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que desde el rey don Fernando el Santo hasta el pre

sente, que se contaban cinco reyes, todos habian bajado la moneda de ley y subídola de valor, que todo es lo mismo, es á saber, que por estas mudanzas el comercio se embarazó y se empobreció todo el reino. Quiero concluir con representar el mayor inconveniente de todos, que es el odio comunen que forzosamente incurrirá el príncipe por esta causa. Dice un sabio que en las prosperidades todos quieren tener parte, y lo adverso atribuyen á las cabezas; ¿por qué se perdió la jornada? Porque el general no ordenó ó no pagó bien la gente, etc. Felipe el Hermoso, rey de Francia, el primero que se sepa haya en aquel reino bajado la moneda, que vivió por los años de 1300, por lo cual Dante, poeta de aquel tiempo, le llamó falsificatore dimoneta; el mismo al tiempo de la muerte, arrepentido de lo hecho, advirtió á su hijo Luis Hutin, que por esta causa él era odiado de la gente, que le mandaba y rogaba que reparase este desórden; refiérelo Roberto Gavino al fin de la vida de este Rey. No bastó esta diligencia ni el pueblo sosegó hasta tanto que el mismo Ludovico Hutin, por consejo de algunos grandes, hizo ajusticiar públicamente á Enguerrano Marinio, inventor de aquella malatraza, en que, sin embargo, tropezaron Cárlos el Hermoso, hermano de Hutin, contra el cual hay una extravagante de criminefalsideJuan XXII, y Felipe Valois, primer hermano y sucesor de los dos en la corona; con cuánta ofension del pueblo de Francia, de las historias de aquel reino se entiende. Para evitar todos estos inconvenientes que de todo tiempo se han experimentado, los aragoneses en particular toman al rey juramento cuando se corona que no alterará la moneda; así lo escribe Pedro Belluga In Specul. Princip., rúbr. 36, número 1.o, donde trae dos privilegios de los reyes de Aragon concedidos al reino de Valencia, la data del primero año de 1265, la del segundo 1336, cautela muy prudente y necesaria. La codicia ciega, las necesidades aprietan, lo pasado se olvida; así, fácilmente volvemos á los yerros de antes. Yo confieso la verdad, que me maravillo que los que andan en el gobierno no hayan sabido estos ejemplos.

CAPITULO XI. Si convendrá alterar la moneda de plata.

Todos los inconvenientes que se han propuesto acerca de bajar la moneda en general tienen mayor fuerza en la de plata, por ser ella de valor mas comun que la de oro, que siempre es poca, y la de vellon, que lo debe ser; demás que la moneda de plata es el nervio de la contratacion por su bondad y por la comodidad que hay de hacer las pagas en ella y las compras y ventas. Pero porque algunos, sin embargo de los daños que han resultado de la mudanza del vellon, son de parecer que seria buen arbitrio y remedio para todo que la plata se bajase, quiero en particular tratar de este punto y averiguar si convendrá ó se atajarán por este camino los daños, ó si, como lo creo, se hundirá todo sin reparo. Dicen que con esta traza se acudirá á lo que siempre se ha deseado, que la plata no se saque de España, y es averiguado y cierto que nuestra mo

