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Los moros de Andalucía no acababan de sosegar y allanarse; determinó el Rey hacelles guerra en persona. En esta sazon un buen golpe de moros de los que en Aragon moraban, sea á persuasion de los andaluces, sea por no perder aquella ocasion, por Medinaceli hicieron entrada en las tierras de Castilla. Corrieron y talaron los campos de Santistéban de Gormaz. El Cid se hallaba retirado en su casa con achaque de su poca saJud, como á la verdad pretendiese con ausentarse aplacar la envidia de sus émulos para que no le empeciesen; pero avisado de lo que pasaba y visto que el Rey estaba ausente, con las gentes que pudo recoger prestamente acudió al peligro. Su valor y diligencia corrian á las parejas; así muy en breve forzó á los moros á retirarse y desembarazar la tierra. No contento con esto, por aprovecharse de la ocasion y aprovechar sus soldados, revolvió á manderecha sobre las tierras del reino de Toledo, sin parar basta dar vista á la misma ciudad. En el camino saqueó los pueblos, taló los campos, ganó gran presa y siete mil esclavos entre hombres y mujeres. Los que le aborrecian acudieron al Rey para cargalle de haber quebrantado el asiento puesto con aquel rey de Toledo. Decian no convenia disimular ni dar rienda á un hombre loco y sandio para hacer semejantes desatinos; que era bien castigalle y hacer que no se tuviese en mas que los otros caballeros, ni pretendiese salir con lo que se le antojase. Tratóse el negocio en una junta de grandes y ricos hombres. Acordaron saliese desterrado del reino, sin dalle mas término de nueve dias para cumplir el destierro; no se atrevió el Cid á contrastar con aquella tempestad. Encomendó su mujer y hijos al abad de San Pedro de Cardeña, monasterio con que tuvo toda su vida mucha devocion, y él se fué á cumphr su destierro acompañado de muy buena y lucida gente. Iba resuelto de no pasar el tiempo en ociosidad, antes hacer de allí adelante con más brio guerra á los moros, y con el resplandor de sus virtudes deshacer las tinieblas de las calumnias que le armaban. Los moros por este tiempo, con las comidas y regalos de España y con la abundancia, fruto de la victoria, habian perdido en gran parte las fuerzas y valor con que vinieron de Africa. Salió el Cid con poca gente, aunque escogida, y otros muchos deudos y hijosdalgo que se le allegaron, que todos deseaban tenelle por caudillo y militar debajo de su conducta. Rompió lo primero por el reino de Toledo y el rio de Henáres arriva no paró hasta llegar á aquella parte de Aragon en que está Alhama y el rio Jalon, que riega con diversas acequias que dél sacan gran parte de aquellos campos; en particular combatió y ganó de los moros el castillo de Alcocer, muy fuerte por su sitio, puesto en lugar alto y enriscado. Desde este castillo hacia salidas y cabalgadas por todas aquellas tierras comarcanas, y aun desbarató dos capitanes que el rey de Valencia envió con gente para impedir aquellos daños. La presa que hizo en todos estos encuentros y jornada fué muy rica; acordó enviar en presente al rey don Alonso treinta caballos escogidos con otros tantos alfanjes fiados de los arzones y treinta cautivos moros vestidos ricamente que los llevasen de diestro. Recibió el Rey esta embajada y presente con muy buen talante y toda muestra de contento y alegría. El pueblo no cesaba de engrandecer al Cid y subir sus hazañas hasta las nubes; llamábanle li

bertador de la patria, terror y espanto de los moros, defensor y amparador de la cristiandad. Decian que era tanta su grandeza, que con buenas obras pretendia vencer los agravios que le hacian; y su mansedumbre y gentileza se aventajaba á las injusticias y injurias de sus contrarios. Que no debia nada á los caballeros antiguos, antes se les adelantaba en todo género de vir tud. Despidió el Rey los embajadores muy cortesmente; pero no alzó por entonces el destierro á su señor por no alterar á los moros, si tan en breve le perdonaba; solo dió licencia á todos los que quisiesen para seguille y militar debajo de sus banderas; en lo cual se tuvo respeto, no solo á honrar al Cid, sino á descargar el reino de muchos hombres bulliciosos, que, apaciguada el Andalucía, por estar criados en las armas llevaban mal la ociosidad. Estas cosas, si bien pasaron en muchos años, las juntamos en este lugar por no perturbar la memoria si se dividieran en muchas partes. Advertido esto, volverémos con nuestro cuento atrás y á referir lo que pasó en España el año que se contaba de Cristo 1076.

