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para Segovia, mostrándose aficionado al partido de los infantes de Aragon. Ayudaba para esto Juan Pacheco como su mayor privado que era; soplaba el fuego de su ínimo apasionado. La ciudad de Toledo tornó otra vez í poder de don Enrique de Aragon, ca Pero Lopez de Ayala le dió en ella entrada contra el órden expreso que tenia del Rey.- Añadieron á esto los de Toledo un nuevo desacato, que prendieron los mensajeros que el Rey enviaba á quejarse de su poca lealtad. Alterado puesel Rey, como era razon, á grandes jornadas se partió para allanalla. Iba acompañado de pocos, asegurado que no perderian respeto á su majestad real; pero como quier que no le diesen entrada en la ciudad, reparó en el hospital de San Lázaro, que está en el mismo camino real por donde se va á Madrid. Salió don Enrique de Aragon fuera de la puerta de la ciudad acompaiado de docientos de á caballo. Los del Rey en aquel peligro, bien que tenian alguna esperanza de prevalecer, el miedo era mayor, por ser en pequeño número para hacer rostro ágente armada. Con todo esto tomaron las armas y fortificáronse como de repente pudieron contrincheas y con reparos. Fuera muy grande la desventura aquel dia, si el infante don Enrique, por no hacersemas odioso si hacia algun desacato á la majestad real, sin llegar á las manos no se volviera á meter en la ciudad. Esto fué dia de la Circuncision, entrante el año 441. Mostróse muy valeroso en defender al Rey, y fortificar el hospital en que estaba, el capitan Rodrigo de Villandrando. En premio y para memoria de lo que hizo aquel dia le fué dado un privilegio plomado, en que se concedió para siempre á los condes de Ribadeo que todos los primeros dias del año comiesen á la mesa del Rey y les diesen el vestido que vistiesen aquel dia. El Rey partió para Torrijos; dejó para guarda de aquel lugará Pelayo de Ribera, señor de Malpica, con ciento de ácaballo. Desde allí pasó áAvila, acudió don Alvaro á la misma ciudad para tratar sobre la guerra que tenian entre las manos. Con su venida se irritaron y desabrieron mas las voluntades de los príncipes conjurados; la mayor parte dellos alojaba en Arévalo, hasta la misma reina de Castilla daba orejas á las cosas que se decian contra el Rey por estar mas inclinada y tener mas amorá su hijo y á sus hermanos. Fueron de parte del Reyá aquel lugar los obispos de Búrgos y de Avila para ver si se podria hallar algun camino de concordar aquellas diferencias. Hizo poco fruto aquella embajada. Diego de Valera, un hidalgo que andaba en servicio del Príncipe don Enrique, escribió al Rey una carta desta sustancia: « La debida lealtad de súbdito no me conosiente callar, como quiera que bien conozco no ser opequeña osadía hacer esto. Cuántos trabajos haya pao decido el reino por la discordia de los grandes, no hay "para que relatallo; seria cosa pesada y por demás toocar con la pluma las menguas de nuestra nacion y "nuestras llagas. Las cosas pasadas fácilmente se pueoden reprehender y tachar, lo que hace al caso es pooner en ellas algun remedio para adelante. Tratar de o las causas y movedores destos males ¿qué presta? "Set de quien se fuere la culpa, pues estáis puesto por obios por gobernador del género humano, debeis prinor palmente imitar la clemencia divina y subenignidad

