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brino de Tupac-Amaru, á quien ahorcaron en Lampa. Se quemaron las casas, y hubo mucho saqueo de comida, sebos, $*c, fuera de la matanza del ganado. Aqui le dieron noticia que estaba Urbiola en Santa Rosa: fué en pos de él, y escapo para Ayaviri en una muía de carga. La tropa de Carabaya aun no habia asomado ese dia al pueblo, por lo que se escapó del estrago que hubieran hecho los indios. Aquel dia fueron á dormir á la estancia de Ohubamba.

El dia 6, entre 9 y 10 del dia, entro en Ayaviri, y pocas horas antes habian desamparado esta plaza los soldados, por la orden que llego de retirada de parte de los corregidores: de tal suerte, que muchos por no haber podido encontrar cabalgaduras prontas, fueron prisioneros, y caminaron uno, dos y tres dias bajo sus banderas. Antes de entrar al pueblo, escribió carta al cura, exhortándole á que no levantasen las armas, si no querian esperimentar su rigor. La misma diligencia ha practicado en la entrada de todos los pueblos, en unos por cartas y en otros por recado: así saqueó muchas casas, y especialmente la del cura, porque le digeron que estaban en ella los bienes de toda la tropa, y en especial los de D. Gregorio Chuquiguanca, que fué con bastante carruage de capellan: lo que se practicó sin resistencia, porque el cura desamparó su casa, hicieron muchos destrozos en el vecindario, mataron á tres, y quedaron heridos de muerte, D. Pedro Casorla y Pedro Bejar. Despues de salir de la iglesia, peroro Tupac Amarn, y lo mismo practicó en otros pueblos, diciendo: que no venia á perjudicar los vecinos, sino á quitar abusos de repartimientos, aduanas y mitas de Potosí, quitando la vida á los corregidores y chapetones. Este dia pasó á dormir frente del rio: el dia 7, cerca de Pucará. El dia 8 entró á Pucará, y mandó le digesen misa en la puerta de la iglesia. En este pueblo solo destrozaron tres casas; las de Aguirre, Cea y Rada: la primera por ser del aduanera, la segunda por ser del cobrador, y la tercera se ignora. Aguirre perdió mucho, porque tenia muchos frutos y otros efectos. Pasó á dormir a Caco; el 9, á Choconchaca; el 10 entró á Lampa, y dejó este pueblo mas destruido que ninguno, porque como lo desampararon sus moradores, vino á ser el teatro donde se hacian las juntas de guerra, y fué el blanco de sus rigores, sin dejar puerta ni ventana sana, extendiéndose la devastacion hasta Paratia, Chilaito y Cavanilla. El 12 entró á Santiago: aqui hubo poco estrago, quizá por estar alli el cura, y fué á dormir á la Chozita. El 13 entró á Azangaro: se saquearon las casas de cabildo, de D. Diego y D. José Chuqniguanca: en estas tres no dejaron estaca en pared, y en el cabildo encontraron bastante ropa, asi labrada como en jerga, y otros efectos. Nombró justicia mayor y cacique: lo mismo practicó

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en las demas provincias y pueblos. Su designio era pasar por las estancias de los Chuqniguancas, y salir á la provincia de Carabaya: este plan se le frustró, porque recibió en dicho Azangaro repetidas cartas de su muger que lo llamaba, quizá por temer alguna ruina de las tropas del Cuzco; y con este motivo solo dio orden para que se embargasen los ganados de los Chuquiguancas.