CAPITULO XII.

Cómo el rey don Sancho de Navarra fue muerto por su hermano.

El rey don Sancho de Navarra tenia un hermano, llamado don Ramon; los dos, aunque eran hijos de un padre y de una madre, en las condiciones y costumbres mucho diferenciaban. Don Ramon era de suyo bullicioso, amigo de contiendas y de novedades, ninguna cuenta tenia con lo que era bueno y honesto á truequo de ejecutar sus antojos. Arrimábansele otros muchos de su misma ralea, gente perdida y que consumidas sus haciendas no les quedaba esperanza de alzar cabeza sino era con levantar alborotos y revueltas. Con la ayuda destos pretendia don Ramon apoderarse del reino; ambicion mala y que le traia desasosegado. El Rey era amigo de sosiego, muy dado á la virtud y devocion, como consta de escrituras antiguas en que á diversos monasterios de su reino hizo donaciones de campos, dehesas y pueblos. Tenia en su mujer doña Placencia un hijo, por nombre don Ramiro, de poca edad, que le habia de suceder en el reino, y no falta quien diga tuvo otros dos hijos hasta llamar al uno don García, y al menor de todos no le señalan nombre. De lo uno y de lo otro tomó ocasion don Ramon para alzarse contra el Rey; decia que con su mucha liberalidad, que él llamaba prodigalidad y demasía, diminuia las rentas reales y enflaquecia las fuerzas del reino, como de ordinario los malos á las virtudes ponen nombres de los vicios á ellas semejantes; gran perversidad. Demás desto, el Rey era viejo, los hijos que tenia de poca edad; esto dió ánimo al que ya estaba determinado de declararse, y con la ayuda de sus aliados se alzó con algunos castillos, principio de mayores males. Acudió el Rey á ponelle en razon; mas visto que por bien no se podia acabar cosa ninguna, le pusieron acusación, y en ausencia, por los cargos que contra él resultaban, le declararon por enemigo público y le condenaron á muerte. Con esto quedaron por enemigos declarados, y cada cual de los dos procuraba dar la muerte al contrario. Los malos de ordinario son mas diligentes y recatados por no fiarse en otra cosa sino en sus mañas; por el contrario, los buc

se hizo muy aborrecible, así á los moros como á los cristianos que moraban en Toledo. Era inhumano y cruel, propia condicion de medrosos y cobardes. Por la muerte de Hisem quedó el rey don Alonso libre del homenaje que hizo en Toledo los años pasados de guardar amistad á aquellos príncipes, padre y hijo. Los cristianos y moros de aquella ciudad, cansados con la tiranía que padecian y no pudiendo llevar los vicios de aquel Príncipe, hacian grande instancia por sus cartas al rey don Alonso para que los librase de aquella opresion tan grande y se apoderase de aquella ciudad tan principal, que era como un baluarte muy fuerte de casi todo el señorío de los moros. Decíante no perdiese aquella ocasion tan buena como se le presentaba por estar desabridos los ciudadanos, y la poca industria del Rey, que no tendria ánimo ni fuerzas para hacer resistencia á los cristianos. Estos fueron los primeros principios y como las primeras zanjas que se abrian para emprender

