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mado de allí cerca, donde tenia sus reales. Tambien á don Alonso vino desde Sicilia don Bernardo de Cabrera, y desde Cataluña una armada de veinte y dos galeras y ocho naves gruesas. Esta armada, llegada que fuéá Nápoles á 10 de junio, rehizo las fuerzas de los aragoneses, que comenzaban á desfallecer y ir de caida. Cobraron ánimo con aquel socorro, y de nuevo tornaron á pelear dentro de la ciudad, en que nuevas muertes y nuevos sacos sucedieron. La Reina se fué á Aversa, y en su compañía Esforcia con guarnicion de soldados y cinco mil ciudadanos que se ofrecieron á la defensa. Trocáronse los cautivos de ambas partes, y con esto Caraciolo fué puesto en libertad. Vínose á lo postrero que la Reina revocó en Nola, á 21 de junio, la adopcion de don Alonso como de persona ingrata y desconocida. En su lugar prohijó y nombró por su heredero á Ludovico, duque de Anjou ó andegavense, tercero deste nombre, hijo del segundo; llamóle para esto desde Roma, y le nombró por duque de Calabria, estado y apellido que se acostumbraba dar á los herederos del reino. Dieron este consejo á la Reina Esforcia y Caraciolo, quelo podian todo. Con pequeñas ocasiones se hacen grandes mudanzas en cualquier parte de la república, y muy mayores en guerras civiles, que se gobiernan por la opinion de los hombres y por la fama mas que por las fuerzas. Por esto la fortuna de la parte aragonesa desde este tiempo se trocó y mudó grandemente. Don Alonso llamó á Braccio de Monton desde los pueblos llamados vestinos, parte de lo que hoy es el Abruzo, do tenia cercada al Aguila, ciudad principal, y esto con intento de contraponelle á Esforcia. Pero él excusó, sea por no tener esperanza de la victoria, ó por la que tenia de apoderarse de aquella ciudad que tenia cercada, y con ella de toda aquella comarca. Por esta causa á don Alonso fué forzoso resolverse en pasar por mar en España para apresurar los negocios y recoger nuevas ayudas para la guerra, dado que la voz era diferente, de librar de la prision á don Enrique su hermano. Dejó en su lugará don Pedro, el otro hermano, para que tuviese cuidado de las cosas de la paz y de la guerra y todos le obedeciesen. Quedaron en su compañía Jacobo Caldora y otros capitanes de la una y de la otra nacion. En particular puso en el gobierno de Gaeta á Antonio de Luna, hijo de Antonio de Luna, conde de Calatabelota. En el mismo tiempo el rey de Castilla visitaba las tierras de Plasencia, Talavera y Madrid, y le nació de su mujer otra hija á 10 de setiembre, que se llamó doña Leonor. El rey moro Juzeffalleció en Granada el año de los árabes 826. Sucedióle Mahomad, su hijo, por sobrenombre el Izquierdo, que fué adelante muy conocido y señalado á causa que le quitaron por tres veces el reino, y otras tantas le recobró, y por sus continuas desgracias mas que por otra cosa que hiciese. Mantúvose al principio en la amistad del rey de Castilla, y juntamente hizo muchos servicios á Muley, rey de Túnez, con que se le obligó. Por esta forma se apercebia el Moro con sagacidad de ayudas contra los enemigos de fuera, para que si de alguna de las dos partes le diesen guerra, tuviese acogida y amparo en los otros. Pero el ayuda muy segura, que consiste en la benevoleucia de los naturales, no procuró

ganalla, ó no supo; siniestro como en el nombre y en el cuerpo, que le llamaron por esto Mahoma del Izquierdo, así bien en el consejo poco acertado y la fortuna, que le fué siniestra y enemiga asaz.

CAPITULO XIV. Cómo don Enrique de Aragon fué puesto en llbertad.