El dial4 salió de Azangaro, tomando su derrota algo apresurada para Tungasuca, por Asillo y Orurillo: dijo á un sugeto en Azangaro que el dia 1.° cercaría al Cuzco, ofreciéndoles tratados de paz, por lo que emplazó españoles é indios para que concurriesen á Tungasuca el dia 28. Así lo verificó, coronando los cerros de esta ciudad con muchedumbre de gente de todas clases, indios, mestizos, españoles y aun eclesiásticos. Mandó su embajador, pidiendo se le rindiesen todas las armas, pues de lo contrario los pasaria todos á cuchillo. Se puso esta plaza en actitud de defensa, é inmediatamente salió órden para que el teniente coronel D. Francisco Laysequilla, que se hallaba destacado en el puente de Urubaraba, regresase luego para esta ciudad con 40 fusileros, dejando el mando al oficial que tuviese por conveniente. Asi lo hizo, y antes de llegar á la ciudad, se le mandó, bajo de responsabilidad, que se acuartelase en el cerro de Reho, que era por donde el rebelde intentaba su entrada, y tenia toda aquella vasta campaña fortalecida de artillería y bien arregladas milicias de sus aliados. Laysequilla cumplió la orden con solo 40 hombres de infantería, y como 100 indios que encontró en el cerro, enviados por el fiel cacique de Anta, D. Nicolas Rojas, que los puso á su disposicion. Tres dias y tres noches estuvo este oficial conteniendo al rebelde, que continuamente le incomodaba con amagos: lo que representó á los gefes para que le mandasen los auxilios necesarios. El dia 5 del corriente, como á las cinco de la tarde, le mandaron 160 hombres, y un pedrero con su artillero. Esta noche hubo bastante fatiga en velar su puesto; y el dia 11, á las ocho, le presentó el rebelde la batalla con toda la masa de sus fuerzas, y al primer ataque tuvo ya desalojado á dicho Laysequilla. Pero este oficial, volviendo por su honor, animó á su gente con el mayor entusiasmo, acometió y rechazó al enemigo con un vigoroso fuego; hasta la una del dia, que el rebelde volvió con mas empeño, y se puso en estado de volverle á desalojar, pero no lo consiguió. En este intermedio pedia Laysequilla á la ciudad el auxilio que tanto necesitaba. La demora en remitírselo fué mucha: pero hallándose este oficial tan bien quisto, y corriendo voces de hallarse muy herida la mas de la chapetonada, algunos criollos se juntaron y fueron en su socorro, y llegaron al sitio como á las dos y media de la tarde. Yo, arreglado á la orden que tenia, monté en mi caballo con mis armas, y bien aperado de municiones, me presenté k la puerta del cuartel, y no hallando a ningun gefe, tiré apresuradamente al cerro de Piccho, donde me incorporé con el nuevo refuerzo, echando pié á tierra, y con mi escopeta como el mas mínimo soldado. Con lo que recibió gran consuelo y se animó, pues el fuego que se hacia era incesante, con lo que el enemigo ya demostró alguna cobardia, porque los nuestros iban avanzando algun terreno del contrario. En estas fatigas estabamos, cuando á las cinco de la tarde vino de auxilio la compañia del comercio y un pedrero. Entró k la accion con el mayor empeño y obediencia al comandante Laysequilla, asegurándole su capitan D. Simon Gutierrez, que su determinacion era sacrificar sus vidas en defensa de la religion, rey y patria. Con este refuerzo siguió la batalla hasta la oracion, dejando k la retirada del rebelde en nuestro campo seis ó siete muertos, y como treinta heridos: pero se advirtió quedar el contrario regado de cadaveres. Estando ya para retirarnos, vino una bala de canon que partió por el pecho k un soldado que estaba á mi derecha, de modo que me salpicó de sangre: y viendo al comandante Laysequilla lastimado del pecho, de un cañonazo de metralla de piedras areniscas que le dispararon, monté, en mi caballo y bajé á la ciudad á dar parte al Señor Comandante de las armas, D. Gabriel de Aviles, para que despachase al campo otro gefe, y que viniese Laysequilla á curarse. Esta batalla creo podremos llamarla decisiva; pues de ella ha resultado la fuga del rebelde, que se halla pasado á otro campo, y que deje este cubierto de pertrechos de guerra, los bienes que ha robado, un pedrero, una petaca de pólvora que se trajo, el principal artillero que tenia en calidad de prisionero, D. Juan Antonio de Figueroa, y que k su imitacion se viniesen otros muchos: mientras que nuestra gente se halla engolosinada en seguir al enemigo, los unos por animosos, y los mas por la codicia del pillage, que por la precipitada fuga no pudo cargar el rebelde. A todos nos es muy sensible el que un oficial del valor de I>. Francisco Laysequilla quede dañado del pecho, porque siente mucho dolor en él, y para que se le oiga el eco, es necesario aplicar el oido.

Capítulo de carta escrita en la Paz.

Luego que se divulgó la escena de Tupac-Amaru, se vió diariamente un fuego seguido, y siempre con igual viveza, que parecia bastante a abrasar al rebelde, é impedir las faenas regulares de su campo: pero no bien se acercó, cuando se vió todo aquel Etna apagado, sin valerse para esto del estratagema de Canope. Los mismos, que sin su vista se prometian reducirlo á cenizas, se valieron de sagrado, acogiéndose á él con sus caudales; unos en la casa que fué Colegio de los expatritidos, otros en los demas conventos de religiosos, queriendo que los sacristanes les franqueasen las bóbedas para sepultarse vivos, quizá con el designio de que espirase el delito de su eleccion en haber venido á Indias. En este conflicto se ha visto nuestro Villalla, y conociendo el excesivo número de indios que acometia, usó el ardid de ocultar su gente, y dejarlos acercar, hasta que estando casi á tiro, advirtió el rebelde su equivocacion, con lo que intentó la fuga: pero fué inútil, porque ya le tenia ganada la artilleria, y con ella hizo una descarga tan fuerte, que dejó en el campo un crecido número de muertos. Se dice que fueron tan continuos los golpes que dieron los indios de las parroquias, como el esmero en acreditar al Rey su respetuoso amor, y el vivo interes que toman en perseguir el que se opone á las glorias de S. ¡VI., contra el partido temerario que se formó á favor del rebelde. Así nos es indispensable citarlos, para que la fidelidad de estos, y de otros muchos caciques, que de distintos pueblos vinieron con sus indios al socorro, llegue á noticia del público.

