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la grandeza de su corazón se atrevió el primero de todos á costear con sus armadas las muy largas marinas de Áfrico, en que pasó Un adelante, que dejó abierta la puerta á los que le sucedieron para proseguir aquel intento hasta descubrir los postreros términos de levante , de que á la nación portuguesa resultó grande honra y no menor interés, como se notará en sus lugares. Los postreros hijos deste Rey se llamaron don Juan, y el menor de todos don Fernando. En este mismo año á Carlos VI, rey de Francia, se le alteró el juicio por un caso no pensado. Fue así, que cierta nocbe en París, al volver de palacio el condestable de Francia Oliverio Clison cierto caballero le acometió y le dio tantas heridas, que le dejó por muerto. Huyó luego el matador, por nombre Pedro Craon, recogióse á la tierra y amparo del duque de Bretaña. El Rey se encendió de tal suerte en ira y saña por aquel atrevimiento, que determinó ir en persona para tornar emienda del matador por lo que cometió, y del Duque porque, requerido de su parte le entregase, no quería venir en ello; bien que se excusaba que no tuvo parte ni arte en aquel delito y caso tan atroz. Púsose el Rey en camino y llegó á la ciudad de Maine. Salió de allí al hilo de medio día en los mayores calores del año; tal era el deseo que llevaba y la priesa. No anduvo media legua cuando de rcpenle puso mano & la espada furioso y fuera de sí; mató ádos, é hirió á otros algunos; finalmente, de cansado se desmayó y cayó del caballo. Volviéronle á la ciudad y con remedios que le hicieron tornó en su juicio; pero no de manera que sanase del todo, ca á tiempos se alteraba. Oeste accidente y de la incapacidad que quedó al Rey por esta causa resultaron grandes inconvenientes en Francia, por pretender muchos señores, deudos del mismo Rey y de los mas poderosos de aquel reino, apoderarse del gobierno, quien con buenas, quien con malas mañas. Juan Juvcnal, obispo de Beauvais, refiere que ninguna cosa le daba mas pena, cuando el juicio se le remontaba, que oír mentar el nombre de Inglaterra é ingleses, y que abominaba de las cruces rojas, divisa y como blasón de aquella nación; creo porque á los locos y á los que sueñan se les representan con mayor vehemencia las cosas y las personas que en sanidad y despiertos mas amaban ó aborrecían.

CAPITULO XVII.

De 1» in'guas qiio se asentaron entre Castilla ; Portugal.

La porfía y los desgustos de don Fadrique, duque de Denavente, ponia en cuidado á los de Castilla, en especial á los que asistían al gobierno. Deseaban aplacalle y ganalle, mas hallaban cerrados los caminos. El arzobispo de Toledo, como deseoso del bien común, sin excusar algún trabajo, se resolvió de ponerse segunda vez en camino para verse con el Duque. Confiaba que le doblegaría con su autoridad y con ofrecelle nuevos y' aventajados partidos. Vióse con él por principio del año , del Señor de 1393. Persuadióle se fuese despacio en lo del casamiento de Portugal; que esperase en lo que paraban las treguas, de que con mucho calor se trataba. No pudo acabar que deshiciese el campo ni que se fuese á la corte; excusábase con los muchos enemigos