» en perdonar las ofensas de vuestros vasallos. Enton»ces la clemencia merece mayor loa cuando la causa » del enojo es mas justificada. Llamamos á vuestra al» teza padre de la patria, nombre que debe servir de » aviso y traeros á la memoria el amor de padre, que » es presto para perdonar y tardío para castigar. Dirá » alguno ¿cómo se podrán disimular sin castigo des» acatos tan grandes? Porventura¿no será mejor forzar » por mal aquellos que no se dejaron vencer por buenas » obras? Verdad es esto, todavía cuando en lo que se » hace hay buena voluntad, no deseo de ofender, el » yerro no se debe llamar injuria. En ninguna cosa se » conoce mas la grandeza de ánimo, virtud propia de » los grandes príncipes, que en perdonar las injurias de » los hombres, y es justo huir los trances varios y du» dosos de la guerra y anteponer la paz cierta á la vic»toria dudosa, la cual si bien estuviese muy cierta, la » desgracia de cualquiera de las partes que sea venci» da redundará en vuestro daño, que por vuestros de» beis contar, señor, los desastres de vuestros vasallos. » Ruego á Dios que dé perpetuidad á las mercedes que » nos ha hecho, conserve y aumente la prosperidad de » nuestra nacion, incline sus orejas á nuestras plega»rias, y las vuestras á los que os amonestan cosas sa»ludables. El sea de vos muy servido, y vos de los » vuestros amado y temido.» Leida esta carta delante del Rey y despues en consejo, diversamente fué recebida conforme al humor de cada cual. Todos los demás callaban; solo el arzobispo don Gutierre de Toledo con soberbia y arrogancia: Dénos, dice, Valera ayuda, que consejo no nos falta. Fué este Valera persona de gran ingenio, dado á las letras, diestro en las armas, demás de otras gracias de que ninguna persona, conforme á su poca hacienda, fué mas dotado. En dos embajadas en que fué enviado á Alemania se señaló mucho; compuso una breve historia de las cosas de España, que de su nombre se llama la Historia Valeriana; bien que hay otra Valeriana de un arcipreste de Murcia, cual se cita en estos papeles. El príncipe don Enrique, llamado por su padre, fué á Avila para tratar de algun acuerdo de paz; en estas vistas no se hizo nada. El Príncipe, vuelto á Segovia, suplicó á las dos reinas, su madre y su suegra, la cual á la sazon se hallaba en Castilla, se llegasen á Santa María de Nieva para ver si por medio suyo se pudiesen sosegar aquellas parcialidades. En aquella villa falleció la reina de Navarra doña Blanca primer dia de abril; sepultáronla en el muy devoto y muy afamado templo de aquella villa. Así se tiene comunmente, y grandes autores lo dicen, dado que ningun rastro hoy se halla de su sepultura, ni allí ni en Santa María de Ujue, donde mandó en su testamento que la llevasen, que hace maravillar haberse perdido la memoria de cosa tan fresca. Los frailes de Santo Domingo de aquel monasterio de Nieva afirman que los huesos fueron de allí trasladados, mas no declaran cuándo ni á qué lugar. Sucedió en el reino don Cárlos, príncipe de Viana, su hijo, como heredero de su madre; no se llamó rey, sea por contemplacion de su padre, sea por conformarse con la voluntad de su madre, y que así lo tenían antes concertado. Este príncipe don Cárlos fué dado á los estudios y á las letras, en que se ejercitó, no para vivir en ocio, sino para que ayudado de los consejos y avisos de la sabiduría, se hiciese mas idóneo para gobernar. Andan algunas obras suyas, como son las Eticas de Aristóteles, que tradujo en lengua castellana, una breve historia de los reyes de Navarra; demás desto, elegantes versos, trovas y composiciones, que él mismo solia cantar á la vihuela, mozo dignísimo de mejor fortuna y de padre mas manso. Era de edad de veinte y un años cuando su madre finó. Con la muerte desta señora cesaron las práticas de la paz, y la reina de Castilla se volvió áArévalo, do antes se tenia. La llama de la guerra se emprendió en muchos lugares. Los principales capitanes y cabezas de los alterados eran don Enrique de Aragon y el almirante del mar y el conde de Benavente. Hacíase la guerra en particular en las comarcas de Toledo; don Alvaro de Luna desde Escalona con sus fuerzas y las de su hermano el arzobispo de Toledo defendia su partido con gran esfuerzo. Los sucesos eran diferentes, cuándo prósperos, cuándo desgraciados. Iñigo Lopez de Mendoza cerca de Alcalá, villa de que se apoderara, y se la habia quitado al arzobispo de Toledo, en una zalagarda que le paró Juan Carrillo, adelantado de Cazorla, se vió en gran peligro de ser muerto, tanto que, degollados los que con él iban, él mismo herido escapó con algunos pocos. Por el mismo tiempo junto á un lugar llamado Gresmonda un escuadron de los malcontentos fué desbaratado por la gente de don Alvaro. Pereció en la refriega Lorenzo Davalos, nieto del condestable don Ruy Lopez Davalos, cuyo desastre desgraciado cantó el poeta cordobés Juan de Mena con versos llorosos y elegantes; persona en este tiempo de mucha erudicion, y muy famoso por sus poesías y rimas que compuso en lengua vulgar; el metro es grosero como de aquella era; el ingenio elegante, apacible y acomodado á las orejas y gusto de aquella edad. Su sepulcro se ve hoy en Tordelaguna, villa del reino de Toledo; su memoria dura y durará en España. Por el mismo tiempo el rey de Navarra pasó con buen número de gente á Castilla la Nueva en ayuda de los desabridos, á causa que los enemigos eran mas fuertes y llevaban lo mejor; los unos y los otros derramados por los campos y pueblos hacian robos, estragos, fuerza á las doncellas y á las casadas; estado miserable. En Castilla la Vieja el Rey se apoderó de Medina del Campo y de Arévalo, villas que quitó al rey de Navarra, cuyas eran. En aquella comarca, en una aldea llamada Naharro, tuvo el Rey habla con la reina viuda doña Leonor que venia de Portugal. Tuvieron diversas pláticas secretas; no se pudo concluir nada en lo que tocaba á la paz con los alterados por estar el Rey muy ofendido de tantos desacatos como le hacian cada dia. Solo resultó que para componer las diferencias de Portugal se enviaron embajadores que amonestasen y requiriesen á don Pedro, duque de Coimbra, hiciese lo que era razon. Lo mismo hizo el rey don Alonso de Aragon, que despachó sobre el caso una embajada desde Italia hasta Portugal. Todas estas diligencias salieron en vano á causa que don Pedro gustaba de la dulzura del mandar, y los portugueses persistian en no querer recebir ni sufrir gobierno extranjero. Las guerras que el uno y el otro príncipe tenian entre las manos no daban lugar

