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Arborea en su nombre y de su hijo Mariano, que tenia

de su marido Brancaleon Doria, en esta forma: que el juzgado de Arborea les quedase para siempre por juro de heredad; para los demás pueblos á que pretendian derecho se nombrasen jueces á contento de las partes, con seguridad que estarian por lo sentenciado; los pueblos y fortalezas de que durante la guerra se apoderaron por fuerza y en que tenian guarniciones los restituyesen al patrimonio real y á su señorío. Firmaron las partes estas capitulaciones, con que por entonces se dejaron las arinas y se puso fin á una guerra tan pesada. CAPITULO XII. De la paz que se hizo con los ingleses.

Las pláticas de la paz entre Castilla y Inglaterra iban adelante, y sin embargo se continuaba la guerra con la misma porfía que antes. Seiscientos ingleses á caballo y otros tantos flecheros, que los demás de peste y de mal pasar eran muertos, se pusieron sobre Benavente. Los portugueses eran dos mil de ácaballo y seis mil de á pié. El gobernador que dentro estaba, por nombre Alvaro Osorio, defendió muy bien aquella villa, y aun en cierta escaramuza que trabó matógente de los contrarios. El rey de Castilla, avisado por la pérdida pasada, no se queria arriscar, antes por todas las vias posibles excusaba de venirá batalla. El cerco con esto se continuaba, en que algunos pueblos de aquella comarca vinieron á poder de los enemigos. El provecho no era tanto cuanto el daño que hacia la peste en los extraños y la hambre que padecian á causa que los naturales, parte alzaron, parte quemaron las vituallas, vista la tempestad que se armaba. Por esto, pasados dos meses en el cerco sin hacer efecto de mucha consideracion, juntos portugueses é ingleses, por la parte de CiudadRodrigo, se retiraron á Portugal. Los soldados aflojaban enfadados con la tardanza y cansados con los males; olian otrosí que entre los príncipes se trataba de hacer paces, que les era ocasion muy grande para descuidar. Los mas deseaban dar vuelta á su tierra, como es cosa natural, en especial cuando el fruto no responde á las esperanzas. Apretábase el tratado de la paz, que estas ocasiones todas la facilitaban mas. Así el rey de Castilla, por tener el negocio por acabado, despidió los socorros que le venian de Francia, y todavía, si bien llegaron tarde y fueron de poco provecho, les hizo enteramente sus pagas, parte en dinero de contado, que se recogió del reino con mucho trabajo, parte en cédulas de cambio. Despachó otrosí sus embajadores al Inglés con poderes bastantes para concluir. Hallábase el Duque en Troncoso, villa de Portugal. Allí recibió cortesmente los embajadores, y les dió apacible respuesta. A la verdad á todos venia bien el concierto; á los soldados dar fin á aquella guerra desgraciada para volverse á sus casas, al Duque porque por medio de aquel casamiento que se trataba hacia á su hija reina de Castilla, que era el paradero del debate y todo lo que podia desear. Asentaron pues lo primero que aquel matrimonio se efectuase; señalaron á la novia por dote á Soria, Atienza, Almazan y Molina. A la Duquesa, su madre, dieron en el reino de Toledo á Guadalajara, y