nos, confiados en su buena conciencia, se suelen des-
cuidar. El Rey estaba en la villa de Roda; el traidor
secretamente se fué allá bien acompañado, y hallado el
aparejo que buscaba, alevosamente le dió la muerte.
El arzobispo don Rodrigo no hace mencion de todo
esto, puede ser que por no manchar su nacion y patria
con la memoria de caso tan feo. Los hijos del muerto
acudieron á favorecerse, don Ramiro el mayor al Cid,
y los dos menores al rey de Castilla don Alonso. Su
edad y fuerzas no eran bastantes para contrastar á las
del tirano, que quedó muy pertrechado, y luego con
el favor de sus valedores se llamó rey. Por esto los
principales del reino se juntaron para acordar lo que
convenia. No les pareció disimular ni recebir por señor
al que tales muestras daba de lo que seria adelante. Los
infantes eran flacos y estaban ausentes. Resolviéronse
de convidar con aquel reino y corona á don Sancho,
rey de Aragon, primo hermano del muerto, y valerse
de sus fuerzas contra las del tirano. Acudió él sin tar-la
danza, encargóse del reino que le ofrecian y apode-
róse de la mayor parte dél. Otra parte, que fué lo de
Briviesca y la Rioja, se entregó al rey don Alonso, que
pretendia tener mejor derecho á lo de Navarra por cau-
sa de la bastardía de don Ramiro, padre del rey de Ara-
gon; en particular se entregó la ciudad de Najara, do
en la iglesia de Santa María la Real sepultaron los cuer-
pos del Rey muerto y de la Reina, su mujer. Vino otrosí
el Aragonés en acudir cada un año al de Castilla por
lo de Navarra, por no venir con él á rompimiento, con
cierto tributo; este reconocimiento se halla por escri-
turas antiguas que pagaron los reyes don Sancho y don
Pedro. El tirano homiciano, vista la voluntad con que
la gente recebia el nuevo Rey y perdida la esperanza
de poder contrastar así á sus fuerzas como al odio que
todos como á malo y aleve le tenian, acordó ausentarse.
Huyó á Zaragoza, donde el rey Moro le dió casa en que
morase, y le heredó en ciertos campos y tierras con
que pasase su pobre y lacerada vida. Esta herencia de
mano en mano recayó en una su nieta, llamada Mar-
quesa, que casó con Aznar Lopez, y afirman que en su
testamento la dejó á la iglesia mayor de Santa María
de Zaragoza, en tiempo de don Alonso, rey de Aragon,
primero deste nombre.

CAPITULO XIII.

Que Almenon, rey de Toledo, y don Ramon, conde de Barcelona, fallecieron.

El año luego siguiente, que se contó de 1077, pasaron desta vida dos príncipes muy señalados; Almenon, rey de Toledo, y don Ramon, conde de Barcelona, por sobrenombre el Viejo; en que el dicho año fué mas señalado que en otra cosa que en él sucediese. En el reino de Toledo sucedió Hisem, hijo mayor del rey difunto. Todo el tiempo que reinó, que fué por espacio de un año, se conservó con todo cuidado en la amistad del rey don Alonso, á ejemplo de su padre y por su mandado, que se lo dejó muy encomendado. Muerto Hisem, le sucedió su hermano menor, por nombre Hiaya Aldirbil, muy diferente de su padre y hermano. Era cobarde en la guerra, en el gobierno desconcertado, de vida muy torpe, dado á comidas y deshonestidades, sin perdonar á las hijas y mujeres de sus vasallos; con que

conquista de aquella nobilísima ciudad, cabeza de todo aquel reino. El conde don Ramon falleció en Barcelona, en cuya iglesia mayor le sepultaron, que él mismo desde los cimientos levantó los años pasados. El entierro y las honras fueron cuales se puede pensar con toda muestra de majestad y solemnidad. Dejó dividido su estado entre dos hijos suyos; el mayor se llamó don Berenguel, el segundo don Ramon Cabeza de Estopa; la causa de tal apellido de suso queda declarada; su gentileza y apostura y las costumbres, muy compuestas y agradables, fueron ocasion de ganar las voluntades, así del pueblo como de su padre en tanto grado, que sin embargo que era hijo menor, quedó nombrado por conde de Barcelona; mejoría que le fué perjudicial y le acarreó la muerte, como luego se dirá. Este Príncipe casó con una señora, hembra de mucha virtud y que fué hija de Roberto Guiscardo, normando de nacion y gran señor en Italia, segun que lo refiere cierto autor. Esta gente de los normandos en aquel tiempo era muy nombrada. La fama de su valor volaba por todas partes, y estaban apoderados de lo postrero de Italia y de Sicilia. Fundó esta Condesa dos mo→ nasterios, el uno con advocacion de San Daniel, en el valle de Santa Maria, tierra de Cabrera; el otro cerca de Girona, donde despues de la muerte de su marido, renunciado el siglo y sus comodidades, pasó muy santamente lo restante de su vida. En el un monasterio y en el otro puso religiosas de san Benito. Hijo desta señora fué don Ramon Arnaldo 6 Berenguel, que sucedió á su padre en el condado de Barcelona. Por este mismo tiempo Armengol, conde de Urgel, hacia guerra á los moros que quedaban por aquellas comarcas, y Guillen Jordan, conde de Cerdania, perseguia los herejes arrianos, que á cabo de tantos años tornaban á brotar por aquellas partes. Este castigaba aquella mala gente con destierros, confiscacion de bienes, con infamia y con muertes que daba á los pertinaces. Por el esfuerzo de Armengol se ganaron de los moros muchos pueblos ribera del rio Segre; en especial la ciudad de Balaguer, cabeza del condado de Urgel, volvió á poder de cristianos.

