Imágenes de páginas
PDF
EPUB

y en el otro derecho está vedado á los clérigos hallarse en los espectáculos, c. Clerici, De la vida y honestidad de los clérigos, c. Non oportet de conse., d. v, auténtica de los santísimos obispos, párrafo Interdicimus colactae 2; y por nombre de espectáculos entenderse tambien la fiesta de los toros en nuestras leyes de Castilla se declara en la ley 57, tít. 5, p. 1, en la cual se veda á los obispos hallarse en los demás juegos, como en las fiestas de toros, porque es cosa indecente que aquellos cuyas almas y pensamientos han de estar ocupados en las cosas divinas y obras de piedad, los obispos por el oficio que tienen se deleiten en espectáculos vanos. Todo lo cual como sea así, no han faltado en este tiempo personas doctas y eruditas que afirman que el clérigo no cometerá pecado mortal, aun despues de la promulgacion de la dicha bula, por hallarse en las tales fiestas. Muévense por entender que la materia es liviana, pues no hay daño de tercero, á lo menos grande, ni menosprecio de Dios, por donde muchos del número y órden de los clérigos libremente lo hacen, aun siendo presbíteros, tolerándolo y disimulándolo los obispos, los cuales teólogos me parece á mí que quieren condecender con los apetitos de los hombres, cosa que siempre fué de grandísimo perjuicio; porque siendo el camino del cielo estrecho, estos con sus opiniones procuran ensancharle. Y que el precepto del Pontífice no sea de cosa ligera, antes gravísima, prueban las palabras de la bula y mandamiento que muestra el intento del Pontífice haber sido de obligar á los clérigos con aquella ley. Y lo que mas mueve, la pena de descomunion que se pone á los tales clérigos, dado que es mas verisímil que no se incurre ipso jure; pero hace que sea pecado mortal, quebrantar el precepto donde ella se pone, como lo siente Silvestro Eaccomunicatio 1.", n. 11, con otros. Pues es manifiesto que el que la tal ley quebrantase se hace digno de anatema, á lo cual no se puede allegar que sea descomulgado el que traspasa la ley, si no comete pecado mortal, por la cual sola causa viene á estar uno descomulgado. Pero porque los años siguientes Gregorio XIII templó en alguna parte la severidad de la dicha bula, promulgando otra de nuevo, parecióme conviniente referilla en este lugar.

CAPITULO XXIII. La bula de Gregorio.

«Gregorio, papa trece, para memoria de los que vendrán. Nuestro carísimo en Cristo hijo don Felipe, rey de las Españas, nos ha hecho informar que aunque Pio, papa quinto, nuestro predecesor, queriendo ocurrir álos peligros de los fieles, habia vedado por su constitucion á todos los príncipes cristianos y á las demás personas, so pena de descomunion y anatema y otras consuras y penas, que en sus lugares no permitiesen se ejercitasen ó hiciesen espectáculos de toros y de otras fieras y bestias ni se hallasen en ninguna manera en ollas, como mas á la larga en la dicha constitucion se oontiene; no obstante esto, el dicho rey don Felipe,

