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ces uno de los mas ardientes enemigos del género humano, pues no hay cosa mas terrible que la guerra, que abrasa, saquea y devasta campos, pueblos y ciudades; nada mas apreciable que la paz, merced á la cual se embellecen las ciudades y florecen todas las artes útiles, todas las que sirven para el recreo y el ornato de la vida. No estoy tan destituido de razon que pueda preferir la guerra á la paz, sabiendo, como sé, que solo se hace con razon la guerra cuando tiene esa misma paz por objeto, y sé que se ha de buscar, no la guerra en la paz, sino la paz en la guerra; mas digo sí y sostengo que no puede ser duradera la paz interior sino medimos nuestras armas con los extranjeros, teniendo, como hemos de tener, siempre para ello una causa justa y razonable. No debemos consentir nunca en que el soldado languidezca en la inaccion; debemos antes querer que se procure, ya por tierra, ya por mar, pingües despojos, caigaderebato sobre la frontera de otros pueblos y saquee las ciudades, principalmente la de los impíos, á fin de que enriquecido con el botin, no exija crecidos sueldos ni recompensa alguna, persuadido de que están ya suficientemente pagados sus trabajos y se dé por satisfecho con que al concluir el tiempo de servicio pueda colgar de algun templo sus armas y tenga de qué sustentar su vida con honradez y con decencia. Lo primero que ha de procurar el príncipe es que la guerra halle en sí misma su alimento. No por otro motivo el cónsul Catonal venir por primera vez á España mandó la armada á Francia y prohibió que le siguieran sus soldados estipendiarios. Propúsose, en primer lugar, que no teniendo sus soldados la esperanza de poder regresará su patria sino vencedores, peleasen con mayor esfuerzo por la salud y la dignidad de la república; en segundo lugar, que viviesen del botin del enemigo, pues podian vivir de él si no eran cobardes y como tales indignos de la vida y del nombre romano. Y no salieron por cierto fallidas sus esperanzas, pues, gracias á esta medida, desplegaron sus soldados en aquella guerra la mayor actividad posible. Creo además, no solo que se ha de conceder, sino que se ha de mandar á los súbditos que mantengan armas y caballos á proporcion de su renta y su fortuna; creo que se les ha de obligar á que ejerciten las artes de la guerra, á que, bien á pié, bien á caballo, peleen entre sí y se disputen el premio del salto, el tiro, la lucha y la carrera, tirando además al blanco, ya con dardos, ya con armas de fuego. Podria señalar premios públicos, trajes, piedras preciosas, anillos para el que acertare ó saliere vencedor en la pelea, y alcanzaria, á no dudarlo, grandes resultados. En el amor y en la destreza de los ciudadanos, no en los soldados mercenarios ni en servicios comprados, debe hacer consistir el príncipe la defensa de su dignidad y la conservacion de la salud del reino. Ejercitados ya en estos simulacros, creo que se les pueda hacer pasar á verdaderas luchas. Permiten nuestras leyes y era antes costumbre, sin que se sepa ahora el motivo por qué ha caido en desuso, que los particulares, reuniendo en comun sus fuerzas, armasen por su cuenta galeras y naves de ligeroporte, con que ejercian la piratería arrojándose feroces y formidables contra las playasha

