En particular en el símbolo constantinopolitano que allí se pone, por expresas palabras se dice que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. A los demás, así obispos como grandes que se hallaban presentes, y dejada la secta arriana querian abrazar la verdad y imitar el ejemplo de su Rey, les preguntaron sien aquella profesion y abjuracion les descontentaba alguna cosa. Dieron por respuesta que aprobaban y abrazaban todo lo que la Iglesia católica profesa. Ocho obispos y cinco grandes fueron los que, renunciadas las malas opiniones, públicamente despues de los reyes, dieron de su mano firmada otra profesion de fe semejable á la primera. Concluido esto, que fué la primera parte del santo Concilio, en segundo lugar se promulgaron veinte y tres cánones á propósito de reformar las costumbres y la diciplina eclesiástica. En ellos es de considerar lo que en particular se manda acerca de la comunion, es á saber, que ninguno del pueblo pudiese comulgar sín que públicamente él y todos los que presentes estaban, en tanto que se decia la misa, pronunciasen el símbolo de la fe que habian recebido de la forma que en el Concilio constantinopolitano se promulgó. Puédese entender que deste principio se tomó la costumbre guardada comunmente en España hasta nuestro tiempo que ninguno comulgue antes que en compañía del sacerdote haya pronunciado todos los artículos de la fé y del símbolo cristiano. El Rey por un su edicto confirmó todas las acciones del Concilio, mandando que se guardase todo lo en él decretado. Por renate y conclusion hizo Leandro á los padres y al pueblo un razonamiento muy elegante desta sustancia: «La celebridad deste día y la presente alegría es tan grande y tan colmada cuanta de ninguna fiesta que por todo el discurso del año celebramos, lo que ninguno de vos podrá dejar de confesarlo. En las demás festividades renovamos la memoria de algun antiguo misterio y beneficio que se nos hizo; el dia de hoy nos presenta materia de nueva y mayor alegría, cuando, gracias al salvador del género humano, Cristo, la gentenobilísima de los godos, que hasta aquí descarriada se hallaba en medio de unas tinieblas muy espesas, alumbrada de la luz celestial, ha entrado por el camino de la inmortalidad, y ha sido recebida dentro del divino y eterno templo, que es la Iglesia. Si las cosas quebradizas y terrenas, y que solo pertenecen al arreo del cuerpo y á su regalo, cuando suceden prósperamente, de tal suerte aficioman los corazones, que álas veces la mucha alegría saca algunos de juicio; ¿en cuánto grado debemos alegrarnos por ser llamados y admitidos á la herencia del reino celestial? Cuanto por mas largo tiempo hemos llorado la ceguedad y miseria en que nuestros hermanos

estaban, cuanto menorerala esperanza que nos queda

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