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esclavos, con que se juntó buena suma de dineros. Costó la victoria sangre á los portugueses, ca murió mucha gente noble, en particular los condes, el de Montesanto, llamado don Alvaro de Castro, y el de Marialva, por nombre don Juan Coutiño, cuyo cuerpo muerto como el Rey le viese, vuelto á su hijo: «0jalá, dijo, Dios te hagatal y tan grande soldado.» Con el aviso de lo que pasó en Arcilla, espantados los moros de Tánger, á la hora, desamparada la ciudad, se huyeron; encomendóla el Rey á Rodrigo Merlo para que la guardase. En Arcilla y en Alcázar dejó á don Enrique de Meneses, conde de Valencia, y concluidas en breve tiempo cosas tan grandes, volvió triunfante con su armada entera á su tierra. Hizo en esta jornada á don Alonso Basconcelo conde de Penella en recompensa de muchos servicios que le hizo. En Cataluña la ciudad de Girona despues de la muerte del duque de Lorena volvió á poder del rey de Aragon por entrega de los ciudadanos. Los enemigos querestaban, cuyos principales capitanes eran Reiner, hijo bastardo del duque de Lorena, y Jacobo Galeoto, fueron parte apretados con cerco que los de Aragon pusieron sobre un pueblo, llamado San Adrian, á la ribera del rio Bese; otra parte yendo desde Barcelona, que cae cerca, á dar socorro á los cercados, fué en una pelea muy brava vencida y desbaratada por don Alonsode Aragon, que era general en aquella guerra por su padre. El Rey, aunque se hallaba en tan larga edad, no cesaba de perseguir á los enemigos con gran diligencia en la comarca de Ampúrias. Tenia sus reales cerca de Toroella; vió en sueños, segun dicen, la imágen de un valiente soldado que murió en aquella guerra; amonestibale no moviese de allí sus reales, que de otra maneacorria peligro. El Rey, por no hacer caso de cosas semejantes, como casuales, partió de allí con sus genles, y ganado que hobo á Roses, en el cerco que tenia sobre la villa de Peralada, de noche en una encamisada con que dió sobre él el conde de Campobaso, capitan delos contrarios, estuvo á punto de perecer. La priesa y sobresalto fué tal, que muertas las centinelas, desarmado y medio desnudo fué forzado á recogerse para salvarse dentro de la villa de Figueras. Sin embargo, el dia siguiente volvió al cerco y dió la tala á los campos, con que últimamente los cercados fueron forzados á rendirse. Allanada toda aquella comarca, pasó con sus reales sobre Barcelona. Fué este cerco de la ciudad de Barcelona muy largo. El de Aragon estaba determinado de no usar de fuerza y antes ganar aquella gente tommaña. Mas¿qué le prestara destruir, saquear y quemaraquella nobilísima ciudad? ¿A qué propósito darla en prenda á los soldados, y no mas aína con la clemencia y conservar la vida y riquezas de sus ciudadanos, ganar para sí gloria inmortal y provecho muy colmado? En Castilla la Vieja los reyes don Fernando y doña Isabel procuraban atraerá sí muchos pueblos; algunos se los entregaron, y entre ellos Sepúlveda. Determinaron tonesto de llamar al arzobispo de Toledo, que se entrelonia en Castilla la Nueva; y conforme á lo que mandó su Padre, el rey de Aragon, le prometian de poner á sí y sus cosas en sus manos, y para mas obligalle luego que le tuvieron aplacado, en su compañía con buen núoro de caballos que les seguian se fueron á Tordela

guna, villa del mismo Arzobispo en el reino de Toledo, de sitio y tierra apacible. Cárlos, duque de Guiena, en esta sazon sin hacer caso del casamiento de doña Juana, por no saberse cuya hija era y andar el dote en balanzas, trataba de casarse con hija del duque de Borgoña á instancia del padre de la doncella y tambien por su voluntad. Así, luego que esto vino á noticia del rey don Enrique, desde Segovia, do estaba, al principio del año 1472 enderezó su camino á Badajoz para verse con el rey de Portugal. El conde de Feria, en cuyo poderestaba aquella ciudad, por odio del Maestre no quiso dar en ella entrada al Rey, que fué una grande mengua y desacato. El suceso de todo el viaje no tuvo mejor efecto. La habla con el rey de Portugal fué entre aquella ciudad y la de Yelves; trataron en ella que el rey de Portugal casase con la princesa doña Juana, que era la principal causa de aquella jornada. No quedó asentada cosa alguna. El Portugués no se aseguraba ni del Rey