bitadas por la gente impía. Cuando nuestros enemigos se permiten esa facultad y todos los años infestan sus piratas entrambos mares, cuando tan á menudo nos provocan, cuando nos están robando nuestras naves, ¿hemos de prohibir tan terminantemente á nuestros ciudadanos que hagan otro tanto con ellos? Sabemos que siglos atrás los catalanes, á pesar de ser una provincia corta, tuvieron con poderosas escuadras el imperio de los mares y aterraron y llevaron no pocas veces sus armas, no solo al Africa y á la Italia, sino tambien á remotísimas naciones. ¿Creemos acaso que se les ha agotado su amtiguo valor? ¿Hemos de consentir en que se extingan del todo condenándoles al ocio y á la falta de ejercicio? Permítase pues si no ya á cada hombre en particular, cuando menos á cada nacion y provincia de España, que defienda á sus expensas sus costas é invada cuando quiera las playas enemigas. De este modo cuando lo exija la necesidad y nos amenace la guerra, nos será mas fácil organizar con esas eseuadras provinciales una armada poderosa, gracias á la cual podamos abatir al enemigo y conquistarnos el imperio de la tierra. Este es nuestro parecer, parecer que tenemos ya formado hace muchos años, y que ojalá fuese tan bien recibido como hijo es de un ánimo sincero y de un deseo ardiente de ayudará la patria. Podrán disminuirse tambien los gastos de la guerra si se distribuyen con mas prudencia los honores que en España son tenidos en mayor aprecio. No se conceda la cruz de ninguna órden sino al que, cuando menos, haya trabajado dos años por la república, ya en el ejército, ya en la armada; oblíguese á los que la hayan recibido á pasar otro tanto tiempo en la milicia con un sueldo módico, que podria muy bien sacarse de las rentas de cualquiera de las órdenes. Concédanse premios militares á estos hombres segun exijan sus méritos y permitan las circunstancias; lo malo, lo perjudicial, lo que debemos evitará costa de cualquier sacrificio está en que las gracias inventadas y destinadas por nuestros antepasados para recompensar los trabajos de los conciudadanos vayan á parar precisamente en poder de cortesanos afeminados que no atacaron ni vieron nunca al enemigo. Sino bastan los honores ya creados, ¿porqué no hemos de crear otros para excitar el valor de nuestros hombres del pueblo como hizo Alfonso XI creando la órden de la Banda? Es la banda una cinta de color encarnado, ancha de cuatro dedos, que rodeaba el cuerpo, bajando desde el hombro derecho por debajo del brazo izquierdo; y no sé concedia la insigne honra de llevarla sino á los que por espacio de diez años, cuando menos, hubiesen servido, ya en los palacios, ya en los campamentos. Habia caido casi en desuso aquella órden de caballería, cuando Juan de Castilla, nieto de Alfonso, inventó otra distincion, que consistia en una paloma pendiente de un collar de oro para estimular, ya á

los palaciegos, ya á los grandes, á nobles y preclaros

hechos. Pero hay aun mas, ¿por qué no se habian de confiar ciertos empleos civiles, principalmente cuando no se requiere mucha ciencia para su desempeño, á soldados de experiencia que no sirven ya para las fatigas de la guerra? Por qué no se les ha de conceder beneficios y

rentas eclesiásticas con beneplácito de los pontífices familias desgraciadas? Procúrese, por fin, que todos los romanos si los hay entre ellos muy notables por su pro ciudadanos estén persuadidos de que cuanto mas tra. bidad y por la severidad de sus costumbres? Por qué bajaren por la república tanto mas serán tenidos por nopidiéndolo ellos no se han de hacer tambien concesio- | bles, por ingenuos, no sirviéndoles nunca de obstáculo nes, en gracia á sus méritos, á sus deudos y parientes? | las faltas ni la infamia de sus antepasados para alcanzar

El honor y la esperanza son los que sustentan las ar los mas altos honores y elevarse á los mas altos puestos. tes militares, y suele ser tenaz el ánimo del hombre cuan No creo que se valiesen de otros medios los princido le inflaman grandes esperanzas.

pes españoles de otros tiempos para extender tanto su Considero tambien, y esto es lo mas importante, que imperio, á pesar de lo humilde de su erario y de lo cerdeben elegir los príncipes para el servicio de su palacio canas que estaban sus fronteras; ¿cómo de otro modo á los soldados mas esforzados y valientes, medio efica hubieran podido llevar sus armas vencedoras á otras císimo para excitar el arrojo de los ciudadanos y al naciones despues de haber arrojado de toda España á mismo tiempo oportunísimo para que los reyes, hablan los iulieles sarracenos ? Si los grandes ejércitos de modoy conversando frecuentemente con aquellos, pudie-, ros y africanos sucumbieron al valor de nuestros solsen adoctrinarse en las cosas de la milicia y hacerse dados, no debemos atribuirlo sino á que, animados insensiblemente hombres esforzados, arrogantes, ca