CAPITULO XIV.

Cómo los normandos fueron á Italla.

El nombre de los normandos fué muy conocido los

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años pasados por los grandes daños que hicieron en las costas de España y de Francia; mas por estos tiempos aandmayor poder y señorío. La madre cuidaba de los

se hicieron mas famosos cuando extendieron la gloria de su esfuerzo en las partes de Italia, y por fuerza de armas fundaron en ella un nuevo reino y señorío, que dura hasta nuestros tiempos, aunque mudada diversas veces la sucesion de los príncipes que le han poseido y poseen. Dará mucha luz á esta historia saber la orígen desta gente y la ocasion que tuvieron para pasar en Italia, á causa de estar sus cosas en lo de adelante muy mezcladas con las de España. Normandos, que es lo mismo que hombres setentrionales, se llamaron en particular todos aquellos que entre la provincia de Dania y la Cimbrica Quersoneso se extendian por todas aquellas marinas del mar Germánico y poseian las islas que por alli caen; hombres fieros y bárbaros, en el vestido y manera de vida salvajes, de costumbres extraordinarias, però muy diestros en el arte de navegar por el ejercicio ordinario que tenian de ser cosarios. Luitprando, que floreció por estos tiempos, dice que los normandos eran los mismos que los rusos ó rutenos. La verdad es que en un mismo tiempo estás gentes se derramaron como dos rios arrebatados, los rusos por las provincias de oriente, de donde vienen los de Polonia, los normandos por las de occidente, en que hicicron grandes efectos. En particular en tiempo de Carlos el Simple, rey de Francia, asentaron en aquella parte de aquel reino que antiguamente llamaron Neustria, y despues del apellido desta gente se llamó y se llama Normandía, como se dijo en otro lugar. Traian por capitan á uno llamado Rolon; naturalmente tenian grande apetito de mandar, eran acostumbrados á fingir y disimular, dados al estudio de la elocuencia y ejercicio de la caza, fuertes para sufrir todo trabajo, hambre, calor y frio; preciábanse de andar bien vestidos y arreados; en lo demás eran de condicion soberbia y desapoderada. Estas eran las virtudes y vicios de los normandos y su natural; con la comunicacion de los franceses, cuya condicion és mansa, se mitigó en parte su fiereza y se amansaron sus costumbres. Del linaje de Rolon hobo uno llamado Guillermo Noto, séptimo duque de Neustria ó Normandia; este, por testamento del rey Eduardo el Santo, juntó al ducado de Normandía el reino de Ingalaterra en el tiempo que se hacia la guerra de la Tierra-Santa. Para apoderarse de aquel reino pasó en una flota á Ingalaterra, y en la primera batalla venció á Haroldo, su competidor, y le quitó la vida y el reino. De allí, por tener aquellos reyes buena parte de la Francia, resultaron perpetuas guerras entre franceses y ingleses, que comenzaron poco antes de los tiempos en que va nuestra historia. De Francia pasó á Italia un ejército de los normandos con esta ocasion. Hay en Normandía una ciudad, que se llamó en otro tiempo Constancia Castra; en su comarca poseia un pueblo, que se llama Altavilla, uno llamado Tancredo, príncipe: de noble y antiguo linaje, dichoso en sucesion, porque de dos matrimonios tuvo no menos que doce hijos. GuiHermo, por sobrenombre Brazos de Hierro, Drogo, Wifredo, Gaufredo, Serlo nacieron de la primera mujer, cuyo nombre no se sabe. La segunda mujer, llamada Fransendis, tuvo estos: Roberto Guiscardo, Malegerio, Guillermo, Alveredo, Humberto, Tancredo y el menor, de todos Rogerio, que hizo á todos ventaja en hazañas