Don Pedro de Luna, el que en tiempo del scisma se llamó Benedicto XIII, en Peñíscola por todo lo restante de la vida, confiado en la fortaleza de aquel lugar, continuó á llamarse pontífice; falleció en el mismo pueblo á 23 de mayo, el mismo dia de la Pentecoste, pascua de Espíritu Santo, de edad muy grande, que llegaba á noventa años; parece como milagro en tan grande variedad de cosas y tan grandes torbellinos como por él pasaron poder tanto tiempo vivir. Su cuerpo fué depositado en la iglesia de aquel castillo. Luis Panzan, ciudadano de Sevilla y cortesano de don Alonso Carrillo, cardenal de San Eustaquio, dice por cosa cierta en un propio comentario que hizo y dejó escrito de algunas cosas deste tiempo que Benedicto fué muerto con yerbas que le dió en ciertas suplicaciones, que comia de buena gana por postre, un fraile llamado Tomás, que tenia con él grande familiaridad y cabida, y que, convencido por su confesion del delito, fué muerto y tirado á cuatro caballos. Dice mas, que el cardenal Pisano, enviado á Aragon para prenderá Benedicto, dió este consejo, y que, ejecutada la muerte, de Tortosa, do se quedó á la mira de lo que sucedia, se huyó por miedo de don Rodrigo y don Alvaro que pretendian vengar la muerte indigna de su tio Benedicto con dalla al Legado si él apresuradamente no se partiera de España concluido lo que deseaba, aunque no sosegado del todo el scisma, porque por eleccion de dos cardenales que quedaban fué puesto en lugar del difunto un Gil Muñoz, canónigo de Barcelona. Vil era y de ninguna estima lo que paraba en tal muladar, y él mismo estuvo dudoso y esquivaba recebir la honra que le ofrecian contra el consentimiento de todo el orbe, hasta tanto que don Alonso, rey de Aragon, le animó é hizo aceptase el pontificado con nombre de Clemente VIII. Pretendia el Rey en esto dar pesadumbre al pontífice Martino V, que via inclinado á los angevinos, y era contrario á las cosas de Aragon, tanto, que á Ludovico, duque de Anjou, los dias pasados nombró por rey de Nápoles como á feudatario de la Iglesia romana, y se sabia de nuevo aprobó la revocacion que la reina Juana hizo de la adopcion de don Alonso, y juntaba sus fuerzas con sus enemigos contra él. Un Concilio de obispos que se comenzaba á tener en Pavía en virtud del decreto del Concilio constanciense por causa de la peste que andaba muy brava, se trasladó á Sena, ciudad principal de Toscana; acudieron allí los obispos y embajadores de todas partes. Envió los suyos asimismo el rey don Alonso con órden é instruccion que con diligencia defendiesen la causa de Benedicto y se querellasen de habelle injustamente quitado el pontificado. Atemorizó este negocio al papa Martino y entibióle en la aficion que mostraba muy grande á los angevinos, tanto, que despidió el Concio lio apresuradamente y le dilató para otro tiempo, con que los obispos y embajadores se partieron. Recelábase que si nacia de nuevo el scisma no se enredase el mundo con nuevas dificultades y torbellinos. Hallóse en este Concilio don Juan de Contreras con nombre de primado, y así tuvo el primer lugar entre los arzobispospor mandado del pontífice Martino, como se muestra por dos bulas suyas, cuyo traslado ponemos aquí. Hallólas acaso un amigo entre los papeles de la iglesia mayor de Toledo; la una dice así: «Como los patriar»cas y primados sean una misma cosa y solo difieran nen el nombre, tenemos por justo y debido que gocen tambien de las mismas preeminencias. De aquí es »que nos, de consejo de los venerables hermanos o nuestros cardenales de la santa Iglesia romana, para »quitar cualquiera duda ó dificultad que sobre esto ha »nacido ó nacerá, por autoridad apostólica y tenor de n las presentes declaramos que el venerable hermapno nuestro Juan, arzobispo de Toledo, que es pri»mado de las Españas, y sus sucesores arzobispos de »Toledo en nuestra capilla, concilios generales, sesionnes, consistorios y otros cualesquier lugares, así púmblicos como particulares, deben precederá cualesnquier notarios de la Sede Apostólica y otros arzobispos nque no son primados, aunque sean mas antiguos en pla edad y en la promocion, á la manera que los vepnerables hermanos nuestros patriarcas hasta aquí los »han precedido y los preceden, queriendo y por la »misma autoridad ordenando que el dicho Juan, arnobispo, y sus sucesores y todos los demás primados, nde aquí adelante para siempre jamás á la manera de »los patriarcas susodichos sean preferidos y antepuesotos en los susodichos lugares, capilla, concilios, sebsiones, consistorios y lugares semejantes á los nota»rios y otros arzobispos que no son primados, no pobstante la edad y ordenacion mas antigua de los taples arzobispos no primados, no obstando todas las odemás cosas contrarias, cualesquier que sean. » Este es el traslado de la primera bula; el tenor de la otra bula ó breve es el que se sigue: «Aunque los vene»rables hermanos nuestros arzobispos y prelados que ose hallan en el Concilio general estén obligados á bmirar diligentemente, cuidar, velar y trabajar por »el estado próspero de la Iglesia universal y nuestro o y por la conservacion de la libertad eclesiástica;

