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auténtica. Para inspirar toda la confianza que era posible en aquellas circunstancias se espresó en uno de los decretos lo siguiente: “Todas " las obligaciones contraidas por el gobierno “ desde 18 de marzo de 1808, y las que con

traiga en lo sucesivo para sostener la justa “ causa de la nacion, bien sea con potencias “ estrangeras amigas ó neutrales, ó con súbdit

particulares de cualquiera potencia, serán cum

plidas religiosamente, aun en el caso de de" claracion de guerra.

Este reconocimiento por sí solo no podía restablecer el crédito, ni tranquilizar dentro y fuera de España los justos recelos de tantas personas engañadas por el gobierno en épocas anteriores. La escandalosa dilapidacion que en desprecio de palabras reales, pragmáticas sanciones, juntas de tribunales y consejos, había disipado las fortunas de millares de familias, privadas de su capital con dolo y perfidia, como asimismo los fondos destinados á satisfacer las obligaciones y empeños mas sagrados, no podía consentir que se conservase el órden establecido hasta aquí para dirigir y administrar este importante ramo. A fin de ponerlo á cubierto de desórden ulterior, y restablecer la confianza, se creó una junta

especial de crédito público encargada de administrar é invertir los arbitrios y sumas que decretasen las Córtes para el pago de los intereses de la deuda reconocida y su progresiva amortizacion, con separacion y absoluta independencia de la tesorería general, y bajo la inmediata inspeccion y salvaguardia del congreso, á quien este establecimiento debía ser directamente responsable. Los decretos y reglamentos sobre este importante negocio, con todas las demas providencias tomadas á fin de mantener en vigor su estricta observancia, bastarán por sí solos para ennoblecer la época en que se espedieron, y la memoria de las autoridades públicas bajo cuyos auspicios se propusieron y sancionaron.

Al mismo tiempo que se deliberaba sobre tanta variedad de negocios y materias, los sucesos militares llamaban la atencion de las Córtes, aumentando su inquietud y sus recelos. Nuevas desgracias habían sobrevenido a la gloriosa pero estéril jornada de la Albuhera, y el gobierno se vió obligado á aventurar una campaña que terminó en uno de los contratiempos mas calamitosos de toda esta cruel y desastrosa lucha.

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La pérdida de Tortosa y Tarragona, y la dispersion del ejército de Cataluña despues de haberse rendido esta última plaza, dejaron al general Suchet sin ningun obstáculo que

le impediese obrar sobre la importante y rica provincia de Valencia. El gobierno para contenerle dirigió hacia esta parte las fuerzas que pudo reunir; y creyendo que convenía para el buen éxito de las operaciones, que continuase en el mando del ejército espedicionario el general Don Joaquin Blake, solicitó de las Córtes nueva dispensa. Esta espedicion desde luego empezó á esperimentar contratiempos. La regencia inconsideradamente había vuelto á emplear en servicio activo y de importancia al marques del Palacio sin reparar que los jueces que

le absolvieron del escandaloso desacato en el salon de las Córtes no le podían dar la prudencia y circunspeccion que no tenía. Asi fué que las desavenencias entre este gefe que mandaba en Valencia, y el general regente estuvieron á punto de entorpecer las operaciones de esta campaña. Este desacuerdo, y el ver que Suchet era reforzado con tropas, que se consideraban ocupadas en Castilla en contener los movimientos de los aliados, desde luego esci

taron grandes temores de que sucediese lo peor.

Coetáneamente se discutían en sesiones secretas diferentes arbitrios propuestos por el gobierno, y por el celo de las comisiones, á fin de suplir el espantoso deficit que había en el ingreso general, disminuido este cada dia mas y mas con la pérdida de territorio y la desaparicion de recursos estraordinarios y otros restos que se habían reservado por la prevision y diligencia de las autoridades locales. Agitados los ánimos con tan triste perspectiva; exaltada la imaginacion por la continua controversia de tantas y tan delicadas cuestiones y materias, los enemigos de la regencia aprovechaban todas las ocasiones para atribuir los apuros del erario y las desgracias en la guerra, á su falta de actividad y vigor. Los regentes sin duda ninguna eran personas ilustradas y de la mayor integridad y patriotismo. Pero la mala fortuna, que por lo comun acompañó á su administracion, daba pretesto á sus contrarios y á los que tenían miras encubiertas, para solicitar con empeño que se les removiese del gobierno. En momentos de tanta exaltacion y peligro, como los de aquella época, triunfar, ó ser vencido será siempre el

criterio para juzgar á los hombres públicos, y en vano se intentará contrarestar la fuerza de contínuas quejas y reclamaciones, cuando estén apoyadas en los reveses y adversidad de los que mandan, como sucedió en esta ocasion.

El clero se había enemistado con la regencia desde que impidió que se instalase el Consejo supremo de la inquisicion cuando el incidente con el periódico, la Triple Alianza. La alta magistratura tampoco estaba satisfecha de que no hiciese con ella causa comun contra las Córtes. Mas como en las sesiones secretas en que se promovía con ardor la separacion de los regentes no se fundaban los cargos en hechos claros y específicos que justificasen tan grave resolucion, los mismos que mas la deseaban veían la imposibilidad de conseguirla directamente. Un medio se presentaba sin embargo oportuno y decoroso, cual era la formacion del gobierno constitucional que estaba ya muy próxima. Este temperamento conciliaba el mayor

número de dificultades. Sin acordar, pues, espresamente la remocion de estos magistrados, se decidió, que se nombrase una regencia con arreglo á la constitucion, y que se compusiese de cinco personas, tres por Europa y dos por Ultramar.

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