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de la retaguardia llevaba el mismo don Pedro de Por

tugal. Las gentes de don Fernando eran menos en número, que no pasaban de setecientos caballos y mil infantes. Ordenáronlas desta manera: la avanguardia se encomendó al conde de Prades; Hugon de Rocaberti, castellan de Amposta y Mateo Moncada fortificaban los costados; don Enrique, hijo del infante de Aragon don Enrique, quedó de respeto para socorrer donde fuese necesario; en el postrer escuadron iba el príncipe don Fernando, acompañado de muchos nobles. Bernardo Gascon, natural de Navarra, con la infantería de su cargo llevó órden de tomar la parte de la montaña para que no les pudiesen acometer por aquel lado. Antes que se diese la señal de pelear, el príncipe don Fernando armó caballeros algunas personas nobles. Comenzaron á pelear los adalides, que iban delante, con grande vocería que levantaron; cargaron los demás, y en breve espacio el primero y segundo escuadron de los portugueses fueron forzados á retirarse, y en fin, todos se desbarataron por el esfuerzo de los aragoneses. Con tanto, atemorizados los demás que pusieron en la retaguardia, en que se hallaba el mismo don Pedro de Portugal y la fuerza del ejército, poca resistencia pudieron hacer. Volvieron las espaldas y huyeron desapoderadamente, la gente de ápié por los montes cercanos, los de á caballo por los llanos. Don Pedro de Portugal se valió de maña para escapar; quitóse la sobreveste, y mezclado con los vencedores, el dia siguiente sin ser conocido se puso en salvo. Los borgoñones, á los cuales se dió la primera carga, casi todos quedaron en el campo; peleaban entre los primeros, y conforme á su costumbre tienen por cosa muy fea volver el pié atrás. De los demás muchos fueron presos, y entre ellos el conde de Pallas, principal atizador de toda esta guerra. Dióse esta batalla postrero dia de febrero del año 1465. La victoría fué tanto mas alegre, que de los aragoneses pocos quedaron heridos, ninguno muerto. Don Pedro de Portugal se volvió á Manresa. Beltran Armendario, sin embargo, fortificó con gente el lugar de Cervera, en que metió parte del ejército, bien que desbaratado, no con menor ánimo que si ganara la victoria. De allí pasó la fuerza de la guerra á la comarca de Ampúrias, en que llevaban siempre lo mejor los aragoneses, y los portugueses lo peor. Parecia que todas las cosas eran fáciles á los vencedores, tanto mas, que los alborotos de Navarra estaban casi acabados y los biamonteses reducidos á la obediencia del Rey con el perdon que otorgó á don Luis y á don Cárlos, hijos de don Luis, ya difunto, conde de Lerin y condestable de Navarra, y juntamente les fueron restituidos sus bienes, cargos y dignidades que solian tener; lo mismo se hizo con don Juan de Biamonte, hermano del dicho Condestable, prior que era de San Juan, en Navarra. Declararon otrosí por herederos de aquel reino á Gaston, conde de Fox, y doña Leonor, su mujer, que ya se intitulaban príncipes de Viana. Ismael, rey de Granada, gozaba de tiempo atrás de una paz muy sosegada, cuando le sobrevino la muerte, á 7 de abril, que fué domingo, año de los árabes 869, á 10 dias del mes de xavan. Sucedióle Albohacen, su hijo, varon de grande ánimo y de grande esfuerzo en

las armas. Tuvo este rey dos mujeres, la una mora de nacion, cuyo hijo fué Boabdil, que adelante se llamó el Rey Chiquito, la otra era cristiana renegada, por nombre Zoroira; della tuvo dos hijos, llamados el uno Cado, y el otro Nacre, los cuales en tiempo del rey don Fernando el Católico, cuando se ganó Granada, se volvieron cristianos; el mayor se llamó don Fernando, y el menor don Juan. Su madre al tanto, movida del ejemplo de sus dos hijos, se redujo á nuestra fe y se llamó doña Isabel. En tiempo deste rey Albohacen hobo por algun tiempo paz con los moros. Por frontero á la parte de Jaen estaba Iranzu, el condestable; por la parte de Ecija don Martin de Córdoba. Por el mismo tiempo don Fernando, rey de Nápoles, vencidos y desbaratados sus enemigos, así los de dentro