estos con la esperanza de alcanzar grandes premios, á paces de arrostrar y despreciar los peligros y la muer pesar de ser lodos hombres de bajo nacimiento, se arte. Me confirma en esta idea el ejemplo de David , de rojaban fieros y formidables como leones contra las aquel rey felicísimo y fuerte que las sagradas escritu cerradas columnas de los enemigos, y rompian las mas ras proponen como modelo y espejo de los mejores espantosas líneas de batalla, impelidos ardientemenprincipes. Escogió este rey los varones mas esforzados, te por el mismo desprecio de los peligros y el amor no solo para el gobierno de los pueblos, sino tambien para de su querida patria. Hé aquí cómo aun con escasas la administracion del culto; decreto, como atestiguan rentas vemos que se han llevado á cabo, así por mar las mismas escrituras, que los principales capitanes como por tierra, lan arriesgadas y vastísimas empredel ejército fuesen haciendo allernativamente y por sas. No contaban á la verdad los príncipes solo con su meses el servicio de palacio, sin que por esto dejasen dinero para hacer la guerra, contaban principalmente de estar encargados de una gran parte de las tropas rea con sus soldados voluntarios. Los barones, segun su les. Sabiduría verdaderamente admirable y prudencia

renta y su fortuna, les acompañaban al campo con ciersobrehumana. No es á la verdad de extrañar que hala to número de caballos; los concejos de las ciudades les gados así sus soldados, unciesen bajo su yugo muchas suministraban á sus expensas numerosas legiones de naciones, a pesar de ser tan cortas las rentas del Estado infantes. ¿Por qué en nuestros tiempos y ya en los de y tan estrechos los límites del reino; no es de extrañar nuestros padres ha debido alterarse una institucion taa que pudiese ya dejar el mismo David á su hijo Salomon oportuna y ventajosamente adoptada por nuestros prinun imperio que tuvo por fronteras la del Egipto , las cipes y pueblos? ¿Será tal vez que desconfian los princide la Mesopotamia y las orillas de rios tan apartados pes de sus ciudadanos, cosa que no dejaria de ser un como el Eufrates y el Nilo, cosa que venia ya anuncia grave daño para la salud de la patria ? Quieren hoy los da en antiguas profecías. ¿No tenemos, por otra parte, en reyes hacer la guerra á su propia costa, y esto es punto nuestro favor la opinion del prudente filósofo Aristóte menos que imposible, principalmente cuando todos los Jes, segun el cual habian de ser elegidos los sacer agentes del poder están robando á porfía de las rentas dotes de entre los soldados y los senadores, quedando reales, con grande mengua y riesgo de toda la repúdel todo excluidos para tan alto cargo todos los que blica. ejerciesen artes viles ó mercenarias mas que consa Conviene tambien dar las armas mas á los ciudadagrasen sus brazos al cultivo de la tierra ? Pero yo digo nos de una misma nacion que á los extranjeros, pues aun mas; yo digo que gran parte de los senadores de las fuerzas propias son las mas seguras, y esto puede berian ser elegidos de entre los soldados para que todos alcanzarse con menores gastos y mayores ventajas. Por los que ejercen la profesion de las armas emprendiesen este camino y solo por este Alejandro Magno y despues con mayor brio los trabajos de la guerra, y ya hechos se los romanos pusieron el yugo á diferentes gentes y nanadores y elevados á las mas altas magistraturas, defen ciones. Desconfiar de los súbditos, tener desarmada diesen con la mayor constancia los intereses particula- ! la nacion y comprar luego con oro un ejército extra1res y los intereses públicos.