meda de plata es mas subida que la de los reinos comarcanos, y que ocho reales nuestros tienen plata por nueve de los de Italia y Francia, cebo con que los extraños recogen nuestra moneda y la sacan sin que sean parte las leyes y penas, que las hay muy graves, para enfrenar esta codicia. Otra razon hay, aunque mas d. simulada, que el rey por este camino remediará sus necesidades, porque si con bajar la moneda de vellon, que de suyo era tan baja, como de cobre, ha sacado, segun dicen, de interés pasados de seis millares de oro, ¿qué será si se altera la plata, metal de que hay tanta abundancia en el reino y viene cada año de nuevo de las Indias sin número y sin cuento? En que hay otra comodidad, que no tendrémos necesidad de acudir por este metalá otras naciones, como por el cobre. No hay duda sino que el interés será colmado y grande en demasía, mayormente si la baja fuese de un tercio ó de un cuarto. Para entender mejor esta materia se debe presuponer que la alteracion de la plata se puede hacer en una de tres maneras: la primera, que la monedase quede como está, pero que el valor legal se suba, esá saber, que por el real se dén cuarenta, cincuenta ósesenta maravedís donde hoy pasa por treinta y cuatro, lo cual, aunque parece que es subir la plata por un camino, es bajarla; la segunda manera, que la bajen de peso, que como hoy de un marco se acuñan sesenta y siete reales, que adelante se acuñen ochenta ó ciento, y que cada pieza se quede en el valor de treinta y cuatro maravedís, de manera que si bien se mira, poco se diferencia de la pasada; la tercera, que es lo que de verdad pretenden, que en la plata se eche mas liga de lo que se hace; que si hoy en un marco de plata se echau veintegranos de cobre, se echen, digamos, otros veinte ó treinta, lo cual seria ganar en cada marco de plata seis reales ó mas, por cuanto cada grano de plata vale como un cuartillo, que si en cada flota viene un año con otro un millon de marcos de plata, seria adelantar por este camino las rentas reales en medio millon, que vendido á razon de á veinte, llegaría el interés á die millones, y si la mezcla fuese mayor, como lo será sin duda de cada dia si este camino se abre, el interés aventajará en el mismo grado que la liga se acrecentare y subiere. Demás de esto, presupongo que de largo tiempo á esta parte, como se ve por las leyes del reino que hablan en esta razon, siempre se ha usado que la plata que se acuña sea de ley de once dineros y cuatro granos, que es decir, que tenga de cobre veintegranos solamente mezclados. Lo mismo se guarda en la plata en pasta, que los plateros no la pueden labrar ni mas subida que está ni mas baja, lo cual se ha usado en estos reinos de centenares de años á esta parte, como se ve por la plata labrada de las iglesias y por una le del rey don Juan el Segundo, hecha en las Cortes de Madrid, año del Señor de 1435, peticion 31, y es la primera en la Nueva Recopilacion, lib. v, tít. 22. Supuesto todo, pregunto yo á los que pretenden se altero la plata con echarla mas liga, si quieren que esto se ejecute solo en las casas de moneda, ó si se hará lo mismo en la labor de la plata y en las platerías. Sidicen que todo se baje, deben advertir que será grando novedad y grande confusion, pues el marco de plata lo brada en un tiempo se habrá de comprar en diferente precio del que en otro tiempo se labrare, demás que me certifican no se podrá bien labrar por su aspereza si la bajan. Si pretenden que toda la moneda se baje y que en todas las naciones siempre se ha tenido por necesario que la plata en pasta y en moneda corran á las parejas, y que forzosamente, si esto se hace, el marco de plata en pasta pujará todo lo que la moneda bajare, traza y trabazon de cosas tan delicadas, forjadas de tanto tiempo atrás, sospecho que no se podrá alterar sin daño de los que la alteraren y de todo el reino, á la manera que un edificio fuerte y antiguo si le minan, corren peligro los que le trazan de que los coja debajo. Así lo deduce en materia semejante Cornelio Tácito en el lib. xx de sus Anales. Item, pregunto ¿qué se hará la moneda ya acuñada? Si corre por el mismo precio que la nueva, será injusto, pues vale mas y tendrá mas plata y todos la querrán y no la nueva; si la suben de valor, será confusion que reales de un peso y estampa, unos valgan mas, y otros menos; si los vedan y hacen llevar á las casas de la moneda para trocarlos por otros tantos de los nuevos, como se hizo los años pasados en Inglaterra, y es lo que sospecho pretenden, yo confieso que será granjería para el rey, y no de menor interés que la que hizo en la moneda de vellon, pero será nuevo latrocinio dar menos por lo que vale mas, que no es bueno hacer tantas veces y en tantas cosas prueba de la paciencia de los vasallos, que se apura y acaba con daño de todos. Item, ¿qué harán de la moneda de oro? Será forzoso bajarla, con que todo quedará revuelto y fuera de sus quicios y volverémos á las dificultades ya dichas. Si no bajan el oro, ya la corona no pasará por doce reales como hoy pasa, sino que subirá á catorce y á quince, conforme á la baja de la plata; demás de esto, todas las mercadurías luego subirán á la misma proporcion que bajaren la plata sin remedio, si que el extranjero y aun el natural harán su cuenta y dirán : en doce reales no me das mas plata que antes me dabas en diez, pues yo de mi mercaduría no te quiero dar mas por los doce que te solia dar por los diez, que si le amenazan con el coto y la tasa, ya queda en los capítulos de suso deducido lo que de ello resultará, fuera de que no todas las mercadurías se pueden tasar. Con esto el comercio se embarazará, que es como la leche delicada, que con cualquier inconveniente se corta y estraga. A la verdad la moneda, y mas la de plata, por ser tan usual y tan cómoda para todo, es el fundamento verdadero de la contratacion, el cual alterado, todo sin remedio se empeorará, que si estos daños no se han visto tan claros en la baja que se hizo de la moneda de vellon, fué porque la plata lo ha tenido todo enfrenado, que al fin por treinta y cuatro maravedís de estos malos y bajos dan un real de plata que es de buena ley; quítenle este freno, y verán como en breve todo se sube y todo el comercio se embaraza. Sino, imaginemos que no corriese otra moneda sino la