que tenia en la corte, personajes principales y poderosos. Que no se podría asegurar hasta lauto que el Roy saliese de tutela, y no se gobernase al antojo de los quo tniiaii el gobierno; además que no estaría bien á persona de sus prendas andar en la corle como particular, sin poder, sin autoridad, sin acompañamiento. Partió con tanto el Arzobispo en sazón que la ciudad de Zamora segunda vez corrió peligro de venir en poder del duque de Benavente por inteligencias que con él traía el alcaide Villaizan de entregalle aquel castillo. Alborotóse la ciudad sobre el caso. Acudieron los arzobispos de Toledo y de Santiago y el maestre de Calatrava, quo atajaron el peligro y lo sosegaron todo. Dio el de Benavente con su gente vista á aquella ciudad, confiado que sus inteligencias y las promesas del Alcaide saldrían ciertas; mas como se hallase burlado, revolvió sobre Mayorga, villa del infante don Fernando, de cuyo castillo se apoderó por entrega del alcaide Juan Alonso de la Cerda que le tenia en su poder. Suelen á las veces los hombres faltar al deber por satisfacerse de sus parliculares desgustos. Juan Alonso se tenia por agraviado del rey don Juan, á causa que por su testamento le privó del oficio de mayordomo que tenia en la casa del Infante, que fue la ocasión de ;if]iicl desurden. El alcaide Villuizan otrosí estaba sentido que no le diesen el oficio de alguacil mayor que tuvo su padre en Zamora. Dieron traza para asegurar aquella ciudud con alguna muestra de blandura, que con retención de los gajes que antes tiraba Villaízan entregase el cnstillo á Gonzalo de Sanabria, vecino de Ledesma, hijo de aquel Metí Rodríguez de Sanabria que acompañó al rey don Pedrocuando salió de Montiel, y muerto el Rey,quedó preso. Pasó el rey don Enrique con esto su corte á Zamora, como á ciudad que cae cerca de Portugal, para desde allí tratar con mas calor y mayor comodidad de las treguas, en sazón que las fuerzas del duque de Bcnavetile por el mismo caso se enflaquecían de cada día mas, y muchos se le pasaban á la parte del Rey. Querían ganar por la mano antes que los de Castilla y de Portugal concertasen sus diferencias, sobre que andaban demandas y res-, puestas; el remate fue acordarse con las condiciones siguientes: que Sabugal y Miranda se entregasen á los portugueses, cuyas los tiempos pasados fueron; el rey de Castilla no ayudase en la pretensión que tenían de la corona de Portugal, ni á la reina doña Beatriz, ni á los infantes, sus tios, don Juan y Donis, arrestados en Castilla ; lo mismo hiciese el de Portugal sobre la misma querella con cualquier que pretendiese pertenecelle el reino de Castilla; á trueco por ambas parles se diese libertad á los prisioneros. Para seguridad de todo esto concertaron diesen al de Portugal en rehenes doce hijos de los señores de Castilla. Mudóse esta condición en que fuesen cada dos hijos de ciudadanos de seis ciudades, Sevilla, Córdoba, Toledo, Burgos, León y Zamora. Con tanto se pregonaron las treguas por término de quince años mediado el mes de mayo en Lisboa y en Burgos, do á la sazón los dos reyes se hallaban, con grande contento de ambas naciones. Estas capitulaciones parecían muy aventajadas para Portugal, menguadas y afrentosas para Castilla; prro es gran prudenqia acomodarse con los tiempo?, que en Castilla corrían

muy turbios y desgraciados, y llevar en paciencia la falta de reputación y desautoridad cuando es uecesario, es muy propio de grandes corazones.

CAPITULO XVIII.

De ¡a piision del arzobispo de Toledo.