á valerse de las armas y de la fuerza. Visto esto, la relna doña Leonor, perdido el marido, apartada de sus hijos, despojada del gobierno, hasta el fin de la vida se quedó en Castilla. Los infantes de Aragon, movidos del peligro que corrian, del reino de Toledo se fueron apriesa á Castilla la Vieja para volver por lo que les tocaba. Arévalo, por la aficion que los moradores lestenian, sin tardanza les abrió las puertas. Pasaron á Medina del Campo, do el Rey estaba; pusieron sobre ella sus estancias; hiciéronse algunas escaramuzas ligeras, mas sin que sucediese alguna cosa memorable. No duró mucho el cerco á causa que algunos de la villa dieron de noche entrada en ella á los conjurados, con que la tomaron sin sangre. El rey de Castilla, sabido el peligro, tenia puesta gente de á caballo en las plazas y á las bocas de las calles. Los del pueblo estábanse quedos en sus casas, sin querer acudirá las armas por miedo del peligro ó por aborrecimiento de aquella guerra civil. Don Alvaro de Luna y su hermano el Arzobispo, y con ellos el maestre de Alcántara, por la puerta contraria sin ser conocidos, bien que pasaron por medio de los escuadrones de los contrarios, se salieron disfrazados. El Rey les avisó corrian peligro sus vidas, si con diigencia no se ausentaban, por estar contra ellos los alterados mal enojados. Llegaron los conjurados á besar la mano al Rey así como le hallaron armado, y con muestra de humildad y comedimiento poco agradable le acompañaron hasta palacio. Entonces los vencidos los vencedores se saludaron y abrazaron entre sí, alegría mezclada con tristeza; maldecian todos aquella guerra, en que ninguna cosa se interesaba, y las muertes y lloros eran ciertos por cualquiera parte que la victoria quedase. Acudieron las reinas y el príncipe don Enrique con la nueva deste caso, y despues de largas y secretas pláticas que con el Rey tuvieron, mudaron en odio de don Alvaro los oficiales y criados de la casa real. Juntamente hicieron salir de la villa á don Gutierre Gomez de Toledo, arzobispo de Sevilla, y á don Fernando de Toledo, conde de Alba, y á don Lope de Barrientos, obispo de Segovia. La mayor culpa que todos tenian era la lealtad que con el Rey guardaron, dado que les achacaban que tenian amistad con don Alvaro, y que podian ser impedimento para sosegar aquellas alteraciones. Tratóse de hacer conciertos, sin que nadie contrastase; el Rey estaba detenido como en prision y en poder de sus contrarios. Nombráronso jueces árbitros con poderes muy bastantes. Estos fueron la reina de Castilla y su hijo el príncipe don Enrique, el almirante don Fadrique y el conde de Alba, que por este respeto le hicieron volverá la corte. En la sentencia que pronunciaron condenaron á don Alvaro que por espacio de seis años no saliese de los lugares de su estado que le señalasen. En especial le mandaron no escribiese al Rey sino fuese mostradas primero las copias de las cartas á la Reina y al príncipe don Enrique. Demás desto, que no hiciese nuevas ligas ni tuviese soldados á sus gajes; finalmente, que para cumplimiento de todo esto diese en rehenes y por prenda á su hijo don Juan y pusiese en tercería nueve castillos suyos dentro de treinta dias. Sabidas estas cosas por don Alvaro, fué grande su sentimiento, tanto, que no podia reprimir las lágrimas ni se sabia medir en las palabras ni templarse, lo cual unos echaban á ambicion, otros lo excusaban; decian que por su nobleza y gran corazon no podia sufrir afrentatan grande. Sin embargo deste su sentimiento y caida, no dejaba de pensar nuevas trazas para tornará levantarse; mas al caido pocos guardan lealtad, y todas las puertas le tenian cerradas, en especial que los alterados se fortalecian con nuevos parentescos y matrimonios. Concertaron á doña Juana, hija del almirante don Fadrique, con el rey de Navarra; con don Enrique, su hermano, á doña Beatriz, hermana del conde de Benavente. El que movió y concluyó estos desposorios fué don Diego Gomez de Sandoval, conde de Castro, que en aquella sazon andala en la corte del príncipe don Enrique y le acompaiaba, persona de grandes inteligencias y trazas; y en este particular pretendia que, unidos entre sí estos Príncipes y asegurados unos de otros, con mayor cuidado tratasen, como lo hicieron, y procurasen la caida del condestable don Alvaro de Luna.

