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caba que el Rey seria trabajado de sus grandes. El pueblo, atemorizado con todas estas señales y pronósticos, hacia procesiones y votos para aplacar la saña de Dios. Lo que importa mas, las costumbres no se mejoraron en nada; en especial era grande la disolucion de los eclesiásticos; á la verdad se halla que por este tiemp0 don Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago, de las mismas bodas y fiestas arrebató una moza que se velaba, para usar della mal; grande maldad y causa de alborotarse los naturales debajo de la conducta de don Luis

Osorio, hijo del conde de Trastamara. En enmienda de caso tan atroz despojaron aquel hombre facinoroso y malvado de su silla y de todos sus bienes. Su fin fué conforme á su vida y á sus pasos; lo que le quedó de la vida pasó en pobreza y torpezas, aborrecido de todos por sus vicios y infame por aquel exceso tan feo. Desta forma en breve penó el breve gusto que tomó de aquella maldad con gravísimos y perpetuos males, con que por justo juicio de Dios fué, como lo tenia bien merecido, rigurosamente castigado.

LIBRO VIGÉSIMOTERCIO.

CAPITULO PRIMERO.

Del concilio de Mantua.

LAs cosas ya dichas pasaban en España en sazon que el pontífice Pio enderezaba su camino para la ciudad de Mantua, do á su llamado de cada dia acudian prelados y príncipes en gran número. De España enviaron por embajadores para asistir en el Concilio el rey de Castilla á Iñigo Lopez de Mendoza, señor de Tendilla; el rey de Aragon á don Juan Melguerite, obispo de Elna, en el condado de Ruisellon, y á su mayordomo Pedro Peralta. Solicitaba el Pontífice los de cerca y los de léjos para juntar sus fuerzas contra el comun enemigo. David, emperador de Trapisonda, ciudad muy antigua y que está asentada á la ribera del mar mayor que llaman Ponto Euxino, y Usumcasam, rey de Armenia, y Georgio, que se intitulaba rey de Persia, prometían, por ser ellos los que estaban los mas cerca del peligro, de ayudará esta empresa con grandes huestes de á caballo y de ápié, y por mar con una gruesa armada. El Padre Santo no se aseguraba mucho que tendrian efecto estas promesas. De las naciones y provincias del occidente se podia esperar poca ayuda, por las diferencias domésticas y civiles que en Italia, Francia y España prevalecian, por cuyo respeto y en su comparacion no hacian mucho caso de la causa comun del nombre cristiano. Es así, que el desacato de la religion y daño público causa poco sentimiento si punza el deseo de vengar los particulares agravios. Sin embargo de todas estas dificultades, no desmayó el Pontífice; antes determinado de proballo todo y hacer lo que en su mano fuese, en una junta muy grande de los que concurrieron al Concilio de todo el mundo hizo un razonamiento muy á propósito del tiempo, cosa á él fácil por ser persona muy elocuente y que desde su primera edad profesó la retórica y arte del bien hablar. Declaró con lágrimas la caida de aquel nobilísimo imperio de Grecia, tantos reinos oprimidos, tantas provincias quitadas á los cristianos, donde Cristo, hijo de Dios, por tantos siglos fué santísimamente acatado, de donde gran número de varones santísimos y eruditísimos salieron,