alnados como de los hijos propios, y así ellos se querian bien, sin que tuviesen entre sí diferencias ni envidias. El padre los crió y amaestró en las armas y en las otras artes que pertenecian á gente noble. Eran denodados, de buen consejo, con que enfrenaban la temeridad; la osadía no los dejaba ser cobardes. Lo que el padre tenia era poco; temian que si lo dividian no resullasen dello riñas y contiendas, determinaron irse á otra parte á vivir y heredarse. Italia estaba dividida en muchos señoríos, ardia en bandos y guerras. Los moros tenían á Sicilia y las otras islas del mar Mediterráneo. Por la una causa y la otra se les ofrecia buena ocasión para mostrar su valor y esfuerzo. Los hermanos mayores pasaron en Italia. Siguiólos un buen golpe de gente; ejercitáronse en las armas y ganaron honra, primero en las guerras de Lombardía y de Toscana, despues pasaroná tierra de Lavor, parte del reino de Nápoles, do los príncipes, el de Salerno y el de Capua, se hacian guerra muy reñida por diferencias que tenian entre sí. Asentaron primero con el Capuano, despues siguieron al Salernitano, que les hizo mas aventajado partido, y con este ayuda quedó con la victoria. Concluida esta guerra, á instancia de Maniaco, gobernador de la Pulla y de Calabria por el emperador de Grecia, emprendieron la conquista de Sicília contra los moros que della estaban apoderados. Hicieron en breve buen efecto, ca muchas ciudades volvieron á poder de cristianos, y en diversos encuentros desbarataron los moros y los corrieron por toda la tierra hasta lanzarlos de aquella isla. Tras esto, como es ordinario, resultaron sospechas y desgustos entre los griegos, que pretendian quedar señores de aquella isla, y los normandos, que aspiraban á lo mismo. De las palabras vinieron á las manos; quedaron los griegos vencidos y privados de aquella su pretension. Destos principios comenzaron los vencedores: á fundar y poner los cimientos de un nuevo estado en Italia y en Sicilia, que en breve llegó á ser muy poderoso y rico, porque á la fama de lo que pasaba, los hermanos menores que quedaban en Francia, fuera de solos dos que perseveraron en casa de su padre, cuyos nombres no se saben, acudieron con nuevos socorros de gente en ayuda de sus hermanos mayores, con que mucho se adelantaron en poder y señorío. Todo lo que se ganó por aquellas partes se dividió entre los mismos que lo conquistaron; pero muertos los demás, finalmente quedaron por señores de todo Roberto Guiscardo y Rogerio. Roberto se llamó duque de Calabria y de la Pulla; Rogerio fué conde de Sicilia, estado ganado de los moros y griegos por las armas suyas y de su hermano. Roberto, de dos mujeres que tuvo, Alberada y Sigelgaita, hija del príncipe de Salerno, dejó estos hijos: Boamundo, Rogerio y una hija (si es verdad lo que dicen los catalanes), que casó con don Ramon, conde de Barcelona, como ya dijimos. De Rogerio, conde de Sicilia, nació otro Rogerio, que mudó el apellido de conde en el de rey, y acabados los demás deudos, parte que falle-.. cieron, parte por haberles él quitado lo que tenian, quedó solo con todo lo que los normandos en Italia y en Sicilia poseian; demás desto, Africa y Grecia le pagaban tributo; tan grande era su poder. Esto se tomó de Gaufredo, monje, que escribió los hechos de los normandos en Italia, á instancia del mismo conde Rogerio

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en historia particular que dellos compuso; pero dejada Italia, volvamos á España y á nuestro cuento.

CAPITULO XV.