CAPITULO XVII. Que el rey de Aragon se apoderó de Nápoles.

Concluida la guerra civil, parece comenzaba en España algun sosiego; por todas partes hacian fiestas y se regocijaba el pueblo. Al contrario, Italia se abrasaba con la guerra de Nápoles. Las fuerzas de Renato con la tardanza y dilacion se enflaquecian; su mujer y hijos eranidos á Marsella; muestra de tener muy poca esperanza de salir con aquella empresa. Así lo entendia el vulgo, que á nadie perdona, y suele siempre echar las cosas á la peor parte. Es de gran momento la opinion y ima en la guerra; así, desde aquel tiempo hobo gran mudanza en los ánimos, mayormente por la falta que les lito Jacobo Caldora, en quien estaba el amparo muy grande de aquella parcialidad, ca era grande la experiencia que tenia de la guerra y ejercicio de las armas. Su muerte fué de repente. Queria saquear el lugar de Circello, que es de la jurisdiccion del Papa, cuando cayó sin sentido en tierra, y llevado á su alojamiento, en bre"eriudió el alma; los demás de su linaje, que era muy poderoso y grande, se pasaron por su muerte á la parte otagouesa, que cada dia se mejoraba. Ganaron la ciudad de Aversa, rindieron lo de Calabria. Desbarataron la gente de Francisco Esforcia cerca de Troya, ciudad de la Pulla, todos efectos de importancia. Sin embargo, el ontilice Eugenio hizo luego liga con los venecianos y lorentines y ginoveses con intento de echar los aragooeses de toda Italia. Con este acuerdo el cardenal de ento con diez mil soldados se metió por las tierras de Nápoles. Hizo poco efecto toda aquella gente como leantada apriesa, y que tenia diversas costumbres, voluntades y deseos; antes por el mismo tiempo la gente orogonesa marchó la vuelta de Nápoles. Dentro de la odad se estuvo Renato con pretension que tenía de delendella, visto que perdida aquella ciudad, se arriscaa todo lo demás. No salió á dar la batalla, creo por no ogurarse de la constancia de los naturales, ó descono de sus fuerzas si se viniese á las manos. Los de Génova rojeron algunas pocas vituallas á los cercados