por su condicion fácil, ni del maestre de Santiago, por estar acostumbrado á fácilmente seguir el partido que á él en particular mejor le venia, mayormente que de

cada dia crecia la aficion que la gente tenia á los príncipes don Fernando y doña Isabel, á que ayudaban mucho, así sus virtudes y ser de suyo muy amables, como la industria del arzobispo de Toledo, que no cesaba de granjear todas las ciudades que podia. Disimulóse por entonces con el conde de Feria y con su desacato; pero no mucho despues el rey don Enrique desde Madrid,

do volvió despues de la habla que tuvo con el rey de Portugal, enderezó de nuevo su camino para el Andalucía con intento de reprimir los señores de aquella tierra y castigará quien lo mereciese. Llegó á Córdoba; á Sevilla no quiso pasar á causa que el duque de Medina Sidonia estaba apoderado de aquella ciudad con buen número de gente de á caballo por miedo, como él decia, del Maestre, que en muchas ocasiones se le mostrara contrario. Por esta causa y porque la ciudad de Toledo de nuevo andaba alborotada, se volvió el Rey sin hacer en el Andalucía cosa de momento. La revuelta de Toledo fué por esta ocasion; el conde de Cifuentes se apoderó del alcázar de San Martin, que á la sazon era muy fuerte, y juntamente prendió al asistente. Apemas se sosegaron estas alteraciones de Toledo, que fueron grandes, con la presencia del Rey y por el esfuerzo y armas de los canónigos de Toledo, cuando vino aviso que Segovia asimismo ardia en llamas de discordias, nueva que puso al Rey en mucho cuidado y lo forzó á acudir luego allá por causa de sus tesoros y recámara que volviera á aquella ciudad. Ningun género de mal se puede pensar que no padeciese aquel reino en aquellos tiempos tan miserables, robos, muertes, agravios; la disolucion en todas maneras de deshonestidades y libertad para todo género de maldades andaban sueltas y volaban por todas partes. Las cosas sagradas eran menospreciadas no menos que las profanas. La moneda, óera falsa, óbaja de ley, cosa de gran perjuicio para los mercaderes y para la contratacion. Muchas veces se daban al Rey memoriales para suplicalle atendiese al remedio destos daños; pero cualquier diligencia era en vano. Llegó esto á tanto, que Hernando de