de vellon ó que no viniese plata de las Indias, no hay duda sino que la llaga se enconaria y que los inconvenientes arriba puestos de tropel resultarian; la plata lo entretiene todo por ser mucha y moneda de ley, que si

hacen mudanza con esto, y es otra razon muy fuerte,

en un momento bajarán todas las rentas de dinero, porque les pagarán en esta nueva moneda, de suerte que el que se acostó con mil ducados de juro amanecerá con ochocientos ó menos, conforme á la baja, porque los mil que le daban no le valdrán mas entonces que antes los ochocientos, ni le darán mas plata que en ellos le daban, en que entrarán iglesias, monasterios, hospitales, hidalgos, doncellas, etc., y será esto otro nuevo tributo harto malo de llevar sobre las demás gravezas que hay en este triste reino sin número y sin cuento; y ya se dijo que nuevo tributo no se debe ni se puede poner sin el consentimiento de los interesados. A las razones en contrario digo á la segunda que al rey no le está bien sacar interés con tan graves daños de sus vasallos; demás de que, como queda deducido, nunca fué lícito ni aun seguro quitarles parte de sus haciendas, sea ó no con poder ó maña, que siempre donde uno gana otro pierde, y no hay que buscar invenciones ó trazas en contrario de esto. A la primera razon digo que no es la causa principal de sacar del reino esta moneda ser ella mas subida. Echase de ver esto en el oro, que aunque los escudos de Francia son mas subidos que los nuestros y valen dos sueldos mas que los de España cada uno, todavía hay en aquel reino una infinidad de los nuestros, que casi no se ve otra moneda. Las causas principales son dos: la una la necesidad que tiene España de las mercadurías de fuera, como de lienzos, papel, libros, metales, cueros, obrajes de toda suerte y aun á veces de trigo, y como de acá se pueden llevar mercadurías en tanta cantidad, forzosa cosa es que la plata supla su falta, porque no han de dar los extraños sus mercadurías de gracia; la segunda las pagas que su majestad hace fuera del reino, que seguramente pasan de seis millones por año, los cuales claro está que se han de recompensar con darles acá otra tanta plata á los que hacen las pagas y licencias para sacarla y llevarla donde el rey ha menester; que si todavía alguno pretendiere que la bondad de la moneda es una de las causas de sacarla, yo se lo otorgaré con tal que advierta que por el mismo caso que acá bajaren la plata, los extraños bajarán allá luego la suya mucho mas, de suerte que siempre la nuestra quede mucho mas subida; porque así como los extraños no pueden pasar sin nuestra plata, así no les faltarán trazas ni nadie les podrá ir á la mano para que no las hallen de sacarla, con que todo nuestro ruido é invencion quedan frustradas de todo punto y en el aire. Dirá alguno, pues ¿qué órden se podrá dar para atajar los daños que sienten de la moneda de vellon? Digo que no es acertado remediar un daño con otro mayor, que hay medicinas mas dañosas que la misma enfermedad; digo mas, que yo no sé otro remedio sino el de que en ocasiones semejantes se ha usado en otros tiempos, como consta de todas las historias, que es bajar en el valor esta mala moneda como la mitad ó dos tercios, y si esto no bastare, consumirla toda el tiempo adelante. Lo uno y lo otro seria razon se hiciese á costa del que hizo el daño y llevó el interés; pero porque esta restitucion es dificultosa y poco ó, por mejor decir, nunca usada, tendria por menor inconveniente que fuese á costa de los que tuviesen dicha moneda, así el bajarla como el consumirla, que llevar adelante esta traza mala y errada, que no buscar nuevos arbitrios, tales como bajar la plata, que no servirán sino de hundirlo todo y acabar con lo que queda, como se ha deducido bastantemente. En fin, los quicios sobre que se menea toda esta máquina son Ios dos valores de la moneda de que se trató en el cap. 4.o de este tratado, que deben siempre andar ajustados; que es lo mismo que ser la moneda de ley, y todas las veces que los apartaren, como parece se hará si alteran la plata, caerán en graves inconvemientes irreparables, y mas en la plata, por ser el oro poco y el vellon de suyo moneda tan baja. Concluyo con añadir que en tiempo que los ingleses estaban apoderados de gran parte de Francia, el príncipe de Gales, que tenia por su padre el gobierno en aquellas partes, año del Señor de 1368, por hallarse gastado por las guerras que hizo en Castilla en favor del rey don Pedro, quiso poner un nuevo tributo en aquellas ciudades, que en francés llaman fuerge, principio por donde la gente se desabrió y camino por donde los ingleses perdieron aquellos estados. Reclamaron algunas ciudades; otras, como la de Potiers, la de Limojes y la de Rochela otorgaron, mas con tal que por espacio de siete años el príncipe no tocase en la moneda ni la alterase; así lo refiere Juan Florischart, historiador de aquel tiempo, francés, en la primera parte de sus Cró