y algun socorro de soldados; pequeño alivio por la gran muchedumbre que se hallaba en la ciudad, que fué causa de encarecerse los mantenimientos y que el moyo de trigo costase mucho dinero. Hobo personas que en junta pública con el atrevimiento que la hambre les daba persuadieron á Renato que de cualquiera manera se concertase con los contrarios. El cerco iba adelante, y juntamente crecia la falta de lo necesario; por esto uno, por nombre Anello, con otro su hermano, de profesion albañires, huidos de la ciudad, dieron aviso se podria tomar sin gran peligro, si les gratificasen su trabajo y industria. La entrada era por un acueducto ó caños debajo de tierra, por donde para comodidad de la ciudad el agua de una fuente que cerca caia se encaminaba á los pozos. Pretendian meter gente secretamente por estos caños. Escogieron docientos soldados, hombres valientes, con órden que todos obedeciesen á los dos hermanos. La subida era difícil, la entrada y paso estrecho, los mas se quedaron atrás, espantados del peligro ó por ser pesados de cuerpo; solos cuarenta pasaron adelante. Arrancaban piedras con palancas y picos do impedian el paso, y á los que temian por ser el camino tan extraordinario, animaban los dos hermanos con palabras y con ejemplo, y algunas veces les ayudaban á subir con dalles la mano. La porfía y esfuerzo fué tal, que llegaron al pozo de una casa particular; una mujercilla, cuya era la casa, vistos los soldados, dió luego gritos, con que se descubriera la celada, si prestamente no le taparan la boca. Gastóse tiempo en la entrada, era salido el sol, y ninguna cosa avisaban ni daban muestra de ser entrados, no se sabe si por miedo ó por descuido. Sospechaban que todos eran degollados, y todavía las compañías que tenian apercebidas acometieron á escalar la muralla; aflojaba la pelea por mo sentirse en la ciudad ruido ninguno. Los cuarenta soldados, movidos y animados por la vocería de los que peleaban ó forzados de la necesidad y darse por perdidos si los sentian, se apoderaron de una torre del adarve que cerca caia y no tenia guarda, llamada Sofía. Acudió el rey de Aragon para socorrellos; acudió al tanto Renato al peligro. Fuera fácil recobrar la torre y lanzar della á los aragoneses; mas los de fuera acudieron muy de priesa y pusieron temor á los contrarios; lo que á los de dentro causó espanto, á los aragoneses quo estaban en la torre hizo cobrar ánimo. Dióse el asalto por muchas partes; finalmente, quebrantadas algunas puertas, entraron los de Aragon en la ciudad. Renato, sin saberá qué parte debia acudir, bien que se mostró, no solo prudente capitan, sino valiente soldado, tanto, que por su mano mató muchos de los contrarios, perdida al fin la esperanza de prevalecer, se recogió al castillo. Algunas casas fueron saqueadas, pero no mataron á nadie. Luego que entró el Rey se puso tambien fin al saco; desta manera los aragoneses se apoderaron de Nápoles, diasábado, á2 de junio, año del Señor de 442. Los soldados fueron por el Rey en público alabados y premiados magníficamente conforme á como cada uno se señalara, don Jimeno de Urrea, don Ramon Boil y y don Pedro de Cardona, que eran los principales capitanes en el ejército; fué tambien premiado Pedro Murtinez, capitan de los soldados que entraron por los cametido bastantemente, promesas y paga mayores que llevaba su estado, con la cual fiucia tuvieron ánimo para acometer aquella hazaña. Notaban los hombres curiosos que casi por la misma forma ganó aquella ciudad de los godos el capitan Belisario. Renato, por no quedalle alguna esperanza de repararse, perdida aquella noble ciudad, poco despues se concertó con el contrario que le dejase ir libre á él y á los suyos, y entregaria lo que le quedaba. Tomado este asiento, partió para Florencia á verse con el papa Eugenio; desde allí pasó á Francia; su partida allanó todo lo demás. El Abruzo y la Pulla con todos los demás pueblos que hasta entonces rehusaran el señorío de Aragon y se tenian por Francia pretendian