allí prevalecia la impiedad y supersticion de Mahoma. «Si vaá decir verdad, no por otra causa sino por habellos nosotros desamparado se ha recebido este daño y esta llaga tan grande. A lo menos ahora conservadestas reliquias medio muertas de cristianos. Si la afrenta pública no basta á moveros, el peligro que cada uno corre le debe despertar á tomar las armas. Conviene que todos nos juntemos en uno para que cada cual por sí, si nos descuidamos, no seamos robados, escarnecidos y muertos. Tenemos un enemigo espantable y que por tantas victorias se ha hecho mas insolente; si vence, sabe ejecutar la victoria y sigue su fortuna con gran ferocidad; si es vencido, renueva la guerra contra los vencedores no con menos brio que antes, tanto mas nos debemos despertar. No podrá ser bastante contra las fuerzas de los nuestros si se juntan en uno, mayormente que Dios, al cual tenemos airado por nuestras ordinarias diferencias, á los que fueren concordes será favorable. Poned los ojos en los antiguos caudillos y en las grandes victorias que en la Suria los nuestros unidos y conformes ganaron contra los bárbaros. Los que somos fuertes y diestros para las diferencias civiles y domésticas, ¿por ventura serémos cobardes y descuidados para no acudir al peligro comun y vengar la afrenta de la religion cristiana? ¿Hay alguno que se ofrezca por caudillo para esta guerra sagrada? Hay quien lleve delante en sus hombros el estandarte de la cruz de Cristo, hijo de Dios, para que le sigan los demás? Hay quien quiera ser soldado de Cristo? Ofrezcámonos por capitanes, que no faltarán varones fuertes y diestros y soldados muy nobles que se conformen en su valor y esfuerzo y parezcan á sus antepasados. Determinado estoy, si todosfaltaren, ofrecerme por alférez y caudillo en esta tan santa guerra. Yo con la cruz entraré y romperé por medio de las haces y huestes de los enemigos, y con nuestra sangre, si no se ganare la victoria, por lo menos aplacaré la ira de Dios y inflamaré con mi ejemplo vuestros ánimos para hacer lo mismo; que resuelto estoy de hacer este postrero esfuerzo y servicio á Cristo y á la Iglesia, á quien debo todo lo que soy y lo que puedo. «Movíanse los que se hallaron presentes con el razonamiento del Pontífice; mas los embajadores de los príncipes gastaban el tiempo en sus particulares contiendas y controversias, y así todo este esfuerzo salió vano. En especial Juan, duque de Lorena, hijo de Renato, duque de Anjou, se quejaba mucho que el Papa hobiese confirmado el reino de Nápoles y dado la investidura de aquel estado á don Fernando, su enemigo. A causa destos debates no se pudo en la principal empresa pasar adelante; de palabra solamente se decretó la guerra sagrada. El Papa asimismo publicó unabula en que, al contrario de lo que sintió en conformidad de los padres de Basilea antes que fuese papa, proveyó que ninguno pudiese apelar de la sentencia del romano Pontífice para el concilio general; con esto se disolvió el Concilio el octavo mes despues que se abrió. Los embajadores de Aragon, despedido el Contilio, fueron á Nápoles á dar el parabien del nuevo reino alrey don Fernando. Iñigo Lopez de Mendoza alcanzó del Pontífice un jubileo para los que acudiesen con cierla limosna; del dinero edificó en su villa de Tendilla un principal monasterio de frailes isidros con advocacion de Santa Ana. En este comedio á su hermano don Diego de Mendoza quitaron la ciudad de Guadalajara, de que sin bastante título se apoderara. El comendador Juan Fernandez Galindo, caudillo de fama, con seiscientos caballos que el Rey le dió, la tomó de sobresalto. Agraviáronse desto los demás grandes; ocasion de nuevos desabrimientos y de que se ligasen entre sí de nuevo en deservicio de su Rey. El almirante don Fadrique atizaba los desgustos; convidó á su yerno el rey de Aragon para se juntar con los grandes desgustados y alterados y mover guerra á Castilla. Entraban en este cuerdo el arzobispo de Toledo y don Pedro Giron, muestre de Calatrava, y los Manriques, linaje poderosoenriquezas y aliados, y ahora de nuevo se les ayuntaron los Mendozas por estar irritados con este nuevo, que llamaban agravio. El color y voz que tomaron era honesto, es á saber, reformar el estado de las cosas, estragado sin duda en muchas maneras. Estos intentos tratos no podian estar secretos; don Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, dió aviso de lo que pasaba al rey don Enrique. El premio que le dieron por este aviso fué la iglesia de Santiago, que á la sazon vacó por muerte de don Rodrigo de Luna, y se dió á un pariente suyo, llamado tambien don Alonso de Fonseca, dean que era de Sevilla. Estaba apoderado de los derechos de aquella iglesia, como poco antes queda dicho, don Luis Osorio, confiado en el poder de don Pedro, su padre, conde de Trastamara. Era menester para reprimille persona de autoridad; por esto los dos arzobispos permutaron sus iglesias, y con consentimiento del Rey don Alonso de Fonseca, el mas viejo, pasó de Sevillaá ser arzobispo de Santiago. La iglesia de Pamplona por muerte de don Martin de Peralta se encomendó al cardenal Besarion, griego de nacion, persona de grande erudicion y de vida muy santa, para que, sin embargo de estar ausente, la gobernase y gozase de la renta de aquella dignidad y obispado.