La alegría que lodos comunmente en Castilla recibieron por el asiento que se tomó con Portugal, vencidas tantas dificultades y á cabo de tantas largas, se destempló en gran manera con la prisión que liicicro i en (apersona del arzobispo de Toledo. Purecia que unos males se encadenaban de otros, y que el íin de una revuelta era principio y víspera de otro daño. Hacia el Artobispo las partes del duque de Benavenle por la amistad y prendas que liabia entre los dos. Descuba olrosi que á Juan de Velasco, camarero del Rey, amigo y aliado de los dos, volviesen la parte de los gajes que por el testamento del rey dnn Juan le acortaron. No pudo salir coa su intento por muchas diligencias que hizo; acordó como despechado ausentarse de la corle. Recelábanse los demás gobernadores que esta su salida y enojo no fuese ocasión de nuevos alborotos, por su grande estado y ánimo resoluto que llevaba mal cualquiera demasía, y aun quería que todo pasase por su mano. Comunicáronse entre si y con el Rey; salió resuello de la consulla que le prendiesen, como lo hicieron dentro de palacio, juntamente con su amigo Juan de Yelasco. Era este caballero asaz poderoso en vasallos, y que poco ante con su mujer en dote adquirió la villa de Villalpando. Su padre se llamó Pedro Hernández de Velasco, de quien arriba se dijo que murió con otros muchos en d cerco de Lisboa, y el uno y el otro fueron troncos del mu; noble linaje en que la dignidad de condestable de Castilla se ha continuado por muchos años sin interrupción alguna hasta el día de hoy. Prendieron asimismo á don Pedro de Castilla, obispo de Osma, ya Juan, abad deFuselas, muy aliados del Arzobispo y participantes en el caso. Pareció exceso notable perder el respeto á tales personajes y eclesiásticos, si bien se cubrían de la apa del bien público, que suele ser ocasión de se hacer semejantes demasías. Pusieron entredicho en la ciudad de Zamora, do se hizo la prisión, en Patencia y en Salamanca. Quedaban por el mismo caso descomulgados, así el Rey como todos los señores que tuvieron parte en aquellas prisiones, si bien no duraron mucho, ca en breve los soltaron ú condición que diesen seguridad. El Arzobispo dio en rehenes cuatro deudos suyos, y puso en tercería las sus vi I las de Tala vera y Alcalá; nías sin embargo, se ausentó sentido del agravio. Juan de Velasco entregó el castillo de Soria, cuya tenencia tenia á su cargo. Acudieron asimismo al Papa por absolución de las censuras, que cometió á su nuncio' Domingo, obispo primero de San Ponce, y á la sazón de Albi en Francia; sobre lo cual le enderezó uo breve, que hoy día se halla entre las escrituras de la iglesia mayor de Toledo; su tenores el siguiente : «Lleno está de amar»gura mi corazón después que poco ha he sabido la » prisión y detención de las personas de nuestros vene•rables hermanos Pedro, arzobispo de Toledo, y Pe>(lro, obispo de Osma, y Juan, abad de Fuselas, que se