recompensar las culpas pasadas con mayores servicios, y se daban priesa á rendirse, ca no querian con la tardanza irritar la saña del vencedor. Por este órden quedó apaciguada Italia en gran parte. España, dado que se hallaba cansada de males tan largos, y que entre los príncipes se habian concertado las paces, aun no sosegaba de todo punto; los caballeros, antes desavenidos entre sí, al presente menos se enfremaban por el poco caso que hacian de los que gobernaban. Seria cosa larga relatallo todo por menudo. Las principales diferencias y alteraciones fueron estas: estaba don Luis de Guzman, maestre de Calatrava, enfermo y sin esperanza de salud. Dos caballeros de aquella órden, los mas principales entre los demás, con ambicion fuera de tiempo pretendian aquella dignidad; estos eran Juan Ramirez de Guzman, comendador mayor de aquella órden, y el clavero Fernando de Padilla. Este tenia ganadas y negociadas las voluntades de los comendadores. Don Juan, por entender que ninguna esperanza le quedaba de alcanzar aquella dignidad, si no se arriscaba con atrevimiento y temeridad, se determinó con mano armada apoderarse de los pueblos de aquella órden de Calatrava. El Clavero, sabido este intento, fué á verse con él acompañado de cuatrocientos de á caballo. Vinieron á las manos en el campo de Barajas. Quedó el Comendador mayor vencido y preso, y juntamente Ramiro y Fernando, sus hermanos, y Juan, su hijo; murieron otros muchos caballeros, y entre ellos cuatro sobrinos del mismo Comendador mayor. En premio desta victoria, que ganó de su contrario, fué dado á Padilla lo que pretendia, que sucediese en lugar del Maestre, honra de que gozó poco tiempo. La ocasion fué que el Rey hacia resistencia á aquella eleccion, y pretendia aquella dignidad para don Alonso, hijo bastardo del rey de Navarra. Pasóse tan adelante en esta pretension, que vinieron á las manos. Puso don Alonso cerco con su gente sobre Calatrava; el nuevo Maestre fué herido con una piedra que uno de los suyos inadvertidamente queria tirará los contrarios. Con su muerte quedó su competidor don Alonso por maestre. Por otra parte los vizcaínos, gente valiente y indómita, se alteraron por dos causas. Tenian entre sí hechas ciertas hermandades confirmadas por el Rey. Estas acometieron á los castillos de los nobles y sus haciendas. Entre los demás Pedro de Ayala, merino mayor de Guipúzcoa, como le tuviesen cercado en una su villa, llamada Salvatierra, fué librado por el conde de Haro, su de Palencia. Dos competidores tenian mayor negocio y favor que los demás: el uno era don García Osorio, obispo de Oviedo; dábale la mano su tio el Almirante; el otro don Gutierre de Toledo, arzobispo de Sevilla, al cual favorecian los infantes de Aragon, que comenuban á tener en todo gran mano. Con esta ayuda don Gutierre sobrepujó á su contrario, y salió con el arzohispado de Toledo. Era persona de gran ánimo, de estaturamediana, de buen rostro, blanco y rubio, dotado de letras, de ánimo sencillo y sin doblez, algo mas severo enel gobierno que podianllevar las costumbres de aquella era, que fué causa que algunos le aborreciesen. Poco tiempo tuvo el arzobispado de Toledo y como solo tres años. Su padre Fernan Alvarez de Toledo, señor de Waldecorneja y mariscal de Castilla; su madre doña María de Ayala, su hermano Garci Alvarez de Toledo. Nombró por adelantado de Cazorla á su sobrino, hijo desuhermano don Fernando Alvarez de Toledo, conde de Alba. Don García, competidor de don Gutierre, fué hecho arzobispo de Sevilla; don Diego, obispo de Orense, pasó al obispado de Oviedo. En conclusion, la iglesia de Orense dieron en encomienda á Juan de Torquemada, de fraile dominico cardenal de San Sixto, persona de mucha erudicion como se entiende por los muchos libros que sacó á luz, digno de inmortal alahanta por la defensa que puso por escrito en tiempos tan estragados y revueltos de la majestad de la lglesia romana. Contemporáneo de Turrecremata, aunque de menor edad, fué Alonso Tostado, natural de