movido por el provecho que del tal correr de toros solia venir á sus reinos de España, nos hizo suplicar húmilmente nos dignásemos de proveer en todas las dichas cosas con benignidad apostólica; nosotros, inclinados por las suplicaciones del dicho rey don Felipe, que en esta parte húmilmente se nos hicieron, por las presentes con autoridad apostólica revocamos y quitamos las penas de descomunion, anatema y entredicho y otras eclesiásticas sentencias y censuras contenidas en la constitucion del dicho nuestro predecesor, y esto cuanto á los legos y los fieles soldados solamente, de cualquier órden militar, aunque tengan encomiendas ó beneficios de las dichas órdenes, contal que los dichos fieles soldados no sean ordenados de órden sacra, y que los juegos de toros no se hagan en dia de fiesta, no obstante lo que se ha dicho y todas las demás cosas que hagan en contrario; proveyendo empero aquellos á quien toca que por esta causa, en cuanto fuere posible, no se pueda seguir muerte de alguno. Dado en Roma, en San Pedro, debajo del anillo del Pescador, á 25 de agosto, 1575, de nuestro pontificado año cuarto.» En esta bula ninguna cosa determina de la calidad deste juego de los toros, si es lícito ó ilícito correr los de la naturaleza del mismo juego. De la bula de Pio V se ha de hacer el juicio: solamente se quitan las censuras puestas en la bula de antes, cuanto lo que toca á los legos y á los que son de las órdenes militares, con tal que no sean de órden sacro, de donde se puede colegir que las otras personas regulares ó que tienen órden sacro ó beneficio eclesiástico quedan subjectos á las tales censuras si no obedescieren á lo que por Pio V les está mandado: conviene á saber, los que permiten se corran toros donde tienen jurisdicion para vedallo, como son los obispos en los lugares subjectos á su jurisdicion temporal, ó si algunos abades, monesterios ó cabildos tienen algunos lugares con el mismo derecho, lo cual no sé si hasta ahora alguno lo haya considerado, que pues Pio V les manda que no permitan correr los toros, y Gregorio cuanto lo que toca á ellos no muda nada, no veo por qué razon se pueden librar de la anatema y de las otras penas, si ya no decimos que se excusan por entender que si ellos vedan el correr los toros, luego sus pueblos acudirán al Consejo real para que se les dé libertad que en los demás lugares se usa; pero si en su casa los hiciesen correr ó no lo vedasen, no sé cómo se puedan excusar en manera alguna. Tambien me parece muy digno de considerar que las censuras puestas por Pio V no se quitan absolutamente, aun cuanto á los legos, sino con dos condiciones: la una es que no se corran los toros en dias de fiesta y esto prudentemente, para que el pueblo, dejado el templo, no concurra al espectáculo, lo cual está antiguamente vedado por ley eclesiástica. Arriba se dijo; y Salbiano en el lib. vi De providentia, poco despues del principio con muchas palabras se queja hacerse en su tiempo al contrario: menospréciase, dice, el templo de Dios para que se concurra al teatro, la iglesia se vacia, el circo se hinche, dejamos á Cristo en el altar, para que adulterando con la vista impurísima, apacentemos los ojos con la fornicacion de las burlas torpes; pero deste prudente recato caemos en otro inconveniente, que los dias de fiesta se aumentan, porque ¿quién hay por lo menos del pueblo que no sequiera hallar presente aunque no le fuerce nadie? Cosa de grande perjuicio para la república, principalmente de los que no tienen otra hacienda sino sus manos, y cuya vida depende del trabajo de cada dia; y no es de provecho para la religion, pues á causa de haber tantas fiestas por el discurso del año, los labradores y oficiales casi están forzados á quebrantar muchas dellas por la necesidad de sustentar su familia. Pero este negocio pedia mas larga disputa y mayor cuidado de los obispos, para descargar el número de las fiestas, no diré por adulacion de los tiempos, como un senador entre los romanos dijo en semejante ocasion, pero á lo menos por necia ó demasiada piedad de algunos, augmentados en tanta manera. Porque si Séneca, como dice san Augustin en el lib. v. De la ciudad de Dios, cap. 11, hacia burla de los judíos, porque guardando el sábado, pasaban en ociosidad la séptima parte del año, no por ciertomenos, mucho mas en este tiempo sereiria de la piedad desordenada de algunos y el descuido de los obispos, pues holgamos mas de la cuarta parte del año. Sin duda, como dijo Cayo Lasio en semejante disputa en el senado, y lo refiere Cornelio Tácito en el lib. xn, si conforme á la benignidad debida á los dioses se hubiesen de hacer las gracias, ni aun todo el año bastaria para las procesiones y fiestas; y por tanto, es necesario dividir los dias sagrados y los de trabajo, en los cuales se honren las cosas divinas y no se impidan los negocios humanos. La otra condicion es que se provea en cuanto fuere posible no se siga muerte de alguno, de manera que de todo punto no parece se concede mas de lo que ser antes lícito algunos sentian, quitando el peligro poderse correr los toros, aun despues de la bula de Pio V (ansí lo dice Navarro en su Manual de confesores, cap. 15, núm. 18, y Juan Gutierrez en las Cuestiones canónicas, cap. 7, núm. 13), pues los torneos, que eran tenidos por ilícitos á causa del peligro, se dan por lícitos en la extravagante primera del mismo título. Mas si esta condicion, sea como fuere, se guarda, otros lo pueden juzgar; á nosotros no nos parece que se usa de alguna mayordiligencia para quitar el peligro que veinte años ha, cuando por el dicho peligro fué este juego reprobado por Pio V como sangriento y torpe y ajeno de la piedad cristiana, por donde las censuras, no guardándose la condicion, la misma fuerza que antes tienen: ansí lo entiendo yo. De los clérigos que se hallan presentes no se dice cosa alguna: conviene á saber, la bula de Pio V tambien en esta parte queda en su vigor y fuerza; y porque algunas personas doctas creian que podian hallarse libremente, y como por la autoridad destos muchos clérigos de buena gana iban y se hallaban en estas fiestas, Sixto V, por nueva bula suya, quebrantó el atrevimiento de los unos y la libertad de opinar de los otros, cuya copia me pareció poner aquí.