nicas, fol. 85. En lo cual se ve que los príncipes acu

dian de ordinario á este arbitrio, mas que siempre era en daño de los pueblos, y que siempre lo procuraban atajar, y así no seria mala traza cuando su majestad pidiere algun servicio de millones ó otra cosa suplicarle deje correr la moneda usual por el mas largo tiempo que se pudiere sacar.

CAPITULO XII.

De la moneda de oro.

En la moneda de oro hallo grande variedad. Dejo la de los emperadores de Roma, que en las suyas usaron de oro muy fino, como se echa de ver por las que de aquel tiempo han quedado. Por el contrario, los godos acuñaron sus monedas de oro muy bajo, de ordinario de doce quilates á trece no mas, dado que algunas son de oro muy subido, y yo he visto una del rey Witerico de veinte y dos quilates. Tampoco no me quiero meter en lo que hicieron en esta parte los primeros reyes de Leon y de Castilla despues que comenzaron á recobrar á España, porque no he visto monedas de aquellos tiempos ni para nuestro intento seria á propósito detenerme en esto; solo apuntaré las mudanzas que en el oro se han hecho desde el tiempo de los reyes don Fernando y doña Isabelá esta parte, los cuales al principio de su reinado mandaron labrar moneda de oro fino de veinte y tres quilates y tres cuartos, que llamaron castellanos, de cada marco de oro cincuenta, que valia cada pieza cuatrocientos ochenta y cinco maravedís, y por consiguiente, todo el marco valia veinte y cuatro mil doscientos cincuenta maravedís; mas el marco de oro de la misma fineza en pasta y en joyas corria veinte y cuatro mil maravedís, y los doscientos cincuenta maravedís que valia mas en momeda se repartian por partes iguales entre los oficiales