»tú empero e tenemos y confesamos ser primapero,

odo de las Españas, y por tanto, como ya lo enseoñó la experiencia en nuestra corte, eres antepuesoto á los amados hijos nuestros, nuestros notarios oy de la Sede Apostólica, los cuales son antepuestos á »los demás prelados, como tambien has de ser prefeofido en el Concilio y sus sesiones y otros lugares pú»blicos; por tanto debes con mas fervor animarte y o con mas vigilancia mirar por todo lo que pertenece al o estado de la Iglesia católica y nuestro, cuanto por la otal primacía eres sublimado con mas excelente título nde dignidad. Por lo cual requerimos y exhortamos á btufraternidad, que no dudamos ser ferviente en la ofe y circunspecto, que en las cosas del dicho Conciolio procures se proceda bien; que, pues eres primado o de las Españas, así como prudentemente lo haces M-il.

» conforme á la sabiduría que Dios te ha dado, mires »todas aquellas cosas en el dicho Concilio, aconsejes » y proveas las que te parecerán necesarias ó prove» chosas para el feliz estado de la Iglesia romana y » nuestra honra y de la Sede Apostólica y todo lo que » conocieres pertenecerá la gloria de Dios y paz de los » fieles de Cristo. Dada en Roma en San Pedro en las » nonas de enero, de nuestro pontificado año séptimo.» Pero estas cosas sucedieron algo adelante deste tiempo en que vamos. Al presente el rey don Alonso, en ejecucion de la resolucion que tenia de pasar á España, se embarcó en una armada de diez y ocho galeras y doce naves. Hízose á la vela desde Nápoles mediado el mes de octubre. El tiempo era recio, y la sazon mala; y así, con borrascas que se levantaron, los bajeles se derrotaron, corrieron y dividieron por diversos lugares. Calmó el viento; con que se juntaron y siguieron su derrota. Llegaron á Marsella, ciudad principal en las marinas de la Provenza, célebre por el puerto que tiene muy bueno, y á la sazon sujeta al señorío de los angevinos. Metiéronse en el puerto rompidas las cadenas con que se cierra; ganado el puerto, acometieron á la ciudad; fué la pelea muy recia por mar y por tierra, que duró hasta muy tarde. Venida la noche, Folch, conde de Cardona, que venia por general de las naves, era de parecer no se pasase adelante por ser ciertos los peligros, no tener noticia de las calles de la ciudad, estar dentro los enemigos y todo á propósito de armalles celada; aunque las puertas estuviesen de par en par, decia que no se debia entrar sino con luz y viendo lo que hacian; al contrario, Juan de Corbera porfiaba debian apretar á los que estaban medrosos, y no dalles espacio para que se rehiciesen de fuerzas y cobrasen ánimo. Deste parecer fué el Rey: tornóse á comenzar . la pelea, y con gran ímpetu entraron en la ciudad. Fué grande el atrevimiento y desórden de los soldados á causa de la escuridad de la noche, grande la libertad de robar y otras maldades. Mostró el Rey ser de ánimo religioso en lo que ordenó, que á las mujeres que se recogieron á las iglesias no se les hiciese agravio alguno; las mismas cosas que llevaron consigo mandó pregonar no se las quitasen, y así se guardó. Dejaron la ciudad y embarcaron en las naves toda la presa, con que se partieron al fin del año. Entre otras cosas, los huesos de San Luis, obispo de Tolosa, hijo de Cárlos II, rey de Nápoles, fueron llevados á España y á Valencia, donde el Rey aportó y dió fondo con su armada acabada la navegacion. No quiso detenerse en otras ciudades por abreviar, y desde mas cerca tratar de la libertad de don Enrique, su hermano. Avisado el rey de Castilla de su venida, le envió sus embajadores al principio del año 1424 que le diesen el parabien do la venida y de las victorias que ganara; demás desto, le pidiesen de nuevo le entregasen los desterrados y forajidos para que estuviesen á juicio de lo que los cargaban. Estos embajadores tuvieron audiencia en Valencia á los 3 de abril, en tiempo que las cosas de Aragon en Nápoles se empeoraban grandemente, y de todo punto se hallaban sin esperanza de mejoría; dado que Esforcia, capitan de tanto nombre, por hacer alzar el cerco del Aguila, que la e cerca