en Castilla á Medina del Campo y Olmedo. Al Duque quedaron de contar á ciertos plazos seiscientos mil florines por una vez, y por toda la vida suya y de la duquesa doña Costanza cuarenta mil florines cada un año. Esta es la suma de las capitulaciones y del asiento que tomaron. Sintiólo el rey de Portugal á par de muerte, ca no se tenia por seguro si no quitaba la corona á su competidor; bufaba de coraje y de pesar. Por el contrario, el de Alencastre se tenia por agraviado dél, y se quejaba que antes de venir la dispensacion hobiese constumado el matrimonio con su hija. Por esto, y para con mas libertad concluir y procederá la ejecucion de lo concertado, de la ciudad de Portu se partió por mar para Bayona la de Francia, mal enojado con su yerno. A la hora los pueblos de Galicia que se tenian por los ingleses con aquella partida tan arrebatada volvieron al señorío de su Rey. Los caballeros otrosí que se arrimaron á ellos, alcanzado perdon de su falta, se redujeron prestos de obedecer en lo que les fuese mandado. Sosegaron con esto los ánimos del reino; los miedos de unos, las esperanzas de otros se allanaron, trazas mal encaminadas sin cuento, finalmente, una avenida de grandes males. Hallábase el rey de Castilla para acudirá las ocurrencias de la guerra lo mas ordinario en Salamanca y Toro. Despachó de nuevo embajadores á Bayona para concluir últimamente, firmar y jurar las escrituras del concierto. La mayor dificultad era la del dinero para hacerpagado al de Alencastre y cumplir con él. La suma era grande, y el reino se hallaba muy gastado con los gastos de guerra tan larga y desgraciada, y con las derramas que forzosamente se hicieron. Para acudirá esto se juntaron Cortes en Briviesca por principio del año de 1388. Mostróse el Rey muy humano para granjear á sus vasallos y para que le acudiesen en aquel aprieto. Otorgó con ellos en todo lo que le suplicaron, en particular que la audiencia ó chancillería se mudase, los seis meses del verano residiese en Castilla, los otros seis meses en el reino de Toledo, que no sé yo si finalmente se pudo ejecutar. Acordaron para llegar el dinero de repartir la cantidad por haciendas, imposicion grave, de que no eximian á los hidalgos ni aun á los eclesiásticos; no parecia contrarazon que al peligro comun todos sin excepcion ayudasen. Los señores y gente mas granada llevaban esto muy mal, ca temian deste principio no les atropellasen sus franquezas y libertades; que aprietos y necesidades nunca faltan, y la presente siempre parece la mayor. Al fin se dejó este camino, que era de tanta ofension y se siguieron otras trazas mas suaves y blandas. Despedidas las Cortes, se vieron los reyes de Castilla y Navarra primero en Calahorra, y despues en Navarrete; trataron de sus haciendas y renovaron su amistad. Acompañó á su marido la reina doña Leonor, y con su beneplácito se quedó en Castilla para probar si con los aires naturales, remedio muy eficaz, podia mejorar de una dolencia larga y que mucho la aquejaba. A la verdad ella estaba descontenta, y buscaba color para apartar aquel matrimonio, segun que se vió adelante. Partido el Rey de Navarra; y firmados los conciertos, el rey de Castilla señaló la ciudad de Palencia, por ser de campaña abundante y porque en Búrgos y toda aquella comarca todavía picaba la peste, para tener Cortes y celebrar los desposorios de su hijo. Trajeron á la doncella caballeros y señores que envió el Rey hasta la raya del reino para acompañalla. Celebráronse los desposorios con real magnificencia. Las edades eran desiguales; don Enrique de diez años, su esposa doña Catalina de diez y nueve, cosa de ordinario sujeta á inconvenientes y daños. Los hijos herederos de los reyes de Inglaterra se llaman príncipes de Gales. A imitacion destoquiso el Rey que sus hijos sellamásen príncipes de las Astúrias, demás que les adjudicó el señorío de Baeza y de Andújar, costumbre que se continuó adelante que los hijos herederos de Castilla se intitulen príncipes de las Astúrias, y así los llamará la historia. En las Cortes lo principal que se trató fué de juntar el dinero para las pagas del duque de Alencastre. Dióse traza que se repartiese un empréstido entre las familias que antes eran pecheras, sin tocar á los hidalgos, doncellas, viudas y personas eclesiásticas. En recompensa otorgó el Rey muchas cosas, en particular que á los que sirvieron en la guerra de Portugal, como queda dicho arriba, los mantuviesen en sus hidalguías. Administrábanse los cambios en nombre del Rey; suplicóle el reino que para recoger el dinero que pedia lo encomendase á las ciudades. Hecho el asiento y las paces, la duquesa doña Costanza, hija del rey don Pedro, dejado el apellido de reina, con licencia del Rey y para verse con él, por el mes de agosto pasó por Vizcaya y vino á Medina del Campo. Allí fué muy bien recebida y festejada, como la razon lo pedia. Para mas honralla demás de lo concertado le dió el Rey por su vida la ciudad de Huete, dádiva grande y real, mas pequeña recompensa del reino, que á su parecer le quitaban. Presentáronse asimismo, aunque en ausencia, magníficamente el Rey y el Duque; en particular el Duque envió al Rey una corona de oro de obra muy prima con palabras muy corteses; que pues le cedia el reino se sirviese tambiende aquella corona que para su cabeza labrara. Partiéronse despues desto, la Duquesa para Guadalajara, cuya posesion tomó por principio del año de 1389; el Rey se quedó en Madrid. Allí vinieron nuevos embajadores de parte del duque de Alencastre para rogalle se viesen á la raya de Guiena y de Vizcaya. No era razon tan al principio de la amistad negalle lo que pedia. Vino en ello, y con este intento partió para allá. En el camino adoleció en Búrgos, con que se pasó el tiempo de las vistas y á él la voluntad de tenellas. Todavía llegó hasta Victoria, de donde despidió á la duquesa doña Costanza para que se volviese á su marido. En su compañía para mas honralla envió áPero Lopez de Ayala y al obispo de 0sma y á su confesor fray Hernando de Illescas, de la órden de San Francisco, con órden de excusalle con el Duque de la habla por su poca salud y por los montes que caian en el camino cubiertos de nieve y ásperos.

