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ciones y tiendas que llevaban. Acudió el Rey con todo su campo. Los franceses llevaban ventaja y se daban priesa, y la acogida, que tenian cerca; así, noles pudo dar alcance, si bien se metió dentro de Francia, donde los nuestros ganaron á Leocata y otros lugares de aquella comarca. Esto era en sazon que la infanta doña sabel nació en Lisboa á los 24 dias de octubre, que fué emperatriz adelante y reina de España. Pocos dias despues vinieron embajadores de Francia, por cuyo medio se concertaron treguas por espacio de cinco meses entre los dos reyes y sus reinos, fuera de lo que tocaba al reino de Nápoles; con esto se dejaron las armas. Quedó por general de aquella frontera don Bernardo de Rojas, marqués de Denia, y en su compañía mil hombres de armas, dos mil jinetes y tres mil peones. Por alcaide de Salsas don Dimas de Requesens. Hecho esto, el Rey dió la vuelta á Barcelona. Dende despachó á Francia por sus embajadores á Miguel Juan Gralla y Antonio Agustin por estar así tratado, y juntamente para que procurasen tomar algun asiento en las cosas del reino de Nápoles, que tenian puesto en mucho cuidado al rey Católico por el socorro que iba de franceses y sobre todo por las nuevas que le vinieron de la muerte del papa Pio III, y de la eleccion del cardenal de San Pedro en pontífice, que fué á 1.o de noviembre, y se llamó en su pontificado Julio II. Era ginovés de nacion, de aficion muy francés, y de ingenio bullicioso; temíase no fuese parte para revolverá ltalia. Tuvo gran parte en esta eleccionel duque Valentin; por la mala voluntad que tenia al cardenal don Bernardino Carvajal y entender que tenia parte en los votos, procuró con los que eran hechura del papa Alejandro, que sacasen por papa al que salió. Esto era en sazon que el Archiduque partió de Saboya para ir á verse con su padre que le persuadió no insistiese en llevar adelante la paz que se concertó en Francia. Ofrecia otrosí, si el rey Católico le proveia de dinero, de hacer la guerra por la parte de Lombardía; empresa sobre que le hacian instancia don Juan Manuel y Gutierre Gomez de Fuensalida, embajadores del rey Católico en Alemaña. El rey Católico no se aseguraba de la condicion del César ni de su constancia; y hacia mas fundamento en su dinero para todo lo que sucediese que en el socorro que por aquella parte le podia venir. Con esto sin concluir nada se pasaba el tiempo en demandas y respuestas. En la princesa doña Juana se veian grandes muestras de tener ya turbado el juicio, que fué una de las cosas que en medio de tanta prosperidad dió mayor pena á sus padres, y con razon. Cuán pobre de contento es esta vida Daba grande priesa que se queria ir á su marido. Entreteníala su madre con buenas razones por no ser el tiempo á propósito. Llegó tan adelante, que un dia se quiso salir á pié de la Mota de Medina, do la entretenian. No tuvieron otro remediosino alzar el puente. Ella, visto que no podia salir, se quedó en la barrera; y en una cocina allí junto dormia y comia sin tener respeto al frio ni al sereno, que era grande. Ni fueron parte don Juan de Fonseca, obispo de Córdoba, que se halló en su compañía, ni el arzobisp0 de Toledo, que para este efecto sobrevino, para que Volviese á su aposento hasta tanto que vino la Reina,

que estaba doliente en Segovia. Desde allí al fin por contentalla y aplacalla mandó aprestar una armada en Laredo para llevalla luego que el tiempo abriese á Flándes, do ya era llegado su marido el Archiduque ú cabo de tantos meses que en Francia y en Saboya se entretuWO,

CAPITULO V.

De las rotas que dieron los de España á los franceses junto al Garellano.