CAPITULO XXIV. La bula de Sixto V sobre los toros.

«Al venerable hermano, obispo de Salamanca, Sixto, papa quinto. Venerable hermano, salud y apostólicaben. dicion. Poco ha que vino á nuestra noticia que despues que la dichosa memoria de Pio, papa quinto, nuestro predecesor, por su constitucion que habia de valer perpetuamente habia vedado los espectáculos y juegos de toros; y asíá los legos como á los clérigos, seglares y de cualquier órdenes regulares, habia vedado debajo de ciertas penas en ellas contenidas que no se hallasen presentes á los dichos espectáculos y juegos; y des. pues la pia memoria de Gregorio, papa décimotercero, tambien nuestro predecesor, por ciertas letras suyas hechas en este propósito habia declarado que h dicha constitucion y penas en ella contenidas comprehendia á los clérigos, así seculares como regulares, pero no á los legos y caballeros de cualquier órden militar que no fuesen de órden sacro, como en la dicha constitucion y letras mas largamente se contiene; algunos de la universidad del estudio general de Salamanca, catedráticos, ansí de la sagrada teología como del derecho civil, no solo no tienen vergüenza de mostrarse presentes en las dichas fiestas de toros y espectáculos, sino que afirman tambien y enseñan públicamente en sus lecciones que los clérigos de órden sacro, por hallarse presentes á las dichas fiestas espectáculos contra la dicha prohibicion, no incurren en algun pecado, mas lícitamente pueden estar presentes; por donde muchos clérigos de tu diócesis, contra la dicha constitucion y letras, aunque por tísobre la guarda dellas por editos han sido amonestados, requeridos y compelidos, con todo eso no dejan de asis. tirá los dichos juegos; nos, para que los mandatos de los pontífices romanos, como es justo inviolablemente se observen, queriendo proveer, te damos libre poder y autoridad, aun como nuestro legado y de la Sede Apostólica, para que, así á los dichos maestros, para que no enseñen ni afirmen alguna cosa contra la dicha constitucion y letras, como á cualesquier clérigos comprehendidos en las dichas letras de Gregorio, muestro predecesor, para que no se atrevan ópresuman de hallarse presentes en alguna manera á los dichos juegos, fiestas y espectáculos, puedas amonestárselo por autoridad apostólica y mandárselo; y demás desto, contra losinobedientes, de cualquier calidad que fueren, habiéndolos citado primero, si fuere menester, por edito públo co, y sentenciando sumaria y extrajudicialmente sobre la venida no segura, de proceder para que obedezcan, por sentencias y censuras eclesiásticas, tambien por penas pecuniarias en autoridad de moderallas y aplico llas, y para la declaracion y ejecucion de usar de todo los remedios necesarios y oportunos; y todo lo que oro denares y mandares ejecutarlo y hacerlo ejecutar, ho ta que de todo puncto seas obedescido, pospuesta todo apelacion, recurso y reclamacion, invocando tambio, si para esto fuere necesario, la ayuda del brazo sego