da Braccio, se ahogóá 5 de enero al pasar del rio Atermo, que con las lluvias del invierno iba hinchado. Fué de poco momento esta muerte, porque Francisco Esforcia, que ya era de buena edad, suplió bastantemente las partes y falta de su padre; acudiéronles sin esto fuerzas y socorros de fuera. El pontífice romano Martino y Filipe, duque de Milan, por industria del mismo Pontífice se concertaron con los angevinos. El Duque hizo aprestar una buena armada en Génova, y la envió en favor de la Reina debajo de la conducta del capitan Guidon Taurello. Esta armada y gentes de tierra que acudieron cargaron sobre Gaeta. Pudiérase entretener por su fortaleza, mas brevemente se rindió á partido que dejasen ir libre, como lo hicieron, la guarmicion de aragoneses. Ganada Gaeta, pasaron sobre Nápoles. Jacobo Caldora, que tenia el cuidado de guardar aquella ciudad, se concertó con los enemigos, que le prometieron el sueldo que los aragoneses le debian y no le pagaban; tomado el asiento, sin dificultad les abrió las puertas. El color que tomó para lo que hizo era que el infante don Pedro le pretendiera matar, como á la verdad fuese hombre de poca fidelidad, de ánimo inconstante y deseoso de cosas nuevas. A 12 de abril se perdió la ciudad de Nápoles, y todavía los de Aragon conservaron en ella dos castillos, es á saber, Castelnovo y otro que se llama del 0vo, pequeño y estrecho, pero fuerte en demasía, por estar sobre un peñon cercado todo de mar. Ganada la ciudad de Nápoles, las demás cosas eran fáciles al vencedor; las ciudades y pueblos á porfía se le rendian. Llevaba mal el de Aragon y sentia mucho que por la prision que hiciera el rey de Castilla en la persona de su hermano, á él puso en necesidad de hacer ausencia y se hobiese recebido aquel daño tan grande. Encendíase en deseo de venganza, pero determinó de proballo todo antes de comenzar y romper la guerra. Con este intento el arzobispo de Tarragona Dalmao de Mur, que despachó por su embajador en Ocaña, en presencia de los grandes y del rey de Castilla propuso su embajada. Decia era justo á cabo de tanto tiempo se moviese á soltar al lnfante, si no por ser tan justificada la demanda, á lo menos por el deudo que con él tenia y por los ruegos de sus hermanos. Si algun delito habia cometido, bastantemente quedaba castigado con prision tan larga. Que el Rey, su señor, quedaba determinado no apartarse de aquella demanda hasta tanto que fuese libertado su hermano. Vuestra alteza, rey y señor, debeis considerar que por condescender con los deseos particulares de los vuestros no pongais en nuevos peligros la una y la otra nacion si vinieren á las manos. En el palacio real de Castilla y en su corte andaban muchos de mala; sus aficiones, avaricia y miedos particulares los enconaban; recelábanse que si don Enrique fuese puesto en libertad podrian ellos ser castigados por el consejo que dieron que fuese preso. Temian otrosí no les quitasen los bienes de los desterrados, de cuya posesion gozaban, y aun por el mismo caso tenian aversas sus voluntades para que no se hiciese el deber. A los intentos destos ayudaban otros, en especial Alvaro de Luna, soberbio por la demasiada privanza y poder con que se hallaba, y que tenia por bastante ganancia y provecho gozar de lo