CAPITUL0 II. Cómo Scanderberquio pasó en Italia.

Las alteraciones de Nápoles eran las que principalmente entretenian los intentos del pontífice Pio, que de noche y de dia no pensaba sino en cómo daria principio á la guerra sagrada contra los turcos. El fuego se emprendia de nuevo entre Juan, hijo de Renato, y el nuevo rey don Fernando; las voluntades de Italia estaban divididas entre los dos, y la mayor parte de la nobleza neapolitana, cansada del señorío de Aragon, se inclinaba á los angevinos. ¿Con qué esperanza? Con qué fuerzas? El ciego ímpetu de sus corazones hizo que antepusiesen lo dudoso á lo cierto. El primero que tomó las armas fué Antonio Centellas, marqués de Croton. Con la mudanza de los tiempos alcanzara la libertad, y ardia en deseo de vengarse; mas el Rey ganó por la mano, desbarató sus intentos, y púsole de nuevo en prision con gran presteza. Quedaba Martin Marciano, duque de Sesa, que sin respeto del deudo que tenia con el Rey, ca estaba casado con doña Leonor, su hermana, se hizo caudillo de los rebeldes. Fué grande este daño: muchos movidos por su ejemplo se juntaron con esta parcialidad, y entre ellos el príncipe de Taranto, primero de secreto y despues descubiertamente, y con él Antonio Caldora y Juan Paulo, duque de Sora; el número de los nobles de menor cuantía no se puede contar. Francisco Esforcia, duque de Milan, en el tiempo que se celebraba el concilio de Mantua, do vino en persona, aconsejó al Pontífice hiciese liga con el rey don Fernando; que echados los franceses de Italia, se allanaria todo lo demás que impedia el poner en ejecucion la guerra contra los turcos. Al Pontífice pareció bien este consejo, mas no era fácil ejecutalle á causa que el rey don Fernando, cercado dentro de Barleta, ciudad de la Pulla, se hallaba sin fuerzas bastantes para defenderse en aquel trance y peligro que de repente le sobrevino. Estaba muy léjos y el enemigo apoderado de los pasos; por esto no podia el Pontífice envialle socorro por tierra. Determinó despachar sus embajadores al Epiro ó Albania para llamar en ayuda del Rey á Georgio Scanderberquio, que era en aquel tiempo, por las muchas victorias que ganara de los turcos, capitan muy esclarecido. El, sabida la volundad del Pontífice y movido por los ruegos del rey de Nápoles, que envió por su parte á pedir le asistiese, no le pareció dejar pasar ocasion tan buena de servir á la religion cristiana y mostrar su buen deseo. Envió delante á Coico Strofio, pariente suyo, acompañado de quinientos caballos albaneses. El mismo se aprestaba con intento de ir en persona á aquella empresa; para hacello le daban lugar las treguas que tenia asentadas con los turcos por tiempo de un año. Juntada pues una armada, pasó á Ragusa, ciudad que se entiende llamaron los antiguos Epidauro. Desde allí aportó á Barleta, por ser la travesía del mar muy breve. Fué su venida tan á propósito, que los enemigos no se atrevieron á aguardar, antes sin dilacion, alzado el cerco, se fueron de allí bien léjos. Con este socorro don Fernando, y con gentes que todavía le vinieron de parte del Pontífice y del duque de Milan, despues de algunas escaramuzas y encuentros que tuvo con los