«hizo en la iglesia de Patencia por algunos tutores de «ilini Enrique, ilustre rey de Castilla y León, asi ecle-i nsiíisticos como seglares, y otros del su consejo y va» «salios y por mandamiento y consentimiento del misino «Rey. Es nuestro dolor y nuestra tristeza tan grande, «que no admite ningún consuelo, porque estando la «Iglesia santa de Dios en estos lastimosísimos tiempos »tan afligida y por muchas vias desconsolada y miscnrablemente dividida con la discordia del scisma, so»bre sus tantas heridas se hayaañadidouna tan grande » por el sobredicho Rey, su particular hijo y principal » defensor. Mas porque por parte del Rey se nos hadado «noticia que en la dicha prisión y detención que se bizo » por ciertas causas justas y razonables que concernían »al buen estado, seguridad, paz, quietud y provecho «del mismo Rey y su reino y vasallos, tenido primero «maduro acuerdo por los de su consejo y sus grandes, »no ha intervenido otro algún grave ó enorme exceso nacerca de las personas de los dichos presos, y quo «luego los mismosdende apoco tiempo fueron puestos »en libertad, de que plenariamente gozan; nos, tenien»do consideración á la tierna edad del Rey, y que ve«risímilmente la dicha prisión y detención no se hizo «tanto por su acuerdo como por los de su consejo, que» remos por estas causas habernos con él blandamente » en esta parle; y inclinado por sus ruegos cometemos » á vos, nuestro hermano, y mandamos que si el mismo «Rey con humildad lo pidiere, por vuestra autoridad «le absolváis en la forma acostumbrada de la senlen«cia de descomunión, que por las razones dichas en «cualquier manera haya incurrido por derecho ó seu«lencia de juez; y conforme á su culpa le impongáis «saludable penitencia, con toilo lo demás que contar» «me á derecho se debe observar, templando el rigor de «derecho con mansedumbre según que conforme á jus«tas y razonables causas vuestra discreción juzgare se «debe hacer. Queremos otrosí que por la misma auto»ridad le relajéis las demás penas, en que por las cau«sasya dichas hobierc en cualquier manera incurrido. » Dado en Aviñon á 29 de mayo en el año décimo quinto «de nuestro pontificado.» Recebido este despacho, el Rey, puestas las rodillas en tierra en el sagrario desunía Catalina en la iglesia mayor de Burgos, con toda muestra de humildad pidió la absolución. Juró en la forma acostumbrada obedecería en adelante á las leyes eclesiásticas, y satisfaría al arzobispo de Toledo con volvelle sus plazas; tras esto fue absuclto de ius censuras, dia viernes, á los 4 de julio. Halláronse presentes á lodo don Pedro de Castilla, obispo de Osma; Juan, obispo de Calahorra, y Lope, obispo de Mondoñedo, y Diego Hurtado de Mendoza, que sin embargo de los escándalos de Sevilla, ya era almirante del mar. Alzóse otrosí el entredicho; á esta alegría se allegó para que fuese mas colmada la reducción del duque de Benavent?, que á persuasión del arzobispo de Santiago que lo mandaba todo y por su buena traza vino en deshacer su campo, abrazar la paz y ponerse en las manos de su Rey. En recompensa del dote que le ofrecían en Portugal concertaron de contalle sesenta mil florines y que tuviese libertad de casar en cualquier reino y nación, como no fuese en aquel. Demás deslo, de las rentas reales le se¡¡alaron de acostamiento cierta suma de maravedís en los libros del Rey. Asentado esto, sin pedir alguna seguridad de su persona para mas obligar á sus émulos, vino ú Toro. Recibióle el Rey allí con muestras de amor y benignidad, y luego que se encargó del gobierno y le quitó á los que le tenían, le trató con el respeto que su nobleza y estado pedían. Desta manera se sosegó el reino, y apaciguadas las alteraciones que tenían á todos puestos en cuidado, una nueva y clara luz se comenzó á mostrar después de tantos nublados. Grunde reputaciou ganó el arzobispo de Santiago, todos á porfía alababan su buena maña y valor. Duróle poco tiempo esta gloria á causa que en breve el Rey salió déla tutela y se encargó del gobierno; el arzobispo de Toledo, su contendor, otrosí volvió á su antigua gracia y autoridad, con que no poco se menguó el poder y grandeza del de Sautiago. El pueblo, con la soltura de lengua que suele, pronosticaba esta mudanza debajo de cierta alegoría, disfrazados los nombres destos prelados y trocados en otros, como se dirá en otro lugar. Al rey de Navarra volvieron los ingleses ú Quereburg, plaza que tenían en Normandía en empeño de cierto dinero que le prestaron los años pasados. Encomendó la tenencia á Martin de Lacarra y su defensa, por estar rodeada de pueblos de franceses y gente de guerra derramada por aquella comarca. Las bodas de la reina de Sicilia y don Marlin de Aragón finalmente se efectuaron con licencia del rey de Aragón, lio del novio, y del papa Clemente, según que de suso se apuntó. Los varones de Sicilia con deseo de cosas nuevas, ó por desagradalles

aquel casamiento, continuaban con mas coloren sn* alborotos y en apoderarse por las armas de pueblos y castillos y gran parte de la isla. No tenían esperanza ríe sosególos y ganallos por buenos medios; acordaron da pasar en una armada que aprestaron para sujetar los alborotados aquellos reyes, y en su compañía su padre don Martin, duque de Momblanc. En la guerra, que fue dudosa y variable, intervinieron diversos trances. El principio fue próspero para los aragoneses; el remate, que prevalecieron los parciales liasta encerrar á los reyes en el castillo de C.itania y apretallos coa uu cerco que tuvieron sobre ellos. Don Bernardo de Cabrera, persona en aquella era de las mas señaladas en todo, acompañó á los reyes en aquella demanda; mas era vuelto á Aragón por estar nombrado por general de una armada que el rey don Juan de Aragón tenia aprestada para allanar á los sardos. Este caballero, sabido lo que en Sicilia pasaba, de su voluntad ó con el beneplácito de su Rey se resolvió de acudir al peligro. Juutó buen número de gente, catalanes, gascones, valoues; para llegar dinero para las pagas empeñó los pueblus que de sus padres y abuelos heredara. Hizose á la veja, aportó á Sicilia ya que las cosas estaban sin esperanza. Dióse tal maña, que en breve se trocó la fortuna de la guerra, ca en diversos encuentros desbarató á los contrarios, con que toda la isla se sosegó, y volvió mal su grado de muchos al señorío y obediencia de Aragón, en que basta el día de hoy ha continuado, y por lo que se puede conjeturar durará por largos años sin mudanza.