como los de fuera, afirmaba su imperio en Italia. Despues que en una batalla muy señalada que se dió cerca de Sarno, en Tierra de Labor, quedó vencido, se rehizo de fuerzas, ayudado de nuevos socorros del Papa y duque de Milan y de Scanderberquio, como arriba queda dicho, el año siguiente despues que perdió aquella jornada humilló al enemigo, que soberbio quedaba, en una batalla que le ganó cerca de Troya, ciudad de la Pulla. No paró hasta tanto que forzó á Juan, duque de Lorena, retirarse á la isla de Isquia; de donde, sosegadas las alteraciones de los barones y apaciguada la provincia, perdida toda esperanza, fué forzado con poca honra dar la vuelta á Francia. Era este Príncipe igual en osfuerzo á sus antepasados, y dejó gran fama de su mucha bondad; la fortuna y el cielo no le fueron mas que á ellos favorables. Desta manera el rey don Fernando, puesto fin á la guerra de los barones de Nápoles, que fué muy dudosa y muy larga, entró en Nápoles como en triunfo de sus enemigos á 14 del mes de setiembre, grande magnificencia y aparato, concurso del pueblo y de los nobles extraordinario, que le honraron á por con todas sus fuerzas, regocijos y alegrías que sellcieron muy grandes. La reina doña Isabel, su mujer, como quier que atribuia la victoria á Dios y á los santos, visitaba las iglesias con sus hijos pequeños que llevaba delante de sí; arrodillábase delante los altires, cumplia sus votos, hacia sus plegarias, hembro que era muy señalada en religion y bondad, y que morecia gozar de mas larga vida para que el fruto de h victoria fuera mas colmado. Todo lo atajó la muerte, falleció casi al mismo tiempo que el reino quedaba apo" ciguado. El rey don Fernando, su marido, fundada paz y ordenadas las demás cosas á su voluntad, tuvo el reino mas de treinta años. Emprendió en lo de adelaute y acabó muchas guerras felizmente en ayuda desus amigos y confederados. Fuera desto, á los turcos que se apoderaron pasados algunos años de Otranto y de buena parte de aquella comarca, desbarató y echólo Italia por su mandado don Alonso, su hijo, duquedo Calabria. En conclusion, si este Rey en el tiempo del paz continuara las virtudes con que alcanzó y se mao” tuvo en el reino, como fué tenido por muy dichoso, así se pudiera contar entre los buenos príncipes y o virtud señalados; mas hay pocos que en la prosperido y abundancia no se dejen vencer de sus pasiones o pan con la razon enfrenar la libertad.

CAPITULO IX.

Que el infante don Alonso fué alzado por rey de Castilla.

No sosegaron las alteraciones de Castilla por quedar el infante don Alonso en poder de los grandes; antes fué para mayor daño lo que se pensó seria para remediar los males. Como fueron los intentos y consejos errados, asítuvieron los remates no buenos. El Rey, de Cabezon, cerca de donde fué la junta y la habla que tuvo con don Juan Pacheco, separtió para el reino de Toledo; los grandes se fueron á Plasencia. El maestre de Calatrava don Pedro Giron, que en Castilla la Vieja era señor de Ureña, separtió para el Andalucía, do tenia tambien la villa de 0suna, con intento de moverlos andaluces y persuadilles que tomasen las armas contra su Rey. Era el Maestre hombre vario y no de mucha constancia ni muy firme enla amistad, y que tenia mas cuenta con llevar adelante sus pretensiones y salir con lo que deseaba, que con lo que era honesto y santo. Quitaron el priorado de San Juaná don Juan de Valenzuela, y al obispo de Jaen despojaron de sus bienes y rentas, no por otra causa sino porque eran leales al Rey; delito que se tiene por muy grave entre los que están alborotados y amotinados. Por toda aquella provincia trató de levantar la gente, en especial de meter en la misma culpa á los señores y nobles; prometia á cada cual conforme á lo que era y á su calidad cosas muy grandes, con que muchos se alentaron y resolvieron de juntarse con los alborotados, en particular las comunidades y regimientos de Sevilla y de Córdoba y el duque de Medina Sidonia y conde de Artos y don Alonso de Aguilar. El rey don Enrique, vista htempestadque se