presente sin extender la vista mas adelante. Estos fueron ocasion que no se efectuase nada desta vez, ni aun se pudo alcanzar que los reyes se juntasen para tratar entre sí de medios. Despedidos los embajadores de Aragon, el rey de Castilla se fué á Búrgos en el mismo tiempo que su hija doña Catalina murió en Madrigal, pueblo de Castilla la Vieja, á 10 del mes de agosto, enterráronla en las Huelgas. Esta tristeza en breve se mudó en nueva y muy grande alegría, por causa que en Valladolid nació de la Reina el príncipe don Enrique,

á 5 de enere, principio del año que se contó de aquel

siglo vigésimoquinto. Sacáronle de pila por órden de su padre el almirante don Alonso Enriquez, don Alvaro de Luna, Diego Gomez de Sandoval, adelantado de Castilla, junto con sus mujeres. Por el mes de abril todos los estados del reino le juraron por príncipe y heredero despues de los dias del Rey, su padre, en sus estados. En Zaragoza el rey de Aragon se apercebia con todo cuidado para la guerra; por todas partes se oia ruido de soldados, caballos y armas. Tratóse en Valladolid de apercebirse para la defensa. Hízose consulta, en que hobo diferentes pareceres. Algunos querian que luego se comenzase, hombres que eran habladores an: tes del peligro, cobardes en la guerra y al tiempo del menester; otros mas recatados sentian que con todo cuidado se debia divertir aquella tempestad y excusarse de venir á las manos. El Rey se hallaba dudoso, y no entendia bastantemente ni se enteraba de lo que le convenia hacer. Don Cárlos, rey de Navarra, cuidadoso de lo que podria resultar desta contienda, en que se p0nia á riesgo la salud pública, envió con embajada alrey de Castilla á Pedro Peralta, su mayordomo, y á Garci Falces, su secretario, en que ofrecia su industria y trabajo para sosegar aquella contienda. Estaba esta prática para concluirse por gran diligencia de los embajadores; mas estorbáronlo ciertas cartas que vinieron del rey de Aragon en que mandaba al infante don Juan, su hermano, se fuese para él, que queria tratar con él cosas de grande importancia. Partióse para Aragon contra su voluntad, como lo daba á entender. Pidió y alcanzó para ello licencia del rey de Castilla; él demás de la licencia le dió comision para que de su parte tratase con su hermano de conciertos. Estaban los reales del rey de Aragon en Tarazona á punto para romper por tierras de Castilla si no le otorgaban lo que pretendia, con tan grande deseo de vengarse y satisfacerse, que parecia en comparacion desto no hacer caso de las cosas de Nápoles. Si bien tenia aviso que sucediera otro nuevo desastre, y fué que Braccio, capitan que era de grande nombre en aquella sazon, quedó vencido y muerto junto al Aguila, que tenia sitiada, en una batalla que se dió á 25 de mayo. La demasiada confianza y menosprecio de los enemigos le acarreó la perdicion. Era general del ejército del Papa que acudia á la Reina Jacobo Caldora; con él dos sobrinos del cardenal Carrillo, por nombre Juan y Sancho Carrillo, aquel dia se señalaron entre los demás de buenos, y fueron gran parte para que se ganase la victoria como mozos que eran de grandes esperanzas. Los mismos demás de esto en prosecucion de la victoria, con gentes del Papa que llevaban y les dieron en breve se apodeo raron de la Marca de Ancona, de que Braccio antes se poderara. El cuerpo de Braccio, muerto y llevado á Roma como de descomulgado, fué sepultado delante la puerta de San Lorenzo en lugar profano; mas en tiempo de Eugenio IV, pontífice romano, le trasladó á Perosa y puso en un sepulcro muy primo Nicolao Fortebraquio, que tomó aquella ciudad de Roma, y procuró se hiciese esta honra á la memoria de su tio, hermano de su madre. En Florencia, ciudad de la Toscana, falleció don Pedro Fernandez de Frias, cardenal de España, por mayo; su cuerpo, vuelto á España, está sepultado en la iglesia catedral de Búrgos, á las espaldas del altar mayor. Era de bajo linaje y hombre pobre; mas su buena presencia, industria y destreza y la privanza que alcanzó con los reyes don Enrique y don Juan le levantaron á grandes honras. Fué obispo de 0sma y de Cuenca; la estatura mediana, la vida torpe por su avaricia y deshonestidad. Sucedió que en Búrgos tuvo ciertas palabras con el obispo de Segovia don Juan de Tordesillas, al cual el mismo dia un criado del Cardenal dió de palos. La infamia de delito tan atroz hizo aborrecible á su amo, aunque no tuvo parte ni lo supo, como lo confesó despues el mismo que cometió aquel caso. Sin embargo, á instancia de caballeros que se quejaban y decian que la soberbia de aquel hombre sinmesura, olvidado de su suerte antigua, se debia castigar, fué forzado el dicho Cardenal á irá Italia. Apoderóseel Rey de todo su dinero, que tenia juntado en gran cantidad, que fué la principal causa de apresurar su partida y destierro. Desta manera perecen mal y hacen perecer los tesoros allegados por mal camino; los varones sagrados ningun mas cierto reparo tienen que enla piedad y buena opinion. Si en el destierro, en que pasólo demás de la vida, mudó las costumbres, no se sabe; lo cierto es que fué á la sazon gobernador de la Marca de Ancona por el Papa, y que en Castilla fundó el monasterio de Espeja, de la órden de San Jerónimo, religion que iba por este tiempo en aumento muy grande en España. Don Juan, infante de Aragon, fué recebido benigna y magníficamente en Tarazona por el Rey, su hermano. Entre tanto que por medio del dicho don Juan se trataba de las condiciones y se esperaban mas amplos poderes del rey de Castilla y de los grandes para pronunciar sentencia en aquellos debates y de todo punto concluir, doblado el camino, entraron los dos hermanos sin hacer daño en tierra de Navarra, y asentaron sus reales cerca de Milagro, pasados ya los calores del estío. Venidos los poderes de Castilla como se pedian, se volvió á tratar de componer las diferentias entre los reyes. Consultóse mucho y largamente sobre el negocio; últimamente, en una junta que cerca de la torre de Arciel á los 3 de setiembre se tuvo de Personas de todos los tres reinos y naciones, se pronunció sentencia, la cual contenia: Que sin dilacion el infante don Enrique fuese puesto en libertad, y todas sus honras y estados le fuesen vueltos con todas las fentas corridas que tenian depositadas. Lo mismo se sentenció en favor de Pedro Manrique, que andaba desterrado. Esta sentencia pareció grave al rey de Castilla los suyos; mas era cosa muy natural que el infante don Juan favoreciese y se inclinase á sus hermanos,