enemigos, asentó sus reales cerca de Troya, ciudad de la Pulla, que se tenia por los rebeldes. Tenian los contrarios hechas sus estancias en Nucera, ciudad distante ocho millas. En medio desta distancia y espacio se levanta el monte Segiano; quien dél primero se apoderase parecia se aventajaria á sus contrarios; así, en un mismo tiempo Scanderberquio por una parte, y Jacobo Picinino, un principal caudillo de los angevinos, por otra parte partieron para tomalle. Adelantáronse los albaneses por ser mas ligeros y haberse puesto en camino antes que amaneciese; que la diligencia es importante, y mas en la guerra. Luego que llegó el dia, cada cual de las partes ordenó sus haces para pelear. Dióse la señal de acometer; cerraron los unos y los otros con igual denuedo; duró la pelea hasta la tarde sin reconocerse ventaja; mas en fin vencidos, desbaratados y puestos en huida los angevinos, el campo y la victoria quedaron por los aragoneses, y juntamente el reino, corona y ceptro. En breve las ciudades y pueblos que se tenian por los enemigos se recobraron. Hecho esto, Scanderberquio un año despues que vino, con grandes dones que el Rey le dió, volvió á su tierra con sus soldados alegres y contentos por el buen tratamiento y los despojos que tomaron á los enemigos. En particular dió el Rey á Scanderberquio por juro de heredad la ciudad de Trani, y los castillos de San Juan el Redondo y el de Siponto, en que está el famoso templo de San Miguel Arcángel, todo en el reino de Nápoles. Despues desto, vuelto á su tierra, ganó nuevas victorias de los turcos, con que se hizo mas esclarecido y sin par por la perpetua felicidad que tuvo. Falleció siete años adelante, agravado de una dolencia que le sobrevino en Alesio, pueblo de su estado. Dejó un hijo, llamado Juan, debajo de la tutela de venecianos. Sin embargo, le dejó mandado que hasta tanto que fuese de edad bastante para recobrar aquel estado y gobernalle se entretuviese en el reino de Nápoles con los pueblos y estado que el rey don Fernando le dió en premio de lo que le sirvió y ayudó. Desta cepa procedió la familia y alcuña nobilísima en ltalia de los Castriotos, marqueses que fueron de Civita de Santangelo, puesta en aquella parte del reino de Nápoles que se llama el Abruzo. Uno destos señores, bisnieto del grande Scanderberquio, y á él muy semejante en el rostro y en el valor de su ánimo, Fernando Castrioto, marqués de Civita de Santangel, murió en la famosa batalla de Pavía, que se dió el año de 1525. Descuidóse de llevar cadenas en las riendas, que le cortaron, y el caballo le metió entre los enemigos sin poderse reparar. Las cosas de Albania, luego que Scanderberquio murió, fueron de caida; tan grave es el reparo que muchas veces hace el esfuerzo y prudencia de un solo capitan, y en tanto grado es verdad que un hombre presta mas que muchos. En España don Cárlos, príncipe de Viana, alcanzado de su padre perdon para sí y para los suyos, y con pacto que le darian cada un año cierta renta con que se sustentase, de Mallorca llegó á Barcelona á los 22 de marzo, año de 1460. No entendia el pobre Príncipe que se le apresuraba su perdicion. Tratábase por medio de embajadores, que de ambas par