La puridad era que el Rey temia verse con el Duque, por

tener entendido le pretendia apartar de la amistad de Francia; temia descompadrar con el Duque si no concedia con él; por otra parte, se le hacia muy cuesta arriba romper con Francia, de quien él y su padre tenian todo su ser. Los beneficios eran tales y tan frescos, que no se dejaban olvidar. No le engañaba su pensamiento, antes el Duque, perdida la esperanza de verse con el

Rey, comunicó sobre este punto con los embajadores. La respuesta fué que no traian de su Rey comision de asentarcosa alguna de nuevo, que le darian cuenta para que hiciese lo que bien le estuviese. Con tanto se volvieron á Victoria, sin querer aun venir en que los ingleses pudiesen como las demás naciones visitar la iglesia del apóstol Santiago. Esto pareciera grande extrañeza, si no temieran por lo que antes pasara no alterasen la tierra con su venida ellos y sus aficionados, que siempre quedan de revueltas semejantes, por la memoria del rey don Pedro, y por el tiempo que los ingleses poseyeron aquella comarca. Por este tiempo á los 13 de marzo en Zaragoza al abrir las zanjas de cierta parte que pretendian levantar en el templo de Santa Engracia, muy famoso y de mucha devocion en aquella ciudad, acaso hallaron debajo de tierra dos lucillos muy antiguos con sus letras, el uno de santa Engracia, el otro de san Lupercio. Alegróse mucho la ciudad con tan precioso tesoro y haber descubierto los santos cuerpos de sus patrones, prenda muy segura del amparo que por su intercesion esperaban del cielo alcanzar. Hiciéronse fiestas y procesiones con toda solemnidad para honrar los santos, y en ellos y por ellos á Dios, autor y fuente de toda santidad.

CAPITULO XIII. La muerte del rey don Juan.