Pulgar, hombre conocido en aquel tiempo por su ingemio y por lo que escribió, trovó unas coplas muy artificiosas, que se llaman de Mingo Revulgo, en que, callado su nombre por el peligro que le corriera, en persona de dos pastores en lengua castellana, á manera de égloga y con libertad y agudeza de sátira, se lamenta del descuido y flojedad de don Enrique, de las mañas de los grandes y de los trabajos que todo el reino padecia. Los nombres de los pastores, Domingo y Gil, debajo de semejanza y de que hablan entre sí de sus ganados y haciendas, con aquella parábola dan razon del estado miserable de la república y males que padecia. Este mismo año falleció á 12 de mayo Cárlos, duque de Guiena, en Burdeos, en coyuntura que se apercebia para emprender una nueva guerra junto con los duques de Borgoña y Bretaña, hecha liga entre sí contra el rey de Francia. Con la muerte deste Príncipe se desbarataron grandes tramas, los casamientos, las guerras, las alianzas; asimismo la Guiena volvióá poder del Francés y se puso en su sujecion, dado que el de Borgoña por hacelle odioso le achacaba mató con yerbas á su hermano por medio de sus mismos criados que tenia para este efecto negociados. Llegó el desgusto á que el Rey y el Borgoñon volvieron de nuevo á las armas, y de una y de otra parte se tomaron algunas plazas de poca importancia, y acometieron, aunque en vano, otros mayores lugares. El Borgoñon se mostraba mas enojado; el rey de Francia tenia mas fuerzas y mas maña. Muchas veces asentaron treguas, y muchas las quebrantaron antes del dia señalado. Mas el suceso de toda esta guerra y cómo destos principios el duque de Borgoña se despeñó en su perdicion, y últimamente, cinco años adelante fué desbaratado y muerto en una batalla que trabó con los esguízaros en Lorena, junto á la ciudad de Nanci, dejarémos para que se entienda de los historiadores franceses como cosa propia de su nacion. Gaston, conde de Fox, pertenece á la historia de España por la pretension que tenia á ser rey de Navarra por parte de doña Leonor, su mujer, si viviera mas tiempo; atajóle empero la muerte y falleció este año en Roncesvalles al pasar de Francia á Navarra; príncipe que fué de los muy señalados en esta era por las muchas guerras en que se halló en Francia y por aumentar mucho su estado. Tuvo un hermano, que se llamó Pedro, vizconde de Lautreque, de igual esfuerzo y renombre, que le acompañó y ayudó en todas las guerras, y fué principio y cabeza de la casa y linaje nobilísimo de Lautreque. Falleció en Miranda, pueblo de Francia, los años pasados, y dejó su mujer preñada de un hijo, que se llamó Juan. Este tuvo dos hijos, el uno llamado Odeto, y el otro Andrés Esparroso, ambos capitanes señalados y de fama. El postrero se señaló en la guerra de Navarra al tiempo que despues de la muerte del rey don Fernando el Católico se levantaron las comunidades en Castilla;

el primero se aventajó mucho en las guerras que los

franceses hicieron en Italia. Fuera destos dos tuvo el dicho Juan otro tercero hijo, llamado Tomás Lescuño, que no menos se señaló en las guerras de Francia. 0deto tuvo un hijo, llamado Enrique, que vivió mas tiempo que otros sus hermanos y llegó hasta cerca de nuestra edad.

CAPITULO XVIII.

Cómo el cardenal don Rodrigo de Borgía vino por legado á España.