tes se enviaron, de casalle con doña Catalina, hermana del rey de Portugal; ya que el negocio estaba para concluirse, don Enrique, rey de Castila, le desbarató con una embajada que le despachó, en que iban el elec. to obispo de Ciudad-Rodrigo, fraile de profesion, cuyo nombre no hallo, y Diego de Ribera, su aposentador mayor. Estos persuadieron á don Cárlos antepusiese al casamiento de Portugal el de doña Isabel, hermana del rey don Enrique, especial que le ofrecian por medio de las fuerzas de Castilla alcanzaria de su padre, que tan duro se mostraba, todo lo que desease. Daba él de buena gana oidos á estas práticas, y parecíale que este partido le venia mas á cuento; por tanto, cesó y se dejó de tratar del casamiento de Portugal. La infanta doña Catalina, perdida aquella esperanza, ó lo mas cierto, por su mucha santidad, se entró en el monasterio de Santa Clara de Lisboa, y en él estuvo hasta que murió á tiempo que de nuevo se trataba de casalla con el rey de Inglaterra Eduardo, cuarto deste nombre. El cuerpo desta señora fué enterrado en la misma ciudad en San Eulogio. Dejó por su albacea á Jorge de Acosta, que fué su ayo desde su primera edad; principio para subir á grandes dignidades, en particular de cardenal; falleció en Roma los años adelante. Al rey de Aragon avisó el almirante don Fadrique de lo que su hijo el príncipe don Cárlos pretendia y los tratos que con el de Castilla traia; llamóle á Lérida, do á la sazon se tenian las Cortes de Cataluña, y las de Aragon en Fraga. Algunos le persuadian que no fuese, que se recelase de alguna zalagarda; pero él se determinó obedecer. Su padre le recibió con semblante alegre y rostro ledo, y le diópa. en el rostro; mas luego le mandó llevar preso, que fué á 2 de diciembre. Sintió esto mucho el Príncipe, tan: to mas, que le sucedió muy fuera de lo que pensaba. Suelen las últimas miserias dar ánimo para hablar libremente: «¿Dónde, dice, está la fe real y la seguridad dada, en particular á mí y concedida en comuní todos los que vienen á las Cortes generales? ¿Qué quiere decir darme paz por una parte, y por otra ponerme en hierros y prisiones? Las ofensas pasadas, cualesquiera que hayan sido, ya me han sido perdonadas. ¿Qué delito he cometido de nuevo? Qué cosa he hecho para tratarme así? ¿Por ventura es justo que el padre se vengue del hijo y con nuestra sangre ensucie sus manos? Afuera tan gran maldad; afuera tan gran deshonra y afrenta de nuestra casa.» Decia estas cosas con ojos encendidos, grandes gritos y descomunales para que le oyesen todos y mover á los circunstantes; pero sin dejalle pasar adelante le llevaron á la prision. Bramaba el pueblo, murmuraba y decia que eran embustes de su madrastra; los señores se hermanaban entre sí y prometian de no desistir hasta verá su Príncipe puesto en libertad.