Que se emprendió la guerra contra Toledo. Desta manera procedian las cosas de los normandos prósperamente en Italia. En España los ciudadanos de Toledo no cesaban con cartas y mensajeros de solicitar á los nuestros para que emprendiesen aquella conquista y se pusiesen sobre aquella ciudad; que el rey Hiaya, ni se mejoraba con el tiempo, ni por el riesgo que corria enfrenaba sus apetitos, antes por no irle nadie á la mano, de cada dia crecia en atrevimiento y crueldad; finalmente, que pasaban una vida muy desgraciada, rodeada de miserias y de angustia, y que solo se entretenian con la esperanza de vengarse; que si los cristianos no les acudian, se determinaban de pedir á los moros que los acorriesen, pues cualquiera sujecion era tolerable á trueque de librarse de aquella tiranía. Toda servidumbre es miserable, pero intolerable servir á un loco y desatinado. El rey don Alonso andaba perplejo sin saber qué partido debia tomar; combatíanle por una parte el recelo de lo que se podria pensar y decir, por otra la esperanza del gran provecho si ganaba aquella ciudad. Acordó tratar el negocio en una junta de caballeros, gente principal y grave. Los pareceres fueron diferentes, como suele acontecer en semejantes consultas. Los mas osados y valientes eran de parecer se cmprendiese luego la guerra, que decian seria de mucho interés y honra, así para los particulares como en comun para toda la cristiandad. Encarecian la grande presa y los despojos con que se animarian los soldados, la importancia de quitar una ciudad tan principal á los moros, la buena ocasion que se les presentaba de salir fácilmente con la empresa, que si se pasaba, por ventura no volveria tan presto; que en el suceso de aquella guerra se ponia en balanzas todo el poder de los moros en España. Los mas recatados extrañaban esto; decian que en ninguna manera se debia emprender aquella conquista, pues era contra conciencia y razon quebrantar la confederacion y amistad que tenian asentada con aquellos reyes. En conformidad desto, uno de los caballeros que seguian este parecer, hombre anciano y de mucha prudencia, habló en esta manera: «¿Con qué justicia, ol Rey, ó con qué cara haréis guerra á una ciudad que en el tiempo de vuestro destierro, cuando os hallastes pobre, desamparado y sin remedio, os recibió cortesmente y trató con mucho regalo, principio que fué y escalon para subir al reino que ahora teneis? ¿Qué razon sufre dar guerra al hijo, sea cuan malo le quisiéredes pintar, del que con su hacienda y con su poder os ayudó á volver al reino que os quitó vuestro hermano? Hospedóos amorosamente, y tratóos no de otra manera que si fuérades su hijo para obligaros al cierto que á sus sucesores los tuviésedes en lugar de hermanos; que no debe ser menor la union que resulta del agradecimiento y amor que la que causa la naturaleza y parentesco. Dificultosa cosa es persuadir á un príncipe lo que conviene; la adulacion y conformarse con su voluntad carece de dificultad y peligro. Si va ú decir la verdad, cuánto uno es mas cobarde tanto es mas libre en el blasonar de guerras y de armas. A las

veces por parecer de los mas cobardes se emprende la guerra, que se prosigue despues con el esfuerzo y riesgo de los esforzados. ¿Quién no sabe cuánta sea la fortaleza de aquella ciudad que quereis acometer, cuán grandes sus pertrechos, sus municiones, sus reparos? Diréis: Los ciudadanos nos llaman y convidan. Como si hobiese que fiar de una comunidad liviana y inconstante y que volverá la proa á la parte de donde soplare el viento mas favorable. Destruir la tiranía y librar los oprimidos es cosa muy honrosa. Es asi, si juntamente y por el mismo camino no se quebrantasen las leyes de la piedad y agradecimiento y de toda humanidad. Dirá otro: No hay que hacer caso del juramento, pues su obligacion cesó con la muerte de los reyes pasados. Verdad es; pero ¿quién podrá engañará Dios, testigo de la intencion y de la perpetua amistad que asentastes? Mas aína se puede temer no quiera vengar semejante desacato y fraude. No decimos esto, oh Rey, por esquivar el trabajo ni el peligro; con el mismo ánimo que otras veces estamos aparejados y prestos para seguiros, si fuere menester, desarmados, desnudos y flacos; pero para tomar consejo es justo que nuestras lenguas tengan libertad y vuestras orejas se muestren á todo lo que se dijere favorables.» Movieron estas razones al Rey, tanto mas, que por boca de uno le parecia hablaba gran parte de los que allí estaban; finalmente, venció el deseo que tenia de hacer aquella guerra y conquistar aquella nobilísima ciudad, en que tantas comodidades se le representaban. Con esta determinacion les habló en esta sustancia: «Bien sé, nobles varones, las muchas dificultades que en esta guerra se ofrecen y que estos dias se han dicho muchas cosas á propósito de poneros espanto y miedo. Mas ¿quién no sabe cuántas mentiras y cuán vanas se suelen sembrar en ocasiones semejantes? La cobardía y el miedo todo lo acrecientan y hacen mayor de lo que es en hecho de verdad. No diré nada del cargo de conciencia que nos hacen ni del juramento y nota de ingratitud que nos acusan; las maldades de Hiaya nos descargarán bastantemente. Al que su mismo padre, si fuera vivo, castigara con todo rigor, ¿será razon que por su respeto le dejemos continuar en ellas y en su tiranía tan grave? Aiegan con la fortaleza de aquella ciudad el gran número de sus ciudadanos. La verdad es que al esfuerzo y valor ninguna cosa habrá dificultosa. Los que debajo la conducta de mi hermano don Sancho y mia allanastes gran parte de España y ganastes de los moros muchas batallas campales, ¿por ventura serán parte estas hablillas para espantaros? Que si los enemigos son muchos, no será esta la primera vez que peleais con semejante canalla, gente allegadiza, sin concierto y sin órden, y que cuanto son mas en número tanto se embarazarán mas al tiempo del menester. Gente flaca es la que acometemos, y que por la larga ociosidad y el mucho regalo no podrán sufrir el trabajo y el peso de las armas. Ganado Toledo, mis soldados, ¿quién será parte, quién os irá á la mano para que con las manos victoriosas no llegueis á los últimos términos de España, remate de todos vuestros trabajos, premio y gloria inmortal, que con poco trabajo alcanzaréis para vos, para nuestros reinos y para toda la cristiandad? Parad mientes no se nos pase el tiempo en consultas y recatos, y lo que suele acontecer cuando los buenos intentos se dilatan, no nos parezca