El obispo de Sigüenza pretendia por medio del Rey alcanzar del Papa le hiciese cardenal, honra debida su nobleza y á sus servicios notables; la tardanza que en esto hobo le desgustó de suerte, que comenzó mostrarse muy desabrido. Llegó á tanto, que, aunque de ordinario hacia su residencia en la corte, no quiso acompañar al Rey ni en la jornada de Portugal nien la del Andalucía. Trataron de aplacalle por ser persona de tanta importancia para los negocios y tener muchos hermanos y deudos muy ricos y poderosos. El maestre de Santiago, por muerte de su primera mujer viudo, casó segunda vez con hija del conde de Haro y de doña María de Mendoza; así, con este casamiento emparentó con los Velascos y con los Mendozas, y los volvió de su parte; en particular los Mendozas dejaron al duque de Medina Sidonia, con quien estaban muy aliados. Con esto el Maestre, como hombre astuto que era, y de ingenio muy diestro para granjear los hombres y evitar cualquier peligro, se aseguró mucho contra la envidia de los que llevaban mal que él solo pudiese mas que todos. Para facilitar estos tratos dieron al de Sigüento grande esperanza del capelo luego que llegase el cardenal don Rodrigo de Borgia, valenciano de nacion, de quien tenian aviso venia por legado del nuevo Poltífice, y que llegóá la ciudad de Valencia, antigua ptria suya y de sus pasados, á los 20 de junio. Fué en aquella ciudad muy festejado; de allí por tierra pasó Tarragona para hablar con el rey de Sicilia don Fer. nando, que por el mismo tiempo era ido á Barcelona verse con su padre, y despues que le habló volviado dejó su mujer. Allí le entregó el Legado la dispensacion sobre su matrimonio, que el papa Sixto cometia alarzobispo de Toledo. Desta jornada de don Fernandose dijeron muchas cosas; la verdadera causa fué el deseo que tenia de avisará su padre cómo se trataba de casar á don Enrique, duque de Segorve, con la princesadoia Juana, negocio que el hijo pretendia se debia atajar desbaratar. El padre no lo creia como viejo experime. tado y muchas veces engañado con reportes y nuevos falsas, además que tenia aficion á don Enrique por ser su sobrino y huérfano, hijo de su hermano. En conclusion, don Fernando desde Tarragona pasó á Valencia, de allí se apresuró para volverá Castilla por receloque con su ausencia alguna mala gente, que eran asal. en gran número, no alterasen mas las cosas. El Carde nal legado llegóá Barcelona á verse con el rey de Ario gon á tiempo que los cercados, bien que cansados con los trabajos de tan largo cerco y afligidos por la falla de todas las cosas, no aflojaban en su obstinacion como hombres cabezudos y animosos contra los males. Mo chas veces los convidaron á que se redujesen; ellos ho cíanse sordos á amonestaciones tan saludables. Viso esto, el rey de Aragon por último remedio acordóeo cribilles una carta para muestra de su buen ánimo y lo su clemencia. En ella les decia que pues las cosasso hallaban en tal término que ni con sus fuerzas micon las ajenas podían conservarse mas tiempo, era jusloo moviesen por el peligro que corria de ser destruida, quemada y saqueada aquella hermosa ciudad, cabeza de aquella nacion, y que no daba ventaja á ninguna de las de España en nobleza, hermosura y arreo; que estaba determinado de no usar de miedo ni de fuerza, sino fuese forzado de la necesidad, de lo cual y deste subuen ánimo para con ellos ponia por testigo á Dios; que nunca los tuvo sino en lugar de hijos, ni los tendria jamás en otra figura; antes determinaba, si ellos no lo impedian, remediar los daños de aquella provincia y principado con todas las fuerzas suyas y de su reino. Ablandados los de la ciudad con esta carta y perdida la esperanza de poderse defender, acordaron de entregarse. Señalaron personas que hiciesen las capitulaciones y determinasen todas las diferencias. La guarnicion de franceses con su capitan el hijo del duque de Lorena dejaron ir libremente. Otorgóse perdon general á todos los que en aquella guerra tomaron las armas contra el Rey; solo quedó excluido deste perdon el conde de Pallas, el cual desde ciertos lugares que tenia en las cumbres de los Pirineos y con ayuda de Francia dió por largo tiempo en qué entender y se conservó en aquella parte. Todas las cosas que los ciudadanos hicieron por espacio de diez años y todo lo decretado por ellos despues que se dió principio á aquella guerra las ratificó el Rey y las aprobó. Desta manera y con estas condiciones se rindió aquella ciudad. El perdon se dió á los postreros de octubre; señalado ejemplo de clemencia y de templanza que este Rey dejó ásus descendientes en conservar aquella ciudad, que le hizo tantos deservicios, trofeo y blason mas esclarecido que todos los demás que ganó. A la verdad arreentido de la muerte de su hijo el principe don Cárlos, consideraba que si tomaron las armas, fué con buen ánimo, primero por la defensa, despues en venganza de su hijo y no en favor de gente extraña. En Nápoles se concertaron dos casamientos, de don Fadrique, hijo de don Fernando, rey de Nápoles, con doña Juana, hija del rey de Aragon, que adelante no tuvo efecto. Asentóse otrosí que doña Leonor, de quien dijimos la tenian concertada con Galeazo María Esforcia, casase sin embargo con Hércules de Este, duque de Ferrara. Esto en Nápoles. En Navarra la princesa doña Leonor residia en Sangüesa, pueblo de Navarra. Allí, despues de la muerte de su marido, que sucedió como poco anles queda dicho, á persuasion del rey de Francia le entregó los castillos de Navarra por entender era esto muy á propósito para asegurar en aquel estado la sucesion de sus nietos, que tambien á él le tocaban por ser sus sobrinos, hijos de su hermana. Esta negociacion dió mucho desabrimiento al rey de Aragon. Por esto y por los demás agravios que por todo el tiempo de la guerra de Cataluña recibió de Francia determinó tomar las armas para efecto de recobrar lo de Ruisellon y de Cerdania. Partió con esta resolucion de Barcelona á los 29 de diciembre, fin deste año en que vamos y principio del siguiente 1473. Elna y Perpiñan luego que llegó le abrieron las puertas. Estaba comunmente aquella gente cansada del gobierno y mando de Francia, y por las victorias ganadas casi todos favorecian al rey de Aragon. Deste principio entendian que los M-la