CAPITULO III.

De la muerte de don Cárlos, príncipe de Viana.

Las paces que se asentaron con los moros y duraron al pié de tres años, al presente se quebrantaron con esta ocasion. Tenia Ismael, rey de Granada, dos hijos principales sobre los demás: el uno se llamaba Alboha" cen, y el otro Boabdelin. El Albohacen por no sufrir el ocio y con deseo de dar muestra de su esfuerzo, juntado que hobo un ejército de dos mil y quinientos de á caballo y quince mil infantes, entró por las tierras del Andalucía; en todo el distrito de Estepa hizo grandes talas y daños y robó gran número de ganado. Avisado del daño don Rodrigo Ponce, hijo del conde de Arcos, acudió al peligro junto con Luis de Pernia, capitan de la guarnicion que tenia Osuna. Recogieron hasta docientos y sesenta de á caballo y seiscientos de á pié; con tanto fueron á verse con el enemigo, que iha cargado con la presa, y sin cuidado ninguno como quien tal cosa no temia, resueltos de quitársela y aun en ocasion combatille. Las fuerzas de los nuestros eran pequeñas, y parecia locura pelear con tan grande morisma. 0frecióse una buena ocasion, que parte de los moros con la presa habia pasado el rio de las Yeguas, y en el postrer escuadron quedaba sola la caballería. Advirtió esto don Rodrigo desde un ribazo cercano, y dado que los suyos temian la pelea, mandó tocar las trompetas y dar seña de pelear. Arremetieron con gran vocería los cristianos; los contrarios, divididos en tres partes, los recibieron no con menor constancia. Duró mucho la pelea; pero en fin los moros fueron desbaratados con muerte de mil y cuatrocientos de los suyos. De los nuestros perecieron treinta de á caballo, ciento y cincuenta de ápié. Alojáronse los vencedores aquella noche en un lugar llamado Fuente de Piedra; el dia siguiente á tiempo que recogian los despojos ven volver los ganados á manadas. Cuidaron al principio que fuese algun engaño, y por la polvareda que se levantaha sospechaban eran los enemigos que revolvian sobre ellos; mas luego se entendió que, huidas las guardas por el miedo, los ganados por cierto instinto de la naturaleza se volvian á las dehesas y pastos acostumbrados; tanto fué mas alegre la victoria y la presa mas rica. En las ciudades y pueblos hicieron procesiones en accion de gracias y regocijos por el buen suceso. Quebrantada por esta manera la confederacion y las paces, de una y de otra parte se hicieron correrías sin que sucediese cosa notable. Solamente Juan de Guzman, primer duque de Medina Sidonia y conde de Niebla, trataba y se apercebia para cercar á Gibraltar, pueblo que está puesto á la boca del Estrecho. El desastre pasado de su padre y grande desgracia, que murió en aquella demanda, antes le animaba que espantaba. La guerra que se levantó contra el rey de Aragon en su mismo estado era mas grave; los catalanes enviaron embajadores á su Rey para le suplicar que el príncipe de Viama fuese puesto en libertad. No quiso otorgar con esta demanda; de las palabras acudieron á las armas, salieron gran número dellos de Barcelona, apoderáronse de Fraga, pueblo puesto en la raya de Aragon. Dió grande ánimo á la muchedumbre alterada Gonzalo de Saavedra, que le envió el rey de Castilla en ayuda de los catalanes á su instancia con mil y quinientos de á caballo. El general de todo el ejército catalan era don Juan de Cabrera, conde de Módica, ciudad de Sicilia; por otra parte, don Luis de Biamonte se mostraba á la rontera de Navarra con gente armada á punto de entrar en Aragon, si á peticion tan justa el Rey no qui

HISTORIA DE ESPAÑA.

53 siese condescender. Forzado pues de la necesidad, dió

libertad á su hijo á 1.o de marzo del año 1461 con órden que desde Morella, do estaba detenido, la Reina, su madrastra, le llevase á Villafranca. Allí le entregó á los

catalanes, que sin embargo no quisieron consentir que

la Reina entrase en Barcelona, porque, puesto que con

la libertad del Príncipe dejaron las armas, los ánimos

no quedaban del todo sosegados; antes llegaron á tanto,

que contra voluntad de su padre acordaron de jurar al

Príncipe por heredero de aquel principado. Demás des

to, alcanzaron que de voluntad ó por fuerza le nombrase

por vicario y gobernador de todos sus estados, cargo

que se acostumbraba dar á los hijos mayores de los re

yes. En particular sacaron por condicionque en el prin

cipado de Cataluña fuese señor absoluto, sin que dél se

pudiese apelar. Su padre llevaba muy mal que le que

dase á él solamente el nombre de príncipe y diesen á

su hijo una parte tan principal de sus estados; que era

despojalle en vida, quitalle las fuerzas y juntamente afrentalle. Pero fuéle forzoso venir en todo esto, porque los catalanes, como gente feroz y de ingenios determinados, si no se les concedia, nunca acabaran de sosegarse;