Las vistas del rey de Castilla y duque de Alencastre se dejaron; juntamente en Francia se asentaron treguas entre franceses é ingleses por término de tres años. Pretendian estas naciones, cansadas de las guerras que tenian entre sí, con mejor acuerdo despues de tan largos tiempos de consumo volver sus fuerzas á la guerra sagrada contra los infieles. Juntáronse pues y desde Génova pasaron en Berbería; surgieron á la ribera de Afrodisio, ciudad que vulgarmente se llamó Africa, pusiéronla cerco y batiéronla; el fruto y suceso no fué conforme al aparato que hicieron ni á las esperanzas que llevaban. España no aca aba de sosegar; en la confederacion que se hizo con los ingleses se puso una cláusula, como es ordinario, que en aquellas paces y concierto entrasen los al ados de cualquiera de las partes. Juntáronse Cortes de Castilla en Segovia. Acordaron, entre otras cosas, se despachasen embajadores á Portugal para saber de aquel Rey lo que en esto pensaba hacer. La prosperidad, si es grande, saca de seso aun á los muy sabios, y los hace olvidar de la instabilidad que las cosas tienen. Estaba resuelto de continuar la guerra y romper de nuevo por las fronteras de Galicia. Solo por la mucha diligencia de fray Hernando de Illescas, uno de los embajadores, persona en aquella era grave y de traza, se pudo alcanzar que se asentasen treguas por espacio de seis meses. Falleció á esta sazon en Roma á los 15 de octubre el papa Urbano VI. En su lugar dentro de pocos dias los cardenales de aquella obediencia eligieron al cardenal Pedro Tomacello, natural de Nápoles; llamóse Bonifacio IX. El Portugués, luego que espiró el tiempo de las treguas, con sus gentes se puso sobre Tuy, ciudad de Galicia, puesta sobre el mar á los confines de Portugal. Apretaba el cerco y talaba y robaba la comarca sin perdonará cosa alguna. Elrey de Castilla, hostigado por las pérdidas pasadas, no queria venir á las manos ni aventurarse en el trance de una batalla con gente que las victorias pasadas la hacian orgullosa y brava. Acordó empero enviar con golpe de gente á don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, y á Martin Yañez, maestre de Alcántara, ambos portugueses, para meter socorro á los cercados. Llegaron tarde en sazon que hallaron la ciudad perdida y en poder del enemigo. Todavía su ida no fué en vano, ca movieron tratos de concierto, y finalmente por su medio se asentaron treguas de seis años con restitucion de la ciudad de Tuy y de otros pueblos que durante la guerra de la una y de la otra parte se tomaron. El año que se contó de nuestra salvacion de 1390 fué muy notable para Castilla por las Cortes que en él se juntaron de aquel reino en la ciudad de Guadalajara, las muchas cosas y muy importantes que en ellas se ventilaron y removieron. Lo primero el Rey acometió á renunciar el reino en el Príncipe, su hijo; decia que, hecho esto, los portugueses vendrian fácilmente en recebir por sus reyes á él y á la reina doña Beatriz, su mujer. Sueñan los hombres lo que desean; reservaba para sí las tercias de las iglesias que le concediera el papa Clemente, á imitacion de su competidor Urbano que hizo lo mismo con el Inglés. Cada cual con semejantes gracias pugnaba de granjearlas voluntades de los príncipes de su obediencia. Reservábase otrosí á Sevilla, Córdoba, Jaen, Murcia y Vizcaya. No vinieron en esto los grandes ni las Cortes. Decian que se introducia un ejemplo muy perjudicial, que era dejar el gobierno el que tenia edad y prudencia bastante, y cargar el peso á un niño, incapaz de cuidados; que de los portugueses mo se debia esperar harian virtud de grado si su daño no los forzaba; que los tiempos se mudan, y si una vez ganaron, otra perderian, pues la guerra lo llevaba así. En segundo lugar se trató de los que faltaron á su Rey y se arrimaron durante la guerra al partido de Portugal; acordaron se diese perdon general; confiaban que los revoltosos con sus buenos servicios recompensarian la pasada deslealtad, además que la culpa tocaba á muchos. Solo quedó exceptuado desta gracia el conde de Gijon y en las prisiones que antes le tenian. Su culpa era muy calificada y de muchas recaidas; el Rey mal enojado y aun si el ejemplo del rey don Pedro no le enfrenara, que se perdió por semejantes rigores, se entiende acabara con él, que perro muerto no ladra. Demás desto, se acordó que el reino sirviese al Rey con una suma bastante para el sustento y paga de la gente ordinaria de guerra, porque, acabadas las guerras, se derramaban por los pueblos, comian á discrecion, robaban y rescataban á los pobres labradores; estado miserable. Para que esto se ejecutase mejor reformaron el número de los soldados, en guisa que restasen cuatro mil hombres de armas, mil y quinientos jinetes, mil archeros con la gente necesaria para su servicio. Que esta gente estuviese presta para la defensa del reino y se sustentasen de su sueldo, sin vagar ni salir de sus guarniciones mi de las ciudades que les señalasen. Desta manera se puso remedio á la soltura de los soldados, y para ali