demás pueblos harian lo mismo y se le rendirian sin dificultad. El Cardenal legado partió de aquellos estados para Castilla. En Madrid le recibieron con grande acompañamiento y solemnidad debajo de un palio; los grandes y prelados iban delante, y el Rey le llevaba á su mano derecha; cortesía, conforme á la costumbre de España, de mucha honra. Tratóse de ciertasuma de dineros que el Pontífice queria se recogiese de las rentas eclesiásticas para gastalla en la guerra contra los turcos. Ofrecíanse en esto graves dificultades, y la principal que con la revuelta de los tiempos todos se hallaban gastados y pobres. Todavía el Legado salió con lo que pretendia por su buena diligencia y maña y porque el Rey le ayudaba. Decretóse pues el subsidio que pedia el Pontífice, si bien algunos murmuraban ser aquella concesion en perjuicio de la libertad de las iglesias, y principio para llevar las riquezas de España fuera della. La ignorancia se apoderara de los eclesiásticos en España en tanto grado, que muy pocos se hallaban que supiesen latin, dados de ordinario á la gula y deshonestidad, y lo menos mal á las armas. La avaricia se apoderara de la Iglesia, y con sus manos robadoras lo tenia todo estragado. Comprar los beneficios en otro tiempo se tenia por simonía, en este por granjería. No entendian los príncipes ciegos y los prelados que esta sacrílega manera de contratacion mucho enoja y ofende á Dios, así bien el disimulallo como el hacello. En la junta que se hizo de los eclesiásticos para acudir á lo que el Legado pedia se trató de poner remedio á estos daños. Entre otras cosas acordaron de hacer instancia con el Papa para que en las iglesias catedrales se proveyesen por voto del obispo y del cabildo dos canonicatos, el uno á un jurista, y el otro á un teólogo. La demanda era tan justificada, que el Padre Santo otorgó con ella; sobre que expidió una bula suya, que ingiriéramos aquí de buena gana si la primera que se ganó se hallara, y si un pedazo que della está en otra segunda que dos años adelante se expidió sobre el mismo caso, y le pusimos en nuestra historia latina, se pudiera cómodamente trasladar en lengua castellana con todos los requisitos y condiciones que en los proveidos y provision manda miren y

guarden.

CAPITULO XIX. Del cerco de Perpiñan.

La diligencia de que el Cardenallegado usó para apaciguar y sosegar las alteraciones y diferencias de Castilla, muy grande, fué toda de poco efecto por estar las voluntades enconadas, y él mismo, como era cosa natural, de secreto mas aficionado al partido de don Fernando, que con todas sus fuerzas pretendia adelantar. Con este intento partió para Alcalá, do estaban el rey don Fernando y doña Isabel, su mujer, con el arzobispo de Toledo. Desde allí pasó á Guadalajara no con otro deseño sino de granjear la casa de los Mendozas y apartallos del rey don Enrique y del maestre de Santiago. Iba confiado de salir con esto por su grande ingenio, acostumbrado á fingir y disimular, propio término de cortesanos. A un mismo tiempo en las ciudades y pueblos se levantaron alborotos contra los que

12.

