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del mariscal Masena? ¿Cómo hubiera podido impunemente, al retirarse sobre sus líneas de defensa, talar el pais y dejarle yermo, y mostrarse despues satisfecho de su conducta, con la calma y serenidad que el general ingles manifestó en su contestacion á las terribles reconvenciones de aquel colérico y mortificado mariscal ? Ni i qué gobierno entonces en España se hubiera atrevido á autorizar á sus propios generales á obrar del mismo modo, y menos á defenderlos contra la acusacion y los clamores de un pueblo indignado y en insurreccion abierta ? Desventurado el pais que sirve de campo en que ostentar á donde alcanza el empeño de destruirse ejércitos que hierven en odio y antipatía nacional, sin consultar mas que el deseo de satisfacer la animosidad y venganza que los enciende.

En tan diversa situacion se hallaban los gefes españoles en esta lucha inaudita, y el alegarlo en su defensa, solo servía para agravar los cargos de traicion y

cobardía que inconsideradamente les imputaba la exaltacion de aquella época. Heridos en lo mas delicado de su honor, instigados del despecho, y en peligro de precipitarse á cada paso, preciso era que buscasen proteccion y apoyo

en sus compañeros de armas. El ejército no podía ménos de tomar parte en favor de sus caudillos, cuya causa era una misma, á pesar del sedicioso artificio con que se alababa el valor de la tropa, y se deprimía á sus gefes y oficiales.

El espíritu público se había exaltado de tal modo en el sentimiento de independencia nacional, que el gobierno se halló en el mayor conflicto cuando el embajador de Inglaterra solicitó en marzo de 1811, que se pusiesen temporalmente a las órdenes del lord Wellington las provincias limítrofes de Portugal. La impresion que hizo esta propuesta, luego que se traslució en el público, no solo obligó á la regencia á pedir á las Córtes una conferencia reservada para esponer su opinion, y las graves y poderosas razones en que fundaba su negativa, sinó que mas adelante el mismo embajador, quejándose amargamente de los rumores que circulaban contra su gobierno, procuró vindicarle de las pretensiones y miras ambiciosas que se le atribuían.

Bastará esta breve reseña para dar a conocer las dificultades y obstáculos que oponían al designio de las Córtes el espíritu independiente

de aquella época, y el estado de la opinion en el ejército, ofendido de la detraccion é inconsiderada severidad con que se veía juzgado por sus aliados. A estos resentimientos se unía tambien el disgusto general con que se había visto la retirada del ejército anglo-lusitano sin socorrer á Ciudad-Rodrigo, y las funestas consecuencias que acarreó la rendicion de aquella plaza. Este juicio de los españoles era ménos de estrañar entonces, cuando la conducta del ejército aliado tampoco estuvo en aquel caso exenta de censura entre los generales y hombres de estado de su propio pais.

Ratificado el tratado con Rusia, y siendo cada dia mas urgente, como se ha dicho, desplegar la mayor actividad y vigor en las operaciones de una campaña que iba a decidir la suerte de la península, y acaso de la Europa, no se podía perder momento en resolver esta ardua y delicada cuestion. El principio de la insurreccion contra Bonaparte no solo se oponía á toda providencia

que le destruyese, sinó á cuanto pudiese debilitar los nobles sentimientos que son inseparables de un carácter independiente y altivo. Que el orgullo nacional, las tradiciones y renombre militar de otros tiempos, las proezas

y gloria adquirida en esta misma lucha resistiesen la preferencia dada á un general estrangero, era tanto mas natural cuanto envolvía la declaracion de incapacidad, ó impericia de los gefes españoles, despues de habérseles imputado en tantas ocasiones por sus aliados.

Mas, considerado este punto bajo otro aspecto, la cuestion había variado en muchas de sus mas esenciales circunstancias, desde que las Córtes“ empezaron á meditar seriamente si convenía resolverla. La profunda y dolorosa impresion que

les había causado el mensage del gobierno cuando les comunicó el conflicto del regente Don Joaquin Blake en Valencia, clamando en términos tan encarecidos y penetrantes por alguna cooperacion de los aliados, lejos de haberse desvanecido se renovaba mas y mas, al considerar los triunfos de Napoleon en Rusia, y sus consecuencias en España, si con ellos lograse intimidar al emperador Alejandro.

Que urgía proseguir la guerra con celeridad y acuerdo entre los ejércitos aliados de la península, no podía ocultarse á nadie. Esperar que se consiguiese empleando la cooperacion parcial, incierta y poco eficaz que hasta aquí había habido, era inútil despues de tantos desengaños

TOM. II.

R

taba, y

como ofrecían las campañas anteriores. Reducir nuevamente esta cuestion á una lucha de recriminaciones y quejas recíprocas, solo podía servir para asegurar al enemigo el triunfo á que aspiraba. Era necesario que alguna de las partes interesadas cediese, y ahogase sus sentimientos en obsequio de una causa tan ilustre y digna de los mas generosos sacrificios. Las Córtes no vacilaron en tomar sobre sí el abrir la senda á la vigorosa cooperacion que se necesi

dar el ejemplo de la cordialidad en que detía

apoyarse. Vista la actividad que desplegó el lord Wellington desde

que

los franceses emprendieron la retirada de Portugal, la reconquista que hizo de Ciudad Rodrigo y Badajoz, y sobre todo, la esclarecida victoria de Salamanca, pareció a las Córtes que este era el momento oportuno de confiarle el mando en gefe de todas las tropas españolas en la península. La gloria de estos triunfos no podía menos de escitar en los gefes nacionales estimacion y respeto hacia aquel general aliado, y reducirlos á que se sometiesen á sus órdenes sin mortificacion ni desdoro. Sin embargo importaba mucho preparar la opinion pública en favor de esta resolucion, á fin de

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