LIBRO DECIMONONO.

CAPITULO PRIMERO.

Cómo el n-y don Enrique le encargó del gobierna.

Reposaba algún tanto Castilla á cabo de tormentas tan bravas de alteraciones como padeció en tiempo pasado; parecía que calmaba el viento de las discordias y de las pasiones, ocasionadas en gran parte por ser muchos y poco conformes los que gobernaban. Para atajar estos inconvenientes y daños el Key se determinó de salir de tutela y encargarse él mismo del gobierno, si bien le faltaban dos meses para cumplir catorce años; edad legal y señalada para esto por su padre en su testamento. Mas daba tales muestras de su buen natural, que prometían, si la vida no le faltase, seria un gran principe, aventajado en prudencia y justicia con todo lo al. Demás que los señores y cortesanos le atizaban y daban priesa; la porfía de todos era igual, los intentos diferentes. Unos, cun acomodarse con los deseos de aquella tierna edad, pretendían granjear su pracia para adelantar sus particulares, los de sus deudos y aliados. Otros, cansados del gobierno presente, cuidaban

que lo venidero seria mas aventajado y mejor, pensamiento que las mas veces engaña. Por conclusión, el Rey se conformó con el consejo que le daban. A los primeros de agosto juntó los grandes y prelados en las Huelgas, monasterio cerca de Burgos, en que los reyes de Castilla acostumbraban á coronarse. Habló á los que presentes se hallaron, conforme á lo que el tiempo demandaba. Que él tomaba la gobernación del reino; rogaba á Dios y á sus santos fuese para su servicio, bien, prosperidad y contento de todos. A los que presentes estaban encargaba ayudasen con sus buenos consejos aquella su tierna edad y con su prudencia la encaminasen. Pero desde aquel día absolvía á los gobernadores de aquel cargo, y mandaba que las provisiones y cartas reales en adelante se robrasen con su sello. Acudieron todos con aplauso y muestras grandes de alegría, así el pueblo como los ricos hombres y señores que asistían á aquel auto, el nuncio del Papa, el duque de Benavente, el maestre de Calatrava y otros muchos. El arzobispo de Santiago, como quierque ejercitado en todo género de negocios, y los demás le reconocían por sos aventajadas partes, tomó la mano, y habló al Rey en esta forma: «No coa menos piedad y alegría hablaré agora, que poco antes en aquel sagrado aliar dije misa por vuestra salud y vida; confio que con el misino ánimo vos me oiréis. Este es el tercer año después que por el testamento de vuestro padre fuimos puestos por vuestros tutores y gobernadores del reino. Cuanto hayamos en esto aprovechado quédese á juicio de otros. Esto con verdad os podemos certificar que ningún tratejo ni peligro de nuestras vidas hemos excusado por esta causa, por el bien y pro común destos vuestros reinos. Rabiar de nuestras alabanzas es cosa penosa y ocasión de envidia; no puedo empero dejar de avisar como hasta ahora siempre hemos conservado la paz y el reino ha estado en sosiego, que es de estimar asaz en tanta variedad de pareceres y voluntades. En nuestro gobierno ni sangre ni muerte de alguno no se ha visto, cosa que se debe atribuir á milagro y á vuestra buena dicha y felicidad, que plegué á Dios sea así y se continúe en lo restante de vuestro reinado. Con los moros, enemigos perpetuos de la cristiandad, habiéndose rebelado para eximirse de vuestro imperio, hicimos nueva confederación. Aplacamos con treguas los ánimos feroces de los portugueses. Honramos como convenia y granjeamos con todas buenas obras y correspondencia á los franceses, ingleses y aragoneses. Oirá alguno que los pueblos están irritados y gastados con nuestras imposiciones. ¿Cómo puede ser esto, pues para aliviallos redujimos el alcabala á la mitad menos de lo que antes pagaban, es á saber, á razón de uno por veinte? Todo á propúsi to de acudir á las necesidades del pueblo y atajar sus quejas y disgustos. Así, muchos que se habían desterrada de sus tierras y desamparado sus haciendas por la violencia y crueldad de los alcabaleros, se hallan al presente en sus casas. Dirá otro que los tesoros y rentas reales están consumidas y acabadas. No lo podemos negar; pero de otra suerte ¿cómo se pagaran las deudas y las obligaciones que quedaban y se apaciguaran las alteraciones de la nobleza y del pueblo si no fuera con üacelles mercedes y acrecentalles sus gajes? Que si pareciere demasiado, ¿quién quita que no lo podáis todo reformar como pareciere mas expediente, asentadas las cosas de vuestro reino? Ningún pueblo hasta la menor aldea hallaréis enajenada; todo está tan entero como antes. De suerte que ninguna cosa falta para vuestra felicidad y para nuestra alegría sino lo que hoy se hace, que concluida tan larga navegación, llegados al puerto después de tantos peligros y á salvamento , caladas las velas y echadas anclas, muy de gana descansemos en vuestra prudencia y benignidad, seguros y ciertos que si en tanta diversidad de cosas algo se hobiere errado, sin que sea menester intercesor ni tercero, vos mismo lo perdonaréis. Esto también aumentará vuestra gloria, que hayáis tenido por tutores personas que con las mismas virtudes de templanza, prudencia y diligencia con que han hecho guerra á los vicios y llevado al cabo cosas tan grandes, podrán de aquí adelante sufrir la vida particular, su recogimiento y sosiego.» A estas razones respondió el Rey en poca« palabras: a De vuestros servicios, de