El campo francés que estaba en Italia marchaba la vuelta del reino muy despacio. Pasó por Florencia y por Sena sin hallar impedimento alguno. Llevaba por general al marqués de Mantua. El de la Tramulla por estar doliente de cuartanas se quedó atrás, si bien seguia á los demás con parte de la gente. Apretóle la indisposicion, y no pasó adelante de Roma, en la cual ciudad no acogieron el campo francés, solo dieron lugar que pasase el Tiber por el puente Molle, que está á dos millas de Roma. El Gran Capitan se hallaba en gran cuidado cómo podria continuar el cerco de Gaeta y atajar el paso á aquella gente que le venia de socorro. Acudióle muy á tiempo el embajador Francisco de Rojas con dos mil soldados que pudo recoger en Roma entre españoles, alemanes é italianos, y cien caballos ligeros, y puso en órden otros docientos alemanes y quinientos italianos para enviallos en pos de los primeros. Iba con esta gente don Hugo de Moncada, que dejó una conducta de cien hombres de armas que tenia del duque Valentin, con deseo de servir á su Rey y acudir en aquel aprieto. Fué este socorro muy á tiempo por cuanto el cerco de Salsas impedia que de España no pudiese acudir alguna ayuda de gente ni de dineros. El Gran Capitan, luego que supo que los enemigos eran pasados de Roma y que llegaban á los confines del reino, arrancó con todo su campo de Castellon en busca dellos. Llegó el primer dia á ponerse en la ribera del Garellano. Dejó allí á Pedro de Paz con buen golpe de gente para guarda de cierto paso, y él fué adelante camino de San German. Llegó en sazon que el campo francés alojaba en Pontecorvo, lugar de la Iglesia, distante de allí solas seis millas. Era fama que en él se contaban hasta mil almetes, dos mil caballos ligeros y nueve mil infantes, la mayor parte italianos. Tenian treinta y seis piezas de artillería, las diez y seis gruesas, las demás girifaltes y falconetes. Adelantóse con parte de la gente Pedro Navarro para combatir el castillo de Monte Casino, que todavía se tenia por los franceses. Tomóse por fuerza de armas, que fué gran befa para los franceses por estar á vista de su campo y no se atreverá socorrelle. Publicóse que el de Mantua se jactaba que deseaba verse en campo con aquella canalla ó marranalla. El Gran Capitan con su hueste se puso á una milla de Mantua y á su vista. Envióle desde allí á requerir con la batalla, pues tanto mostraba desealla. El respondió que en el Garellano se verian, que él pasaria á supesar. Este famoso rio tiene su nacimiento en el Abruzo, y pasa por entre San German y las tierras de la Iglesia muy recogido. Lleva tanta agua, que apenas se puede vadear. No tenia por allí otra puente sino la de Pontecorvo. Hace con su corriente grandes revueltas y muchas, por donde con estar Gaeta desta parte del rio como se va á Roma, para socorrella por camino mas breve era menester pasalle por dos veces. Acudió desde Gaeta el señor de Alegre con hasta tres mil hombres para juntarse con el campo francés. Daba él priesa que pasasen el rio y viniesen á las manos, sin quedar escarmentado de la batalla de la Cirinola, como queda apuntado. Pasó pues el campo de los franceses el rio por el vado de Ceprano un domingo mediado octubre. El primer lugar que encontraron de los que se