aparejaba y armaba, en Madrid hizo unajunta para tratar del remedio. Preguntó á los congregados lo que les parecia se debia hacer, si acudirá las armas, ó pues las cosas no se encaminaban como se pensó, si seria bien tornar á mover tratos de paz. Callaron los demás; el arzobispo de Toledo dijo que su parecer era debian procurar que el infante don Alonso volviese á poder del Rey, porque ¿quién seria mas á propósito para guardalle como prenda de la paz y para seguridad del casamiento poco antes concertado que su mismo hermano, y que poco despues seria su suegro? Que sino obedeciesen, en tal caso se podria acudir á las armas y á la fuerza y castigar la contumacia de los que se desmandasen. Para lo cual debia la corte con brevedad pasarse á Salamanca, por estar aquella ciudad terca de donde los conjurados se hallaban, y por esta causa ser muy á propósito para asentar la paz ó hacer la guerra. Parecia á algunos que estas cosas las decia conllaneza; así, vinieron los demás en el mismo parecer, sin que ninguno de los que mejor sentian se atreviese áchistar; todo procedia, no por razon y justicia, sino por fuerza y violencia. Envióse pues por una parte embaada á los grandes, y por otra mandaron que las compañías de soldados acudiesen á Salamanca. Pasó el Reyá Castilla la Vieja y á Salamanca, y con las gentes que llevaba y allí halló puso cerco sobre Arévalo, que se tela por los alborotados. Desde allí el arzobispo de Tolodo, quitada la máscara, se fuéáAvila, ciudad que tenia El Su¿", que poco antes le dió el Rey, así aquella

ollo

tenencia como la de la Mota de Medina. A Avila acudieron los conjurados llamados por el Arzobispo; asimismo el Almirante, como lo tenia acordado, se apoderó de Valladolid, do estos señores pensaban hacer la masa de la gente. Con estas malas nuevas y por el peligro que corria de mayores males, despertado el Rey de su grave sueño, á solas y las rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo, habló con Dios, segun se dice, desta manera: «Con humildad, Señor, Cristo hijo de Dios y rey por quien los reyes reinan y los imperios se mantienen, imploro tu ayuda; átí encomiendo mi estado y mi vida; solamente te suplico que el castigo, que confieso ser menor que mis maldades, me sea á mí en particular saludable. Dame, Señor, constancia para sufrille, y haz que la gente en comun no reciba por mi causa algun grave daño.» Dicho esto, muy de priesa se volvió á Salamanca. Los alborotados en Avila acordaron de acometer una cosa memorable; tiemblan las carnes en pensar una afrenta tan grande de nuestra nacion; pero bien será se relate para que los reyes por este ejemplo aprendan á gobernar primero á sí mismos, y despues á sus vasallos, y adviertan cuántas sean las fuerzas de la muchedumbre alterada, y que el resplandor del nombre real y su grandeza mas consiste en el respeto que se le tiene que en fuerzas; ni el Rey, si le miramos de cerca, es otra cosa que un hombre con los deleites flaco; sus arreos y la escarlata¿de qué sirve sino de cubrir como parche las grandes llagas y graves congojas que le atormentan? Si le quitan los criados, tanto mas miserable; que con la ociosidad y deleites mas sabe mandar que hacer ni remediarse en sus necesidades. La cosa pasó desta manera. Fuera de los muros de Avila levantaron un cadahalso de madera en que pusieron la estatua del rey don Enrique con su vestidura real y las demás insignias de rey, trono, cetro, corona; juntáronse los señores, acudió una infinidad de pueblo. En esto un pregonero á grandes voces publicó una sentencia que contra él pronunciaban, en que relataron maldades y casos abominables que decian tenia cometidos. Leíase la sentencia, y desnudaban la estatua poco á poco y á ciertos pasos de todas las insignias reales; últimamente, con grandes baldones la echaron del tablado abajo. Hízose este auto un miércoles, á5 de junio. Con esto el infante don Alonso, que se halló presente á todo, fué puesto en el cadahalso y levantado en los hombros de los nobles, le pregonaron por rey de Castilla, alzando por él, como