no obstantes las constituciones y ordenaciones apostóli

cas y los estatutos de la dicha universidad y costumbres, aunque sean guardadas pacíficamente de tiempo inmemorial y con juramento, confirmacion apostólica ó cualquier otra firmeza fortalecidos, privilegios tambien, indultos y letras apostólicas concedidas contra lo que está dicho, aprobados y renovados, á los cuales todos y cada uno, dado que dellos y de sus tenores, especial, específica, expresa, particular, y no por cláusulas generales que importen lo mismo, se hubiese de hacer mencion ó guardarse para esto alguna otra forma; quedando en lo demás en su fuerza, por esta vez solamente especial y expresamente derogamos, y á todos los demás contrarios, cualesquier que sean; ó siá los dichos maestros, lectores ó profesores, ó á cualesquier otros comunó en particular de la Sede Apostólica fuere concedido que no puedan ser entredichos, suspensos ó descomulgados por letras apostólicas, que no hagan llena y expresa y palabra por palabra del tal indulto mencion. Dado en Roma, en San Pedro, debajo del anillo del Pescador, á 14 de abril, 1586, de nuestro pontificado año primero.» Con esta constitucionapostólica ó declaracion está conforme el decreto veinte y seis de la acciontercera en el Concilio toledano que se celebró año del Señor de 1586, en el cual se manda que los clérigos de órden sacro no se hallen en estos juegos; y si hicieren lo contrario, sean castigados á juicio del ordinario; pero en la una ni en la otra parte se determinó alguna cosa de la gravedad del pecado si seria mortal ó solo venial hallarse los clérigos en las tales fiestas. Pero en las leyes apenas en algun lugar se declara la gravedad del pecado en que incurren los que las quebrantan. De la gravedad de las palabras ó de las penas que se ponen lo conjeturamos. Cierto, si no fuera por cosa grave y de grande momento, no creo que los pontífices pusieran tanto cuidado poniendo pena de descomunion y mandando que los trasgresores sean castigados si fuere menester por censuras, dando á un obispo en España autoridad de legado para ello. Dirás que los tales afrentan el sagrado órden de los clérigos gravemente, y por tanto son dignos de grave castigo; pero de la tal afrenta y fealdad con razon otro colegir puede no cometerse pecado ligero, quebrantando las dichas leyes, sino grave y digno de ser castigado con muerte eterna. Y por concluir, ¿quién se podrá persuadir que el Pontífice por un pecado venial se pusieseá hacer una bula ó breve con tan severas palabras y con tanto acuerdo como se ha visto?

CAPITULO XXV. Conclusion de la obra.