jero no es propio de reyes, es solo propio de tiranos. En resúmen, otorguense los principales premios y ho No tiene este camino ninguna salida buena , y estoy en pores á los soldados, pues los hombres tenemos en mas que es preciso volver a la política de los antepasados. las esperanzas que el dinero, y arrostramos de mucha Procúrese, que así los grandes como el pueblo, puedan mejor gana los peligros cuando confiamos en que la usar de las armas y recobrar el temple de alma que pervictoria ha de poner fin á nuestros sufrimientos. Aplau dieron. Procúrese que las riquezas de las ciudades dejen dimos tambien la iostilucion ateniense, por la cual se

de emplearse en espectáculos públicos y sean destinadas encargaba el Estado de las esposas é hijos de los solda á mejores usos. Procúrese que hasta en tiempo de paz dos muertos en batalla. Si estuviera públicamente des haya en España tropas suficientes para sostener y lletinada para este uso una parte de las rentas eclesiásti

var la guerra á otras naciones, Si así se hiciere, no falcas y cada uno de los mas ricos templos viniese á ser tarán en todos tiempos numerosos y esclarecidos varootro Pritaneo, ¿qué no se podria hacer en bien de esas

nes que sepan conservar su propia dignidad y conser«

var la salud pública. Resucitarán de nuevo en el pecho de muestros valientes las antiguas virtudes militares, extinguidas mas bien por culpas de los tiempos que por culpas de los hombres; será nuestro nombre, como en otro tiempo, el terror de vecinas y apartadas regiones, y reprimida la audacia de nuestros enemigos, aumentarémos nuestra riqueza y dignidad y extenderémos hasta donde quepa nuestro vasto imperio. 0jalá nos concedan algun dia los cielos que nuestros príncipes sigan mejor camino, y desplegando fuerzas proporcionadas al mando, seamos mas felices, apiadado ya el cielo de nuestros errores y peligros.

CAPITULO VI.

El príncipe debe hacer la guerra por sí mismo.

Llevo ya dichas sobre la guerra muchas cosas, que no podrán tal vez merecer la aprobacion de nuestros hombres de Estado; mas creo aun deber añadir dos reglas, que no por apartarse del sentir del vulgo ni por dejar de ser conformes á muestras actuales costumbres, son menos útiles y saludables para los individuos y los pueblos. Recorriendo la historia desde los mas remotos pueblos, observo que cuando se las ha seguido ha florecido la república y abundado en todo género de bienes, y cuando se las ha violado, ha venido á una completa ruina. A mi modo de ver, debe el príncipe, alirá estallar una guerra, ceñir su espada y salir en busca de sus enemigos; á mi modo de ver, sus ejércitos deben estar siempre compuestos de sus propios súbditos, y nunca de extranjeros. Puédeseá la verdad en esto pecar por ambos extremos, pues ni conviene que pase todo el tiempo en los campamentos ni que se exponga continuamente á los peligros el hombre de cuya vida dependen todas las clases del Estadoy la salud de todos; mi negaré, pues es innegable, porque está confirmado por muchos ejemplos antiguos y modernos, que en diferentes ocasiones fueron llamados á la sombra de nuestras banderas soldados de otras naciones. Sé además que es de príncipes prudentes buscar en cada nacion el arma en que mas sobresale; en una la caballería, la infantería en otra, en otra la destreza en tirar del arco ó de la honda, á fin de procurar por todos los medios posibles la integridad de su imperio y la derrota de sus enemigos; mas sé tambien que, como podrá ser esto ventajoso haciéndose con tacto y con medida, podrá ser perniciosísimo llevándolo, como se puede llevar,

hasta el abuso. Si el rey es débil y aborrece las armas, empiezan á tenerle en menosprecio, primero los soldados, mas tarde los ciudadanos todos, y es ya sabido que tras el desprecio viene el daño, pues la majestad de los reyes depende menos del poder y de la fuerza que de la opimion y el respeto de los hombres. Si, por lo contrario, sale el príncipe á la guerra y sale á los campamentos, le veneran como un dios sus súbditos, ó cuando menos como un héroe superior al resto de los hombres, corren con fervor al templo á rogar por su salud y su fortuna, muévense todos á su ejemplo á tomar las armas, juzga cada cual ilícito y vergonzoso permanecer en sus hogares gozar en medio de los deleites cuando ven -llo