ños. Con los dos hermanos albañires se cumplió lo pro- primo, que usó en esto de una señalada grandeza de

ánimo. Esto fué, que leida la carta en que le pedia socorro y avisaba del peligro, en el campo, do acaso se la dieron, mandó armar una tienda con juramento que hizo de no entrar debajo de tejado hasta tanto que Pedro de Ayala fuese libre de aquella afrenta. Esta era la primera ocasion de las alteraciones de Vizcaya; la se. gunda, que se levantó cierta herejía de los fratricellos deshonesta y mala, y se despertó de nuevo en Durango. Hízose inquisicion de los que hallaron inficionados con aquel error. Muchos fueron puestos á cuestion de tormento, y los mas quemados vivos. Era el capitan de todos un fraile de San Francisco, por nombre fra Alonso Mela. Este, por miedo del castigo, se huyóáGranada con muchas mozuelas que llevó consigo, que pasaron la vida torpemente entre los bárbaros. El mismo, no se sabe por qué causa, pero fué acañavereado por los moros, muerte conforme á la vida y secta que siguió. Este tuvo un hermano, que se llamó Juan Mela, que ála sazon era obispo de Zamora, su patria y natural, y adelante fué cardenal. En Portugal por fin del mes de octubre falleció don Juan, tio del rey de Portugal, en Alcázar de Sal, en edad de cuarenta y tres años. Era condestable en aquel reino y juntamente maestre de Santiago. De doña Isabel, su mujer, hija de don Alonso, su hermano, duque de Berganza, dejó un hijo, llamado don Diego, que sucedió en los cargos y honras de su padre; tres hijas, doña Isabel, doña Beatriz y doña Filipa, y dellas adelante procedieron príncipes muy grandes,

CAPITULO XVIII. De los varones señalados que hobo en España.

La residencia de don Alvaro, despues que se vió desgraduado, era en Escalona. La esperanza de recobrar la autoridad que le quitaron, ni del todo la tenia perdi. da, ni tampoco era grande. No le faltaba ingenio y diligencia, mas desbarataba sus trazas la fortuna ó fuera mas alta. Su hermano, el arzobispo de Toledo falleció en Talavera á 4 de febrero. Gran desgracia, faltalle de repente ayuda tan grande. Quedábale don Rodrigo de Luna, á quien por ser hijo de un primo suyo en el tiempo adelante, vuelto á su prosperidad, hizo proveer el arzobispado de Santiago en lugar de don Alvaro de sorna, como en otra parte se dirá, magüer que no tenia edad bastante para dignidad tan grande; mas p0c0 le podia prestar en aquel trabajo, en especial que era mozo de mal natural y de costumbres estragadas. Por otra parte los grandes y caballeros, por entender que aquella revuelta de tiempos era á propósito para quedarse con todo lo que apañasen, cada cual se apoderaba de lo que podia. Pedro Juarez, hijo de Fernan Alvarez de Toledo, señor de Oropesa, por muerte del Arzobispo se apoderó de Talavera. Llegó su osadía á que apenas dió entrada en ella al mismo rey de Castilla, que acudióá aquella villa para atajar aquellos bullicios.

