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la guerra un carácter muy diverso del anterior. Toda esta gloriosa campaña coincidía con la invasion de Bonaparte en Rusia; y los desastres que esperimentó aquel guerrero, desde que se vió obligado a abandonar á Moscow, aumentaban las probabilidades de llevar la guerra á la frontera de los Pirineos, y libertar á la desventurada península del cruel azote de una ocupacion militar en el centro de sus mejores provincias.

Aunqué la situacion de los españoles había variado considerablemente comparada con el triste y lamentable aspecto que presentaba su causa antes de los sucesos militares que acaban de indicarse, no por eso la halagüeña perspectiva que tomaba de nuevo podía tranquilizar á los hombres públicos encargados y responsables de la direccion de los negocios. Verdad es que la Francia se veía ahora en la posicion mas crítica en que se había hallado desde muchos años, abandonada del

rey
de Prusia, que

acababa de unirse con el emperador Alejandro, y cuyo ejemplo imitaba el nuevo rey de Suecia. Es verdad

que

el emperador de Austria, a pesar del enlace de su hija con Napoleon, se creía que no resistiese el atractivo de una liga, que jamas se formó semejante, bajo auspicios mas faustos y seductores. Es

verdad que Bonaparte había perdido el prestigio de invencible, y aun se había desvanecido mucho el encanto de sus anteriores triunfos: que había síntomas de descontento dentro de Francia y de conjuraciones entre algunos gefes militares: pero la prevision y la prudencia resistían que se confundiesen esperanzas de esta especie con hechos, ó á lo menos, con probabilidades fundadas en consideraciones muy graves y dignas de atencion.

Este hombre á quien empezaba a abandonar la fortuna había vuelto á Paris a mediados de diciembre de 1812, y había conseguido levantar trescientos mil conscriptos para emprender una nueva campaña. Su prodigiosa actividad triunfó de todos cuantos obstáculos le opusieron los diferentes partidos que resucitó su mala suerte en la guerra, y á mediados de abril había comenzado las operaciones otra vez, con éxito feliz á la verdad, atendidas las enormes fuerzas que ya le presentó reunidas la liga del Norte. Ademas, su suerte estaba demasiado unida a la de los mariscales y gefes de su inmenso ejército; á la de tantos hombres de estado

y

administracion como había producido una revolucion irreconciliable con los soberanos de Europa, para esperar

entonces que su persona quedase separada, y se pudiese aislar el verdadero origen de su poder y su influencia. Por tanto no se podía dudar con fundamento que la Francia dejase de sostenerle con teson antes de correr los riesgos de una reaccion política, que, empezada, no era fácil dirigir segun la voluntad de ningun partido.

Las Córtes desde luego se penetraron, de lo crítico de aquestas circunstancias, y de

que

la guerra en la península era, cuando menos, una diversion demasiado poderosa, para que dejase de constituir parte esencial del plan general contra el enemigo comun.

Por tanto se ocuparon con ardor en proporcionar a la regencia, antes de cerrar sus sesiones, todos los auxilios que pudiese necesitar para dar el mayor impulso á las operaciones militares. Antes de examinar esta parte tan importante de sus últimos trabajos conviene hacer algunas advertencias indispensables para la mejor inteligencia y claridad de la raateria.

La grande estension de territorio que empezó á libertarse en el interior del reino con la retirada hacia el Ebro de los enemigos, facilitó á varias provincias, representadas en las Córtes

supletoriamente, completar el número de sus diputados. Mas no por eso la proporcion en que estaban en ellas los dos partidos puede decirse en rigor que hubiese variado esencialmente con este aumento. En general la fuerza numérica respectiva quedó, con poca diferencia, en el mismo estado con respecto á los grandes principios de la reforma constitucional. Aunqué en cuestiones subalternas, y en los puntos opinables de conveniencia, ó interes local, las mayorías no eran tan compactas como ántes, ni tan seguras y sistemáticas. Entre muchos ejemplos que pudieran citarse, ninguno fué mas señalado, que las discusiones sobre trasladar a otro punto mas central que Cádiz la residencia de las Cortes

у del gobierno.

La primera vez que se agitó esta cuestion fué poco despues de abandonar á Madrid los enemigos en agosto de 1812. Con mas celo que prudencia se propuso, que las Córtes pasasen á continuar sus sesiones a aquella capital, á fin de inspirar mas confianza á las provincias, y poder, desde un centro comun, dar mayor impulso á las operaciones militares y administrativas. Apénas mereció entonces atencion, una propuesta en que se prescindía totalmente de las circuns

tancias de una guerra tan viva y encarnizada por ambas partes. Así es, que algunos que de buena fe la consideraron al principio digna de exámen, bien pronto se hicieron mas circunspectos al ver la retirada de los aliados á la frontera de Portugal.

Sin embargo la traslacion de las Córtes á otro punto era ardientemente deseada de los anticonstitucionales, quienes nunca habían considerado á Cádiz ciudad apropósito para promover sus intentos. Su vecindario, demasiado independiente del influjo que ejercen en otras partes las clases enemigas de la libertad, no podía servirles de instrumento en sus tentativas, y menos todavía de apoyo para destruir un sistema de gobierno tan análogo y favorable á los intereses, usos y costumbres de un pueble activo, industrioso, inclinado á empresas que tanto necesitan del libre ejercicio del talento, y de una absoluta independencia y seguridad en la aplicacion y empleo de los capitales. Por tanto, ya que Madrid no fuese punto conveniente por el peligro de nuevas incursiones de los enemigos; había ciudades á donde trasladarse, que estaban á cubierto de un golpe de mano, y que reunían todas las circunstancias que podían desear los que promovían la

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