vuestra lealtad y prudencia todo el mundo da bastante testimonio. Yo mientras viviere no me olvidaré de lo mucho que os debo, antes estoy resuelto que como hasta aquí por vuestro consejo he gobernallo mi persona , así en lo de adelante ayudarme de vuestros avisos y prudencia en toilo lo que concierne al gobierno ile mi reino.» Concluido este auto, se trataron otros negocios. Muchos extranjeros pretendían las prebendas eclesiásticas destos reinos, tanto con mayor codicia y maña cuanto las rentas son mas gruesas. En las provisiones que dellas se hacían por el Pontífice no se tenia cuenta ó poca con los méritos, ciencia y bondad de los proveídos. Muchas veces y en diversos tiempos se trató en las Cortes de remediar este grave daño y de suplicar al Padre Santo no permitiese se continuase mas el desorden. Últimamente en las Cortes de Guadalajara, como se dijo de suso, se propuso y apretó con mayor cuidado este negocio de los extranjeros. Parecía cosa muy fea y cruel que desfrutasen las iglesias gente que ni ellos ni sus antepasados las ayudaron en cosa alguna ni las podrían ayudar. Continuaban, sin embargo, las provisiones de la manera que antes, ca los papas no llevaban bien que les atasen las manos. Los gobernadores del reino, visto esto, proveyeron los años pasados que se embargasen los frutos que poseían los extraños'. Por esta causa á instancia del Nuncio se trató en las Corles que para lu coronación del Rey se juntaran muy de propósito este punto. Hobo consultas diferentes, muchas demandas y respuestas sohro el caso. La resolución finalmente fue que los extraños no pedían razón en lo que pretendían, y que lo proveído se llevase afielante. Pero como quier que muchos cortesanos pretendiesen tener parte en los despojos y alcanzar del Papa aquellas y semejantes gracias, hicieron tal y tanta instancia para que no se ejecutase aquel decreto, que al fin por entonces fuá forzoso disimular. La edad del Rey era deleznable, y las negociaciones grandes en demasía. Todavía para resolver con mas acuerdo este punto de las extranjerías y otros negocios graves que instaban, acordaron se aplazasen de nuevo Cortes generales del reino para la villa de Madrid. Entre tanto que las Corles se juntaban, á instancia de Jos vizcaínos, que mucho lo deseaban, el nuevo Rey fue en persona á tomar la posesión del señorío de Vizcaya. Juntáronse los principales de aquel estado. Otorgóles que á ejemplo de Castilla, donde todavía se continuaba esta antigua y dañada costumbre, pudiesen decidir y concluir sus pleitos, que eran asaz, por las armas y desafío. Lo que hizo á este año muy señalado fue la navegación que de nuevo, á cabo do largo tiempo, se tornó á hacer á las Canarias. Armaron los vizcaínos, en que hicieron grande gasto, costearon con sus naves las marinas de España, alargáronse después al mar, descubrieron las Canarias, reconociéronlas todas, informáronse de sus nombres, de sus riquezas y frescura. Surgieron en Lanzarote y saltaron en tierra, vinieron á las manos con los isleños, prendieron al Rey, á la Reina y ciento y setenta de sus vasallos. Con tanto dieron la vuelta á España, cargados los bajeles, demás de los cautivos, de pieles cíe cabras y alguna cera, deque aquellas islas tienen abundau