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la villa de Madrigal, persona esclarecida por lo mucho que dejó escrito y por el conocimiento de la antigüedad y su varia erudicion, que parecia milagro. Faltóle el estilo elegante, alguna mengua para que no se compare con cualquiera de los padres antiguos. Los años adelante fué obispo de Avila, y mas mozo en Sena de Toscana, do á la sazon estaba el papa Eugenio, propuso gran número de conclusiones, tomadas de lo mas secreto de la teología, para defendellas públicamente á la manera escolástica. Entre ellas le calificaron algunas como de mala sonada, y sobre ello expidió una bula el pontífice Eugenio. Atizaba el negocio el cardenal Turrecremata, que escribió contra él en el mismo propósito cierto opúsculo. Respondióá todo el Tostado en un libro que llamó el Defensorio, obra docta, si bien á la misma autoridad de los pontífices no perdona por el deseo que tenia de defender su partido. Las proposiciones que le calificaron fueron estas : la primera, Cristo nuestro Señor fué muerto al principio del año treinta y tres de su edad, y no á 25 de marzo, como ordinariamente sienten los antiguos, sino á 3 de abril; la segunda, puesto que á ningun pecado se niega el perdon por grave que sea, todavía de la pena y de la culpa Dios no absuelve, y mucho menos los sacerdotes por el poder de las llaves, palabra que él explicaba con cierta sutilidad, nueva y extravagante manera de hablar, que á los indoctos alteraba, y á los sabios no agradaba. Falleció á 3 de setiembre, año 1455.

LIBRO VIGÉSIMOSEGUNDO.

CAPITULO PRIMERO. Del estado en que las cosas estaban.

Mtion se encaminaban las cosas y partido de los españoles en Italia que en España. Las condiciones y naturales de la gente eran casi los mismos, de aragoneses y castellanos. Los sucesos y la fortuna conforme á la talidad, ingenio y valor de los que gobernaban. El rey de Aragon tenia el ánimo muy levantado, mayor deseo de honra que de deleites; velaba, trabajaba, hallábase entodos los lugares y negocios, no se cansaba con ninguntrabajo, y era igualmente sufridor de calor y de frio. Con las cuales virtudes y con la clemencia y liberalidad y condicion fácil y humana, en que no tenia par, no cesaba de granjear las voluntades de la una y de la ora nacion española y italiana, como el que no ignoraba que en la benevolencia de los vasallos consiste la seguridad de los señores y del estado, en el miedo el Peligro, y en el odio su perdicion. En Castilla los desaueros y mando de don Álvaro con su ausencia no cesao, antes mudado solo el sugeto, continuaban los oles. El rey de Navarra no pretendió quitar los desontentos y reformar los desórdenes, sino en lugar de

don Alvaro apoderarse del rey de Castilla, que nunca salia de pupilaje, y siempre se gobernaba por otro; grande desgracia y causa de nuevas revueltas. Tenia el rey de Castilla algunas buenas partes, mas sobrepujaban en él las faltas. El cuerpo alto y blanco, pero metido de hombros, y las facciones del rostro desgraciadas. Ejercitábase en estudios de poesía y música, y para ello tenia ingenio bastante. Era dado á la caza, y deleitába

se en hacer justas y torneos; por lo demás era de corazon pequeño, menguado y no á propósito para sufrir

y llevar los cuidados del gobierno, antes le eran intole

rables. Con pocas palabras que oia concluia cualquier

negocio, por grave que fuese, y parece que tenia por el principal fruto de su reinado darse al ocio, flojedad y deportes. Sus cortesanos, en especial aquel á quien él daba la mano en las cosas, oian las embajadas de los príncipes, hacian las confederaciones, daban las honras y cargos, y por decillo en una palabra, reinaban en nombre de su amo, pues eran los que gobernaban; en el tiempo de la paz y de la guerra daban leyes y hacian ordenanzas. Vergonzosa flojedad del príncipe y torpeza muy fea. El buen natural, las virtudes y valor que los antiguos reyes de Castilla tenian descaecia de todo

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