Confirmado hemos por cuanto la flaqueza de nuestro ingenio y erudicion pequeña han podido, los juegos públicos que se llaman espectáculos, cazas de fieras y representaciones de faranduleros traen gran daño á las costumbres del pueblo y grave afrenta á la religion cristiana que profesamos; que se deben quitar de la

república las casas públicas donde las mujeres, perdida la vergüenza, ejercitan su torpe y miserable ganancia; en la cual disputa, como hayamos dicho muchas cosas, y aunque por ventura mas de lo que convenia, siento empero que conforme á la grandeza del argumento, á la muchedumbre de cosas y á la gravedad y importancia deste mal, haberse dicho poco, y muchas cosas de necesidad haberse dejado por no cargar al lector, si alguno acaso leyere estos papeles, con la muchedumbre y largura dellos. Reprobamos pues todo el aparato del teatro, las artes de los faranduleros y su torpeza; afirmamos ser ilícito correr toros, feo y cruel espectáculo; juzgamos que las rameras se deben desterrar como peste de la tierna edad. Este es nuestro juicio y parecer, y este será para siempre; así que, con tan altas voces como puedo, digo y pronuncio: Afuera torpezas y arentas, corrupciones de las costumbres se aparten, no tengamos que ver con el teatro, no con el circo, no con la fealdad del burdel, gente engendrada para santidad con tantas ayudas enderezada y encaminada á toda la virtud; revienten cuanto quisieren todos los que pretendiendo agradar al pueblo quieren que se les concedan estos y semejantes deleites, enducidos por argumentos ineficaces y vanos, conviene á saber, que el deseo del deleite, plantado en la misma naturaleza, por haber sido concebidos con deleite y criados con deleites, que se debe engañar con los juegos públicos, para que no deslicen á cosas peores; evitarse el ocio, muy á propósito para sembrar rumores y despertar riñas y alborotos; las pesadumbres continuas y graves á que está sujeta toda la vida con esta como salsa aliviarse en alguna parte; en conclusion, dicen que hemos de desear el mejor y mas sano partido, pero tolerar lo que no se puede remediar siendo tan grave la maldad de los hombres y la corrupcion de las costumbres; no carecer de peligro querer alterar los ejercicios y costumbres antiguamente recebidas y irritar al pueblo, principalmente con pequeña esperanza de provecho. Esto es lo que dicen en suma; pero nosotros no juzgamos que todo deleite se debe quitar al pueblo, sino el dañoso y feo, subjeto á muchos y grandes inconvenientes, sin el cual ciertamente muchas ciudades y provincias antiguamente se mantuvieron y al presente gozan de muchos bienes; y por lo menos todo el pueblo cristiano en los primeros tiempos, y aun los judíos antiguamente carecieron de espectáculos, circo y teatro y de toda esta torpeza loablemente, ni por eso tuvieron al pueblo menos obediente y subjeto; y lo que es mas, la misma Roma por mas de docientos años ni recibió farsantes, ni hizo otros espectáculos, en el cual tiempo dentro y fuera tuvo muy grande fuerza, y con virtud invencible echaba los cimientos del imperio con el cual ocupó la redondez de la tierra. La abundancia de los deleites debilitó, enflaqueció despues su vigor y arrimo, y al fin le apagó del todo. Pues¿cómo podemos creer que puedan poner remedio á los daños públicos los deleites, ejercicios por medio de los cuales se ha caido en tantos males? Pudiérase sin duda pedir al pueblo cristiano que se mostrase no ser indignos de la profesion que hacen, y que desechada toda torpeza, buscasen otros muy diferentes placeres, otros espectáculos. Lo cual declara Tertuliano elegantemente al fin del libro De los cspectáculos por estas palabras: Querria me digas: ¿no podemos vivir sin deleite los que debemos morir con deleite? Porque ¿qué otro es nuestro deseo que el del Apóstol, salir del siglo y ser recibidos al Señor? Allí está el deleite donde está el deseo; que si todavía piensas tener en esta vida necesidad de deleites, ¿por qué eres tan ingrato que no te bastan, y no reconoces tantos y tales deleites como tenemos de Dios? Porque ¿qué cosa mas deleitable que la reconciliacion de Dios Padre y del Señor, que el descubrimiento de la verdad, que el reconocimiento de los yerros, que el perdon de tantos pecados antes cometidos? Qué mayor deleite que el hastío del mismo deleite, que el mismo precio de todo el siglo, que la verdadera libertad, que la conciencia entera, que tener lo que basta para la vida, que no tener ningun temor de la muerte, que huellas los dioses de las naciones, que expeles los demonios, que sanas las enfermedades, que pides revelaciones, que vives á Dios? Estos son los deleites, estos los espectáculos de los cristianos, santos, perpetuos, graciosos; en estos puedes entender para tí los juegos circenses. Mira los cursos del siglo, cuenta los tiempos que resbalan, espera el término de la consumacion, defiende las compañías de las iglesias, despierta á la señal de Dios, y levántate á la trompeta del ángel, gloríate con las palmas de los mártires. Si te deleitan las artes escémicas y su doctrina, hartas letras tenemos, hartos versos, hartas sentencias, hartas canciones, hartas voces, no fábulas, sino verdades, ni burlas compuestas, sino simplicidades. ¿Quieres tambien peleas y luchas? A mano las hay, no pequeñas, sino muchas; mira la deshonestidad derribada de la castidad, la perfidia muerta por la fe, la crueldad abatida por la misericordia, la desvergüenza asombrada por la modestia. Tales peleas hay entre nosotros, en las cuales somos coronados. ¿Quieres por ventura tambien alguna sangre? Tienes la de Cristo. Y cuál espectáculo es el del advenimiento del Señor, que sin dubda ya está cerca, digo del Señor, ya glorioso y triunfante Cuál aquella alegría de los ángeles, cuál la gloria de los sanctos resucitados, cuál despues el reino de los justos, cuál la ciudad nueva de Jerusalem! Mas aun restan otros espectáculos; aquel último y perpetuo dia del juicio, aquel no esperado de las gentes, aquel no mofado, cuando tan grande vejez del siglo y tantos nacimientos suyos con un fuego serán anegados. ¿Cuál será entonces la anchura del espectáculo?¿De qué me maravillaré, de qué mereiré, dónde me gozaré y exultaré mirando tantos y tantos reyes que se decia estar en el cielo con el mismo Júpiter y con sus mismos testigos gimiendo en profundas tinieblas? Hasta aquí son palabras de Tertuliano, con las cuales, y con otras muchas que prosigue, pretende persuadir deberse contentar los cristianos con los deleites espirituales que de la contemplacion y gusto de