tenian por España, pasado el rio, era Rocaseca. Esta

ban en él de guarnicion los capitanes Cristóbal Villalva, Pizarro y Zamudio con mil y docientos soldados. Con esta gente dieron en la avanguardia de los franceses que venian mal ordenados, y mataron y prendieron mas de trecientos dellos. Acudieron los franceses á combatir aquella plaza. Los de dentro mostraban tanto ánimo, que, no contentos con defender el lugar, salieron á pelear con los franceses, y aun dellos mataron sobre docientos, y á los demás hicieron retirar dentro de sus reparos. Otro dia les entraron tres mil hombres de socorro con Próspero Colona y Pedro Navarro. Por otra parte marchaba el Gran Capitan con todo su campo para acudir á los cercados. Los enemigos, si bien hicieron ademan de querer volver al combate, por miedo de perder la artillería si les sucediese algun desman y por ser el tiempo muy lluvioso, alzado su campo, volvieron á alojarse de la otra parte del rio. Desde á dos dias segunda vez pasaron el rio, y fueron á asentar su campo en Aquino, que está seis millas de San German, donde era vuelto con su gente el Gran Capitan. La tempestad de agua era tan grande, que impidió que se viniese á las manos. Retrajéronse los franceses hácia Pontecorvo. El Gran Capitan por atajalles el paso del rio, que pretendian ponelle de por medio, caminó en su seguimiento hasta de la otra parte de Aquino, do les tornó á presentar la batalla. Ellos se cerraron en un sitio asaz fuerte con la artillería, y los de España fueron forzados á dar la vuelta á San German. Los franceses tornaron á pasar el Garellano en sazon que entrado noviembre se concertaron los Ursinos con los coloneses en Roma en servicio del rey Católico por medio de los embajadores de España y de Venecia, ca á los venecianos desplacia la prosperidad de Francia, y no querian tener por vecino príncipe tan poderoso. Obligáronse los Ursinos de servir con quinientos hombres de armas á tal que el rey Católico les acudiese con sesenta mil ducados por año. Por su parte Bartolomé de Albiano, principal entre los Ursinos y que se halló en toda esta faccion del Garellano, ofrecia de servir en aquella guerra con tres mil de á caballo y de ápié. Fabricio Colona con golpe de gente españolaquele dieron combatió y tomó por fuerza á Roca de Vandra con grande afrenta del campo francés que lo veia, y no pudo socorrer á los cercados; antes rio abajo se fué á poner diez y ocho millas de San German, y doce no mas de Gaeta, con intento de pasar el rio por una puente de piedra que allí hay. Pedro de Paz, puesto para guardar aquel paso con mil y docientos infantes y algunos jinetes, con su gente y con otros docientos jinetes que llegaron de socorro peleó tres dias y tres noches con los franceses sin que le pudiesen

ganar la puente. En esto llegó el Gran Capitan contodo el campo, y con su llegada hizo pegar fuego á una parte de la puente, que era de madera, y asentó su real junto á su entrada. Aquí hobo gran desórden en la gente de España, que por ser el tiempo tan recio y no estar los soldados pagados, se desmandaban en robar por los poblados y caminos; demás que muchos, así de los hombres de armas como de la infantería, desamparaban las banderas, y aun los mas principales capitanes eran de parecer que el campo se retirase. Un dia llegó el negocio á tanto rompimiento, que un soldado sobre el caso puso la pica en los pechos al Gran Capitan; pero él llevaba todo esto con grande esfuerzo y corazon. Juntó el dinero que pudo, con que socorrió á cada sodado con cada dos ducados; y á los capitanes que le instaban en una junta con grande porfía que se retirase, respondió: «Yo sé muy bien lo que al servicio del Rey importa esta jornada, y estoy determinado á ganar antes un paso, aunque sea para misepultura, que volver atrás, aunque fuese para vivir cien años. Aquí se ha de rematar esta contienda como fuere la voluntad de Dios y como pluguiere á su majestad; nadie pretenda otra cosa.» Los coloneses fueron los que hicieron mas instancia que el campo se retirase. Sospechóse y dijose que por inteligencias secretas que traian con los franceses, de que resultaron disgustos y enemistades formadas. Todavía se fué mucha gente del campo español y quedó muy menguado, con que los franceses tuvieron lugar de echar sin ser sentidos una puente bien trabada sobre ciertas galeras y barcos, por la cual hasta mil y quinientos franceses pasaron los primeros, y por estar los de España descuidados y tomalles de sobresalto, les ganaron un reparo como fuerte. Dieron alarma en el campo, que era todo de pocos caballos y como cinco milinfantes. Subió el Gran Capitan en un caballo, y puesta en órden su gente, se apeó, y con una alabarda fué el primero que comenzó á pelear con los contrarios, que ya eran pasados hasta el número de cinco mil, y continuaban á pasar con muy buen órden, y la artillería francesa que tenian plantada de la otra parte del rio no cesaba de jugar contra los nuestros. Sin embargo, fué tanto el denuedo de la infantería española y su coraje y cargaron tan furiosamente sobre los contrarios, que les forzaron á dar las espaldas y recogerse á la puente. Con la priesa del pasar quedaron muertos y ahogados mas de mil y cuatrocientos hombres. Llegó el Gran Capitan sin miedo de la artillería hasta la entrada de la puente, y aun algunas de sus banderas y compañías á vuelta de los franceses pasaron de la otra parte del rio. Al retirarse recibieron algun daño de la artillería enemiga, en que murieron algunos hombres de cuenta, á otros hirieron; en particular el capitan Zamudio quedó mal herido de un tiro. Sobre todos es de alabar el ánimo del alférez Hernando de Illescas, que perdida de un tiro la mano derecha, tomó con la izquierda el estandarte, y llevada de otro tiro tambien la izquierda, se abrazó con los brazos dél, sin moverse de un lugar hasta tanto que los franceses fueron echados. Varon digno de inmortal renombre y de las mero cedes que su Rey le hizo grandes á instancia y por informacion del Gran Capitan. Esta rota desanimó mo"