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mejor consejo aquel cuya sazon fué ya pasada. Estas | razones tan concertadas encendieron los ánimos de todos los presentes para que con toda voluntad se decretase la guerra contra los moros. El Rey, tomada esta resolucion, se encargó de juntar armas, caballos, vituaJlas, dineros, municiones y todo lo demás necesario. Mandó levantar banderas y hacer gente por todas partes, en particular llamó y convidó con nuevos premios y ventajas los soldados viejos que estaban derramados por el reino. En todo esto se ponia mayor diligencia por entender que los moros, avisados de todo lo que pasaba, llamaban en su ayuda al rey moro de Badajoz, que á toda furia se aprestaba para acudilles con toda brevedad. La priesa fué de manera, que las unas gentes y las otras, los moros y los cristianos, llegaron á un mismo tiempo á Toledo; pero visto que el rey don Alonso iba acompañado de un campo muy lucido, soldados diestros y muy bravos, los moros dieron la vuelta sin pasar adelante en aquella demanda. Sin embargo, no se pudo por entonces ganar aquella ciudad, á causa que el rey inoro de Toledo se hallaba á la sazon muy apercebido y pertrechado de todo lo necesario, demás de la fortaleza grande de la ciudad, que ponia á todos espanto por ser muy enriscada. Talaron los campos, quemaron las mieses, hicieron presas de hombres y de ganados, y con tanto se volvieron á sus casas. Comenzóse la tala el año que se contaba de 1079, continuóse el año siguiente, el tercero y el cuarto, sin alzar mano algunos otros años adelante. Tomaron á los moros los pueblos de Canales y de Olmos, que caian cerca de aquella ciudad, y en ellos dejaron guarnicion de soldados, que nunca cesaban de hacer correrías y cabalgadas por toda aquella comarca. Con estos daños comenzaron los de Toledo á padecer falta de trigo y de otras cosas necesarias para la vida. Susténtase la ciudad de Toledo comunmente de acarreo, á causa que la tierra de su contorno es muy falta por ser de suyo delgada y arenisca y por las muchas piedras y peñas que en ella hay; las fuentes son pocas, y sus manantiales cortos; llueve pocas veces por caerle léjos la mar y ser la tierra la mas alta de España. Solo por la vega por do pasa el rio Tajo hay una llanura y valle no muy ancho, pero muy fértil y alegre. En el mismo tiempo que se dió principio á la conquista de Toledo, el Cid continuaba la guerra en Aragon con mucha prosperidad; ganó de los moros diversos castillos y pueblos por toda aquella tierra; solo para ser colmada su felicidad le faltaba la gracia de su Rey, que él mucho deseaba. Sucedió muy á propósito que el año de 1080 se levantaron ciertas revueltas entre los moros del Andalucía, á causa que un hombre principal de aquella nacion, por nombre Almofala, tomó por fuerza el castillo de Grados. El Moro cuyo era, acudió al rey don Alonso para valerse de su ayuda y recobrar aquella plaza. Llamábase este moro Adofir. Al Rey le pareció condecender con esta demanda y aprovecharse de aquella ocasion que para adelantar su partido se le presentaba. Envió golpe de gente adelante, y él poco despues con mayor número acudió en persona. El Moro contrario era astuto y mañoso; la guerra iba á la larga. Temia el Rey no se le pasase la sazon de volver, como lo tenia comenzado, á la conquista de Toledo. Acordó llamar al Cid, que en Aragon se hallaba, y encargalle aquella empresa, por ser caudillo de tanto nombre y en todo

