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brillante, la piedad más activa que contemplativa... la ternura conyugal más honda que expansiva... la lealtad al monarca y la entereza para querellarse de sus desafueros... Si el sentido realista de la vida degenera alguna vez en prosaico y utilitario: si la templanza y reposo de la fantasía engendra cierta sequedad: si falta casi totalmente en el Poema la divina (aunque no única) poesía del ensueño y de la visión mística, reflexiónese que otro tanto acontece en casi todos los poemas heroicos, y que a la mayor parte de ellos supera el Mio Cid en humanidad de sentimientos y de costumbres, en dignidad moral y hasta en cierta delicadeza afectuosa que se siente más bien que se explica con palabras y que suele ser patrimonio de los hombres fuertes y de las razas sanas... Y cuando subamos con el Cid a la torre de Valencia, desde donde muestra a los atónitos ojos de su mujer y de sus hijas la rica heredad que para ellas había ganado (v. 1603-1620), nos parecerá que hemos tocado la cumbre más alta de nuestra poesía épica, y que después de tan solemne grandeza sólo era posible el descenso".

La popularidad que Menéndez Pelayo supo dar en España a los antiguos monumentos poéticos hizo que nuestros escritores modernos leyesen el Cantar y se inspirasen en él. En 1842

podía suceder que un erudito como Jerónimo Borao (cierto que a los veinte años de su edad) compusiese un drama titulado Las hijas del Cid, sin conocer la antigua Gesta, creyendo que él era el primero que trataba en forma poética la tragedia de Corpes. Muy otro es ahora el caso, cuando hacia 1907, un escritor como Eduardo Marquina se siente llamado a escribir "seriamente" para el teatro mediante la lectura de la gesta de Mio Cid. Y precisamente al leer en ella la escena de Corpes, Marquina experimenta su primera emoción dramática, en el ambiente poco recogido de una redacción de periódico. “Lefa -dice Marquina-el Poema del Cid, y recuerdo que, cuando ha descrito ingenuamente la afrenta que a doña Elvira y doña Sol infligen sus maridos en el robledal de Corps, el venerable autor de nuestro cantar de gesta tiene una exclamación... ¡Si ahora compareciese mío Cid Campeador! Sentí el drama en aquellas palabras, y pasó por mi alma la visión tremenda del Cid levantando con sus manos los cuerpos heridos y profanados de sus hijas, y extendiendo en el aire su mano vengativa, sin palabras. Yo escribía aquel verano Las hijas del Cid. Pero la emoción de aquella noche en lo que tenía de más hondo y sincero, aunque de ella movió el drama y a pesar del drama escrito, me

parece que no he vuelto a sentirla nunca (1).” Ciertamente que en el drama de Marquina se percibe un eco de esta emoción nunca superada: por la escena del robledal cruza una intensa ráfaga de poesía, ora de vida andariega y de melancólicas despedidas, ora de violentos odios reprimidos. Lástima que, absorbido por aquella emoción, el autor no haya sentido la figura misma del Cid, que tan opuesto al del Poema es en el drama.

Debe citarse además a Manuel Machado, por una bien sentida variación del episodio de la niña burgalesa que despide al Cid, y por una semblanza de Álvar Fáñez inspirada en recuerdos del Poema, especialmente en el de aquellos versos que le presentan chorreando sangre de moros por el codo de la loriga (2).

Bastará este par de ejemplos para mostrar cómo actualmente parece revivir la fecundidad

(1) E. MARQUINA, "Mi primera emoción", en el A B C del 2 de Marzo de 1912, p. 19. La leyenda trágica titulada Las hijas del Cid se estrenó en 5 de Marzo de 1908. Marquina cita al frente de la edición de su drama los 16 pasajes del Poema en que principalmente se inspira.

(2) M. MACHADO, Alma, Madrid, 1907, p. 71. "Castilla" (versos 31-51 del Poema), y p. 73, "Alvar-Fáñez" (versos 503, 781, 2453, 1321-39).-Sobre el paso del Cid por Burgos tiene otra poesía J. J. LLOVET, "De destierro" (en el Blanco y Negro, 27 Oct. 1912), fijándose especialmente en el verso 20, Dios que buen vasallo...

póstuma del Cantar, hace tantos siglos interrumpida.

VALOR ARTÍSTICO DEL POEMA

En los juicios anteriormente expuestos acerca del valor artístico del Cantar se hallan los principales puntos de vista desde los cuales éste puede ser apreciado; no obstante, convendrá insistir algo en la comparación de este Poema con otros semejantes, aunque no ciertamente para ejercer el inútil oficio de juez de campo, como Damas Hinard, adjudicando la victoria a nuestro poeta o acaso denegándosela.

Se ha advertido muchas veces que la producción literaria de la Edad Media se resiente por falta de variedad y de estilo personal; que las diversas naciones europeas poetizan los mismos asuntos y lo hacen casi en el mismo tono unas que otras. Pero muchas veces esta uniformidad que notamos depende sólo de la observación escasa. Naturalmente, dentro de las razas con que convivimos distinguimos las varias fisonomías mucho mejor que tratándose de una raza extraña de que sólo rara vez vemos algunos individuos. Hoy, que conocemos la epopeya medioeval mejor que antes, podemos decir que el Poema del Cid es obra de una acentuada originalidad.

Uno de los sentimientos dominantes en la épica castellana es la antipatía hacia el reino de León, más o menos agriamente expresada en poemas como el de Fernán González o el del Cerco de Zamora. El Poema del Cid se aparta decididamente de este secular rencor castellano. Siente el respeto más profundo por el antiguo rey de León Alfonso VI, a pesar de que éste obra injusta y duramente con el héroe, y a pesar de que ese rey venía mirado con invencible repugnancia por el cantar del Cerco de Zamora; y si es cierto que nuestro Poema muestra odio hacia una familia en parte leonesa, la de los Vani-Gómez, a ella van asimismo unidos personajes castellanos como el conde don García.

También la venganza, pasión eminentemente épica desde Homero en adelante, está tratada de un modo especial en el Poema del Cid. La venganza es cruelmente sanguinaria en el poema de los Infantes de Lara y en el Roland, donde Ruy Velázquez o Ganelón son muertos con treinta caballeros de los suyos; la sombría imaginación que ideó la venganza de Krimhilda en los Nibelungos, no se contentó con menos de 14 000 vidas inmoladas en una fiesta; en Garin le Lorrain y en Raoul de Cambray los odios de dos familias se alimentan con implacables homicidios. En cambio, el Poema del Cid, apar

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