cho á los franceses, tanto, que no se tenian por seguros con tener el rio de por medio. Guardaban con cuidado la puente, no para pasar ellos, sino porque los contrarios no pasasen de la otra parte do ellos alojahan. Demás desto, por diferencias que resultaron entre el marqués de Mantua y el señor de Alegre, el Marqués se resolvió de dejar el campo y oficio de general y volver atrás con color que no podia sufrir la arrogancia de los franceses, que allegaban á desmandarse en palabras y llamalle bougre, nombre de injuria muy grave entre los franceses, si ya no fué capa, que no quiso aventurarse por ver el juego mal parado. En su lugar hasta tanto que su Rey fuese avisado y proveyese como fuese su voluntad, nombraron los capitanes por general al marqués de Saluces, que era venido á esta empresa en favor de Francia con cargo de visorey. Tras esto el Gran Capitan, si bien tenia menos gente que los contrarios, se resolvió de pasar el rio y dalles la batalla. Para ejecutarlo mandó labrar una puente y echalla siete millas mas arriba de la que tenian los franceses sobre ciertas barcas y carros. Dió cuidado de hacer esto á Bartolomé de Albiano. Luego que la puente estuvo en órden, salió de Sesa enque alojaba, y un juéves, 28 de diciembre, pasó con dos mil peonesespañoles y mil y quinientos alemanes. Dejó otrosí órden á don Diego de Mendoza y don Fernando de Andrada que recogiesen aquella noche la caballería que tenian alojada por aquella comarca, y con ella al amanecer estuviesen con él. Luego que los de España pasaron el rio, los franceses se retiraron de sus estancias y tomaron una loma de una sierra. Rindiéronse Suy y Castelforte, que se tenian en aquellaribera del rio por los franceses. Quedóse aquella noche nuestra gente en el campo delante de Monforte, y el día siguiente fué el rio abajo con intento de dar la batalla. Los franceses con parte del artillería enviaron áPedro de Médicis para que en unas barcas la llevase á Gaeta. Llegó á la boca del rio, quiso pasar adelante puesto que el mar andaba alto; porfía perjudicial, hundiéronse las barcas con la artillería, y él mesmo se ahogó. La demás gente un hora antes del dia, desamparado el puente y la artillería gruesa, las tiendas y parte del fardaje, se apresuraron por meterse en Mola, que está junto á Gaeta. Supo el Gran Capitan el camino é intento que llevaban; envió delante á Próspero Colona con los caballos ligeros para que los detuviesen hasta tanto que llegase la infantería. Luego que llegó al puente de Mola, se trabó la pelea, que no fué muy larga. En breve espacio los contrarios fueron rotos y se pusieron en huida. Siguieron los vencedores el alcance, y ejecutáronle hasta las puertas de Mola y de Gaeta, donde parte de los vencidos se recogió. Muchos quedaron muertos en todo el camino; perdieron treinta y dos pielas de artillería; tomáronles mil y quinientos caballos. Una parte de los franceses que echaron por la via de Fundi y otros que por allí alojaban fueron muertos y presos de los villanos de la tierra, que salieron contra ellos y les atajaron los pasos de suerte, que fueron muy pocos los que dellos se salvaron. Señaláronse mucho de valerosos en estos encuentros y toda esta jornada Bartolomé de Albiano y don Hugo de Moncada.