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que nada menos que su príncipe va al campo entre el polvo y el peligro por la salud de la república. A los ojos del príncipe cada soldado arrostra los mas graves peligros, y llega hasta juzgar impío dejar de emprender ningun trabajo ni de derramar su sangre por un monarca tal y por su patria. Las dificultades que se ocurren en la manera cómo se ha de llevar la guerra se resuelven con facilidad estando el príncipe presente; ausente él, ¿cuántas veces ha pasado ya la oportunidad de obrar antes que hayan podido resolverse? Las dificultades de la guerra son siempre del momento. Podria decir sobre este punto mucho mas, pero creo mas oportuno trasladar las palabras del eminente filósofo Sinesio al emperador Arcadio. «Las palabras, dice, que salen de boca del rey despues que ha dejado su palacio le familiarizan con sus soldados, que llegan á ser entonces sus amigos y le constituyen, apenas ha bajado al campamento, inspector y juez de hombres, armas y caballos. Habla con el jinete sobre las condiciones delarma de caballería, y con el infante sobre la velocidad, viste sus armas con los que van armados, embraza el escudo con los que lo embrazan, dispara con el flechero dardos, y comunicados así los trabajos de uno y otro, forma en torno suyo una especie de sociedad llena de vida. Nace de aquíque no parezca hacer burla de ellos cuando llama á sus soldados camaradas, pues corresponden las palabras á los hechos. Pesado será tal vez el trabajo que te encomiendo, mas créeme, el cuerpo de un rey debe ser superior á la fatiga, y es ya cosa natural que el que se acostumbra á ella sienta mucho menos la molestia que produce, principalmente cuando contribuyen tanto á suavizarla los aplausos de muchos ciudadanos. El rey pues, bien ejercite su cuerpo, bien recorra simplemente el campamento, bien vaya armado, bien sin armas, está siempre como en un teatro, rodeado de una muchedumbre inmensa que constantemente tiene en él fija la mirada. Todo lo que hace á la luz del dia no solo merece el aplauso popular, sino que anda pronto en cantos que resuenan en todos los oidos. Nace además de esta familiaridad y trato del rey cierto amor fuertemente arraigado en el corazon desus tropas, amorque es el mas firme y poderoso apoyo. ¿Hay acaso en el mundo un poder mayor que el que está escudado por ese amor del ejército ó del pueblo? ¿Quién, ni aun entre los particulares, obrará con mas seguridad que un rey, por el cual temen los ciudadanos sin temerle? Una nacion compuesta de hombres tales es imposible que deje avasallarse fácilmente por ásperas palabras y sí solo por la familiaridad y la dulzura. Llámalos Platon guardas del reino, y los compara con los perros por tenerestos el suficiente conocimiento para distinguir siempre á sus amigos de sus adversarios. »No hay ahora para qué decir cuánvergonzoso es que ios soldados no conozcan á sus reyes mas que por sus retratos. Pero no son estas las solas ventajas que resultan de este trato. Todo el ejército está compacto y unido y forma un solo cuerpo. Los ejercicios militares vendrán á ser entonces como cierto ensayo y preludio de la guerra, y los meros simulacros servirán de estudio para las verdaderas luchas. Podrá el rey nombrar por su nombre al general, al teniente so, á los