de la casa de la moneda y el dueño del oro que se acuñaba. En este mismo tiempo el marco de oro de veinte y dos quilates en pasta valia veinte y dos mil maravedís, de suerte que salia el castellano por cuatrocientos cuarenta maravedís, que esta moneda en tal oro no se acuñaba en aquel tiempo. Los reinos comarcanos traian el oro en los mismos quilates y precio, y así pasaban sin hallar inconveniente. Sucedió que algunos años adelante se abrió la carrera de las Indias y comenzó á venir oro en abundancia de aquellas partes. Los reyes comarcanos con la codicia de tener parte en nuestro oro bajaron el suyo, los unos de quilates, los otros de precio le subieron. Advirtieron acá esta traza, y para acudir al remedio no bajaron el oro de quilates, sino subieron el precio; así, los mismos reyes el año de 1497 en las Cortes de Medina acordaron que no se labrasen mas castellanos, sino que se acuñasen dineros, que llamaron excelentes. De cada marco de oro de los mismos quilates que antes sesenta y cinco piezas y un tercio; el valor de cada pieza trescientos setenta y cinco maravedís; y por consiguiente, el marco de oro en moneda subió á veinte y cuatro mil quinientos maravedís, en pasta y joyas valia veinte y cuatro mil doscientos cincuenta. En el mismo tiempo subió el oro de veinte y dos quilates en pasta á veinte y dos mil y quinientos, y el castellano salia á cuatrocientos cincuenta. Guardóse esta órden algunos años, hasta tanto que se advirtió que los reyes comarcanos continuaban en bajar mas su oro por esta razon. El emperador don Cárlos dió órden en las Cortes de Valladolid, año de 1537, que el oro se bajase á veinte y dos quilates, y de cada marco se acuñasen sesenta y ocho piezas, que se llamasen coronas, en valor cada una de trescientos cincuenta maravedís, de suerte que el marco valia en esta moneda veinte y tres mil ochocientos maravedís. Del oro en pasta no se estableció nada cuanto al precio, sino que desde aquel tiempo anda como mercadería, segun se conciertan las partes; mas los orfevres siempre se guardan de no labrar oro de menores quilates que, ó muy fino, ó de veinte dos, ó por lo menos de veinte quilates, conforme á la ley 4.o, tít. 24, lib. v, parte 1.° de la Nueva Recopilacion; de suerte que el oro en pasta ni en joyas no andaba ni anda siempre al paso del de la moneda, como se hace en la plata, bien que de ordinario se labra para venderlo de los veinte y dos quilates en que anda la moneda. Continuaban los extraños en sacar el oro, por ser el precio en que andaba bajo; acudióá esto el rey don Felipe II, y en las Cortes de Madrid, año de 1566, aunque dejó la moneda de las coronas de oro en la misma ley de los veinte y dos quilates y en el mismo peso, pero subió el precio de cada corona á cuatrocientos marivedís, con que el marco de oro en moneda llegó ávaler veinte y siete mil doscientos maravedís, que es lo que hoy guarda, y el castellano vale diez y seis reales. Puédese dudar si como la moneda de vellon se la bajado, y si como, segun se dice, tratan de bajar la plata, seria buen órden que tambien la de oro se allerase con bajarla uno ó dos quilates, y subirla de precio, que todo se sale á lo mismo. Yo entiendo que cualquier ra alteracion en la moneda es peligrosa, y bajarla de le nunca puede ser bueno ni dar mas precio por la le

lo que de suyo y en estimacion comun vale menos; y granjería en la moneda y que para este efecto no la ba

que cuanto mas acá bajaren el oro, tanto mas le bajarán en los reinos comarcanos, que bastantemente se echa de ver, porque cuatro veces que se ha hecho mu