CAPITULO VI.

Que la ciudad de Gaeta se rindió.

Quísiera el Gran Capitan aprovecharse de la turbacion y miedo de los franceses para subir con su gente, que iba en el alcance, en el monte Orlando que está sobre Gaeta y la sojuzga. El dia fué tan áspero por lo mucho que llovia, y los soldados venian tan fatigados del camino y de la hambre por no haber comido la noche pasada ni todo aquel dia, que parece solo el herir y matar los sustentaba, que le fué forzoso desistir por entonces de aquel intento y volver con su campo á Castellon, do antes alojaba. Tenian los franceses acordado de fortificarse en Mola con la artillería menuda que les quedaba, por temor no les acometiesen ante todas cosas en aquel lugar. Pero el Gran Capitan luego que tuvo la gente refrescada y descansada, revolvió sobre Gaeta, que era lo mas principal, por aprovecharse del miedo y desmayo que tenian los contrarios. El combate fué aun mas fácil de lo que se pensaba, ca por la batería que la artillería hizo los meses pasados se halló tan poca resistencia, que sin dificultad les ganaron el monte, y los que le guardaban apenas se pudieron recoger á la ciudad. Con esto acabaron de perder lo que les quedaba de la jornada pasada. Tomáronles otros mil caballos y dos cañones que hicieron todo el daño á los nuestros en el primer cerco. Lo que mas es, perdieron de todo punto el ánimo, en especial cuando vieron que los de España pasaron sus alojamientos junto á los adarves de la ciudad sin que les pudiesen ir á la mano. Salieron luego á rendirse cincuenta hombres de armas de Lombardía, cuyo capitan era el conde de la Mirandula. Tras esto, aquella misma noche acudieron de la ciudad tres personajes á tratar de parte del marqués de Saluces de algun concierto. Pidieron en primer lugar que los prisioneros se rescatasen por dineros. Respondió el Gran Capitan que no se podia hacer. Pasaron adelante con la plática; vinieron á ofrecer que por los prisioneros franceses é italianos serian contentos de entregar la ciudad y castillo de Gaeta y la Roca de Mondragon, plaza asentada en las ruinas de la antigua Sinuesa, demás de dar libertad á los prisioneros españoles é italianos que tenían de nuestra parte. El Gran Capitan oyó de buena gana esta oferta. Todavía no venia en soltar los prisioneros italianos, especial al marqués de Bitonto, Mateo de Acuaviva y Alonso de Sanseverino, primo del príncipe de Bisiñano, cuyas culpas y deslealtad eran mas notables, y pretendia reservar al rey Católico el conocimiento de su causa. Anduvieron demandas y respuestas, y los franceses en lo que tocaba á los prisioneros italianos aflojaron. Al fin á 1.o de enero del año de nuestra salvacion de 1504 fueron de acuerdo que el señor de Aubeni con los demás franceses se pusiesen en libertad. Cuanto á los italianos, que no se pudiese hacer justicia de ninguno dellos, ni el rey Católico determinase sus causas antes que el de Francia tuviese lugar de enviará España embajador sobre el caso para interceder por ellos. Con esto se permitió á los soldados que se fuesen con sus bagajes y armas. A los naturales de Gaeta que quedasen con sus haciendas, y que á todas las demás ciudades de aquel bando no fuese en algun tiempo imputado ni parase perjuicio el haber seguido el partido de Francia. Tomado este asiento, á la hora se comenzaron á embarcar á toda priesa los que querian ir por mar. Teodoro Trivulcio salió luego con la gente italiana y francesa que pretendia ir por tierra. Hecho esto, miércoles, á 3 de enero, se hizo la entrega de la ciudad y castillo de Gaeta, y los prisioneros de nuestra parte se pusieron en libertad. El cargo del castillo y gobierno de aquella ciudad se encomendó á Luis de Herrera, premio muy debido á sus servicios. La temencia de Taranto que él tenia se dió á Pero Hernandez de Nicuesa. Dos dias despues de la entrega llegó allí monsieur de Aubeni y hasta mil y docientos prisioneros franceses. El de Aubeni se embarcó luego, los demás con salvoconducto se encaminaron por tierra. Los mas murieron por el camino; el mismo marqués de Saluces falleció en Génova. El señor de la Paliza, uno de los prisioneros franceses no entró en esta cuenta por estar ya puesto en libertad á trueque de don Antonio de Cardona, hermano de don Hugo, que prendieron los franceses los meses pasados. Fué don Antonio muy buen caballero, y sirvieron él y sus hermanos muy bien. Por esto el rey Católico le hizo merced de la Padula, que era del conde de Capacho, con título de marqués. Algunos fueron de parecer que el Gran Capitan no se debiera apresurar tanto en el asiento que tomó, y que no fué buen consejo por una ciudad poner en libertad tan gran número de prisioneros, y entre ellos personas de mucha calidad. A la verdad ¿quién podrá contentará todos, enfrenar los juicios y lenguas de tantos? Decian que con paciencia, pues era señor del campo, pudiera sujetar aquella plaza y las demás, y no ponerse al riesgo de que tales capitanes podian ser ocasion si la guerra se renovase. A esto el Gran Capitan respondia que de pólvora y balas se gastaria mas de lo que importaba aquel peligro. Que era mas conveniente cerrar aquella llaga presente que recelar las que el de Aubeni y los otros prisioneros podrian hacer con sus lanzas; que perro muerto no ladra, y huido no hace mal; que de ser muertos, óidos, no podian los prisioneros escapar. En fin, los grandes caudillos tienen sus razones que les hacen fuerza, y nadie sabe dónde les aprieta el calzado. Las razones principales que se puede entender le movieron eran: la primera la falta de dinero para pagar y socorrer á los soldados, y de bastimentos para sustentallos; recelábase por esta causa de alguna nueva borrasca, y deseaba concluir y asegurar su partido; la segunda que el Papa era muy francés, y en Civitavieja tenia armadas dos naves para enviar á los cercados municiones y bastimentos, fuera de otras dos carracas que estaban á la cola en Aguasmuertas para lo mismo. Sobre todo se sabia que daba todo favor á los angevinos, y que tenia enviado el marqués del Finalá Francia con intento de casar el hijo del duque de Lorena con una hija suya, y procuraba por el derecho que pretendia tomase la conquista del reino, y para ello le ofrecia de ayudalle hasta echar los españoles de todo él y aun para cobrará Sicilia. Cuando este casamiento no se concertase, remontaba en su fantasía de casar el Prefecto, su sobrino, con hija del rey don Fadrique,