es de costumbre, los estandartes reales. Toda la muchedumbre apellidaba como suele : Castilla, Castilla por el rey don Alonso, que fué meter en el caso todas las prendas posibles y jugará resto abierto. Como se divulgase tan grande resolucion, no fueron todos de un parecer; unos alababan aquel hecho, los mas le reprehendian. Decian, y es así, que los reyes nunca se mudan sin que sucedan grandes daños; que ni en el mundo hay dos soles, ni una provincia puede sufrir dos cabezas que la gobiernen; llegó la disputa á los púlpitos y á las cátedras. Quién pretendia que, fuera de herejía, por ningun caso podrian los vasallos deponer al rey; quién iba por camino contrario. Hizo el nuevo Rey mercedes asaz de lo que poco le costaba, en particular á Gutierre de Solís, por contemplacion del 11

maestre de Alcántara, su hermano, dió la ciudad de Coria con título de conde. Las ciudades de Búrgos y de Toledo aprobaron sin dilacion lo que hicieron los grandes. Al contrario, no pocos señores comenzaron á mostrarse con mas fervor por el rey don Enrique; teníanle muchos compasion, y parecíales muy mal á todos que le hobiesen afrentado por tal manera. Pensaban otrosí que en lo de adelante daria mejor órden en sus costumbres y eso mismo en el gobierno. Don García de Toledo, conde de Alba, ya reconciliado con el Rey, acudió luego con quinientas lanzas y mil de ápié. La Reina y la infanta doña Isabel fueron enviadas al rey de Portugal para alcanzar por su medio le enviase gentes de socorro. Habláronle en la ciudad de la Guardia, á la raya de Portugal; pero fuera del buen acogimiento que les hizo y buenas palabras que les dió, no alcanzaron cosa alguna. Las gentes de los señores acudieronáValladolid; las del Reyá Toro, mas en número que fuertes. Los rebeldes, muy obstinados en su propósito, cargaron sobre Peñaflor. Defendiéronse los de dentro animosamente, que fué causa de que, tomada la villa, le allanasen los muros. Querian con este rigor espantar á los demás. Acudieron á Simancas; el Rey para su defensa despachó al capitan Juan Fernandez Galindo desde Toro con tres mil caballos. Con su llegada cobraron los cercados tanto brio y pasaron tan adelante, que como por escarnio y en menosprecio de los contrarios los mochilleros se atrevieron á pronunciar sentencia contra el arzobispo de Toledo y arrastrar por las calles su estatua, que últimamente quemaron; pequeño alivio de la afrenta hecha al Rey en Avila y satisfaccion muy desigual, así por la calidad de los que hicieron la befa como del á quien se hacia. Alzaron los conjurados el cerco por la resistencia que hallaron, especial que se sabia haberse juntado en Toro un grueso ejército de gentes que acudian al Rey de todas partes, hasta ochenta mil de ápié y catorce mil de á caballo. Con estas gentes marcharon la vuelta de Simancas; en el camino cerca de Tordesillas fué en una escaramuza y encuentro herido y preso el capitan Juan Carrillo, que seguia la parte de los grandes. Ya que estaba para espirar, llamó al Rey y le avisó de cierto tratado para matalle. Declaróle otrosí en particular y en secreto los nombres de los conjurados; mas el rey don Enrique los encubrió con perpetuo silencio por sospechar, como se puede creer, que aquel capitan, aunque ápunto de muerte, fingia aquel aviso, ópor odio que tenia contra los que nombraba, ó para congraciarse con el mismo Rey. Llegó pues á poner sus reales junto á Valladolid; no pudo ganar aquella villa por estar fortificada con muchos soldados, demás que en la gente del Rey se veia poca gana de pelear, y á ejemplo del que los gobernaba, una increible y vergonzosa flojedad y descuido. Tornaron en aquel campo á mover tratos de concierto; acordaron de nuevo de hablarse el rey don Enrique y el marqués de Villena. Fué mucho lo que se prometió, ninguna cosa se cumplió; solamente persuadieron al Rey que, pues sus tesoros no eran bastantes para tan grandes gastos, deshiciese el campo; que en breve el infante don Alonso, dejado el nombre de rey, con los demás grandes se reduciria á su servicio. Desta manera derramaron los soldados por ambas partes; y á los