danza en el oro desde los tiempos de los reyes don Fer

nando y doña Isabel, toda esta diligencia no ha prestado para que no se saque el oro de España; demás que tanto podian bajar el oro, que la moneda de Castilla no corriese en otros reinos, ó si la dejasen correr, seria á precio muy bajo, lo cual no sé yo si vendria bien con la grandeza de España. Todavía entiendo que serian los daños muy grandes, si se alterase ósubiéndola de precio óbajándola de quilates; muéveme á pensar esto ver que en pocos años diversas veces se ha alterado, como queda deducido, sin que se hayan sentido daños muy graves. El oro siempre es poco en comparacion de la plata, ni es tan usual ni tan ordinario; así, no creo que serian los daños tan graves, si en este género de moneda se hiciese alguna mudanza. Yo entiendo que seria mejor que las cosas se estuviesen como se estaban, y que no tocasen en las monedas; y no veo que de lo contrario pueda resultar otro provecho sino el interés que se sacará para el príncipe, que no siempre se debe pretender, y mas por este camino. Pero como la moneda de plata y de vellon fuese moneda buena, en el oro no repararia tanto con dos condiciones: la primera, que se haga por el término que conviene, es á saber, por el consentimiento de los vasallos, de cuyo interés se trata; la segunda, que la moneda sea siempre de ley y no de otra suerte. Para que se haga esto y las monedas todas se ajusten en sus valores naturales, se debe poner la mira en el vellon, que el cobre, ora le echen plata, orano, junto con el trabajo del acuñar, tenga en sí el valor de la plata que por él se da. Pongo ejemplo: que si un marco de cobre acuñado tiene de todas costas ochenta maravedís y no mas, que no pase por doscientos ochenta como al presente se hace, porque todo lo que le suben en el valor, le sacan de ley. En la plata y oro se debe mirar que estos metales, como sean de la misma fineza, de ordinario tienen entre sí proporcion (duodécuplo), quiero decir, que un marco de oro vale por doce de plata; así lo dice Budeo, lib. III De Ase. Digo de la misma fineza, porque como el oro tiene veinte y cuatro quilates, la plata doce dineros, responde bien, así la plata de once dineros, el oro de veinte y dos quilates; digo de ordinario, porque esta proporcion y analogía haria conforme á la abundancia ó falta del uno de estos dos metales, como sucede en todas las mercadurías, que la abundancia las baja de precio y la falta las sube, que es la causa de no conformarse los antiguos en la proporcion dicha del oro y de la plata. Lo que se ha de procurar es que si las monedas de oro y plata son iguales en el peso y la liga es la misma, que la de oro valga doce de la de plata, poco mas ó menos, como al presente se hace; pero si quisieren que la de oro, como una corona, corriese por diez y ocho reales de plata, todo aquel exceso seria sacar la de oro de ley, sino fuese que subiesen el oro de quilates y la plata la bajasen tanto, que se viniesen á proporcionar y á ser justo lo que de otra suerte seria desproporcionado y desordenado. Finalmente, importa mucho que los príncipes no hagan

jen de ley, si no quieren por el mismo caso que los de fuera y los de dentro, para entrar á la parte de la ganancia, la contrahagan y la falseen, sin que se pueda reparar este peligro é inconveniente.

CAPITULO XIII. Cómo se podrá acudir á las necesidades del reiro,

Comunmente decimos que la necesidad carece de ley, otros que el estómago no tiene orejas, que es forzoso comer. A la verdad las necesidades son tales y tan apretadas, que no es maravilla se desvelen aquellos á cuyo cargo están en buscar para remediarlas, y que como desvelados dén arbitrios extravagantes cual parece este, por las causas y razones alegadas. Dicen que si no contenta, será menester buscar otro ó otros para suplir la falta y necesidad; á esto respondo que mi asunto no fué este ni tengo capacidad para cosa tan grande, sino solo desacreditar esta traza como mala y sujeta á daños é inconvenientes irreparables; todavía quiero tocar aquí algunos medios que podrian ser mas á propósito que esta, y aun por ventura de mas substancia. El primero será que el gasto de la casa real se podria estrechar algun tanto, que lo moderado, gastado con órden, luce mas y representa mayor majestad que lo superfluo sin él. Visto he una carta, cuenta de las entradas y salidas, recibo y gasto de las rentas reales en tiempo del rey don Juan el Segundo, año de 1429, en que la dispensa de gasto del Rey, el gasto del matrimonio, que son las raciones, y quitaciones, que son los salarios, todo no llega á ocho cuentos de maravedís; dirá alguno que esta cuenta es muy antigua, que las cosas están muy trocadas, los reyes muy poderosos, y por el mismo caso obligados á mayor representacion, el sustento muy mas caro, verdad es; pero todo esto no llega á la desproporcion que hay de ocho cuentos á los que se deben de gastar hoy en la casa real. Vengamos á lo mas moderno; digo que he visto otra carta, cuenta del año de 1564 de las dichas rentas reales en el tiempo del rey don Felipe II, nuestro señor, por la cual consta que en la casa de su majestad, en la del príncipe don Cárlos y en la del señor don Juan de Austria se gastaban cada un año ciento diez y ocho cuentos. Dirás: ¿en qué se podriaestrechar el gasto? Eso no lo entiendo yo; los que en ello andan lo sabrán; lo que se dice es que se gasta sin órden y que no hay libro ni razon de cómo se gasta lo que entra en la dispensa y en la casa. La segunda traza seria que el Rey, nuestro señor, se acortase en las mercedes; yo no soy de parecer que el rey se muestre miserable ni que deje de remunerar á sus vasallos y sus servicios, pero débense mirar dos cosas: que no hay en el mundo reino que tenga tantos premios públicos, encomiendas, pensiones, beneficios y oficios; con distribuirlos bien y con órden, se podria ahorrar de tocar tanto en la hacienda real ó en otros arbitrios de que se podrian sacar ayudas de dineros. Lo segundo advierto que no son las mercedes demasiadas á propósito para ganar las voluntades y ser bien servido. La causa es que los hombres mas se mueven por esperanza que por el agradecimiento; antes cuando han engrosado mucho,