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jefes de escuadron y de cohorte, al simple soldado bárbaros proponiéndoles grandes recompensas. ¿Era raso, conocerá personalmente á ciertos veteranos, á acaso poco peligroso traer a las provincias del imperio quienes pueda confiar alguna parte de la administracion hombres de tan fieras naciones y tan distintos en idiomilitar con utilidad del agraciado y con ventaja públi- mas, en costumbres, en instituciones y en el sistema de ca. Hace entrar Homero en batalla á cierto dios de los vida? ¿Cómo han de poder evitarse colisiones entre genaquens, y supone que da con su cetro en la cabeza de tes de diversas costumbres y diverso pensamiento? los jóvenes para inflamar mas y mas los ánimos a fin de Se sublevaron, y como era de esperar, fué despedazado que peleen con mayor impetu y no puedan dar tregua miserablemente el imperio que mas habia florecido; y á pié ni mano. ¡Qué otra cosa puede significar aquello la misma Roma, la señora del mundo, sué saqueada é de «están arrebatados de furia los piés, están arrebata- | incendiada, vejada de mil modos, débil juguete de la das de furia las manos, cuán á su placer se arrojan á la inconstancia de las cosas humanas, terrible ejemplo lucha!» Añádese á esto que llamando el rey á cada uno para que aprendan en él los principes cuán imprupor su nombre los enciende mas y mas por la pelea, dente es confiar la salud y la dignidad á gentes bárbaras haciéndoles mas efecto aquella palabra que el sonido y fieras ! Mas séame tambien lícito trascribir sobre este de la mejor corneta. En la presencia del rey todos de punto las palabras de Sinesio al emperador Arcadio, sean distinguirse, cosa tan útil en la guerra como en la aunque algo largas. « Debe el rey, dice, familiarizarse paz, como nos demuestra el mismo Homero, que pinta á con sus soldados, mas principalmente con los que han Agamenon llamando por su nombre al simple soldado, salido de los campos y ciudades de las provinciassujetas y persuadiendo á su hermano de que los vaya llamando, al imperio, pues estos son los que han de defenderle, no solo por sus nombres, sino por el de sus mayores y estos los que han de guardar la república y las leyes los honre á todos y no se deje llevar de su orgullo. Todo bajo cuya influencia se han desarrollado é instruido, lo cual no viene a ser mas que ir mentando a cada uno estos los que Platon ha comparado con los perros. lo bueno que hubiese hecho ó le hubiese acontecido. Guardese el pastor de unir nunca con esos perros á los ¿No ves pues cómo el gran poeta griego quiere que sea lobos, pues si aciertan á ser los perros débiles ó cobarcl rey panegirista hasta del último hombre de la plebe? des, es muy fácil que terminen los lobos por devorarles ¿Y quién viéndose alabado por un rey ha de perdonar ni á ellos, al rebaño y al pastor mismo. No debe el legisel mismo sacrificio de su vida? Con el frecuente roce lador dar armas á hombres de quienes no tenga recibiconocerá además la vida y las costumbres de los solda da ninguna prenda de amor, de hombres que no hayan dos y qué es lo que puede confiar al cuidado de cada nacido ni se hayan educado bajo sus mismas leyes. Es uno. El rey es artesano de guerras como el zapatero lo ya temeridad, no atrevimiento, entregarse á una jues de los zapatos , y si nos reiriamos con razon de este ventud extranjera que se ha educado en otra parte y porque ignorase los instrumentos de su arte, no deberia vive sin leyes ni costumbres; es ya temeridad, no atremos reirnos menos del rey que no conociese á los sol vimiento, dejar de conocer que con eslo tenemos pendados, que son sus instrumentos.”

diente de un hilo sutil sobre la cabeza el peñasco de Este juicio de Sinesio debe de ser de tanto mayor Tántalo, pues los soldados extranjeros nunca dejarán peso cuanto que lo escribió por los tiempos en que el de aprovechar cualquier coyuntura que se les presente imperio romano bajaba precipitadamente a su ruina y para hacernos daño. Y tenemos ya sobre tan grave mal se hundió del todo, principalmente por la cobardía de tristes preludios, y sufren los miembros de la república sus principes, que confiaban á sus generales los cuida como los del cuerpo. No cabe reunir miembros extraños dos de la guerra, temiendo que no habian de ser fe con miembros naturales, y por esto los emperadores, lices, si abandonaban los muros de palacio. Tales eran prudentes lo mismo que los médicos, son de parecer las circunstancias de aquellos tiempos. Extinguido el que se corten y se eliminen de la república y del cuerpo, genio militar de los romanos por los placeres y el nuevo si se quiere que los otros se conserven sanos. ¿ Cuia aire que respiraban, corrompidos los pueblos á ejemplo grave mal no es ya que no tengamos dispuesto ejército de sus príncipes, y no acordándose mas que de pasar el alguno contra esa peste que nos amenaza, y licencietiempo en los banquetes satisfaciendo su gula, dista mos, por lo contrario, á los demás para que sea mas ban mucho de pensar siquiera en los negocios de la cierta nuestra ruina? ¿No seria acaso mas oportuna guerra. Aconteció lo mismo con los reyes francos, que que para combatir á los escitas llamásemos á las armas cchados al fin de sus dominios, dejaron abierto el ca á todos los ciudadanos, haciendo que dejasen los labra mino del trono a Pepino y á sus descendientes, en cu dores el arado y la azada, los filósofos sus escuelas, les yas manos estaba ya la administracion del imperio, artesanos sus talleres, y sus teatros la plebe? No seria gracias a la desidia y flojedad de aquellos principes; ni mas oportuno persuadirles a todos de cuánto importa cayeron tampoco por otro motivo los reyes moros de que dejen por algun tiempo sus negocios, antes no debe "Córdoba, que vegetaban en sus palacios en medio del la risa convertirse en llanto, haciéndoles ver que en ocio y del deleite, delegando los cuidados de la guerra nada es indecoroso manifestar sus fuerzas y que el faá sus hadgibes, que eran los verdaderos reyes. Tuvie lor militar ha sido siempre propio de la sangre y linaje ron el mismo fin que los romanos los que quisieron de los hijos de Roma? Cuando sabemos que, ya en la reimitar sus vicios.