cia, para muestra de los (rajes, de los frutos y fertilidad de la tierra y del útil que se podría sacar si continuasen las navegaciones, á propósito de sujetar aquellas islas á la corona de Castilla, como finalmente se hizo.

CAPITULO Ií.

De las Cortes de Madrid.

En este medio, conforme al orden que se dio, acudieron á Madrid y se juntaron los tres brazos, gran número de obispos, grandes y los procuradores de las ciudades. El Rey asimismo, asentadas las cosas de Vizcaya y pasados los calores del estio en la ciudad de Segovia por su mucba templanza, llegó á Madrid por el mes de noviembre. En la primera junta habló á los congregados en pocas razones esta sustancia. Después de loar á su padre y declarar el estado en que el reino se hallaba, dijo tenia muchos ejemplos y muy buenos de sus antepasados para gobernar bien sus estados. Que en su menor edad, si bien el reino se mantuvo en paz con los extraños, pero llegó á punto de perderse por las discordias y alteraciones de los naturales. Lo que por razón de los tiempos se estragó era razón concertallo con su autoridad y por el consejo de los que presentes se hallaban. En la traza de su gobierno se pretendía apartar de los caminos y inconvenientes en que sus buenos vasallos tropezaron, en especial pondría todo cuidado en que ni la ambición hallase entrada ni el dinero qué comprar. Sobre todo deseaba poner en su punto las leyes y dar toda autoridad á los tribunales que la libertad de los tiempos les quitaran. Las rentas reales estaban consumidas y acabadas; para remedio deste daño se podía tomar uno de dos caminos, imponer nuevos tributos en los pueblos ó revocar las donaciones que sus tutores hicieron con buen ánimo y forzados de la necesidad, mas en gran perjuicio de su patrimonio real; en todo empero pretendía usar de blandura y clemencia, ¿ que su edad y su condición mas le inclinaban que á rigor ni áseveridad. El razonamiento del Rey y sus concertadas razones agradaron asaz á los que presentes se hallaron» sí bien se dejaba entender que por su boca hablaban sus privados y cortesanos, los que en su nombre y por su mano lo gobernaban todo á su voluntad, no sin grave ofensión de los demás, como es ordinario que unos se mueven por envidia, otros por el menoscabo de la autoridad real. Los que mas cabida tenían y alcanzaban con el Rey eran tres: Juan Hurtado de Mendoza, mayordomo de la casa real, Diego López de Zúñiga, justicia mayor, y Ruy López Dávalos, su camarero mayor. Tenían entre sí conformidad, entre privados cosa semajante á milagro. Su mayor cuidado enfrenar la edad deleznable del Rey, mirar por el gobierno en común, y en particular amparar á los pequeños contra las demasías de los grandes. Preguntados los procuradores en qué manera se podría acudir al reparo de las rentas reales, dieron por respuesta que el pueblo estaba tan cargado de imposiciones y tan gastado por causa de las revueltas pasadas, que no podrían llevar se mentase de cargalles con nuevos tributos. Todavía les parecía que de las ventas y mercadurías se podría acudirá! Rey á razón de uno por veinte. Que seria todavía mas fácil y