con oferta de ayudalle para recobrar el reino. La postrera consideracion y mas grave fué que se tuvo por cierto se concluiria la plática tantas veces movida entre los dos reyes de la restitucion del rey don Fadrique, que el Papa apretaba con todas sus fuerzas; nueva que para las cosas de aquel reino hizo increible daño, ca los aficionados á la parte de España se encogian y aun se retiraban como los que pensaban tener en breve otro dueño; y los aversos se desenfrenaban en palabras y aun en obras. Sobre todo que los pagamentos se detenian á causa que las comunidades y oficiales querian reservar aquel dinero para el rey don Fadrique, si allí volviese; así, la falta y necesidad apretaba de cada dia mas. Por esto, concluido lo de Gaeta, con deseo de acabar antes que hobiese alguna novedad que desbaratase todo lo hecho, luego despachó al duque de Termens para gobernar el Abruzo y allanar en él las tierras del marqués de Bitonto. A Bartolomé de Albiano contra Luis de Arsi, que todavía se hacia fuerte en Venosa. Contra el conde de Conversano fueron el conde de Matera y Pedro de Paz. Sitiaron dentro de Laurino al conde de Capacho, Gil Nieto y Pedro Navarro, que le dieron licencia para que con su mujer, hijas y ropa comun de su casa se fuese á Trana, que se tenia por venecianos; pero que dejase los ganados, artillería y municiones. En Calabria Gomez de Solís despojó al príncipe de Rosano de su estado. Solo le quedaba Sanseverina y la ciudad de Rosano, sobre la cual estaba la gente de España, y en ella le tenian cercado. Pretendia otrosí el Gran Capitan acometer el estado que el Prefecto tenia en el reino. Previno él este daño, ca luego se vino á reducir, é hizo alzar las banderas de España en todos sus lugares. Recibióle el Gran Capitan en su gracia, si bien entendia cuán francés era y que venia á la obediencia mas forzado que de grado; en que no se tuvo respecto á sus deméritos, sino á ganaró entreteneral Papa, su tio, para que no hiciese algundaño. La ciudad de Rosano al fin se rindió á partido por los naturales, donde fué preso el Príncipe con otros muchos barones. Sanseverina hizo poco despues lo mismo. A Conversano tomó Pedro de Paz por combate. Con esto toda la Calabria quedó llana; para gobernalla nombraron en lugar del conde de Ayelo, poco á propósito por su vejez, á don Hugo de Moncada.