en especial que ninguna esperanza quedaba de concierto si no daba al preso ante todas cosas la libertad, que fué lo que hizo amainar al rey de Castilla y á los grandes. En el mismo tiempo don Cárlos, rey de Navarra, llamado el Noble, finó en Olite. Su muerte fué de un accidente y desmayo que le sobrevino de repente sin remedio, un sábado, á 8 de setiembre, el mismo dia que se celebra el nacimiento de nuestra Señora. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor de Pamplona. Las honras se le hicieron con aparato real. Ilallóse á su muerte doña Blanca, su hija, que parió poco antes una hija de su mismo nombre, y tuvo adelante poca ventura. Ella, luego que falleció su padre, envió á su marido en señal de la sucesion el estandarte real, con que en los reales, donde se hallaba, le pregonaron por rey de Navarra. Pareció á algunos demasiada aquella priesa, que decian fuera justo que ante todas cosas en Pamplona jurara los privilegios del reino y sus libertades; pero los reyes son desta manera, sus voluntades tienen por leyes y derecho, disimulan los grandes, el pueblo sin cuidado de al y sin hacer diferencia entre lo verdadero y lo aparente hace aplauso y á poría adula á los que mandan, y si alguna vez se ofende, no pasa de ordinario la ofension de las palabras. La nueva de la libertad que á la hora se dió á don Enrique en dia y medio llegó á noticia de sus hermanos con ahumadas que tenian concertado se hiciesen en las torres y atalayas, de que hay en Castilla gran número. Con esto las gentes de Aragon y soldados dieron vuelta á Tarazona, y luego por el mes de noviembre los despidieron y se deshizo el campo. El infante don Juan pasó hasta Agreda para recebir á su hermano que venia de la prision y llevalle al rey de Aragon. Ningun dia amaneció mas alegre que aquel para los tres hermanos; regocijábanse no mas por la libertad de don Enrique que por dejar vencidos con el temor y miedo á los de Castilla, que es un género de victoria muy de estimar. Falleció por el mismo tiempo en Valencia, á 29 de noviembre, don Alonso, el mas mozo, duque de Gandía, sin succesion. Su estado de Ribagorza se dió al infante don Juan, ya rey de Navarra. Este fué el premio de su trabajo, además que le estaba antes prometido. Don Enrique de Guzman, conde de Niebla, despues de grandes diferencias y debates, se apartó de doña Violante, su mujer, hija que era de don Martin, rey de Sicilia, con gran sentimiento de su hermano don Fadrique, conde de Luna. Dolíase y sentia grandemente que su hermana, sin tener respeto á que era de sangre real y sin alguna culpa suya, solo por los locos amores de su marido, mozo desbaratado, fuese de aquella suerte mal tratada, de que resultó grave enemiga y larga entre aquellas dos casas. Don Fadrique atraia á su voluntad y procuraba ganar á todos los señores de Castilla que podia, con deseo é intento de afirmarse y satisfacerse de su cuñado.