descendian de judíos, hombres que eran dados á la codicia y acostumbrados á engaños y embustes. Comenzóse esta tempestad en Córdoba. El pueblo furioso se embraveció contra aquella miserable gente sin miedo alguno del castigo. Hiciéronse robos y muertes sin número y sin cuento. Las personas prudentes echaban esto y decian era castigo de Dios por causa que muchos dellos de secreto desampararon y apostataron de la religion cristiana, que antes mostraron abrazar. A Córdoba imitaron otros pueblos y ciudades del Andalucía; lo mas recio desta tempestad cargó sobre Jaen. El condestable Iranzu pretendió amparar aquella gente miserable para que no se les hiciese allí agravio y hacer rostro al pueblo furioso; esto fué causa que el odio y envidia de la muchedumbre revolviese contra él de tal guisa, que con cierta conjuracion que hicieron un dia le mataron en una iglesia en que oia misa. La rabia y furia fué tan arrebatada y tal el sobresalto, que apenas dieron lugar para que doña Teresa de Torres, su mujer, y sus hijos se recogiesen al alcázar. Por su muerte se repartieron sus oficios; el de chancillermayor que tenia se dió al obispo de Sigüenza; el conde de Haro Pero Fernandez de Velasco fué nombrado por condestable, dignidad que, como antes se acostumbrase á dará diferentes casas y linajes, en lo de adelante siempre se ha continuado en los sucesores de aquel su estado y en su linaje. Fué esta una gran lástima, y el rey don Enrique perdió una grande ayuda para sus cosas por la señalada y muy constante lealtad de Iranzu y su valor. Por la industria del maestre de Santiago don Juan Pacheco se buscaron otros reparos; uno fué concluir que don Enrique, duque de Segorve, viniese desde Aragon, como lo hizo, por tierras del reino de Valencia á Castilla con intencion cierta que le dieron de casalle con la princesa doña Juana. Venia en su compañía su madre doña Beatriz Pimentel. Salióle al encuentro hasta Requena el mismo Maestre para recebille y acompañalle; no respondió la prueba á lo que de su persona pensaban. Esto fué causa que al que por la fama estimaban, luego que le vieron, le menospreciasen, en especial le notaron de asaz arrogante, pues á los grandes que llegaban á hacerle mesura extendia la mano para que se la besasen, sin estar efectuado lo que pretendia y sin recelarse él de que las cosas podrian trocarse. De aquí procedió que por industria del mismo Maestre se impidió aquel casamiento, junto con que de secreto no estaba nada aficionado á don Enrique, por entender que si venia á ser Rey, recobraria los pueblos que fueron de su padre. Recelábase asimismo del conde de Benavente, tio de don Enrique, el cual se tenia por muy agraviado á causa del maestrazgo que le quitó. Estas eran las verdaderas causas, dado que usaba de otros colores, como era decir tenían necesidad de algun gran príncipe y de mayores fuerzas para sosegar las alteraciones del reino. Al Rey parecia cosa recia faltar en su palabra y hacer burla de aquel Príncipe. A esto replicaba el Maestre que por lo menos para hacer la guerra seria necesario apercebirse de mucho dinero. Esto se enderezaba á armar otro lazo á Andrés de Cabrera, que tenia á su cargo en el alcázar de Segovia los tesoros reales. En aquella ciudad

