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cuyo motivo había mandado pasar á las Córtes “ las representaciones espresadas, para que adop“ tasen aquel temperamento que mas prudente " y político les pareciese.”

Este desacierto de publicar la regencia su debilidad para ocultar mejor el designio que se proponía era lo mismo que renunciar el mando en aquellas circunstancias. Puesto en sus manos para dirigir á un pueblo generoso y valiente en la

mayor empresa que jamas se había acometido, ¿ cómo podía dudar que el intimidarse por el miserable ardid de una bandería de fanáticos, de hipócritas, de impostores y cortesanos era provocar la circunspeccion y sufrimiento de un congreso que había deliberado con todo detenimiento y prudencia antes de tomar su acuerdo? Abierto el salon de sus sesiones á sus ministros, como si fuesen diputados, i no pudo, si en realidad temía, ilustrarle pública ó secretamente en este punto, y esponer con toda libertad los fundamentos que tuviese para creer que había peligro en ejecutar su decreto? i Bastaba solo alegar vagamente en un mensage de mera fórmula, que recelaba se alterase la tranquilidad, cuando al mismo tiempo deponía al magistrado encargado inmediatamente de ella, que la había

conservado por dos años en los críticos apuros de un asedio nunca visto, y que por su valor y firmeza era tan apropósito para evitar y contener cualquier esceso ? Si era verdad que no estaba connivente, i había ocasion mas oportuna de unirse y estrecharse con las Cortes

para

estorbar los intentos de una faccion desnaturalizada y atroz ? i Podía haber empresa mas esclarecida mas digna de hombres de estado, revestidos de la autoridad suprema en circunstancias de tanta grandeza y elevacion de sentimientos, como no puede negarse que lo eran las de aquella época ? ¿Es posible que regentes del reino, adversarios entonces del conquistador mas atrevido, descendiesen á ser instrumento de un puñado de clérigos, de aduladores antiguos, y de intrigantes y cortesanos, empeñados en sonar la trompeta de la sedicion, y sumir en un nuevo abismo de males á su inocente patria, anegada en sangre todavía por la cruel agresion de aquel enemigo poderoso ? Y por qué? ¿Porqué las Cortes anunciaban á la nacion que la habían libertado para siempre del intolerable yugo de un tribunal que

había derramado sobre ella cuantas calamidades pueden afligir al género humano?

La faccion inquisitoria había creido que las

un error.

Córtes intimidadas con el mensage de la regencia retrocederían de su propósito: que propagada en el entretanto por todo el reino la liga que había formado en Cádiz, la nacion entraría en sus miras; abandonando á sus representantes, cubiertos de oprobio con el entredicho que

ella acababa de fulminar contra el mandato del congreso. Pero su plan se fundaba todo en

Desvanecido este, aquel, como era preciso, vino al suelo y se deshizo en humo, dejando espuesto en toda su deformidad, como se verá despues, el odioso proyecto que se había concebido. Las Córtes habían sufrido á la regencia tanto tiempo en obsequio del decoro público y alta autoridad de que estaba revestida, deseosas de alejar los recelos que pudieran causar las frecuentes mudanzas de los primeros magistrados en el gobierno.

Mas ahora no quedaba alternativa entre abandonar la nacion á la tiranía de una faccion fanática, y, como siempre, sedienta de sangre y riqueza, ó reprimir su audacia, quitándole el apoyo en que fundaba todas sus esperanzas.

Leido el mensage del gobierno, las Córtes se revistieron inmediatamente de todo el vigor y magestad de su mision augusta, declarándose

permanentes hasta

que
deliberasen

у

decidiesen lo que

convenía á la salud de la patria. Empeñados los debates, el corifeo de la faccion inquisitoria apeló, como tenía de costumbre á odiosas comparaciones con la convencion francesa, sin reparar que su partido en aquel momento estaba implicado en el plan mas revolucionario у

esterminador, en promover y atizar una guerra de religion. Declamaciones, lugares comunes, y anuncios insidiosos para intimidar á los incautos, fué lo único que se opuso' á hechos evidentes. Mas toda resistencia era ya inútil, y solo podía servir de nuevo estímulo á las Córtes, resueltas á proceder con vigor y prontitud, en una crisis en que no había que perder instante.

Al fin se propuso á deliberacion, que se encargase interinamente el gobierno del reino á los tres consejeros de estado mas antiguos, conforme al artículo 189 de la Constitucion, agregándoles dos diputados, en lugar de los miembros de la diputacion permanente que no existía. Discutida esta proposicion con el mayor empeño por ambas partes, se aprobó el nombramiento de los tres consejeros solos, por 81 votos contra 48. Dos de estos funcionarios habían sido miembros de la regencia anterior. Como se ha dicho en otro

lugar, su salida del gobierno fué debida á circunstancias irresistibles en una guerra tan cruda у desastrosa ; pero habían llevado consigo el aprecio

y

confianza de las Córtes, como lo hizo ver su nombramiento casi unánime de consejeros de estado. El tercero era el cardenal de Borbon, prelado venerable por su piedad y dulzura, sinceramente agradecido á la consideracion y respeto que había merecido á las Córtes al nombrarle tambien del consejo de estado. Atendiendo ahora á su alta dignidad, y al deudo que tenía con el rey, de quien era tio, declararon que fuese el presidente; y sin separarse recibieron el juramento de los nuevos gobernadores pocas horas despues de haberse propuesto que se eligiese otra nueva regencia *.

* Conviene advertir aquí, que luego que las discusiones de los regentes entre sí desviaron al gobierno de la senda constitucional, el general Villavicencio escribió confidencialmente á los comisionados que le habían propuesto de parte de los diputados liberales su nombramiento, que les participasen para su inteligencia, que vista la division y falta de harmonía entre sus colegas en la regencia, esta autoridad en su opinion ya no podía promover el bien y prosperidad de la patria. Esta carta es probable que exista en poder del diputado á quien fué dirigida, ó entre sus papeles si hubiese fallecido. La justicia

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