pública, ya en el hogar doméstico, la luclia es para el En Roma empero se incurrió aun en otro error no varon, para la mujer el cuidado de los negocios intemenos lamentable. Llamaron para las guerras que te riores, ¿cómo hemos de poder consentir en que se cole nian en muchas partes á los soldados extranjeros y á los tie á extranjeros precisamente el desempeno de las futia

ciones que nos constituyen hombres? ¿Puede ya darse algo mas vergonzoso que poner en manos ajenas los cargos mas varoniles, los mas altos puestos de la milicia? Yo á la verdad no podria menos de sonrojarme si esos escitas saliesen muchas veces vencedores de nuestros enemigos; y entiendo, cosa que no ha de negar quien tenga uso de razon, que si varon y mujer no

cumplen cada cual con los deberes propios de su sexo,

ha de suceder forzosamente que en un momento dado se crean los escitas dueños de la república por tener las armas, y los que nunca las han manejado se vean precisados, si quieren salvar su libertad y su honor, á batirse con hombres que tienen por profesion ese mismo ejercicio de la guerra. Antes pues que esto suceda, dehemos recobrar el valor de los antiguos romanos y acostumbrarnos á vencer por nosotros mismos, sin entrar en relaciones con los bárbaros. Privemos, en primer lugar, á los extranjeros de los empleos y honores que con gran mengua nuestra les han sido dados, honores que entra nosotros eran estimados en mucho. Creo que hasta deberiamos velar la faz de Temis, que preside el Senado, y la de Belona, que preside la guerra, para que novieran que es hoy jefe de los que visten la clámide un hombre que lleva aun su capa de pieles, ni le oyesen deliberar sobre los altos negocios del Estado cerca del mismo cónsul, léjos del cual están hoy sentados los que mas merecian esta honra. Viste este jefe la toga para ir al Senado, y no bien ha salido de él, cuando volviendo á tomar sus pieles, hace burla entre los suyos de ese traje romano, considerándolo incómodo para manejar la espada. Tenemos grandes ejércitos, y no sé por qué fatalidad han venido al imperio romano jefes intrusos de ese linaje de bárbaros que gozan de grande autoridad, u0 ya entre los suyos, sino hasta entre nosotros. Nace este mal de nuestra propia desidia, y si no queremos que se agrave, hemos de temer mucho que no se vayan con ellos nuestros esclavos, pues pertenecen á esa mis

ma raza. Hemos de prevenir el peligro, hemos de lim

piar nuestros campamentos del mismo modo que limPiamos el trigo quitando la cizaña. ¿Será esto tan difícil cuando los romanos aventajan á los escitas, no solo en ingenio, sino en valor y fuerza? Herodoto nos decia ya que los escitas eran cobardes, y así lo ha confirnuado la experiencia; en todas partes tenemos esclavos de esa raza. Sin patria, sin hogar, arrojados del país en que nacieron, bajaron en nuestros mismos tiempos al imperio, no como conquistadores, sino como suplicantes, y nos dieron en cambio de nuestros sentimientos de hu