antes desto por industria del Maestre y á ejemplo del Andalucía se levantó un alboroto contra los que descendian de judíos. Procuró Andrés de Cabrera atajalle; y apenas con su buena maña pudo sosegar la canalla, no sin riesgo de su persona y grande ofension del pueblo encarnizado. Al obispo de Sigüenza trajo el capelo un embajador particular que para este efecto envió el Papa. Diósele en Madrid, y para que la merced fuese mas cumplida, vino el Rey en que se llamase cardenal de España. Al duque de Segorve don Enrique no dejaron entrar en Madrid, antes se le dió órden que en Getafe, un aldea muy larga allí cerca puesta en el camino por do se va á Toledo, se entretuviese. En el campo de aquel lugar habló con el Rey. Acordóse en la habla que de Getafe se pasase á Odon, que es otra aldea no léjos de allí. Estaban mudados de parecer; tomaron por achaque y por color para dilatar el casamiento que era menester que el Padre Santo dispensase en el parentesco, por ser los casamientos que se hacen entre deudos, no solo inválidos, sino desgraciados. Desta manera quedó burlada la esperanza de aquel Príncipe, llamado vulgarmente por esta desgracia don Enrique Fortuna. El rey don Enrique se partió para Segovia. Pretendia proveerse de dinero á causa que Andrés de Cabrera acudia con escaseza por dar en esto desgusto al maestre de Santiago, de quien sabia mu bien pretendia para sí el alcázar de Segovia, como poco antes le quitara el de Madrid con color de asegurarse. Además que de secreto se inclinaba á don Fernando, así de su voluntad como por estar casado con doña Beatriz de Bobadilla, que se crió en servicio de lainfanta doña Isabel. El nuevo Cardenal asimismo creció en renta y autoridad por la muerte de don Alonso de Fonseca, prelado de grande ingenio y de ánimo ardielte; falleció en Coca, villa en que dejó fundado el miyorazgo asaz rico de los Fonsecas, y á instancia y por suplicacion del Rey el Cardenal fué nombrado en sulgarpor arzobispo de Sevilla con retencion de la iglesia de Sigüenza, que fué cosa nueva y ejemplo no de albar. La soltura de aquel tiempo y el estrago era tal, que lo que á cada cual se le antojaba, eso le parecia ser lícito, y si podia lo ejecutaba. En el condado de Ruisellon sobre la villa de Perpiñan, á 9 de abril, se pusoun ejército francés, en que se contaban como veinte mil infantes y mil hombres de armas debajo de la conducta de Filipo de Saboya. El rey de Aragon se metió dentro, determinado de ponerse á cualquier riesgo antes que desamparar aquella plaza, que es muy fuerte y está la entrada de Francia. Para animar mas á los cercados los juntó en la iglesia, y allí les hizo juramento de no partirse ni dejallos antes que el cerco se alzase; grar de resolucion y demasiada confianza para aquella so edad, y hecho que no sé yo si se debe aprobar, pues en el riesgo de su persona le corria todo aquel estado si fuera preso por el enemigo dentro de aquel pueblo. El favor del cielo ayudó para excusar aquel daño, y lo moradores se señalaron en esfuerzo; todos por estar vista del Rey hacian con todas sus fuerzas lo que por dian. La lealtad de Pedro de Peralta, condestable do Navarra, en este caso se señaló mucho, que en hábito de fraile francisco y ayudado de la lengua francesa, quo sabia muy bien, por medio del ejército y reales de los enemigos pasó y entró en aquella villa para hacer compañía al Rey en aquel peligro y trance. Era justo, de quientenia todo lo que era y valia, por su servicio lo arenturase. De los tres hijos del rey de Aragon, don Alonso acompañaba á su padre, el arzobispo de Zaragoza se puso en la ciudad de Elna, que está allí cerca, con buen número de soldados á propósito de hacer lo que le fuese mandado. El rey don Fernando, avisado delo que pasaba, partió de Talamanca con cuatrocientos de á caballo que de Castilla llevó de socorro; por el camino se le juntaron otros ciento. Con esta gente por el mes de junio llegó á ponerse sobre Ampúrias; el miedo que con esto puso á los enemigos fué tal, que alzado el cerco y poco despues hechas treguas que durasen hasta el mes de octubre, desembarazaron la tierra. Por esta manera concluida esta guerra, el rey de Aragon hizo finalmente su entrada en Barcelona á manera de triunfo debajo de un palio, en un carro cubierto de brocado morado, tirado de cuatro caballos blancos; acompañábanle al uno y al otro lado la nobleza y magistrados con grande muchedumbre del pueblo que salióá este espectáculo y se derramó por aquellos caminos y campos. Entró por la puerta de San Daniel; su aspecto muy venerable por sus canas y por la vista recobrada y por sus grandes hazañas. El cuerpo sin fuerlas sustentaba el brio y valor de su ánimo. Su hijo el rey don Fernando era partido para Tortosa con intento de tener Cortes á los aragoneses y presidir en lugar de su padre; pero desistió deste intento por una dolencia que le sobrevino y porque de Castilla, en que resultaban muchas novedades, le hacian grande instantia que apresurase la vuelta. Por el mismo tiempo los huesos de don Fernando, maestre de Avis, de quien se dijo murió cautivo en Africa, cierto moro de la ciudad de Fez, en que estaban, los hurtó y los trajo á Portugal. Diéronles sepultura en Aljubarrota entre los sepulcros de sus antepasados. Las exequias y honras que le hicieron, á la manera que entre cristianos se usa y acostumbra, fueron solemnes y grandes.

CAPITULO XX.

Del concilio que se tuvo en Aranda.