víar los gastos bajaron el sueldo, que recompensaron con privilegios y libertades que les dieron. Quitaron la licencia á los naturales de ganar sueldo de ningun príncipe extraño; ley saludable, y que los reyes adelante con todo rigor ejecutaron. Acostumbraban los papas á proveer en los beneficios y prebendas de España á hombres extranjeros, de que resultaban dos inconvenientes notables, que se faltaba al servicio de las iglesias y al culto divino por la ausencia de los prebendados, y que los naturales menospreciasen el estudio de las letras, cuyos premios no esperaban; queja muy ordinaria por estos tiempos, y que diversas veces se propuso en las Cortes y se trató del remedio. Acordaron se suplicase al papa Clemente proveyese en una cosa tan puesta en razon y que todo el reino deseaba. Los señores asimismo de Castilla, infanzones, hijosdalgo, con las revueltas de los tiempos estaban apoderados de las iglesias con voz de patronazgo. Quitaban y ponian en los beneficios á su voluntad clérigos mercenarios, á quien señalaban una pequeña cota de la renta de los diezmos y ellos se llevaban lo demás. Los obispos de Búrgos y Calahorra, por tocalles mas este daño, intentaron de remedialle con la autoridad de las Cortes y el brazo real. El Rey venia bien en ello; pero, vista la resistencia que los interesados hacian, no se atrevió á romper ni desabrir de nuevo á los señores, que poco antes llevaron muy mal otro decreto que hizo, en que á todos los vasallos de señorío dió libertad para hacer recurso por via de apelacion á los tribunales y á los jueces reales; además que se valian de la inmemorial en esta parte, de los servicios de sus antepasados, de las bulas ganadas de los pontífices antes del Concilio lateranense, en que se estableció que ningun seglar pudiese gozar de los diezmos eclesiásticos ni desfrutar las iglesias, aunque fuese con licencia del sumo Pontífice, decreto notable. Las mercedes del rey don Enrique fueron muchas y grandes en demasía. Advertido del daño, las cercenó en su testamento en cierta forma, segun que de suso queda declarado. Los señores propusieron en estas Cortes que aquella cláusula se revocase, por razones que para ello alegaban. El Rey á esta demanda respondió que holgaba, y queria que las mercedes de su padre saliesen ciertas; buenas palabras; otro tenia en el corazon y las obras lo mostraron. A un mismo tiempo llegaron á aquella ciudad embajadores de los reyes de Navarra y de Granada. Ramiro de Arellano y Martin de Aivar pidieron en nombre del Navarro que, pues la reina doña Leonor, su señora, se quedó en Castilla para convalecer con los aires naturales, ya que tenia salud, á Dios gracias, volviese á hacer vida con su marido, que no era razon en aquella edad en que podian tener sucesion estar apartados, en especial que era necesario coronarse, ceremonia y solemnidad que por la ausencia de la Reina se dilatara hasta entouces. Al Rey pareció justa esta demanda. Habló con su hermana en esta razon; que el Rey, su marido, pedia justicia, por ende que sin dilacion aprestase la partida. Excusóse la Reina con el odio que decia le tenia aquella gente; que no podia asegurar la vida entre los que intentaron el tiempo pasado matalla con yerbas por medio de un médico judío. Al Rey pareció cosa fuerte y recia forzar la voluntad de su hermana; vino empero á instancia de los embajadores cn que, pues no tenian hijo varon, la infanta doña Juana, que era la mayor de las hijas y su madre la dejara en Roa, la restituyese á su padre. Con esto el de Navarra, despedido de recobrar su mujer por entonces, acordó coronarse en la iglesia mayor de Pamplona. La ceremonia se hizo á los 13 de febrero con toda representacion de majestad. Ungiéronle á fuer de Navarra; levantáronle en hombros en un pavés, y todos los circunstantes en alta voz le saludaron por rey. Hizo la ceremonia Pedro Martinez de Salva, obispo de aquella ciudad. Halláronse presentes el cardenal don Pedro de Luna, legado por el papa Clemente, y otros caballeros principales. De parte del rey Moro vino á Castilla por embajador el gobernador de Málaga. Pretendia que antes que espirase el tiempo de las treguas puestas entre Castilla y Granada se prorogasen. Negoció bien, porque presentó largamente caballos, jaeces, paños de mucho precio y otros adobos semejantes. Lo que hobo particular en estas treguas fué que las firmaron los reyes y sus hijos herederos de los estados. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, á sus expensas edificaba sobre el rio Tajo una hermosa puente, que hasta hoy dia se llama la puente del Arzobispo. Junto á la obra estaban unas pocas casas, por mejor decir chozas, á manera de alquería. Agradóse el Rey de la obra, que era muy importante y de la disposicion apacible de la tierra cuando pasó á Sevilla para hacer guerra á Portugal. Con esta ocasion hizo el Arzobispo instancia que diese franqueza á todos los que viniesen allí á poblar. Otorgó el Rey con su demanda, y quiso que el pueblo se llamase Villafranca y que gozase de la misma franqueza Alcolea, en cuyo territorio se edificaba la puente. Expidióse el privilegio, que está en los archivos de la iglesia de Toledo, en Guadalajara á los 14 de marzo. A su hijo menor el infante don Fernando, demás del estado de Lara que ya tenia, adjudicó de nuevo la villa de Peñafiel con título de duque. Pusiéronle en señal del nuevo estado en la cabeza una corona rasa sin flores, á diferencia de la real, si bien en esta era, no solo los duques, pero los marqueses y condes graban en sus escudos y ponen por timbre ó cimera coronas que se rematan en sus flores como la de los reyes. El escudo de armas que le señalaron fué mezclado de las de Castilla y de Aragon, á propósito que se diferenciasen de las del Príncipe y porque traia su decendencia de aquellas dos casas. Las Cortes de Guadalajara, que fueron tan célebres por las muchas cosas que en ellas se trataron, se despidieron entrado bien el verano. Por el mes de junio se acabaron de asentar las treguas con Portugal por término de seis años. Crecian los portugueses cada dia en fuerzas y reputacion, no sin gran recelo de los de Castilla. Manteníanse en la obediencia de los papas de Roma en que muy recio tenian. Así, Bonifacio IX, que, como se dijo, al fin del año pasado fué puesto en lugar de Urbano, erigió la ciudad de Lisboa en metropolitana arzobispal. Señalóle por sufragáneo solo al obispo de Coimbra; mas en nuestros tiempos el papa Paulo III le añadió el obispado de Portalegre, que él Dislu0 erigió de nuevo en aquel reino. La ciudad de