las cosas divinas y de la vista de la naturaleza provienen muy abundantes; lo cual pues hemos en grande parte pedido, y porque no parezcamos demasiadamente severos y regurosos, y alguno no porfie que nuestras costumbres no sufren el rigor de la disciplina antigua, será justo dar al pueblo otros deleites, pero no sucios ni perjudiciales. Ejercítense los caballeros en hacer justas y torneos ápié y á caballo; los mozos corriendo, luchando, tirando; y haya joyas para los que vencieren; y para que el ejercicio se haga con mas calor,jueguen á las cañas, tirándose unos á otros con cierta ma. nera de pelea morisca las cañas ó alguna otra cosa en lugar de dardos, repartidos en cuadrillas de la manera que se suele hacer en España, los cuales ejerci. cios todos son como imitaciones y sombras de la guerra, muy á propósito para ejercitar las fuerzas del cuerpo y hacerse diestros. Y no será menos provechoso jugar con las ballestas ó con los arcabuces al blanco con premio propuesto del público, ó en particular, para el que primero acertare, lo cual sabemos se hace en otras naciones con gran cuidado y aprovechamiento. Añídanse las danzas á la manera de España, los bailes con los movimientos de los piés, siguiendo el son de la flauta ó istrumento que se tañe; añádase todo lo demás que por humana sagacidad ó industria se pudiere inventar para deleitar al pueblo; solo se huya la torpen y crueldad como conviene á las costumbres cristianas; no haya cosa sucia que despierte el calor de la lujuria, no cruel que sea ajena de la piedad cristiana. Pero bien sé la porfía y obstinacion; de los malos nunca alcanzarémos que, dejada la torpeza, sigan los consejos mejores y avisos saludables. Con las tinieblas de los ticios están ciegos y llenos de oscuridad; mas fácilmente beberán ponzoña que obedezcan á los cuales enseñan lo que mejor será. Pues ¿perderémos por ventura el tribajo? En ninguna manera; porque si no pudiésemos retener á los tales que no corran á la muerte con grande ímpetu y reducillos del error al verdadero camino, de las tinieblas á la luz, porque han atapado sus orejas, conformarémos á otros, los cuales no están tan arraigados en el mal para que no se dén tanto y con tanta sed á procurar deleites, y no ensucien con sucios epectáculos y feos las ánimas que crió Dios para ser santas, ni á sabiendas muden en eternos tormentos la inmortalidad que tiene Dios aparejada para los verdi" deros amadores y siguidores de la verdad; lo cual sis cediere, que algunos á lo menos, despertados con nuestro trabajo, se hagan mas avisados y recatados en esla parte, no pensarémos haber trabajado en vano.