Su Señoria Huma., el Sr. D. Juan Manuel de Moscoso, que conserva el principal influjo en estas deliberaciones, resolvió, con acuerdo de Villalta, todas las medidas que sugiere la fidelidad y le inspira la prudencia, para hacer respetables las órdenes del Monarca, y á su real nombre deliberó honrosas ofertas, dignándose brindarles una medalla de oro con el busto de S. M. por un lado, y por el reverso el mote—Al mérito:—con la que se adquirieron mucho honor dos caciques, y tres indios principales que quedan condecorados con esta insignia. Y si los hombres tributan gustosos obsequios al mérito, siempre que le acompaña aquel aparato que llama mucho su atencion, esperamos apruebe el Soberano una gracia digna de la clemencia con que ha tratado a unos vasallos que tanto ama, y. que igualmente le adoran, pues han manifestado que sabian obedecer en todas oportunidades, y dar la última gota de sangre en defensa de su Rey, destinado para el trono, y para mandaren las Indias por Dios.

Bien se conoce, sin disminuir en nada la fidelidad de aquellos indios, que todo su influjo es el Ilustrlsimo Obispo del Cuzco: y pues está acreditada su conducta, para nada ha menester aquel aparato exterior que deslumhra á los hombres, pues ha llegado á ser tan notorio su celo en servicio del Rey, como la gloria que se ha adquirido: y así, ni está en su mano, ni en su modestia el ocultarse, y por mas retirado que^viva, todos volverán los ojos hacia él, y dirán:—"El Ilusivísimo Sr. D. Juan Manuel Moscoso fué él Restaurador de la Patria" y con esto harán su elogio.

Una de las felicidades que este negocio ofrece de importante, es la desunion de los mismos indios, para dividir así la fuerza y confiar prudentemente del triunfo. Esto obligó al rebelde á retirarse á Tnngasuca, desde donde intentó hacer segunda salida, y con nuevo esfuerzo de gente volvió á acometer al Cuzco. Hizo alto en la quebrada de Quispicanchi, que confina con la parroquia de San Gerónimo, á dos leguas del Cuzco. Desde allí se dice que un cuerpo de mas de mil hombres, compuesto de simples paisanos, mestizos, y españoles naturales de las provincias comarcanas, que arrastró por la fuerza á su devocion, se desfilaron al Cuzco, y con los fusiles que manejaban los mismos indios, á causa de la desconfianza con que el indio los trataba. Usando cierta estratagema, les quitaron las armas, y en medio de la marcha, aprovechándose de la oportunidad, dieron una descarga tan cruel, que se dice en las papeletas, pasa el número de muertos de 5,000 indios, sin que se traslusca el número de los heridos, por la fuga que con su gefe tomaron: logrando el consuelo aquellos infieles forzados, y á quienes poco antes se creia comprendidos en la rebelion, de hacer este servicio, é incorporarse á las armas del Rey, para continuar bajo del mando del caballero Villalta, quien á la hora se contempla en mayor movimiento. Siguiendo las ideas del Sr. Visitador, se les cerrará el paso con la tropa de Lima, que llegará en breve, con la demas que se recluta en todo el tránsito; regulándose que el gasto para la salida de aquel corto número de hombres, llegará á 400,000 pesos.

Se omitia decir, y se reflexiona en ello, que para el avance primero á la ciudad, adelantó el rebelde su embajador. Este individuo así caracterizado, le habló al Ilustrísimo Sr. Obispo en estos términos:—"Que venia de parte del Sr. D. José Gabriel Tupac-Amaru, Inca, a decirle, que desea no proceder contra ninguno de los patriotas, ni inferir agravio en aquella ciudad; pero siempre que una necia preocupacion dirigiese á sus paisanos contra él, tenia resuelto pasarlos á cuchillo;" así se explicó D. N. La-Madrid, de nacion montano z. E incorporándose aquel Ilustrísimo Prelado, despues que no le perdió palabra á su razonamiento, le contestó:—"Que se le quitase de delante, antes que el fuego de su indignacion pegase en un individuo tan atrevido: y que le digese á ese rebelde, que la ciudad tenia vasallos muy fieles á S. M. para castigar su atrevimiento, co

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