Segovia está puesta en los montes con que parten término Castilla la Vieja y la Nueva. Su muclia vecindad por la mayor parte se sustenta del trato de la lana y artificio de ropa muy fina que en ella se labra. El invierno es riguroso como de montaña, el estío templado por causa de las muchas nieves con que los montes que la rodean están cubiertos todo el año. Acordó el Rey por esta razon de Guadalajara irse á aquella ciudad para pasar en ella los calores, y de camino queria ver el monasterio del Paular, que á su costa en Rascafría, no léjos de aquella ciudad, se levantaba; el mas rico, vistoso y devoto que los cartujos tienen en España. Consignó asimismo á los monjes benitos en Valladolid el alcázar viejo para que le desvolviesen y mudasen en un monasterio de su órden, en que en nuestro tiempo reside el general de los benitos y en él juntan sus capítulos generales. Demás desto, los años pasados el devotísimo templo de Guadalupe, en que el rey don Alonso, su abuelo, puso sacerdotes seglares, entregó á la órden de San Jerónimo, acuerdo muy acertado. Estas tres insignes memorias hay en España de la piedad deste Rey, demás de algunas leyes que estableció muy religiosas, en particular con acuerdo de las Cortes de Briviesca, tres años antes deste mandó que no sacasen las cruces en los recibimientos de los reyes, ni figurasen la cruz en tapicesó otras partes que se pisasen. Pasado el estío, envió al Príncipe y Princesa á Talavera, para que en aquel pueblo tuviesen el invierno por la templanza del aire y la campaña asaz apacible. El se encaminó á Alcalá con intento de pasar al Andalucía para reprimir los insultos y males que por la revuelta de los tiempos mas allí que en otras partes se desmandaban. Las leyes tenian poca fuerza, y menos los jueces para las ejecutar; el favor, el dinero y la fuerza prevalecian contra la razon y verdad. Llegaron á Alcalá cincuenta soldados jinetes que llamaban farfanes, cristianos de profesion, pero que tiraban sueldo del rey de Marruecos, y así venian muy ejercitados en la manera de la milicia africana, como es ordinario que á los soldados se pegan las costumbres de los lugares en que mucho tiempo residen. Señálanse los de Africa en la destreza de volver y revolver los caballos con toda gentileza, en saltar en ellos, en correllos, en apearse y jugar de las lanzas. Quiso el Rey un domingo, despues de misa, que fué á los 9 de octubre, ver lo que hacian aquellos soldados. Salió al campo por la puerta de Búrgos, que está junto á palacio, acompañado de sus grandes y cortesanos. Iba en un caballo muy hermoso y lozano. Antojósele de correr una carrera. Arrimóle las espuelas, corrió por un barbecho y labrada, tropezó el caballo en los sulcos por su desigualdad, y cayó con tanta furia, que quebrantó al Rey, que no era muy recio ni muy sano, de guisa que á la hora rindió el alma; caso lastimoso y desastre no pensado. No hay bienandanza que dure, ni alegría que presto no se mude en contrario. ¿Qué le prestó su poder, sus haberes? ¿Sus cortesanos qué le prestaron para que en la flor de su edad, que no pasaba de treinta y tres años, no le arrebatase la muerte desgraciada y fuera de sazon? Reinó once años, tres meses y veinte dias. A propósito de