CAPITULO XXVI. El estado de las cosas de España.

Dado que esta disputa estaba acabada, paresciómo como por añadidura al fin della reprehender los vicio de nuestra nacion y su negligencia grande, y anuncia las desventuras que están aparejadas si no mudaren lo costumbres y vida, por ver si en alguna manera pudo

semos despertallos del sueño en que profundamente

duermen, reducillos delfuror á sanidad, y á la vida de la muerte, á la cual arrebatadamente corren. Cuántas sean y hayan sido las virtudes de nuestra nacion no es necesario relatarlo por menudo. Los estudios de la sabiduría y de la erudicion, comenzados con mas fervor que antes en tiempo de nuestros abuelos, florecen de manera, que en ninguna parte del mundo hay mayores premios para la virtud y para las letras. El cuidado de la justicia cuán grande Los mayores con los menores, y con estos los medianos, tienen trabados con cierta igualdad y compañía los magistrados, armados con leyes y autoridad. En la constancia de la religion católica, en el tiempo que entre las otras naciones todas las cosas sagradas se alteran á casa paso, nos señalamos entre todos. Entre nosotros florece el consejo; en las otras provincias nuestras armas han penetrado grande parte del mundo. Grande é invencible es el ánimo de nuestra gente; los cuerpos con la manera de vida áspera y por beneficio de la naturaleza son sufridores de trabajo y de hambre, con las cuales virtudes se han vencido grandes dificultades por mar y por tierra, y despues á lo menos de haber juntado con lo demás á Portugal, terminado el imperio con los mesmos fines de la redondez de la tierra, lo cual rogamos á Dios y á todos los sanctos que están en el cielo sea para mayor felicidad y perpetuo. Pero muchas cosas hacen temer no hayamos de caer en un momento desta cumbre de bienandanza, que plegue á Dios no sea así. Primeramente no ignoramos cuán grande sea la inconstancia de las cosas humanas; ya con su peso y grandeza trabaja España y se va á tierra. Tales son las mudanzas de las cosas humanas; somos afligidos con la mudanza de la fortuna ó de fuerza mas alta; en breve momento se muda el imperio en servidumbre, y en desventura la felicidad, y es negado á las cosas muy altas que permanezcan mucho tiempo. Demás desto, la envidia que las otras naciones nos tienen es grande, nacida ciertamente de la grandeza del imperio y poder, muy cierto compañero de la grandeza y majestad; pero, si es lícito decir la verdad, aumentada grandemente por la avaricia de los que gobiernan y por la aspereza de las costumbres de los nuestros y de su arrogancia. Puédese temer que estandonosotros descuidados, y ninguna cosa menos pensando, los de cerca y los deléjos, principalmente ofrecida ocasion, se alcen para sacudir el yugo, que ellos tienen por tiranía mas pesada que la misma muerte. Grandes son estos peligros; ¿quién lo niega? quién no lo ve? pero lo que yo mas temo es á los vicios y torpezas (los cuales como hecho un escuadron han conspirado) que no acarreen la muerte á los mismos que los siguen. Sabemos que muchas veces reinos muy floridos han perdido en paz las riquezas ganadas en guerra, y que muchas veces ha sido cosa mas fácil á los grandes príncipes vencer los enemigos en guerra que mantener y gobernar en paz la república. Creo porque en el peligro se despierta la industria; en tiempo de paz reina el ocio y con él sus compañeros, la corbardía, deshonesti