que fué causa de que en asentar estas condiciones y capitular se gastó mucho tiempo. En este comedio se tornó á tratar de nuevo con mas veras y diligencia del casamiento entre el príncipe don Cárlos y la infanta doña Isabel. Llegaron á término que se tuvo el negocio por concluido, tanto, que el Príncipe envió á Castilla por sus embajadores para que de su parte visitasen á la Infanta y á su madre, á don Juan de Cabrera y á Martin Cruilles, personas principales, que fueron hasta Arévalo á hacer aquel oficio. Emprendióse á la misma sazon guerra en Navarra con esta ocasion. Cárlos Artieda, luego que vino el aviso de la libertad del príncipe don Cárlos, se apoderó en su nombre de Lumbier, pueblo de Navarra. Acudió don Alonso, el que fué duque de Villahermosa, por mandado del Rey, su padre, y cercó aquel pueblo, y comenzóá batille con todos los ingenios y pertrechos que pudo. La parcialidad del Príncipe no tenia muchas fuerzas; el rey de Castilla envió á Rodrigo Ponce y Gonzalo de Saavedra con gente en su ayuda para que hiciesen alzar el cerco; hízose así. Todavía se hacian mayores aparejos para continuar aquella guerra, cuando vino nueva y se divulgó que la reina de Castilla, que á la sazon se hallaba en Aranda de Duero, quedaba preñada. Esta nueva agradó asaz, tanto mas, que era fuera de lo que comunmente se esperaba; y aun por ser naturalmente los hombres inclinados á creer lo peor, no faltaba quien dijese que aquel preñado era de don Beltran de la Cueva; habla que por entonces se rugia, y despues se confirmó esta opinion al tiempo que don Fernando de Aragon reinaba en Castilla, si con verdad ó en gracia suya, aun cuando el negocio estaba fresco, no se pudo averiguar.

En Valladolid don Pedro de Castilla, antes obispo de Osma, y á la sazon de Palencia, falleció por ocasion de una caida que dió de la escalera de su casa. En su lugar fué puesto don Gutierre de la Cueva por contemplacion de su hermano don Beltran, que en aquel tiempo alcanzaba mas privanza que todos con el Rey y mas mano en la casa real. El arzobispo don Alonso de Fouseca fué enviado de la corte con muestra de honralle para que estuviese en Valladolid por gobernador en tanto que el Rey se ocupaba en la guerra que pensaba hacer en Navarra. Atizó este consejo su mismo competidor el marqués de Villena; pretendia con esto quedar solo y enseñorearse del Rey como lo tenia comenzado. Para salir con su intento con mas facilidad prometia su diligencia, si don Alonso de Fonseca se ausentaba, para ganar á los grandes que andaban apartados de su servicio, en especial el arzobispo de Toledo y el Almirante; que el maestre de Calatrava ya estaba apartado del número de los desabridos, y alistaba gente para acudir á lo de Navarra. Luego pues que don Alonso de Fonseca partió á Valladolid, el marqués de Villena fué al reino de Toledo, y á la misma sazon el maestre de Calatrava llegó á Aranda de Duero, acompañado de dos mil y quinientos de á caballo; con estas gentes el rey de Castilla marchó la vuelta de Almazan. El espanto de los aragoneses fué grande, mas el ímpetu de la guerra y el ejército revolvió contra Navarra, y por el mes de mayo llegó á Logroño, pueblo principal en la Rioja. Desde allí, engrosado el campo con las gentes que de todas partes acudian, entraron por las tierras de Navarra. Entregáronse las villas de San Vicente y de la Guardia. Pusieron cerco sobre Viana, que despues de combatilla muchos dias al fin la rindió Pedro Peralta, á cuyo cargo estaba, y á la sazon era condestable de Navarra. La villa de Lerin no se pudo tomar por ser muy fuerte. Desta manera se hacia la guerra en Navarra, cuándo prósperamente, cuándo al contrario. Don Alonso, hijo del rey de Aragon, por otra parte tomó por fuerza la villa de Abarzuza, con muerte y prision de la guarnicion de Castilla que en ella tenian. Todo este ruido y aparato se desbarató con una enfermedad mortal que sobrevino en Barcelonaá don Cárlos, príncipe de Viana, ocasionada de las pesadumbres y cuidados y congojas que continuamente le trabajaron; así lo entendieron y así debió ser. Entre los biamonteses se tuvo por cosa cierta y averiguada que murió de yerbas que le dieron en la prision, que lentamente le acabasen y á la larga. Falleció á 23 de setiembre, miércoles, fiesta de santa Tecla. Al tiempo de su muerte pidió perdon á su padre. Fué sepultado en Poblete. Vivió cuarenta años, tres meses y veinte y seis dias. Príncipe mas señalado por sus continuas desgracias que por otra cosa alguna. No alcanzó tanta ventura cuanta era su erudicion y otras buenas partes merecian. Tuvo por familiará Osias Marco, poeta en aquella era muy señalado y de fama en la lengua limosina ó de Limoges; su estilo y palabras groseras, la agudeza grande, el lustre de las sentencias y de la invencion aventajado. Traia el príncipe don Cárlos por divisa dos sabuesos muy bravos pintados en su escudo, que sobre un hueso peleaban entre sí; representacion y figura de los reyes de Francia y de Castilla, por cuya porfía y codicia le tenian casi consumido el reino de Navarra. urieron asimismo otros príncipes: Cárlos VII, rey de Francia, al cual sucedió Luis XI, su hijo; el infante don Enrique, tio del rey de Portugal, finó por este mismo tiempo sin haberse jamás casado y sin llegar á mujer; vivió setenta y siete años; su muerte fué