despertar á los nobles y cortesanos con el cebo de la

honra á emprender grandes hazañas y señalarse en valor, á imitacion del rey don Alonso, su abuelo, inventó en lo postrero de sus dias en Segovia, y publicó dia de Santiago cierta compañía y hermandad que trajese por divisa de un collar de oro una paloma colgada á manera de pinjante. Ordenó sus leyes, con que los que entrasen en esta caballería se gobernasen, todas enderezadas á despertar el valor de sus vasallos. La muerte tan temprana le atajó para que esta su traza y otras no pasasen adelante.

CAPITULO XIV. De las cosas de Aragon.

Esto pasaba en Castilla. En Aragon el nuevo rey don Juan, primero de aquel nombre, procedia asaz diferentemente de su padre. El padre era de ingenio despierto, belicoso, amigo de aumentar su estado; en hacer guerra y asentar paz tenia mas atencion al útil que á la reputacion y fama; el rey don Juan era de un natural afable y manso, si ya no le trocaba algun notable desacato, mas inclinadó al sosiego que á las armas. Ejercitábase en la cetrería y montería, y era aficionado á la música y á la poesía, todo con atencion á representar grandeza y majestad; tan excesivo el gasto, que las rentas reales no bastaban para acudir á estos deportes y solaces; dejo otros deleites poco disfrazados y cubiertos. La Reina otro que tal, como cortada á la traza de su marido, aunque dentro de los límites de mujer honesta, usaba de entretenimientos semejantes. Así en la casa real todo era saraos, juegos y fiestas y regocijos. Las damas se ocupaban mas en cantar y tañer y danzar que á su edad y á mujeres convenia. Ningun instrumento ni ocasion faltaba en aquel palacio de "una vida regalada y muelle. Dábanse muy aventajados premios á los poetas que, conforme á las costumbres que corrian, componian y trovaban en lenguaje lemosin y se señalaban en la agudeza y primor de sus trovas. Lo cual era en tanto grado, que despachó una embajada al rey de Francia en que le pedia le buscase con cuidado y enviase algunos de aquellos poetas de los mas señalados. La semejanza de las costumbres y la fama que destas cosas corria convidó al emperador Wenceslao, príncipe muy conocido por su descuido y flojedad, para que por sus embajadores le pidiese su amistad y su hija por mujer, negocio que por entonces se dilató, y no se efectuó adelante. Los nobles de Aragon, indignados por los desórdenes de su Rey, su poca atencion al gobierno y los escándalos que dellos resultaban, al mismo tiempo que el Rey tenia Cortes en Monzon, se juntaron en Calasanz para comunicarse y acordar en qué guisa se podria acudir al remedio. Las cabezas principales de la junta eran don Alonso de Aragon, conde de Denia y marqués de Villena, don Jaime, su hermano, obispo de Tortosa, don Bernardo de Cabrera, sin otros ricos hombres y varones de mucha cuenta. Pareció poner por escrito las quejas y enviallas á las Cortes. Las cabezas principales: que con los regalos y deleites sin tasa la diciplina militar se estragaba, y la gente se afeminaba; que las costumbres antiguas se alteraban de todas maneras por el regalo en las comidas y los