grandes que estaban con el Rey, aunque no sirvieron, poco, se dieron en Medina del Campo premios muy grandes. Particularmente á don Pedro Gonzalez de Mendoza, obispo de Calahorra, hizo el Rey merced de las tercias de Guadalajara y toda su tierra; al marqués de Santillana, su hermano, dió la villa de Santander en las Astúrias; al conde de Medinaceli dióá Agreda;alde Alba el Carpio; al de Trastamara la ciudad de Astorga en Galicia con nombre de marqués, sin otras muchas mercedes que á la misma sazon se hicieron á otros señores y caballeros. Los alborotados se partieron para Arévalo. Con su ida Valladolid volvió al servicio del Rey. Tenian al infante don Alonso como preso, y por que trataba de pasarse á su hermano, le amenazaron de matalle; miserable condicion de su reinado! Délestaban apoderados sus súbditos, y él, en lugar de mandar, forzado á obedecellos. Con todo se tornó á tratar de hacer paces. Prometian los alterados que si la infanta doña Isabel casase con el maestre de Calatrava, se reno dirian, así el Maestre como su hermano el de Willena, en cuyas manos y voluntad estaba la güerra y la paz. Daba este consejo el arzobispo de Sevilla don Alonso de Fonseca. El Rey vino en ello, y con esta determinacion despidieron de la corte al duque de Alburquerque y al obispo de Calahorra por ser muy contrarios al dicho Maestre, que para el dicho efecto hicieron llamar. La Infanta sentia esta resolucion lo que se puede pensar; su pesadumbre grande, sus lágrimas continuas; consideraba y temia una cosa tan indigna. Su camarera mayor, llamada doña Beatriz de Bovadilla, con la mucha privanza que con ella tenia, le preguntó cuál fuese la causa de tantas lágrimas y sollozos. «¿No veis, dice ella, mi desventura tan grande, que siendo hija y nieta de reyes, criada con esperanza de suerte mas alta y aventajada, al presente, vergüenza es decillo, me pretenden casar con un hombre de prendas en mi comparacion tan bajas? ¡Oh grande afrenta y deshonra! No me deja el dolor pasar adelante.» «No permitiráDios, señora, tan grande maldad, respondió doña Beatriz, no en mi vida, no lo sufriré. Con este puñal, que le mostró desenvainado, luego que llegare, os juro y aseguro de quitalle la vida cuando esté mas descuidado!» Doncella de ánimo varonil! Mejor lo hizo Dios. Desde su villa de Almagro se apresuraba el Maestre para efectuar aquel casamiento, cuando en el camino súbitamente adolesció de una enfermedad que le acabó en Villarubia por principio del año de nuestra salvacion de 1466. Su cuerpo sepultaron en Calatrava en capilla particular. Díjose vulgarmente que las plegarias muy devotas de la Infanta, que aborrecia este casamiento, alcanzaron de Dios que por este medio la librase. Estábale aparejado del cielo casamiento mas aventajado y muy mayores estados. En los bienes y dignidades del difunto sucedieron dos hijos suyos. Don Alonso Tellez Giron, el mayor, conforme al testamento de su padre, quedó por conde de Ureña. Don Rodrigo Tellez Giron, el segundo, hobo el maestrazgo de Calatrava por bula del Papa que para ello tenia alcanzada. Sin estos tuvo otro tercer hijo, llamado don Juan Pacheco, todos habidos fuera de matrimonio. Poco antes de la muerte del Maestre se vió en tierra de Jaen tanta muchedumbre de langostas, que quitaba el sol. Los hombres atemorizados, cada uno tomaba estas cosas y señales como se le antojaba conforme á la costumbre que ordinariamente tienen de hacer en casos semejantes pronósticos diferentes, movidos unos por la experiencia de casos semejantes, otros por liviandad mas que por razones que para ello haya. En este tiempo, Rodrigo Sanchez de Arévalo, castellano que era en Roma del castillo de Sanlangel, escribia en latin una historia de España mas pia que elegante, que se llama Palentina, por su autor, que fué obispo de Palencia. Dióle aquella iglesia á instancia del rey don Enrique, al cual intituló aquella historia, el pontífice Paulo II, con quien, puesto que era español, el dicho Rodrigo Sanchez tuvo mucho trato y familiaridad.