luego tratan de retirarse á sus casas. No ha tenido Cas nudo cuenta de cómo han ganado lo demás. Yo asetilla rey mas dadivoso que don Enrique IV; sin embar guro que si abriešen esos vientres comedores, que sago, el reino anduvo tan alterado, que llegaron á tomar casen enjundia para remediar gran parte de las necesipor rey al infante don Alonso, su hermano, y muerto dades; dícese que los que tratan la hacienda real entran él, á ofrecer el reino á la infanta doña Isabel, hermana á la parte de los prometidos, que son grandes intereses; de los dos. Cornelio Tácito, en el lib. xix, al fin, dice lo mismo los corregidores por su ejemplo ó los ministros, que el emperador Vitelio, porque quiso mas ganar ami demás que venden las pragmáticas reales todos los años gos con hacer grandes mercedes que con las costum para no ejecutarlas, rematan las rentas y admiten las pubres graves y buen trato, mas los mereció que los al jas y las fianzas de quien de secreto les unta las manos. canzó. De san Luis, rey de Francia, se escribe en la vi No se acabarian de contar los cohechos y socaliñas; en da de Roberto de Sorbona, que fué su confesor y ar particular se sabe que un privado del Rey pasado supo cediano de Tornai, que como tratase de fundar en Pa que querian subir las coronas de trescientos cincuenta ris el colegio de Sorbona, que en este género de letras maravedís en que andaban á cuatrocientos, recogió el es la obra mas insigne que hay en el mundo, suplicó oro que venia de las Indias y sacó grande ganancia. al Rey le ayudase para el gasto; respondió el buen Rey Acuerdome de haber leido en la Crónica de uno de los á esta demanda que era contento con que primero los postreros reyes de Castilla, creo que don Juan el Seteólogos, vistas las cargas del reino , acordasen hasta gundo ó su padre don Enrique III, que un dia su alqué tanta cantidad se podia extender para ayudarle. mojarife mayor, que era un judío, le dijo: ¿Por qué ¡Oh gran Rey y verdaderamente santo! Si para obra no os entreteneis y jugais? Respondió el Rey : ¿Cómo tan santa fué tan considerado, ¿qué hiciera para en quereis que lo haga que no alcanzo cien ducados? Digordar gente sin provecho, para jardines y fábricas no simuló el judío, y otro dia en buena ocasion dijo al Rey: necesarias? Es así, que el rey tiene el acostamiento del Señor, la palabra que me dijísteis el otro dia me ha punreino para acudir a las cosas propias; cumpliendo con zado, porque entiendo la dijísteis contra mí; pero si ellas se podrá extender á otros gastos, y no antes ni de me dais la mano, yo os allegaré grandes baberes. Otorotra suerte. Veamos: si enviase yo a Roma á uno y le gó el Rey con lo que decia; pidióle tres castillos para diese dinero para el gasto, ¿seria bien que lo gastase y allegar el dinero y que sirviesen de prisiones. Con esto diese á quien se le antojase ó que se mostrase liberal de visitó los tesoreros de las rentas reales, halló que pala hacienda ajena ? No puede el rey gastar la hacienda gaban libranzas reales á costa, cuándo de la tercera que le da el reino con la libertad que el particular los parte, cuándo de la cuarta, como se concertaban con frutos de su viña ó de su heredad. Item, que el rey las partes; averiguado esto , llamaba los interesados, evite, excuse empresas y guerras no necesarias, que decíales si se contentaban con la mitad de aquel cohecorte los miembros encancerados y que no se pueden cho y dejar para el Rey la otra mitad; venian ellos fácurar. Buen consejo fué el que tomó el rey don Feli cilmente en ello por pensar se hallaban lo que el judío pe II, nuestro señor, en dividir lo de Flandes, si lo apar les ofrecia que lo tenian por perdido; con esto prendia tara mas y lo hiciera antes que yo vi aquellas tierras; al tesorero y á sus fiadores, y no los soltaba hasta tanto las dí por desesperadas. Los chinos, como cuenta Ma que enteramente pagaban, con que junto para el Rey leo al principio del lib. vi de su historia, sangraron su gran tesoro. ¡Oh si se usase hoy de esta maña! Yo aseimperio y apartaron de él lo que no podian bien go