CAPITULO XV. Que don Alvaro de Luna fué echado de la corte.

Con la libertad de don Enrique las cosas de Castilla empeoraron, si antes estaban trabajadas. El reino se hallaba dividido hasta aquí en tres parcialidades y bandos, es á saber, el de don Alvaro de Luna, el de don Juan y el de don Enrique, infantes de Aragon. A estos como á cabezas seguian los demás señores conforme á las esperanzas varias que tenia cada uno, ó por la memoria de los beneficios recebidos de alguna de las partes. En lo de adelante, concertados los infantes entre sí y reconciliados, de tres bandos resultaron dos nomenos perjudiciales al reino. La mayor parte de los señores se conjuró contra don Alvaro. Llevaban mal que en la casa real con pocos de su valía, y esos hombres bajos y que los tenia obligados, estuviese apoderado de todo, y gobernase á los demás con soberbia y arrogancia. Memudeaban las querellas y cargos; quejábanse que sin méritos suyos en las armas y sin tener otras prendas y virtudes, solo por maña y por saberse acomodar al tiempo hobiese subido á tal grado de privanza y de poder, que solo él reinase en nombre de otro. Miraban con malos ojos aquella felicidad deste hombre, y deseaban se templase aquella su prosperidad con la memoria de sus trabajos y escuros principios. Mas él, asegurado por el favor de su Príncipe, con quien desde su pequeña edad tenia gran familiaridad, y sin cuidado de lo de adelante, á todos los demás en comparacion suya menospreciaba, confiado demasiadamente en el presente poder, en tanto grado que se sonrugia, y grandes personajes lo afirmaban, que se atrevió á requerir de amores á la Reina, si con verdad ó falsamente, ni aun entonces se averiguó; creemos que por la envidia que le tenian le levantaron muchos falsos testimonios y se creyeron dél muchas maldades. La semilla desta conspiracion se sembró en gran parte en Tarazona cuando se juntaron, como está dicho, los tres hermanos infantes de Aragon. El año luego siguiente, que se contó de 1426, vino á sazonarse la trama; en cuyo principio el rey de Castilla celebró las fiestas de Navidad en Segovia, y don Juan, nuevo rey de Navarra, las tuvo en Medina del Campo con su madre, y aun poco antes se viera con el rey de Castilla en la villa de Roa. Don Enrique era ido á Ocaña por estarle mandado que no entrase en la corte ni se entremetiese en el gobierno. El rey de Aragon se entretenía en Valencia en sazon que doña Costanza, hija del condestable Ruy Lopez Davalos, se desposó con Luis Masa, jóven muy noble y rico, con dote que el Rey le dió en gran parte. Tal fué la grandeza de ánimo deste Príncipe, que no solo ayudó á la pobreza de su padre, viejo y huido y derribado solo por la malquerencia de sus contrarios, sino que al tanto á su hijo, llamado don Iñigo Davalos, y á su nieto que tenia de don Beltran, su hijo, llamado don Iñigo de Guevara, dió grandes estados despues que se apoderó del todo de Nápoles. La reina de Aragon, viuda, con su hija doña Leonor fué á Valencia á instancia del rey de Aragon, su hijo, mas en breve dió la vuelta á Medina del Campo. No queria que con su larga ausencia recibiese pesadumbre el rey de Castilla, con cuya licencia el conde de Urgel de Castrotaraf, donde le pasaran del castillo de Madrid, fué llevado en esta sazon al reino de Valencia, por entender era mas á propósito para las cosas de Aragon por las alteraciones que á Castilla amenazaban. Pusiéronle en el castillo de Játiva, en que dió fin á sus dias y pri