á 13 de noviembre en el Algarve, en un pueblo de su estado que se llama Sagra. Depositáronle en Lagos entonces; desde allí adelante le trasladaron á Aljubarrota. Quedaba de todos sus hermanos don Alonso el Bastardo, duque de Berganza, que falleció tambien el año siguiente; de doña Beatriz, su mujer, hija del condestable Nuño Pereira, dejó un hijo, llamado don Fernando, de quien, sin que haya faltado la línea, descienden los duques de Berganza, señores los mas primcipales y ricos en el reino de Portugal.

CAPITULO IV. De las alteraciones que hobo en Cataluña.

Con la muerte del príncipe don Cárlos, si bien cesó la causa de las diferencias y debates, no quedaron las discordias apaciguadas. Don Fernando, hermano del muerto, fué luego jurado por príncipe y heredero de los estados de su padre, primero en Calatayud en las Cortes de Aragon que allí se juntaron, despues en Barcelona, donde la Reina, su madre, le llevó; pero toda la esperanza que por esta causa tenian de que todo se apaciguaria salió vana á causa que la gente catalana de repente tomó las armas, y los nobles por estar desabridos con el rey de Aragon pretendian y aun decian en secreto y en público que por engaños de su madrastra el Príncipe, su antenado, fué muerto; maldad muy indigna y impiedad intolerable. El que mas encendia el pueblo era fray Juan Gualves, de la órden de Santo Domingo. Persuadíales en sus sermones sediciosos que con las armas se satisficiesen de aquel exceso tan grave y feo; que cuando ellos disimulasen, el cielo en la sangre del pueblo tomaria sin duda venganza; que debian aplacar á Dios con castigar ellos primero delito tan atroz. Alterada la muchedumbre y el pueblo, la Reina se salió de Barcelona. El color era sosegar ciertos alb0rotos de Ampúrias; la verdad que no se atrevia á salir en público, ca temia no le perdiesen el respeto los que tan alterados andaban. Acordó de reparar en la ciudad de Girona, que está en lo postrero de Cataluña, hasta ver qué término tomaban las cosas. El rey de Aragon por otra parte, vista la tempestad que se levantaba, convidaba á los príncipes extraños que se confederasen con él; en particular pedia al rey de Francia le ayudase, y al de Castilla que á lo menos no le hiciese daño; que pues don Cárlos, en cuyo favor tomó las armas, era muerto, sacase las guarniciones de soldados que tenia puestos en Navarra. Hallábase á la sazon el rey don Enrique en Madrid, deshecho su campo y alegre por la preñez de la Reina, su mujer, que hizo traer allí en hombros porque con el movimiento no recibiese cualque daño. Al principio pues del año 1462 le nació una hija, que se llamó doña Juana; luego todos los estados del reino la juraron por princesa y heredera de Castilla; gran mengua engerir en la sucesion real la que el vulgo estaba persuadido fuese habida de mala parte, tanto mas, que para honrará don Beltran y gratificalle sus servicios le hizo á la sazon el Rey conde de Ledesma, que fué nueva ofension y ocasion de mas murmurar. En su lugar fué puesto por mayordomo en la casa real Andrés de Cabrera, grande amigo suyo y aliado;

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