CAPITULO VII. De las treguas que se asentaron entre España y Francia.

Dado que hobo asiento á las cosas de Gaeta y dejado órden que aquella ciudad por excusar el gasto de guardalla, que fuera mucho, se poblase de españoles, el Gran Capitan se fué sin dilacion á Nápoles, donde le recibieron con tan pública alegría y fiesta como si fuera su rey natural muy amado y qué entrara victorioso. Allí hizo llamamiento general de los barones del reino y universidades, porque muchos, aunque dieron obediencia al Rey, no prestaron los homenajes. A los que sirvieron bien en aquella guerra daba las gracias y los gratificaba; en particular á Bartolomé de Albiano señaló en el principado de Bisiñano ocho mil ducados de renta, y entre sus deudos repartió otros dos mil

docientos conforme á los méritos de cada cual. Estos favores que hacia á los Ursinos escocian á los coloneses grandemente, tanto, que entraron en algunos desgustos. Mas enemigos engendra la envidia que la injuria. Pasó esto tan adelante, que Próspero Colona se determinó ir á España para dar allí sus quejas y hacer mudar el gobierno. Fabricio desde Roma envió á pedir al Gran Capitan licencia para servirá la señoría de Florencia. El la dió, porque no se la tomase y fuese mayor el rompimiento. Tratóse muy de veras de poner en órden lo que tocaba á la buena ejecucion de la justicia, negocio muy necesario, porque las revueltas, enemistades y roturas del tiempo pasado dieran ocasion á que se hiciesen muchos agravios y grandes. Procuraba con agrado de los pueblos que el Rey fuese servido con alguna suma de dineros para ayuda á los grandes gastos pasados y presentes, y pagar la gente que pretendia conservar y entretener y la repartia por los lugares en que cuidaba darian menos molestia. Algunas compañías de españoles que sabia era gente muy perdida y de poco provecho y costaban mucho envió en dos naves á España con algun dinero que les dió y las vituallas necesarias; que fué descargar aquel reino, como cuerpo enfermo, de malos humores. Juntamente con esto entendia en reparar los daños de la guerra, igualar los muros, fortificar los castillos, en especial los de Nápoles, en que puso gran cuidado, y el de Gaeta. A Capua fortificaba de tales reparos y baluartes, que se tenia por mas fuerte que si la ciñeran de muros; todo á propósito de estar apercebido si los enemigos de nuevo acometiesen alguna novedad en aquel reino, en que tenia tanta autoridad, que todo lo hallaba fácil, y salia con todo lo que intentaba; y aun en toda Italia ganara tanta reputacion, que á porfía las ciudades della se le ofrecian para pasarse al servicio de España, en especial Génova, en conformidad de las dos parcialidades de adornos y fregosos queria concertarse con España, y con dos mil soldados que les enviase ofrecian levantarse contra Francia. Julian de Médicis, hermano de Pedro de Médicis el que se ahogó en el Garellano, ofrecia por ser restituido en Florencia, de donde andaba forajido, de servir cada un año entre él y los suyos con cien mil ducados. La comunidad de Pisa por defenderse de florentines, con quien traian guerra, ofrecia darse por vasallos ó meterse debajo de la proteccion del rey Católico, como él mas quisiese. Lo mismo pretendia la ciudad de Arezo en Toscana por salir de sujecion de florentines; y aun por este tiempo el señor de Pomblin se puso y fué recebido en la proteccion de España; ciudad, aunque pequeña, importante, llave y escala para la defensa del reino. Finalmente Pandolfo de Petrucis, por sí y por Sena, su ciudad, y Pablo Ballon, por sí y por Perusa, movieron los mismos tratos. Hasta de Milan se le ofrecieron seiscientos ciudadanos della de ayudar y servir, si quisiese conquistar aquel estado y hacer guerra en Lombardía. Pero todas estas pláticas se atajaron con la tregua que los embajadores Gralla y Antonio Augustino asentaron en Francia por espacio de tres años, en que se comprehendia el reino de Nápoles. Juróla el rey Católico en la Mejorada, do estaba por fin de enero.