hacedero reformar el gran número de compañías de soldados que por sus particulares los señores sustentaban y entretenían á costa del común; por lo menos les abajasen las pagas y sueldo conforme al que se daba en tiempo de los reyes pasados; lo mismo de las pensiones que los señores cobraban. Este medio pareció el mas acertado y mas fácil, demás que se reformaron y borraron de los libros del Rey las pensiones y acostamientos que en tiempo de la menor edad del Rey ó se concedieron de nuevo ó en gran parte se acrecentaron. Ofendiéronse muchos con esta determinación, que estaban mal acostumbrados al dinero del Rey, pero era la querella de secreto, que en lo público todos aprobaban el decreto. Hecho esto, se celebraron las bobas del Rey con su esposa la reina doña Catalina por haber llegado á edad de poderse casar legalmente; lo mismo se hizo en el casamiento del infante don Fernando con doña Leonor, condesa de Alburquerque, su esposa, concertado de antes, y no efectuado por las razones qae arribase tocaron. Las alegrías, como se puede entender, fueron muy grandes, con que las Cortes de Madrid se concluyeron y despidieron. El Rey al principio del año de 1394, por causa de la peste que comenzaba á picar en Madrid, se partió para Illescas, villa de buena comarca y de aires saludables, puesta entre Toledo y Madrid á la mitad del camino. Convidado el arzobispo de Toledo con la ocasión del lugar, que era suyo, fue á hacer reverencia al Rey, que le recibió muy bien, y á él fue fácil volver á la autoridad y cabida que antes tenia, por su buena gracia y maña en granjear la gracia de los principes y de los cortesanos. El arzobispo de Santiago, su gran contendor, llevó muy mal esta venida y privanza , en tanto grado, que con ocasión fingida, á lo que se decía, de su poca salud se salió de la corte y se fue á Hamusco, villa suya en Castilla la Vieja, mal enojado contra el Rey y contra el de Toledo, y aun resuelto de satisfacerse, si ocasión para ello se le presentase. Fueron estos dos prelados en aquella era los mas señalados del reino, dotados de prendas y partes aventajadas, ingenio, sagacidad, diligencia, bien que las trazas eran bien diferentes. Parece por la ocasión que el lugar nos presenta será bien declarar en breve sus condiciones y naturales. La nobleza, la edad, la elocuencia, la grandeza de ánimo eran casi iguales; los caminos por donde se enderezaban eran diferentes. El de Santiago usaba de caricias, astucia y liberalidad; el de Toledo se valia de su entereza, en que no tenia par, y de otras buenas mañas. El primero hacia placer y granjeaba la voluntad de los grandes; el otro se señalaba en gravedad y mesura y severidad. El uno daba, el otro tenia masque dar; aquel amparaba á los culpados y los defendía, el de Toledo quería que los ruines fuesen castigados. El uno era solícito, vigilante, favorecía á sus amigos, y á nadie negaba lo que estuviese en su mano; el otro ponía todo cuidado en la templanza, reformación y todo género de virtudes. Al uno punzaba el dolor por la iglesia de Toledo, que los años pasados le quitaron á tuerto y contra razón, como él se persuadía; al de Toledo acreditaba habella alcanzado sin pretensión ni trabajo; era respetado y temido de sus contrarios por su valor, y si bien diversas veces le armaron lazos y cayó eu sus manos, siempre se li

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