gastos en los vestidos; que no era razon al albedrío de

una mujer se trastornase todo el reino, y que pudiese

ella sola mas que las leyes y la nobleza, no sin nota de los mismos Rey y Reina, que tal desórden sufrian en su misma casa. Esto decian por una dama, por nombre Carroza de Vilaragur, que con su privanza estaba muy apoderada de la Reina, y ella del Rey, mengua de que resultaba gran parte de los desórdenes y de las quejas y odio. Anduvieron demandas y respuestas hasta apuntar que se valdrian de las armas y fuerza, si por bien no se acudia al remedio de aquellos daños. Pudiérase destos principios encender alguna guerra y revuelta, si no lo atajara la apacible condicion del Rey. Otorgó con lo que aquellos señores le suplicaban. Cercenó las demasías y soltura de la casa real. Ordenó premáticas, en que se puso tasa y límite á los gastos de la gente, en particular despidió de palacio aquella privada de la Reina, con órden que no se entremetiese en el gobierno del reino ni de la casa real. Con esto calmaron los desgustos que amenazaban mayores daños, en sazon que de Francia se mostraban nuevos temores y asonadas de guerra. Bernardo de Armeñac con golpe de bretones rompió por los confines de Cataluña. Mayor fué el ruido que el daño. Siguióle por ende poco despues su hermano el conde de Armeñac con mas gente. Tomich, historiador catalan, atestigua que llegaron á diez y ocho mil caballos, mentira que muestra fué el número grande. La causa de hacer guerra era la codicia de robar. Pusieron fuego en algunos lugares y granjas, hicieron presas de gente y de ganados; en lo de Ampúrias y de Girona cargó lo mas recio de la tempestad. Acudió gente de todo el reino, tuvieron diversos encuentros; en uno desbarató Bernardo de Cabrera ocho banderas de franceses junto á Navarra. En otro Ramon Bages, caudillo señalado, cerca de otro pueblo llamado Cavañas, deshizo otro buen golpe de enemigos con prision de Mastin, su capitan. Con estas victorias se alentaron los aragoneses y desmayaron los bretones; así lo lleva la guerra. El mismo Rey de Girona, donde se estaba á la mira, salió en campaña resuelto de acometer á los enemigos, que de diversas partes se juntaban y se rehacian de fuerzas. Tienen los franceses los primeros acometimientos muy bravos, pero aflojan con la tardanza; así avino en este caso, que los franceses, cansados de guerra tan larga y en que les iba tan mal, acordaron dar la vuelta sin esperar al Rey ni venir con él á las manos. Salieron por la parte de Rosellon, en que de camino hicieron todo mal y daño. Era asimismo forzoso al conde de Armeñac acudir á la defensa de su estado contra Marigoto, natural de Alvernia, que á persuasion del rey de Aragon y á su costa le comenzaba á hacer guerra. A la misma sazon que esto pasaba en Cataluña, á la primavera en Aviñon se concertó casamiento entre Luis, hijo del otro Luis, duque de Anjou, que se intitulaba rey de Jerusalem y de Sicilia, y que murió en la conquista de Nápoles, y doña Violante, hija del rey de Aragon. No pudo el padre de la Infanta hallarse á los conciertos por causa de la guerra sobredi

cha, que le tenia puesto en cuidado. Hizo las capitula

ciones el papa Clemente á contento de las partes que

se hallaron allí, el novio en persona, y el de Aragon

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