CAPITUL0 X. De la batalla de 0lmedo,

Muy revueltas andaban las cosas en Castilla, y todo estaba muy confuso y alterado, no la modestia y la razon prevalecian, sino la soberbia y antojo lo mandaban todo. Veíanse robos, agravios y muertes sin temor alguno del castigo, por estar muy enflaquecida la autoridad y fuerza de los magistrados. Forzadas por esto las ciudades y pueblos, se hermanaron para efecto que las insolencias y maldades fuesen castigadas. A las hermandades, con consentimiento y autoridad del Rey, se pusieron muy buenas leyes para que no usasen mal del poder que se les daba y se estragasen. Comunmente la gente avisada temia no se volviese á perder España y los males antiguos se renovasen por estar cerca los morus de Africa, como en tiempo del rey don Rodrigo conteció. La ocasion no era menor que entonces, ni menos el peligro á causa de la grande discordia que reimaba en el pueblo y la deshonestidad y cobardía de la gente principal. Pasaron en esto tan adelante, que vulgarmente llamaban por baldon al arzobispo de Toledo don0ppas, en que daban á entender le era semejable y que seria causa á su patria de otro tal estrago cual acarreó aquel Prelado. Estas discordias dieron avilenteza al conde de Fox, que con las armas pretendia apoderarse del reino de Navarra como dote de su mujer, y que se le hacia de mal aguardar hasta que su suegro muriese. Conforme al comun vicio y falta natural de los hombres, hacia él lo que en su cuñado culpaba, el príncipe don Carlos. Y aun pasaba adelante con su pensamiento, ca queria hacer guerra á Castilla y forzar al rey don Enrique le entregase los pueblos de Navarra, en que tenia puestas guarniciones castellanas. De primera entrada se apoderó de la ciudad de Calahorra y puso cerco sobre Allaro. Para acudir á este daño despachó el de Castilla Diego Enriquez del Castillo, su capellan y su coronista, cuya corónica anda de los hechos deste Rey. Llegado, acometió con buenas razones á reportar al Conde; mas como por bien no acabase cosa alguna, juntalas que hobo arrebatadamente las gentes que pudo, le oró á que, alzado el cerco de priesa, se volviese y reirase. Asimismo la ciudad de Calahorra volvió á la obediencia del Rey, ca los ciudadanos echaron della la uarnicion que el de Fox allí dejó. Desta manera pasa

ban las cosas de Navarra con poco sosiego. En Cataluña se mejoraba notablemente el partido aragonés. Los contrarios en diversas partes y encuentros fueron vencidos, y muchos pueblos se recobraron por todo aquel estado. Lo que hacia mas al caso, don Pedro el Competidor, yendo de Manresa á Barcelona, falleció de su enfermedad en Granolla un domingo, á 29 de junio. Su cuerpo enterraron en Barcelona en nuestra Señora de la Mar con solemne enterramiento y exequias. El pueblo tuvo entendido que le mataron con yerbas, cosa muy usada en aquellos tiempos para quitar la vida á los príncipes. Yo mas sospecho que le vino su fin por tenet el cuerpo quebrantado con los trabajos, y el ánimo aquejado con los cuidados y penas que le acarreó aquella desgraciada empresa. Este fué solo el fruto que sacó de aquel principado que le dieron y él aceptó poco acertadamente, como lo daba á entender un alcotan con su capirote que traia pintado como divisa en su escudo y blason en sus armas, y debajo estas palabras: « molestia por alegría.» Dejó en su testamento á don Juan, príncipe de Portugal, su sobrino, hijo de su hermana, aquel condado, en que tan poca parte tenia; además que los aragoneses con la ocasion de faltar á los catalanes cabeza, se apoderaron de la ciudad de Tortosa y de otros pueblos. Para remedio deste daño los catalanes, en una gran junta que tuvieron en Barcelona, nombraron por rey á Renato, duque de Anjou, perpetuo enemigo del nombre aragonés; resolucion en que siguieron mas la ira y pasion que el consejo y la razon. A la verdad poca ayuda podian esperar de Portugal, y llamado el duque de Anjou, era caso forzoso que los socorros de Francia desamparasen al rey de Aragon, y por andar el conde de Fox alterado en Navarra, entendian no