dad, injuria, avaricia. ¿Qué, dirá alguno, juzgas por ventura que la guerra se ha de anteponer á la paz? Serás enemigo del género humano y de todo puncto contrario; porque ¿qué cosa hay mas mala que la guerra, y mas alegre que la paz? Con la paz florecen los campos y se visten de hermosura; adórnanse las ciudades, ejercítanse las artes todas, con las cuales la vida humana se arrea y hermosea; por el contrario, todo lo asuela la guerra, quema los sembrados y árboles, saquéanse las ciudades, los moradores son ahuyentados, muertos y presos, y resulta la destruicion de toda la provincia. Nunca yo seré tan falto de juicio que tenga por mejor la guerra que la paz, pues sé que la guerra entonces se hace como conviene cuando se endereza á la paz, y que no se ha de buscar en la paz la guerra, sino al contrario, ni hay cosa mas excelente que la compañía agradable y fraterna caridad entre los hombres, á la cualla naturaleza desde nuestro nacimiento nos inclina. Lo que pretendo es que los peligros son menores en el tiempo que dura la guerra que despues de fundada la paz. Muy gran valor es vencer los enemigos con armas, pero cosa de mayor prudencia desterrar y ahuyentarlos vicios en tiempo de paz. El imperio por cierto de los persas, la grandeza de los griegos y de los romanos, el ocio, la paz, el descuido los destruyeron; los cuales habian ilustrado y dilatado sin término las armas, principalmente los romanos, despues que fueron por Aníbal maltratados y reducidos á punto de perderse. Pasado el peligro, hechos mas fuertes, pusieron el yugo á gran parte del mundo como antes apenas hubiesen salido de Italia. El valor de los griegos no se conoció mucho antes de la pelea Leutrica; pero habiendo ganado aquella jornada de los persas, no pararon hasta haber subido primero las tierras cercanas, despues toda la Asia, en tiempo de Filipo y de Alejandro, reyes de Macedonia. Es así, que la cobardía con la adversidad queda postrada; la industria y valor crecen con el peligro, y con el ocio se deshacen; porque el miedo hace á los hombres mas recatados, reprime los malos deseos y la lujuria, enfrena el avaricia, y lo que es mas excelente es una grande atadura de la compañía y amor entre los ciudadanos; lo cual todo lo contrario destruye el ocio, porque con no trabajar se manca el cuerpo con los deleites, el ánimo dándose á convites, juegos y deshonestidades. En el reino de la lujuria, ¿qué lugar puede tener la vergüenza? Robos, latrocinios, muertes se ejercitan cada uno no teniendo algun cuidado de la república y del peligro comun; tratan solamente de augmentar sus haciendas y de sus particulares intereses, conviene á saber, para que no falte con qué servir á la gula y al vientre, cuyos esclavos se han hecho de tal manera, que no dejan pasar punto ni hora sin ocuparse en deleites y torpezas. Pero no era nuestro intento en este lugar tratar de cosa tan grave. Deseamos, cierto, que haya sosiego en la república, porque ¿qué cosa hay mas amable que el nombre de paz? pero de tal manera, que no se afloje punto la industria, cuidado y virtudes que reinan en tiempo de guerra, que en la paz nos aperci

« AnteriorContinuar »