guro que se sacase gran dinero, porque como los tesobernar; lo mismo se cuenta del emperador Adriano que reros compran los oficios, que es grande daño, quieren abatió la puente que su predecesor levantó sobre el Da pagar á costa de las libranzas y juros particulares; el dinubio, el cual rio y el Eufrates quiso por las partes del nero que cobran pónenlo en una granjería, y acaece no septentrion y levante fuesen los mojones y linderos del pagar en dos ni en tres años, y los que mejor lo hacen, imperio romano. El cuarto aviso sea que el rey haga llevan uno ó dos tercios atrasados, y aun de lo que pavisitar sus criados en primer lugar, luego todos los jue gan dos ó tres por ciento por la paga, como se concierces y que tienen oficios públicos ó administraciones. tan con la parte; desórdenes que se podrian atajar con Punto detestable es este y que se debe en el caminar visitarlos y penarlos como está dicho. Verdad es que con tiento; pero es cosa miserable lo que se dice y lo no hay ninguno de estos que no tenga quien le haga que se ve; dícese que de pocos años acá no hay oficio espaldas en la casa real y en las audiencias que deben ni dignidad que no se venda por los ministros con pre entrar á la parte, que es otra miseria y daño; sobre to sentes y besamanos, etc., hasta las audiencias y obis- do convendria que las rentas reales y hacienda se admipados; no debe ser verdad, pero harta miseria es que nistrasen bien y fielmente; como al presente va, se tiese diga. Vemos á los ministros salidos del polvo de la ne por cierto que de un escudo no llega á poder del tierra en un momento cargados de millaradas de duca rey medio; como pasa por muchas manos, en cada dos de renta; ¿de dónde ha salido esto sino de la sangre parte deja algo. El rey don Enrique III de pobrísimo de los pobres, de las entrañas de negociantes y preten que era, tanto, que aconteció no tener dineros ni crédientes? Muchas veces, visto este desórden, he pensado dito para comprarle un poco de carnero, como se cuenque como los obispos entran en aquellas dignidades ta en mi Historia, lib. xix, cap. 14, con mirar él y su con inventario de sus bienes á propósito de testar de hermano el infante don Fernando por sus rentas, legó ellas y no mas, así los que entran á servir a los reyes y dejó á su hijo gran tesoro. La sexta traza seria cargar en oficios de su casa ó en consejos y audiencias lo hi las mercadurías curiosas, como brocados, sedas, especiesen , para que al tiempo de la visita diesen por me cias, azúcares y lo demás, y de que por la mayor parte usen

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