Asentóse, entre otras cosas, que la dicha tregua se pre

gonase en Nápoles á los 25 de febrero; no se hizo em

pero á causa que el Gran Capitan quiso se notificase

primero á los que quedaban rebeldes. El príncipe de

Rosano no la quiso aceptar; antes porque el comendador Solís, sabido el asiento, aflojó en el cerco de Ro

sano, él se fué con su gente á poner sobre Cherintia, en que hizo daños y robos. Luis de Arsi, sin embargo que aceptó la tregua, robó los ganados de Andria y Barleta y tomó los prisioneros que pudo. Pretendian los nuestros que conforme á las capitulaciones de la tregua se podia tomar emienda de los barones que de nuevo hiciesen algun exceso; así, apretaron al uno y al otro y tomaron á Venosa con su castillo con facilidad á causa que Luis de Arsiles dejó poco recado cuando pocos dias antes determinó retirarse á Trani y de allí por mará Francia; lo cual hizo con sus soldados, banderas tendidas y á son de sus cajas y pífanos para muestra de braveza. Quedaban con esto por Francia solos seis pueblos en aquel reino, todos apartados de la marina. El rey de Francia pretendia que todo lo que tomaron los españoles despues del dia señalado para pregonar la tregua se debia volver como lugares mal ganados, y sospechaba que la dilacion del pregon se hiciera con malicia, y que no era razon les valiese; en conclusion, se tenia por cosa cierta que en todas maneras no guardaria la tregua, y que solo pretendia entretenerá los contrarios para tomallos desapercebidos. Todo se podia muy bien presumir á causa que al mismo tiempo que se tomó aquel concierto nombró por su general en Italia á Juan Jacobo Trivulcio, persona que ninguna cosa menos deseaba que la concordia. Esperábanse cinco mil suizos y quinientas lanzas que traian de Francia el de Aubeni y el de Alegre. El marqués de Mantua y el duque de Ferrara alistaban toda la gente italiana que podian. El Gran Capitan en esta sazon se hallaba muy aquejado de una dolencia que le puso á punto de muerte. Con esto y con la nueva que se tornó á divulgar de la restitucion del rey don Fadrique, y aun se decia que el Papa pretendia viniese por general del campo francés, se dió ocasion á largos discursos en materia de estado y revoluciones; y brotaron no pocos disgustos que muchos tenian contra el Gran Capitan en sus pechos cubiertos, particularmente los coloneses se dejaron decir palabras y razones descompuestas; pero todo se sosegó ó reprimió con la mejoría que tuvo el Gran Capitan, con que atendió luego á hacer todas las provisiones que pudo y le parecieron necesarias para la guerra, que á juicio de todos muy brava amenazaba á aquel reino, donde, y por toda Italia y España se padeció grande hambre; y á 5 de abril, que fué viérnes Santo, hobo en Castilla y Andalucía grandes temblores de tierra, que hicieron notable estrago en los edificios; la mayor fuerza destos daños cargó en algunos pueblos que están ribera de Guadalquivir. De Lisboa partió para la India con una gruesa armada Lope Suarez Alvarenga para llevar adelante aquella navegacion y trato. Este mismo año el rey Católico hizo su mayordomo mayor á don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, en lugar de don Enrique, tio que era del mismo Rey, y suegro del Marqués, donde

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