tendria fuerzas bastantes para la una y la otra guerra. Por el contrario, por miedo desta tempestad el rey de Aragon convidó al duque de Saboya y á Galeazo en lugar de su padre Francisco Esforcia, ya difunto, duque de Milan, para que se aliasen con él. Representábales que Renato con aquel nuevo principado que se le juntaba, si no se proveia, era de temer se quisieso aprovechar de Saboya, que cerca le caia, y de los milameses por la memoria de los debates pasados. Acometió asimismo á valerse por una parte de los ingleses; por otra, al principio del año de nuestra salvacion de 1467, envió á Pedro Peralta, su condestable, á Castilla para que procurase atraer á su partido y hacer asiento con los señores confederados y conjurados contra su Rey. Y para mejor expedicion le dió comision de concertar dos casamientos de sus hijos, doña Juana y don Fernando, con el infante don Alonso, hermano del rey don Enrique, y con doña Beatriz, hija del marqués de Villena; tan grande era la autoridad de aquel caballero poco antes particular, que pretendia ya segunda vez mezclar su sangre y emparentar con casa real. Ayudábale para ello el arzobispo de Toledo, clara muestra de la grande flaqueza y poquedad del rey don Enrique. Verdad es que ninguno destos casamientos tuvo efecto. Al infante don Alonso asimismo poco antes le sacaron de poder del arzobispo de Toledo con esta ocasion. El conde de Benavente don Rodrigo Alonso Pimentel, reconciliado que se hobo con el rey don Enrique, alcanzó dél le hiciese merced de la villa de Portillo, de que en aquella revuelta de tiempos estaba ya él apoderado. Deseaba servir este beneficio y merced con alguna hazaña señalada. El infante don Alonso y el arzobispo de Toledo, donde algun tiempo estuvieron, pasaban á Castilla la Vieja. Hospedólos el Conde en aquel pueblo. El aposento del Infante se hizo en el castillo; á los demás dieron posadas en la villa. Como el dia siguiente tratasen de seguir su camino, dijo no daria lugar para que el Infante estuviese mas en poder del Arzobispo. Usar de fuerza no era posible por el pequeño acompañamiento que llevaban y ningunos tiros ni ingenios de batir; sujetáronse á la necesidad. El rey don Enrique, alegre por esta nueva, en pago deste servicio le dió intencion de dalle el maestrazgo de Santiago, que el Rey tenia en administracion por el Infante, su hermano. Merced grande, pero que no surtió efecto por la astucia del marqués de Villena, con quien el de Benavente comunicó este negocio y puridad. Pensaba por estar casado con hija del Marqués que no le pondria ningun impedimento. Engañóle su pensamiento, ca el Marqués quiso mas aquella dignidad y rentas para sí que para su yerno; y no hay leyes de parentesco que basten para reprimir el corazon ambicioso. De aquí resultaron entre aquellos dos señores odios inmortales y asechanzas que el uno al otro se pusieron. El Marqués era mañoso. Hizo tanto con el Conde, que restituyó el infante don Alonso á los parciales. Con esto la esperanza de la paz se perdió y volvieron á las armas. El rey don Enrique sintió mucho esto por ser muy deseoso de la paz, en tanto grado, que sin tener cuenta con su autoridad, de nuevo tornó á tener habla con el marqués de Villena, primero en Coca, villa de Castilla la Vieja, y despues en Madrid; y aun para mayor seguridad del Marqués puso aquella villa como en tercería en poder del arzobispo de Sevilla. No fueron de efecto alguno estas diligencias, dado que doña Leonor Pimentel, mujer del conde de Plasencia, acudió allí, llamada de consentimiento de las partes por ser hembra de grande ánimo y muy aficionada al servicio del Rey; por este respeto juzgaban seria á propósito para reducirá su marido y á los demás alterados y concertar los debates. Tenia el marqués de Villena mas maña para valerse que el rey don Enrique recato para guardarse de sus trazas. Concertaron nueva habla para la ciudad de Plasencia. Los grandes que andaban en compañía del Rey llevaban mal estos tratos. Temian algun engaño, y decian no era de sufrir que aquel hombre astuto se