sion larga. En la ciudad de Toro se tuvieron Cortes de Castilla, en que se trató de reformar los gastos de la casa real, atento que las riquezas y rentas reales, aunque muy grandes, no bastaban. Para esto la guarda, en que se contaban mil de á caballo, fué reducida á ciento, y por capitan della don Alvaro, que fué ocasion con el nuevo cargo á él de mayor poder, á los otros de que la envidia que le tenian se aumentase. Fueron señaladas estas Cortes por la muerte que á la sazon sucedió de dos personas principales. El uno fué Juan de Mendoza, en cuyo lugar don Rodrigo, su hijo, fué hecho mayordomo de la casa real; don Juan, su hijo menor, quedó por prestamero de Vizcaya. Adoleció otros gravemente don Alonso Enriquez, que finó tres años adelante en Guadalupe; esclarecido por ser de la alcuña real y por sus virtudes; su oficio que tenia, de almirante del mar, dió el Rey á don Fadrique, su hijo. Los grandes de Castilla comunicaron entre sí sus sentimientos por cartas y mensajeros para que la plática fuese mas secreta; estos fueron los maestres de las órdenes, el de Calatrava don Luis de Guzman, y el de Alcántara don Juan de Sotomayor, Pedro de Velasco, camarero mayor, el rey de Navarra, don Enrique, su hermano y otros. Hicieron entre sí confederacion jurada con todas las fuerzas posibles, que tendrian los mismos por amigos y por enemigos, y que, salva la autoridad real, procurarian que la república no recibieso algun daño, que traian alterada los malos consejos gobierno de algunos. Esta confederacion se hizo al principio del mes de noviembre en la ermita de Orcilla, tierra de Medina del Campo; los intentos mas erando vengarse que de aprovechar. El que anduvo en todo ello fué el adelantado Pedro Manrique, de quien por las memorias de aquel tiempo se entiende fué hombro de ingenio inquieto y bullicioso. El rey de Castillado Toro se fué á Zamora al principio del año 1427; don Enrique, infante de Aragon, alcanzada primero, y des” pues negada licencia de entrar en la corte, sin emo bargo, movió de Ocaña para Castilla la Vieja con hemoso acompañamiento, y con las armas apercebido para lo que sucediese. El Rey era vuelto á Simancas; los infantes de Aragon y los grandes conjurados se eso tuvieron en Valladolid. Los otros señores de Castilla, por tener diferentes voluntades, hacian sus juntas, cada cual de los bandos aparte. Pocos, que amaban mas el sosiego que el bien comun, se estuvieron neu” trales y á la mira de lo que resultaria de las contiendas ajenas, sin entrar ellos á la parte. El Rey, por estar divididos los suyos, poca autoridad tenia, especial quo demás de su flojedad natural parecia estar enhechizado y sin entendimiento. Presentaron los conjurados ulo peticion que contenia las faltas de la casa real y lo excesos de don Alvaro de Luna; que era razon buscar algun camino para poner remedio á los daños públicos. Consultado el negocio, fueron nombrados jueces sobro el caso casi todos de los conjurados, es á saber, el Almirante, el maestre de Calatrava, Pedro Manrique, Hernando de Robles, que aunque era hombre bajo, era muy adinerado y tenia oficio de tesorero general. A estos se dió poder para conocer de los excesos y ca" pítulos que se ponian á don Alvaro, y en caso de dio

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