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vilán (3178), y valían mill marcos (1010, 2426). Muy especialmente se apreciaban las espadas viejas, tanto como hoy las podría estimar un museo. La Primera Crónica General, contando la prisión de Berenguer por el Cid, dice que al ser fijado el rescate que los prisioneros catalanes debían pagar al Campeador, se convino “quel diessen demás las espadas preciadas que fueran de otros tiem pos” ; entre ellas iba sin duda la espada del conde prisionero, la Colada de nuestro poema, una de esas espadas antiguas (1). La espada, como arma principal, era el despojo del vencido más codiciado por el vencedor. El mismo Cantar nos refiere que el Cid ganó también a Tizón venciendo al rey de Marruecos (2).

(1) Según el Mainet francés, del siglo XII, la Joyosa de Carlomagno era también una espada antigua. Carlos rehusa otra que le ofrece el emir de Toledo :

Ne prendrai vostre espée, ne me vient pas a gré,
car j'en ai une vielle de l'ancien aé...,
et fu le premier roi qui tint crestienté
Cloovi le courtois, le chevalier membré...
une grant toise est longe, s’a demi pié de lé.

(Romania, IV, 326.) Realmente las espadas se mantenían en uso durante muchos siglos. La que aquí reproducimos lleva una empuñadura del siglo XIII, puesta para el uso de algún rey o infante de Castilla, y su hoja es muchos siglos anterior.

(2) La conquista de la espada se menciona también en los poemas franceses. Según Aspremont, Roldán gana á Du. rendal, matando a Yaumont en Italia, y según el Mainet español, la misma espada es ganada por Carlomagno cuando mató a Bramante en España.

El Cantar no menciona ninguna arma arrojadiza, saetas, azconas, etc., aunque se usaban mucho.

Armas defensivas: El escudo. Era grande (1,20 por 0,62 metros), de tabla, forrada con cuero de caballo. Iba guarnecido con una bloca o adorno metálico en el centro, de donde partían radios, también de metal, hacia el borde del escudo; a veces esta guarnición era de oro o plata (v. 1970). Según el carmen latino del Cid, el escudo de éste llevaba pintado un dragón. El escudo, por su parte interior, además de las embrazaduras, tenía sujetos a sus dos extremos superiores los cabos de un tiracol o correa, con la cual se llevaba colgado al cuello (1509, 2450, 3584); para acometer, se embraza el escudo apretándolo contra el corazón (715, 3615), pero manteniéndolo colgado al cuello.

La loriga era una túnica tejida de mallas férreas, o hecha de cuero con escamas o anillos cosidos encima. A veces tenía tres dobleces, para más defensa (3634). Para evitar el roce de la loriga se vestía debajo de ella un belmez o túnica acolchada (3073, 3636) que en las representaciones gráficas se ve salir por fuera del borde inferior de la loriga cosa de un palmo más largo que ella. La loriga se prolongaba en un almofar o capucha de mallas que cubría la cabeza y la barba, subiendo a veces hasta media nariz; para evitar su roce sobre los cabellos, se recogían éstos con una cofia de lino, fruncida sobre la cara (789, 2436, 1744). Encima del almofar se ponía un yelmo, atado a las mallas con muchos lazos de cuero o moncluras (3652); el yelmo solía tener en su parte anterior un nasal o barra descendente, para proteger la nariz. Las piernas del caballero iban cubiertas de arriba abajo con las calzas, y, sobre éstas, se ponían las huesas o botas fuertes y altas, propias para campaña, viaje o caza.

Los caballeros catalanes de Ramón Berenguer usaban sólo las calzas; desechaban las huesas, que si bien daba superioridad a los caballeros del Cid (992, 994), eran de mal aspecto, por lo cual el conde de Barcelona llama malcalzados a los castellanos (1023). También se distinguían los catalanes por cabalgar sillas coceras, propias para correr el caballo y más inseguras que las sillas gallegas o de camino, que llevaban los del Cid; ásí en el choque los catalanes caían del caballo aun sin ser heridos (993, 997).

Los caballeros moros usan también escudos (795), lorigas (762) y yelmos adornados con carbonclas o piedras preciosas (766, 2422). Parece que no se distinguen de los cristianos sino

a

en usar preferentemente adáragas (727) O escudos pequeños sólo de cuero, y en que sus ejércitos tocaban atamores, cuyo ruido formidable maravillaba a los soldados castellanos nuevos y espantaba a doña Jimena (696, 1660-1667, 2346). Sin duda se

distinguían también por montar en si. llas jinetas de altos borrenes y estribos cortos, a diferencia de las bridonas, que usaban los cristianos, con estribos largos. Por último, la Moro con adarga, caballero

a la jineta. (San Beato, de la Bib. Nac. espuela o espo

de Madrid, año 1047.) lón era del tipo que se llamó después acicate. Se desconocían las espuelas de rodajuela; por esto el poeta les da el calificativo de agudas cuando las usaban los infantes de Carrión para herir con ellas a sus mujeres (2737).

Cuando el caballero iba de viaje, montaba un palafré o caballo de camino y de lujo; llevaba todas sus

armas en una acémila, y delante de Espuela. (Armeria Real

ésta iba, llevado del diestro por un de Madrid.)

escudero (1548), su caballo de armas, más fuerte y más grande que el palafrén.

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Fernando II (1157-1188) con armas de fuste, escudo al cuello

y brial hendido. (Tumbo en la Catedral de Santiago.)

Cuando se tenían armas (1602, 2243, etc.), esto es, cuando se ejercitaban en juegos mili

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