manidad para con ellos el pago de todo beneficio que

se olvida. Hicieron pagar caro el error á tu padre, y volvieron otra vez con sus mujeres árogarle que fuese con ellos benigno. Tu padre los levantó por segunda vez, les dió armas, les confirió los derechos de ciudadanos, les hizo partícipes de todos los bienes del imperio, les dió hasta una parte de la propiedad romana. Sírveles ahora esa humanidad de tu padre para que tengan ocasion de reirse de nosotros, sin que esto sea aun lo peor que nos sucede. Pueblos que confinan con ellos y son diestros en el manejo de armas y caballos bajan á nuestro imperio con iguales esperanzas, no tolerando que *oles niegue lo que hemos concedido á otros de menos

valor, de menos generosas prendas, Dícese que es difcil arrojar ya de nosotros tan inmundas heces; mas créeme, menguará la dificultad si aumentas el número de tus soldados, si excitas el valor de los romanos, si te dejas caer con ímpetu y con grandeza de alma sobre este aluvion de bárbaros. No les quedará entonces otro

recurso que cultivar nuestros campos ó marcharse por

donde vinieron, y anunciarán á cuantos habitan mas allá del Istro que no es ya fácil poner los piés en los dominios de Roma, que hay ahora en ellos un emperador noble, jóven y esforzado, capaz aun de castigará los que los han invadido hasta ahora impunemente.» Esto y algunas cosas mas, que en obsequio de la brevedad omitimos, escribió Sinesio al emperador Arcadio cuando hubo tomado las riendas del gobierno despues de la muerte del gran Teodosio, consejos todos que, si se hubieran considerado seriamente, hubieran sido bastantes para detener por mucho tiempo, con remedios oportunos, la caida de aquella gran república. Dieron entonces los bárbaros algunas treguas; mas luego, tomadas otra vez las armas, invadieron las provincias del imperio y no pararon del todo hasta verlo del todo vejado y humillado, devastadas casi todas las naciones que lo componian. Lo pasado no es ya susceptible de mudanza, esta es, como sabemos, una de las tristes condiciones de la naturaleza humana; mas yo me daria por satisfecho con que, escarmentando en cabeza ajena, siguiéramos una política mas saludable para los negocios de la guerra. No pretendo que se rechace del todo demuestros tercios á los soldados extranjeros, pues sé que en nuestros tiempos no puede haber un ejército bueno y poderoso que no esté compuesto de soldados de distintas naciones. Sobresale una nacion en tirar el arco, otra en manejar el caballo, otra es mas fuerte para venirá las manos y pelear cuerpo á cuerpo con la espada. El príncipe prudente recoge tropas de una y otra y aprovecha esa misma diversidad de pueblos para sostener una noble emulacion entre sus soldados. Pretendo sí que el príncipe debe emplear las fuerzas extranjeras de modo que tenga puesta su mayor esperanza en el amor y en las armas de los suyos. Sírvannos de prueba muchos y graves ejemplos de calamidades ajenas; no debemos confiar nunca en los extranjeros hasta el punto de que no tengamos en nuestro campamento mas apoyo y fuerzas propias que extrañas, como viene á decirnos Tito Livio haciéndose cargo de hechos semejantes. Voy ahora á terminar diciendo que no sin razon se pinta la justicia con una espada desnuda en la mano, y ni sin razon se la pone entre Marte y Minerva. Quiso con esto indicarse que la justicia necesita principalmente para su guarda de la sabiduría y de las armas, y es para mí indudable que si existieran ambas cosas, cumpliria mucho mejor con el cargo que pesa sobre sus hombros. Es claro que en un imperio tan dilatado no puede asistir á todas las guerras, mas debe procurar con mucha maña que no se promuevan muchas á la vez, que no se acometa uno sin tener antes vencidos á los otros, y habiendo á la vez guerras exteriores en países fronterizos y en naciones remotas, ha de entender en las primeras por sí, ha de confiar las otras á sus generales.

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