burlase tantas veces de la majestad real. De Madrid pasó el Rey á Segovia al principio del estío; los rebeldes se apoderaron de Olmedo. Entrególes aquella villa Pedro de Silva, capitan de la guarnicion que allí tenia. La Mota de Medina se tenia por el arzobispo de Toledo. Los moradores de aquella villa por el mismo caso eran molestados, y corria peligro de que los señores no se apoderasen della. El rey don Enrique, movido por el un desacato y por el otro, mandó hacer grandes levas de gente. Llamó en particular á los grandes; acudió el conde de Medinaceli, el obispo de Calahorra y el duque de Alburquerque don Beltran, que hasta entonces estuvo fuera de la corte. Asimismo Pero Hernandez de Velasco, alcanzado

perdon de su yerro pasado, fué enviado por su padre con setecientos de á caballo y un fuerte escuadron de gente de ápié. Por este servicio alcanzó se le hiciese merced de los diezmos del mar; así se dice comunmente y es cierto que se los dió. Erá tanto el miedo del Rey y el deseo que tenia de ganar á los grandes, que para asegurar en su servicio al marqués de Santillana puso en su poder á su hija la princesa doña Juana, y así la llevaron á su villa de Buitrago; grande mengua. Todos los grandes vendian lo mas caro que podian su servicio á aquel Príncipe cobarde; persuadíanse que con aquello se quedarian que alcanzasen y apañasen en aquellas revueltas. Despues que el Rey tuvo junto un buen ejército, enderezó su camino la vuelta de Medina. Llegó por sus jornadas á Olmedo; los conjurados, con intento de impedir el paso á la gente del Rey, salieron de aquella villa puestos en ordenanza. El rey don Enrique deseaba excusar la batalla; su autoridad era tan poca y los suyos tan deseosos de pelear, que no les pudo ir á la mano. La batalla, que fué una de las mas señaladas de aquel tiempo, se dióá 20 de agosto, dia de san Bernardo. Encontráronse los dos ejércitos, pelearon por grande espacio y despartiéronse sin que la victoria del todo se declarase, dado que cada cual de las dos partes pretendia ser suya. La escuridad de la noche hizo que se retirasen. Los parciales se volvieron á 0medo con el infante don Alonso; las gentes del Rey, que eran dos mil infantes y mil y setecientos caballos, prosiguieron su camino y pasaron á Medina del Campo. El rey don Enrique no se halló en la batalla. Pedro Peralta le aconsejó, ya que estaban para cerrar las haces, se saliese del peligro; algunos cuidaron fué engaño y trato doble á causa que de secreto favorecia á los conjurados, á los cuales habia venido por embajador. En particular era amigo del arzobispo de Toledo, á cuyo hijo, llamado Troilo, dió poco antes por mujer á doña Juaua, su hija y heredera de su estado. Tampoco se halló presente el marqués de Villena por estar embarazado en el reino de Toledo, á causa de la junta y capítulo que tenian los treces de Santiago, que por el mismo tiempo le nombraron por maestre de aquella órden; debió ser con beneplácito del Rey, tal fué su diligencia, su autoridad y su maña. Con esto él creció grandemente en poder, el recelo y temor de los demás grandes, pues con ser él el principal autor de toda aquella tragedia, al tiempo que otro fuera castigado, de nuevo acumulaba nueva dignidades y juntaba mayores riquezas. En Navarr tenia el gobierno por su padre doña Leonor, condes de Fox, en el tiempo que por diligencia de don Nicolá Echavarri, obispo de Pamplona, recobraron los navar ros á Viana, que hasta entonces quedó en poder de cas tellanos. Un hijo desta señora, llamado Gaston, com su padre, de madama Madalena, su mujer, herman que era de Luis, rey de Francia, hobo á esta sazon u hijo, llamado Francisco, al cual por su grande hermo sura le dieron sobrenombre de Febo. Otra hija del mis mo, que se llamó doña Catalina, por muerte de su her mano juntó por casamiento el reino de Navarra con estado de Labrit, que era una nobilísima casa y linaj de Francia, como se declara en su lugar. Hacia de or dinario su residencia el rey de Aragon en Tarragon

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