En las demás provincias de España á esta sazon ninguna cosa aconteció que de contar sea, salvo lo que es mas importante, que gozaban de una grande y alegre paz; solo el reino de Castilla no sosegaba, antes cada dia resultaban nuevos miedos y asonadas de guerra. Las diferencias continuas de los grandes eran ordinarias; el pueblo, perdida por su ejemplo la modestia y todo buen respeto, se alteraba. Las villas y ciudades andaban divididas en bandos. Las fuerzas de don Fermando y doña Isabel iban en aumento; muchos se les arrimaban y seguian su partido; las del rey don Enrique desfallecian y se disminuian por su poquedad y por lener al pueblo disgustado. Sin duda como en el cuerpo, así en la república aquella enfermedad es la mas grave que se derrama y tiene su principio de la cabeza. En Vizcaya se veian alteraciones á causa que el nuevo Condestable pretendia reducir aquella gente feroz y

constante al servicio del rey don Enrique. Por el contrario, el conde de Treviño por estar aficionado al partido de Aragon le hacia resistencia, al cual y á su casa de tiempo antiguo tenian los vizcaínos mas aficion. Con esto se hacian talas y robos por toda aquella tierra de suyo estéril y falta. En Toledo se levantaron nuevos alborotos. El conde de Fuensalida, confiado en que el maestre de Santiago le hacia espaldas, y con intento que tenia de apoderarse de aquella ciudad, se resolvió de entrar en Toledo con gente armada para echar della á Hernando de Rivadeneyra, mariscal, y aficionado al servicio del rey don Enrique. Este atrevimiento reprimió el pueblo con las armas, y la venida del Rey, que avisado del peligro acudió á gran prisa para atajar el alboroto; así las alteraciones del pueblo se sosegaron; dióse perdon á los culpados, con que los malos quedaron mas animados. Despues deste caso el maestre don Juan Pacheco con deseo de quietud se partió para Peñafiel, donde tenia su mujer, además que por los muchos años que anduvo de ordinario en la corte sospechaba, como era la verdad, que tenia á muchos cansados; enfado que queria remediar con ausentarse. En su lugar envió á su hijo don Diego, en cuya persona, como arriba queda dicho, tenia renunciado y traspasado el marquesado de Villena. Recibió el Rey al Marqués con tan grandes muestras de amor como si su padre le hubiera hecho señalados servicios. Tenia buen parecer, la edad en su flor, y el trato y arreo era conforme á sus riquezas. De Toledo volvió á Segovia el Rey; allí se aumentó el amor y privanza con el trato y familiaridad ordinaria. Llegó esto á tanto, que en persona iba cada dia á visitar al Marqués, que tenia su aposento en el Parral de Segovia, monasterio de jerónimos. Tratóse con don Andrés de Cabrera se reconciliase con los Pachecos y que se pusiese en las manos del Rey y entregase el alcázar de Segovia con los tesoros que allí tenia. En recompensa le ofrecian la villa de Moya, que está cerca de la raya de Valencia y no léjos de Cuenca, patria y natural de don Andrés. Daba él de buena gana orejas al partido; pero como se entendiese esta negociacion, los de aquella villa se agraviaron y alborotaron. Pasaron en esto tan adelante, que hicieron venir en su defensa y recibieron soldados aragoneses de guarnicion, cuyo capitan Juan Fernandez de Heredia acudió del reino de Valencia, y se apoderó de aquella villa en nombre de la princesa doña Isabel. Recibió desto pesadumbre el rey don Enrique. Doña Isabel, en ausencia de su marido, desde Tordelaguna, villa en el reino de Toledo, acudió á Aranda de Duero, llamada de comun consentimiento por los moradores de aquella villa por elaborrecimiento que tenian á la reina doña Juana, cuya era antes, por su poca homestidad, de que todo el reino se ofendia, y el mismo Rey, mas que nadie, como al que aquella mengua mas tocaba. Pero hay personas que si bien se ofenden de la maldad, no tienen ánimo para reprimirla ni castigarla; tal fué la condicion deste Príncipe por todo el tiempo de su vida. Tenian á esta sazon á la Reina y á su hija doña Juana en el alcázar de Madrid á cargo del marqués de Villena y en su poder. Agreda, que es una villa situada cerca del sitio en que antiguamente estuvo otro pueblo de los pelendones, lla

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