aventajado y sin par. Venido, le acogió muy bien y trató muy amorosamente, como príncipe que de suyo era afable y que sabia con buenas palabras granjear las voluntades. Alzóle el destierro, y para mas muestra de amor á su instancia estableció una ley perpetua en que se mandó que todas las veces que condenasen en destierro algun hijodalgo no fuese tenido á cumplir la sentencia antes de pasados treinta dias, como quier que antes no les señalasen de término mas que nueve dias. Volvió el Rey á su empresa, y el Cid concluyó aquella guerra del Andalucía á mucho contento, ca recobró el castillo de Grados, sobre que era el debate, y prendió al Moro que le tomara, que envió al Rey para que hiciese dél lo que su voluntad fuese y por bien tuviese. Esto pasó en el Andalucía aquel año; el siguiente de 1081, don García, hermano del Rey, pasó desta vida. Hizose desangrar rompidas las venas en la prision en que le tenian; tan grande era su disgusto y su rabia por verse privado del reino y de la libertad. Temia el rey don Alonso que como era bullicioso y de no mucha capacidad no alterase los naturales y el reino. Esta entiendo yo fué la causa de no querelle soltar en tanto tiempo mas que la ambicion y deseo de reinar. Verdad es que despues de la muerte del rey don Sancho tuvo la prision mas libre y toda abundancia de comodidades y regalos. Y aun no falta quien dice que poco antes de su muerte le convidaron con la libertad y no la aceptó, sea por estar cansado de vivir, sea por aplacar á Dios con aquella penitencia y afan, de que da muestra no querer le quitasen los grillos en toda su vida, antes mandó le enterrasen con ellos, y así se hizo. Llevaron su cuerpo á la ciudad de Leon, y allí le sepultaron muy honoríficamente en la iglesia de San Isidro. Halláronse presentes al enterramiento y exequias sus dos hermanas las Infantas, muchos obispos y otros grandes del reino. Su muerte fué á los diez años de su prision y á los quince despues que comenzó á reinar. El Cid, sosegadas las revueltas del Andalucía, tornó á la guerra de Aragon, donde en una batalla venció al rey moro de Denia, por nombre Alfagio, y junto con él al rey de Aragon don Sancho, que viniera en su favor. Esta victoria fué muy señalada, tanto, que el rey don Alonso le llamó para honrarle y hacerle mercedes, segun que sus trabajos y virtudes lo merecian. Venido que fué, le hizo donacion por juro de heredad de tres villas, es á saber, Briviesca, Berlanga, Arcejona. Por otra parte, el moro Alfagio se rehizo de gente, y con deseo de satisfacerse corrió las tierras de Castilla hasta dar vista á Consuegra, villa principal dela Mancha. El Rey, si bien estaba ocupado en la conquista de Toledo, acudió contra esta tempestad para rebatir el orgullo de aquel Moro. Juntáronse los campos, adelantáronse las haces de una parte y de otra, dióse la batalla, en que pereció mucha morisma, y el rey Moro se salvó por los piés y se retiró á cierto castillo. La alegría desta victoria se aguó mucho á los cristianos con la muerte lastimosa, que sucedió en la pelea, de Diego Rodriguez de Vivar, hijo del Cid, mozo de grandes esperanzas y que comenzaba ya á seguir la huella y las virtudes de su padre. Su cuerpo enterraron en San Pedro de Cardeña, y allí se muestra su lucillo. Alfagio, el moro, aunque vencido en las dos batallas susodichas, no acababa de sosegar; antes, recogida mas gente, rompió otra vez por tierras de Castilla sin reparar hasta Me¬

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